En su época de soltería, Pablo Apiolazza podía seducir una mujer en el colectivo. La miraba un rato, escribía algo en el dorso del boleto y se lo daba. Una vez, terminó merendando en la casa de una desconocida. Nunca más volvió a verla.
En estas charlas de transporte público, se dio cuenta de lo particular que es la gente. A veces, cuando él decía: “hola”, se lo quedaban mirando, o lo ignoraban, como si en esta sociedad saludar amablemente a alguien fuera pecado mortal.
Productor y diseñador audiovisual, egresado del Colegio Nacional Buenos Aires, en la Argentina trabajó en publicidad y postproducción de cine. En 2010 ganó una beca y se fue a estudiar a Trieste. Conoció una italiana y se quedó a vivir allá.
Apiolazza aprendió inglés mirando películas subtituladas. Y, algo más raro, aprendió a jugar al fútbol leyendo una revista, una especie de manual ilustrado. Políglota, en el deporte mejoró mucho. Sin embargo, su especialidad sigue siendo la táctica teórica.
Le gusta viajar. Aunque no tiene barco es un aficionado de la vela.
De vez en cuando, si hay un estreno bueno, cruza la frontera y va a algún cine de Eslovenia.