octubre 27, 2014

Contar la ciencia

En los últimos años, mientras los grandes diarios cerraron los suplementos de ciencia, hubo universidades que crearon sus propias agencias de noticias científicas y movimientos socioambientales que buscaron la manera de acercarse a los investigadores y académicos para difundir sus luchas. ¿Por dónde circula hoy esa información? Organizado por la Universidad Nacional de San Martín y el INTI, el Congreso Internacional de Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología (COPUCI) discutió durante tres días cuál es hoy el recorrido del saber científico argentino.

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Primero fue el proyecto de represa Paraná Medio, allá por 1996. El pueblo entrerriano se organizó en un Foro Ecologista y le dijo NO a la obra mediante un recurso de amparo. Después, llegaron las pasteras. Gualeguaychú, Fray Bentos, plantas de celulosa importadas de Finlandia y denuncias de contaminación que viajaron hasta la Corte Internacional de Justicia de La Haya. La Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú, que nació en 2003, aún continúa con esa lucha. Una década más tarde, ya hay 17 movimientos socioambientales en la provincia, como la asamblea que está exigiendo un Entre Ríos Libre de Fracking; y la que pide Más Ríos, Menos Termas, frente a un proyecto que quiere emplazar un complejo termal en un área natural protegida.

 

¿Con qué herramientas se enfrentan estas asambleas ciudadanas a los proyectos extractivistas? Eso se preguntaron los comunicadores sociales Andrés Wursten y Gonzalo Andrés, de la Universidad Nacional de Entre Ríos. Para contestarla, comenzaron a caminar junto a estas organizaciones. Y entonces, comprendieron.

 

Comprendieron que ellos, en su rol de investigadores, no deben encerrarse en el ámbito académico, sino que tienen que salir a construir el conocimiento con los movimientos. Porque esos movimientos, dicen, también están produciendo conocimiento científico. De ciencias exactas, para entender procesos y elaborar sus propios informes. De ciencias sociales y derecho, para saber cómo pararse ante las multinacionales y exigir al Estado que cumpla las leyes. En palabras de Gonzalo: “Nos sorprendió cómo la sociedad empoderada logró construir un espacio de comunicación pública de la ciencia”.

 

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De esto y de mucho más se habló en el Congreso Internacional de Comunicación Pública de la Ciencia y la Tecnología (COPUCI), que en su cuarta edición reunió a científicos, investigadores y periodistas para abordar desde diversos enfoques la relación de la ciencia y la tecnología con la sociedad. Las primeras ediciones de este espacio anfibio se hicieron en Córdoba, San Luis y Rosario. Ahora fue el turno del partido bonaerense de General San Martín. La organización estuvo a cargo de la Universidad Nacional de San Martín y del vecino Instituto Nacional de Tecnología Industrial. Durante tres días -22, 23 y 24 de octubre- se compartieron trabajos de investigación como el de Wursten y Andrés, se contaron experiencias de comunicación institucional, y se debatieron prácticas y desafíos del periodismo científico.


 

 

Un congreso de este tipo es como un paquete de galletitas surtidas, sólo que en vez de anillos y bocas de dama, contiene ponencias y charlas. El programa era variopinto y si algo no entusiasmaba, el joven estudiante del público podía combatir el calor sentándose un rato bajo alguno de los árboles del campus de la UNSAM o del INTI. Esos amplios espacios verdes fueron escenarios ideales para compartir el café del break, entre mucho gusto, tanto tiempo, muy buena tu exposición, quedemos en contacto para trabajar juntos.

 

Un foro que dio que hablar fue el de criterios de calidad en el periodismo científico (PC), que contó con exponentes de la Red Argentina de Periodismo Científico. Así, Valeria Román, del diario Clarín, remarcó la importancia de utilizar el PC para “visibilizar situaciones que están ocultas”. Dio el ejemplo de las enfermedades desatendidas, que como afectan a poblaciones de bajos recursos, los laboratorios no suelen ocuparse de ellas porque no obtienen réditos económicos. También, llamó a comunicar noticias de ciencia y salud con perspectiva de género. Por su parte, Gabriela Vizental, columnista de temas ambientales en el programa La mañana, de Víctor Hugo, por Radio Continental, habló de la necesidad de contar una noticia de manera clara y precisa ya que, a diferencia de la gráfica, en radio y televisión “el tiempo es tirano”. En tanto, Nora Bär, periodista del diario La Nación, recurrió al chiste de una revista para explicar cómo la falta de rigurosidad de los medios a veces termina deformando la noticia original. “Destruimos el 100% de las células cancerígenas en la cola de una rata de laboratorio”, dice el científico, en el primer cuadro del chiste. Y en el siguiente, se ve el titular de un diario que anuncia: “Se descubrió la cura para el cáncer”.

 

El clímax del foro fue el debate que se suscitó acerca del poco espacio que tienen las ciencias sociales en las secciones de ciencia de los medios. Algunos fragmentos del intercambio de ideas:

 

–En mis notas, siempre trato de poner ese lugar de convergencia entre ciencias sociales y exactas. Pero los editores ven a las secciones de ciencia como el lugar para la física, matemática, etc., y el resto pasa a otra sección, como Cultura. Nosotros somos parte de engranajes más grandes, no somos los medios – explicó Federico Kukso, periodista freelance que colabora para Muy Interesante y Scientific American, entre otros.

 

–Una noticia es un resultado y, muchas veces, las investigaciones en ciencias sociales no tienen un resultado. Entonces, es muy difícil llevarlo a un medio de comunicación en la parte de ciencia –sostuvo Bär–. Por eso, se integran muchas veces en los suplementos culturales, donde el enfoque es distinto, o como columnas de opinión.

 

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- Mi experiencia de diez años de radio nos llevó a hacer un 70% de entrevistas a gente de las ciencias sociales porque nos aburrimos de las exactas y naturales, que quieren hablar siempre de lo mismo –discrepó Antonio Mangione, periodista de la Universidad Nacional de San Luis–. A mí me parece que sí es responsabilidad del periodista, no directa, pero los periodistas tenemos que hacer una autocrítica. Yo disiento con que la noticia es resultado. La noticia es resultado porque alguien la ha definido así. Me parece que es estigmatizante hablar de las ciencias sociales como que no presentan conclusiones.

 

–También hay una cuestión histórica –medió Matías Loewy, de Newsweek–. Las ciencias sociales históricamente han permeado el espacio de los medios en muchas secciones, con la opinión de sociólogos, politólogos, economistas. Esto hizo que el periodismo científico apareciera como un nicho para explorar un territorio poco tratado, el de las ciencias exactas.


 

Las Madres de Ituzaingó nunca la tuvieron fácil. Al principio, eran apenas un puñado de mujeres que vivían en un barrio cordobés abrazado por campos de soja, que empezaron a preguntarse por qué se estaban dando tantos casos de cáncer entre sus conocidos. Una de ellas era Sofía Gatica: su beba murió a los tres días de vida a causa de una malformación de riñón. Las Madres, desde ese rincón casi insignificante, peleaban su batalla en un país que, en 2001, caminaba hacia el precipicio. Golpearon puerta por puerta, preguntando, anotando, calculando. Sin ser científicas ni médicas, realizaron el primer estudio epidemiológico de la zona que planteaba una relación entre los agroquímicos y la elevada tasa de mortalidad infantil, abortos espontáneos y distintas enfermedades.

 

A partir del 2002, comenzaron a realizarse investigaciones científicas que corroboraron los efectos nocivos del glifosato y otros principios activos. El punto de inflexión en la lucha fue la denuncia del investigador Andrés Carrasco, en abril de 2009, cuestionado por haber presentado los resultados en los medios de comunicación antes de publicarlos en una revista científica. Desde entonces, Ituzaingó dejó de ser un rincón insignificante y los movimientos en contra de la fumigación con agroquímicos no pararon de crecer en número y fuerza. También se creó la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, que al igual que muchos colegas, aparte de investigar y difundir los resultados en congresos, empezaron a ejercer una comunicación pública de la ciencia. De una ciencia contra-hegemónica, como planteó Florencia Arancibia en el COPUCI, al relatar el caso de las Madres. “Los movimientos de base son claves en la producción de ciencia contra-hegemónica”, indicó. “Y es importante la comunicación de estos resultados, porque siempre serán contestados por los sectores de poder. Carrasco sufrió un montón de campañas de deslegitimación”.

 

–Aparte murió en el vacío que le hicieron sus colegas del Conicet –interrumpió una mujer del público.

 

–Prácticamente defenestrado por su comunidad –completó otra.


 

La ciencia y la comunicación no siempre se llevaron bien. Hace algunas décadas, los científicos eran verdaderos “bichos de laboratorio” que apresaban la ciencia entre esas cuatro paredes. Hasta que Enrique Belocopitow, un químico que no se conformó con ser discípulo del premio Nobel Luis Federico Leloir, empezó a convencer a sus colegas de la importancia de contar sus trabajos y se convirtió en un pionero de la divulgación científica en Argentina. Claro que si eso costaba, ni hablar de que aceptaran que sus investigaciones fueran contadas por ¡periodistas! Los primeros trabajadores de la comunicación que asumieron el desafío tuvieron que ganarse su confianza nota a nota, con insistencia, rigurosidad y creatividad para contar de manera atractiva esos papers repletos de tecnicismos. Hoy los científicos se han convertido en “fuentes abiertas” deseosas de comunicar sus trabajos: dicen que es su deber devolverle a la sociedad el conocimiento que no podría producirse sin su financiamiento ni sus demandas. Lo que no quita que, de tanto en tanto, los periodistas nos encontremos con investigadores que no terminan de comprender la lógica o los tiempos del periodismo.


 

El COPUCI 2014 terminó el viernes 24 por la tarde y dejó, al menos, dos certezas. La primera es que en la asamblea final, como todos los años, se definió cuál la sede del próximo COPUCI: la Universidad Nacional de Entre Ríos. La segunda es un poco paradójica pero no por eso menos cierta: los espacios de comunicación pública de la ciencia son pocos y muchos a la vez.

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Pocos porque, en comparación con otras secciones de un diario, un programa de radio o de televisión, las noticias de ciencia ocupan un espacio reducido. También hubo pérdidas de espacios: el cierre de la sección Ciencia y Salud del diario La Nación y la reciente discontinuación del Suplemento Futuro de Página/12, luego del fallecimiento de su editor, Leonardo Moledo.

 

Y muchos porque, a pesar de esos retrocesos, los espacios de comunicación pública de la ciencia se han multiplicado. En los últimos cuatro años, se crearon tres agencias de noticias especializadas en Ciencia y Tecnología: la Agencia CTyS, de la Universidad Nacional de La Matanza (2010); la Agencia TSS (Tecnología Sur-Sur), perteneciente a la UNSAM (2013); y Unciencia, de la Universidad Nacional de Córdoba (2014). Estos portales se suman a la pionera Agencia CyTA, del Instituto Leloir. También surgieron museos interactivos y numerosos clubes de ciencia, en los que los niños se convierten en comunicadores de CyT a través de juegos y experimentos. Este tipo de iniciativas tiene su punto cumbre en Tecnópolis, la megamuestra desplegada en Villa Martelli por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación. A estas iniciativas comunicacionales, hay que sumar el espacio generado por los movimientos socioambientales, que se apoyan en la ciencia y la tecnología para defender sus derechos.

 

Todos los espacios de comunicación pública de la ciencia presentes en el COPUCI 2014 demostraron ser diversos en objetivos, públicos, métodos, motivo de creación y lugar de procedencia. Pero todos tienen algo en común: entienden que la comunicación de la ciencia es un servicio a la sociedad.

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