Desde que una maestra de la escuela 9 de Bella Vista le dijo que tenía al Diablo en el alma porque no estaba bautizada, Paula Bistagnino es una ferviente atea militante.
Si bien trabaja en medios gráficos desde hace 12 años (La Nación, Página 12 y Perfil; Tiempo de Aventura, La Mañana de Neuquén, la revista Para Ti, el suplemento Las 12, entre otras publicaciones), todavía no se puede definir como periodista. ¿Qué le falta para hacerlo? Un título, no. Ya lo tiene. Quizás, la tesis de Licenciada de Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, que su ego primero y su mamá después, le reclaman a gritos.
Esceptica de todo y fanática de Charly García, se hace la hippie desalineada aunque su vestuario esté detalladamente calculado. Jamás en su vida usó tacos. Aprobó el First pero no fue a buscar la nota. Habla un poco de francés y, si la apuran, chapucea en portugués. Trata de evitar a las chicas bien que cuando se indisponen dicen que están “sonadas”, a las que creen que “colorado” es la forma correcta de decir “rojo” y a los que creen que porque es rubia y creció en Bella Vista pertenece al hegemónico mundo en el que José María Escrivá de Balaguer es un prócer.
Hasta que se puso de novia casi no hacía deporte. Ahora, a la mañana, corre vueltas y vueltas alrededor del Parque Lezama. Cumplió 35 años hace dos meses. Trabaja en la Universidad Nacional de San Martín. Parece tener menos.