Messi se encargó de matar al monstruo. Sus tres goles nos exorcizan. Hagan la prueba: imaginen el suplicio de mirar un mundial por la ventana, viralizando goles ajenos. La angustia de estos días nos recordará que se estuvo a minutos de romper uno de los pocos consensos que teníamos, construido durante cuatro décadas: la selección de fútbol. Pero está Messi, el redentor, el que nos dijo “Acá estoy yo, para salvarlos”. Escribe Alejandro Wall.



Lo extraño de todo esto es que sea Messi el superhéroe de un partido fronterizo. Porque estas cuestiones del fútbol estaban destinadas a ser resueltas por hombres de carne y hueso, jugadores terrenales que disfrutaban de ser one hit wonder con la selección, como Ricardo Gareca (¿o fue Daniel Passarella?) en 1985 y Mario Bolatti en 2009. Clasificarse a un Mundial para la Argentina fue durante mucho tiempo una cosa mundana, un trámite burocrático que se solucionaba llenando unos papeles más o menos sencillos, y que si se complicaba el tema podría quedar en manos de un oficinista. Era lo que tenía que ser. Hasta Quito. Porque lo que se suponía una tarea menor requirió de fórmulas más complejas. Como si estuviéramos metidos en la serie Stranger Things, en estas eliminatorias no sabíamos qué pasaba detrás de las paredes. O no sabíamos cómo enfrentarlo. Perdón el spoiler, pero fue Messi el que se encargó de matar al monstruo. Un monstruo que él mismo había liberado. Messi, nuestro Eleven.

 

Hace algo más de un año el chico que más nos gusta ver jugar a la pelota estuvo a punto de dejarnos. Mejor dicho: nos dejó, nos dijo que se iba. Había llegado él y su equipo (nuestro equipo) a tres finales, una de copa del mundo y dos de copas América. Quedábamos huérfanos. Hubo un poco de todo en esa decisión angustiante, el hastío ante la derrota, el casi campeón como karma, la desidia dirigencial, las críticas crueles y esa forma de agarrarlo de la remera sacudiéndolo y escupiéndole en la cara que tenés que ser como el Diego, tenés que ser el Diego.

 

Se ve que lo pensó mejor porque nunca efectivizó la renuncia. Se fue el técnico que estaba, con todo más o menos en marcha en esto de clasificarse al Mundial, y llegó otro que nos contaba cómo le íbamos a ganar la próxima final a una selección europea, sus planes de vida después de ser campeón, mientras lo que veíamos el resto de los humanos futboleros era que la barrera estaba bajando. Viene el tren, Patón, mirá que nos lleva puestos, pero el Patón dale que dale con que nos vemos en Rusia. Messi volvió cuando tenía que volver, al final, contra Uruguay, uno a cero, todo tranquilo. Después vinieron las puteadas contra Chile, la lectura de labios, la suspensión de cuatro partidos que fueron dos, y la AFA. Uy, la AFA.

 

Se fue el técnico optimista -¡que va al Mundial pero con Arabia Saudita!- y llegó otro más reflexivo que nos citó a José Larralde y nos armó una playlist de rock nacional antes de los partidos. Pero que, ante todo, llegó con un método. Y los métodos no siempre dan resultados en dos partidos. Ni en tres. Tampoco en cuatro. Esa urgencia te la regalo si sos técnico.

 

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Pero volvamos a Messi, el muchacho que liberó al monstruo y un año después subió a 2800 metros sobre el nivel del mar y se lo comió. Lo que queríamos de Messi era que tuviera su estadio Azteca, y terminamos mandando cadenas de WhatsApp dándonos fuerzas para no se perdiera (no nos perdiéramos) un Mundial. De buscarle socios en el juego, algunos dirigentes pasaron a preocuparse más por la cancha en la que se jugaba. O en apelar a manos esotéricas. Las hinchas de fútbol tenemos, a veces, expectativas trastocadas. Es el secreto de todo esto, lo que nos hace hinchas: la esperanza. Podemos esperar cualquier cosa y cualquier cosa puede pasar. Pero viene al pelo esta angustia eliminatoria para bajarnos de un hondazo. Te acomoda las expectativas. Porque hasta ayer un poco que decíamos que volviera aquello de perder finales, que volvieran los subcampeonatos, que los perdonamos.

 

Este susto que nos pegamos es un aviso. Es el infarto que no pegó la vuelta completa, que nos da otra chance para, oh carpe diem, disfrutar el día a día, lo que tenemos a mano. Sin que esto sea de autoayuda, decimos: al fútbol hay que esperarlo siempre, compañeros, se toma sus tiempos y da vueltas inexplicables, sino miren a Chile, campeón de las últimas dos copas América y afuera del Mundial. Y la Argentina, subcampeón, adentro. Ni hagamos el juego de qué elegirían si tuvieran que elegir.

 

Los tres goles de Messi nos exorcizan. Imaginamos en estas semanas lo que sería el suplicio de pasar un mes mirando el fútbol por la ventana. Viralizando goles ajenos. Rellenando el fixture de los otros. Periodistas que zafaron sus viáticos: acuérdense de este martes a la noche de misericordia, este diez de octubre de dos mil diecisiete, cuando llegue lo que no esperaban. Cuando quizá no alcance -no se asusten- para ganar un Mundial. Cuando estén a esto de prender la hoguera. Si ustedes no se acuerdan, nos vamos a acordar otros.

 

A los que pedían que la Argentina se quedara afuera, una cosa: nunca se desea la tristeza popular.

 

Pero si llegar a Rusia valía la pena porque sí, porque nos gusta, también valía la pena por una generación de jugadores, que incluye a varios que no fueron convocados para estos partidos, y que le dieron a la Selección -nos dieron- esas tres finales. Las perdieron y puede haber críticas en todo eso. Pero nos devolvieron a un lugar que -recuerden- habíamos perdido hacía más de veinticinco años. Se trata de una generación de futbolistas que por esas finales fue injustamente castigada. Una generación hecha meme. Y que no merecía quedar en la historia por no haberse clasificado a un Mundial. No es sólo Messi, pero sobre todo es Messi. Quizá era menos importante que ver a nuestros hijos, hijas, con tristeza, pero era una parte más de todo esto. El fútbol nos entrega más angustias que alegrías, incluso a los hinchas de equipos habitualmente campeones. Siempre son más las derrotas que los triunfos. En ese territorio imaginario, casi siempre perdemos. Pero cuando ganamos (y cuando ganamos bien, ni te digo) somos tan felices como futboleros, pero tan felices. Esta generación de futbolistas vio un 38-38 para la sucesión de Grondona que no fue, una comisión anormalizadora que intervino políticamente como nunca en el fútbol, y que derivó en el fin de un proyecto que más o menos llevaba todo a su cauce, una banda disputándose el botín sin que le importara nada. Qué dramón era llegar a finales y no ganarlas, eh.

 

Todo eso sigue ahí, intacto, para recordarnos que estuvieron a nada de romper el mejor juguete que tenemos, uno de las pocas cosas en las que estamos de acuerdo, un consenso que se construyó durante cuatro décadas: la selección. Si de Grondona se pueden decir cosas, también se puede decir que, salvo por algunos desvaríos finales, hizo una administración paciente de la selección.

 

Messi es un jugador más dedicado a lo epicúreo que a lo épico. Pero en Quito tuvo su épica, coadyuvada por un gol ecuatoriano que nos arrancó los pelos. Que Messi, a esta hora, sea más un redentor que un rey del Olimpo es casi poético. Como si nos enfrentara con lo que realmente somos para decirnos “acá estoy yo, para salvarlos”.

 

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