Hace cinco años, Federico Bianchini se cruzó a Fogwill en la pileta del Sport Club de Almagro. Los dos nadaban. ¿Es él?, se preguntó. ¿Es el de la solapa de “Restos diurnos”? Y era. Lo volvió a ver dos años después en la misma pileta y se le pegó durante un tiempo hasta que tuvo terminado el perfil del escritor argentino. Con esa crónica ganó el premio Las Nuevas Plumas.
Se obsesionó con los nadadores: perfiló a María Inés Mato (la nadadora a la que le falta una pierna), Damián Blaum (que nada 8 horas seguidas en aguas abiertas) y Matías Ola (quiere dar la vuelta al mundo a puro nado) y publicó sus historias en revistas como Brando, Gatopardo, Etiqueta Negra y Don Juan. Con ese currículum era el cronista ideal para contar al Zaffaroni que pocos conocían: el juez que nada dos o tres kilómetros por día.
A los 29 años, Bianchini tiene un estómago indestructible: los que lo conocen dicen que puede tomarse un par de litros de café con leche por día y engullir cada semana kilos de hidratos y verduras no muy frescas. Para contrarrestar cuida su figura nadando en un club de Congreso y jugando fútbol con sus viejos compañeros del Colegio Nacional de Buenos Aires. Dicen que es un goleador nato y morfón.
Lector de Faulkner, Saer, Onetti, Donleavy y Cheever, encera y pule su estilo en el taller de Abelardo Castillo.
En el medio de su reporteo sobre Zaffaroni, una calurosa tarde de marzo, Bianchini fue tentado por Anfibia. Y hoy es subeditor.
En enero de 2013, con esa crónica, ganó el premio Don Quijote, dentro de los premios Rey de España. El jurado indicó que Bianchini "consigue con gran maestría y riqueza del lenguaje retratar a un personaje controvertido en sus múltiples facetas personales y profesionales, utilizando con brillantez técnicas periodísticas y literarias que hunden sus raíces en la mejor tradición del nuevo periodismo iberoamericano".