septiembre 11, 2014

Bombones de domingo

Magda Hernández es una lectora anfibia colombiana. La semana pasada aceptó nuestro desafío: ir a cubrir el Teatro Bombón, una maratón de once obras que se ven en La Casona Iluminada. ¿Querés ser el próximo enviado anfibio? Registrate en nuestra comunidad, recibí las propuestas y convertite en un lector-autor.

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Por Magda Hernández* 

 

Es domingo por la tarde. Llego a una casona art noveau sobre una inusualmente solitaria avenida Corrientes. Un hombre joven, de unos 25 años -pantalón de jean, camisa a cuadros y zapatillas converse verdes-, se frena en la mitad de la escalera por la que se accede a la casa. Frente a él, tras una puerta con recuadros de vidrio, parcialmente cubierta por una cortina, se desarrolla una obra de teatro. El joven se pone en puntas de pie, estira el cuello, hipnotizado en su intento por fisgonear la obra que tiene lugar en la salita y de la que sólo puede percibir imágenes fragmentadas, diálogos entrecortados. Una mujer, que lo mira con curiosidad durante un rato desde la parte de arriba de la escalera, le pregunta: “¿teatro robado?” El chico asiente y sonríe. Parece que la magia del teatro lo ha dominado, dejándolo clavado ahí, en la mitad de su camino, sin poderse mover. Esa magia administrada en pequeñas dosis es la que queda tras visitar La casona iluminada y conocer su oferta de once “bombones teatrales”: pequeñas piezas de teatro de sólo treinta minutos de duración. En este tiempo, dramaturgo, director y actores se enfrentan a un reto impresionante: seducir con contundencia, en una implacable carrera contra el reloj. Entregar el corazón de una historia y hacer de esta -sin el concurso de efectos ni artilugios- un hecho realmente significativo. Como bien dice Cortázar sobre los cuentos, un knock out directo al rostro del espectador.

 

Finalmente, el joven sube la escalera. Lo reciben las paredes infinitas y blancas de la casona, un improvisado salón de café -con pequeñas velas en las mesas y un aparador decorado con luces de navidad, en donde se apilan las copas, tazas y platos- y a un lado, la taquilla. En las mesas hay grupos de tres o cuatro merendando café con medialunas, mientras otros hacen fila para comprar las entradas. “Teatro Bombón es un ciclo en el que se invita a directores a crear obras de teatro, música y danza en pequeño formato”- explica la chica de la taquilla a sus clientes- “la idea es que se apropien de los espacios que ofrece la casa y los hagan parte de la obra”. Los bombones son tan variados como sus realizadores. Se pueden comer tantos como se desee, se puede ser goloso.

 

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Mi selección empezó con un viaje al ático de la casa, escalón tras escalón cubierto de alfombra bordó y coronado por barandales de madera. Allí, la Daiana, la Samantha y toda una constelación de estrellas mitológicas de la noche porteña de los 90 tomaron vida, en el recuerdo de una única y solitaria sobreviviente. En medio de lentejuelas naranjas, plumas, sedas y tacos como rascacielos, escuchamos la historia de las fiestas que explotaban en la Moroccoyla Age, de los concursos de belleza. Los recuerdos de un personaje que sólo vivía en la noche “pues de día me convierto en calabaza”. La obra 1990 noches, dirigida por Peter Pank y con la actuación de Emiliano Figueredo, es un homenaje nostálgico, tembloroso y apasionado a las personas que poblaron las noches noventeras y a los personajes que crearon para vivirla. Una oda a la música, al glamour y al brillo, pero también, un recordatorio de la soledad y el desencanto que trajo consigo la ruptura del sueño. Tras los aplausos finales y el pedido del actor para que sigamos nuestro recorrido, disfrutando de otros bombones, nos reunimos en la sala a esperar el llamado. El barullo de docenas de conversaciones entremezcladas se apacigua con la voz del acomodador: “X errore, ¿quién tiene entrada para X errore?

 

Nuestro siguiente bombón está dirigida por Maruja Bustamante y vivida/actuada por Puchi Labaronnie. En una habitación, una mujer vestida de negro mira por la ventana y revolotea sus uñas rojas contra el marco de la ventana. La mujer está dispuesta a contarnos su historia, una historia real. ¿Qué hace que la historia de esta mujer sea importante?- se pregunta uno al entrar a la sala. A esta cuestión responde esta podóloga, practicante de danza árabe, actriz, divorciada y con dos hijos, acompañada por la foto de su madre fallecida en un pequeño altar de velas rojas. Al compartir con el espectador el relato de sus amores virtuales, descubrimos que las historias que valen la pena son las que atraviesan el alma. Y la de Puchi logra cavar hondo. Sonreímos y compartimos junto a ella, mientras nos cuenta con desparpajo los flirteos cibernéticos que la llevarán a un encuentro inesperado en Italia. Al final, mirará a cada uno de sus espectadores para pedirnos, convencida, que dejemos el miedo a un lado y seamos felices. Por un instante, lo seremos gracias a ella.

 

Luego de un café intermedio para retomar, voy a mi tercera y última pieza. El recorrido por esta caja-casa de bombones sorpresa, termina con la fuerza y la brutalidad de un asesinato: una mujer, demencial y casi animalizada, le recrimina al cadáver de su novio por un hecho sin importancia en el que se ve involucrada, como tercera en discordia, una colombiana. La rabia llevada al paroxismo, convierten a este último bombón en una pieza llena de humor, en la que se entremezclan el fútbol, la extranjería y el desamor. A la salida de Uno menos -dirigida por Carlos Casella y actuada por él mismo en su papel inmóvil de novio asesinado y María Ucedo- la sonrisa más grande de la sala parece ser la mía, una espectadora colombiana que ha disfrutado del despliegue de odio y frustración de la protagonista, quien no ha logrado entender la fascinación de su novio -ya muerto- por ese aire tropical de mango y papaya.

 

Y creo que ese fue el mejor final que pude haber elegido. El espectador que se acerque a esta caja de bombones puede agarrar otros: de chocolate blanco, con nuez o con cereales. Eso siempre está en gustos.

 

*Magda Hernández es una lectora anfibia colombiana. Se registró en nuestra comunidad hace unos meses y fue la enviada especial al Teatro Bombón.

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