Micaela es mi mejor amiga. Y está a punto de abandonarme. Se cansó. Aunque no limpia suelos como la mayoría de inmigrantes peruanas en este país, nunca consiguió insertarse en el ahora más que nunca difícil mercado laboral español. Está sola. Yo también lo estoy. No tenemos familia en este lugar, más allá de nuestras parejas y nuestras respectivas hijas. Se cansó de que su marido trabaje de camarero diez horas al día y llegue a las 11 de la noche, cuando a ella ya no le quedan energías ni para freírle un huevo o tener una conversación. Está hasta la coronilla de enviar su CV de diseñadora, con una carrera, un master y una especialización en diseño textil y que la inviten a ser becaria por cero euros a sus 35 años. Tampoco le parece bien que su madre vea crecer a su nieta por Skype. Micaela se va a mudar otra vez. Es una adicta a las mudanzas. Se ha cambiado de casa hasta diez veces en ocho años. Yo, como ella hace igual cantidad de años, me mudé de Lima a Barcelona. Hemos madurado lejos de todo, nos hemos vuelto madres en el extranjero y compartido ese desasosiego del que no es de aquí y sabe que ya tampoco del todo de allá. Para quienes vivimos fuera, volver es algo que creemos que tarde o temprano ocurrirá, aunque nos pasemos la vida sólo intentándolo. Lo dicen los más veteranos: “Y pasaron 40 años sin que nos diéramos cuenta”. Suelo pensar que en algún momento algo desencadenará mi regreso, eso me librará de tener que decidirlo.
El regreso fue durante mucho tiempo una letanía en boca de mi amiga, tanto que cada vez que lo anunciaba era como escuchar al pastor mentiroso gritando que viene el lobo. Cuando por fin habló en serio, nadie le creyó.
Pero es verdad.
Dice que será su última mudanza. Esta mañana la acompaño a regañadientes al consulado de Perú en Barcelona para iniciar los trámites de su retorno.
-La verdad es que no me había imaginado tener que hacer tanto trámite para volver a mi propio país…-, me dice mientras pasea a Maiku, su pequeña hija de un año, que aún no puede entender que está a punto de cambiar su destino para siempre.
Mientras esperamos que el funcionario rellene sus datos, Mica recibe una llamada.
-No, me llamas tarde, ya he vendido todo, lo siento. Adiós.
Tras vender la mitad de sus muebles en Ebay y dejarme la otra mitad, está lista para viajar con solo tres maletas de 25 kilos cada una, el resumen de una vida. En tanto, mi casa, de pronto poblada con sus sofás y mesas, con sus plantas y lámparas, ahora tiene un inquietante parecido a la que había sido suya.
-Cuando entré a tu casa y vi los muebles me dio pena… luego sentí alegría también. porque tu casa ha quedado preciosa, esas cosas ahora ya no son mías… Me llevo ropa, mi computadora, de la que no me pienso desprender porque es mi fuente de trabajo, me llevo también algo de mi “altar” de fotos y objetos queridos.

Tras dos horas de espera, es el turno de Micaela. Nos hacen entrar a un cuartito y el funcionario del Consulado de Perú le hace firmar varios papeles. Oficialmente, ya puede irse. Se está yendo todo el mundo, nos dice el empleado con media sonrisa.
Desde hace un tiempo ya nadie me envidia por vivir en España. Desde que estalló la crisis, no han vuelto a escribirme para que les dé consejos de cómo venir. Es más, muchos me sugieren que vuelva, porque al Perú le va bien, porque el Perú está de moda, ha entrado a su séptimo año consecutivo de crecimiento, mientras España no hace más que deprimirse. Es una especie de éxodo de ciencia ficción, en el que los latinoamericanos empiezan a dejar el “primer mundo” por una oportunidad en el tercero. Cuando llegué a Barcelona, todo el mundo soñaba con estar aquí, ahora todo el mundo sueña con irse. Algunos lo están consiguiendo.
***
Micaela, su marido, Sergi, y la pequeña Maiku, se están quedando en nuestra casa. En una semana se habrán ido, mientras tanto, han montado su campamento en mi sala. Jaime está un poco inquieto, como cada vez que tenemos que alojar gente. Las tres maletas están metidas en el baño. Siempre que lo ha necesitado, mi hogar ha sido su refugio temporal. Recuerdo que al dejar el pequeño piso donde Jaime y yo habíamos empezado a construir nuestra precaria vida de jóvenes periodistas en el extranjero (esperábamos un bebé y había que buscar un nido mejor), Mica y Sergi lo tomaron. Micaela siempre cuenta orgullosa cómo decoró el piso a su estilo, hasta que no se pareció en nada a la casa donde yo había vivido. Un periódico los incluyó en un reportaje sobre parejas que viven en pisos minúsculos aprovechando al máximo el espacio. Se tituló “El pequeño palacio de Micaela y Sergi”. Durante mucho tiempo, el recorte estuvo colgado en la puerta de su nevera.
Cuando vives en un país extranjero, los amigos son tu familia. Comes con ellos los domingos, les heredas tus pisos, les pides plata prestada, les confías a tus hijos. Y yo en breve me voy a quedar sin parte de mi familia extendida. ¿Por qué se va? ¿Por qué me quedo? ¿En qué maleta guardamos el sueño de una Europa que ahora se desdibuja para arrojarnos otras vez a nuestro viejo Nuevo Mundo? Estamos sentadas en la galería de mi casa. Micaela toma un té, mientras yo riego las que hasta hace sólo un rato fueron sus plantas.
-La decisión de irme no la tomé bajo el efecto de las drogas, como tú crees. Mi amiga Sachico me invitó a su nueva casa, era un ático precioso frente al parque de la Ciudadela. Y ahí estaba yo, mirando el monumento del parque que acababan de pintar de un dorado intenso. Te juro que en ese momento dije: ¿que estoy haciendo acá? Y me pregunté: Mica, ¿es esto lo que quieres? Y la verdad es que dije: No. Éste no es mi sueño. Esa noche Sergi y yo nos tomamos unas cervezas y le dije que me quería ir ya.