Después de dos años de estar en la segunda división, Gimnasia y Esgrima de La Plata consiguió volver a primera. Durante el campeonato hubo peleas, conspiraciones, temple para soportar las cargadas y festejos que disimularon una muerte. El cronista Juan Manuel Mannarino y el especialista en cultura popular Pablo Alabarces se sumergieron en la barrabrava, se metieron entre líderes, capos y segundas líneas, viajaron con ellos siguiendo el torneo de la B en varios puntos del país para contar en una nota Anfibia cómo se vive desde adentro la euforia por ascender.



Cuando a pocos minutos de haber empezado el partido, Osvaldo “Pucho” Barsottini mande el centro, el Volador y el resto de la barra de Gimnasia se quedarán callados. Un segundo de silencio, de agarrar fuerte la bandera, de repetir: “dale, dale, Pereyra, dale”. De rezar, porque siempre hay alguno que en estos momentos reza, hasta que Pereyra, Facundo Pereyra, el delantero que había llegado como un fichaje desconocido desde el fútbol mexicano y se convirtió en el goleador del Lobo, meta un cabezazo que infle la red del arquero de Instituto de Córdoba en el estadio Mario Alberto Kempes.

 

—¡¡Gaaal, Goooll, Vamo´Ginasia!!! —gritará el Volador.

 

El gol se festejará tanto que muchos no volverán a mirar el partido. Los hinchas se enjuagan las lágrimas, se dan la mano con propios y extraños, moquean, en cuero, se tiran de los para avalanchas o se sientan, con las cabezas entre las rodillas y agradecen al cielo, o extasiados corren por las gradas. Está también el viejo que se acuesta en los tablones. Más tarde dirá que tuvo miedo de que le diera un paro cardíaco.

 

-¡¡Lobito cómo me hacés sufrir, ni mi mujer me tiene tan loco, la concha de la lora!!- grita un integrante de “La 22”, como se le dice a los barra de Gimnasia.

 

A su alrededor, estallan risas nerviosas.

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Después de dos años de estar en la “B”, de su quinto descenso en la historia, después de 26 años ininterrumpidos en primera, llega el alivio: se respira profundo, se masajean las piernas, rígidas tras ocho horas de viaje, se busca la calma, pero la emoción es difícil de dominar.

***

Nadie quiere perderse el viaje. Salen desde los barrios que más representan al equipo en la ciudad de La Plata: El Mondongo, El Churrasco, Tolosa, El Palihue, Parque San Martín, Berisso, Villa Elvira, Ringuelet, Ensenada, El Carmen, Los Hornos y Aeropuerto. Sin dormir, a la madrugada, en buses de segunda categoría.

 

En tres de ellos, la hinchada del Lobo concentra su poder: El Churrasco, El Palihue y una parte de la zona de Tolosa y Ringuelet, entre lo que se conoce como “El Mercadito” y “La Favela”.

 

Cuando Gimnasia juega de visitante, el viaje se convierte en un ritual donde se fuma porro, se toma vino, se canta y se agitan las banderas. Hay pibes que laburan el doble para viajar. Saben que, en el camino, hay dos posibles cruces: toparse con hinchas de otros clubes y ser frenados por la policía. Los uniformados no toleran a los micros de las hinchadas visitantes. Los paran, los hacen bajar, les sacan las banderas. Su objetivo es demorarlos para que se pierdan la mayor parte del partido. Las “filiales”, esa especie de sucursales descentralizadas del club, salen con muchas horas de anticipación. Porque van repletos y no pueden ir a más de 90 km por hora pero, más que nada, porque saben que perderán como mínimo una hora de cacheo policial.

 

El viaje es parte del “aguante”, y muy especialmente en el Nacional: horas eternas rumbo a Córdoba, Tucumán, Puerto Madryn o Corrientes, dentro de micros que no son precisamente coches-cama sino ómnibus en busca de su jubilación definitiva, mal alimentados aunque mejor bebidos, con cuerpos que se entrechocan para ir recreando continuamente la sensación de grupo: “somos uno, somos la hinchada”. Las vejaciones policiales apenas ratifican ese ritual.

 

Esos hinchas son las segundas y terceras líneas de “La 22” y deben cumplir una misión: ocupar el centro de la tribuna visitante. Se encargan de atar las banderas en los para avalanchas y de hacer la previa con los cánticos. En cada micro, hay un líder que se comunica con los capos a través de radios Nextel. Los líderes suelen manejar las entradas y el control de las filiales. El camino hacia un estadio visitante es una tentación a la anarquía. Es común que se rompa algún vidrio, que se agarren a trompadas con hinchas contrarios y que alguien corra gritando como loco por Gimnasia en calles que nunca más volverá a pisar. Después de pisarlas, podrá decir: “les caminamos el barrio/la ciudad/la calle”.

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Por eso es común parar el micro antes de llegar (aunque para esto hay que lidiar con la policía local) justamente para “llegar caminando”, y de esa manera evitar “llegar en micro”, para colmo custodiados. Por supuesto, las policías locales juegan de local: entonces, intentan evitar que les pisen el territorio. Ellos también custodian el honor del barrio/la ciudad/la calle.

 

Aunque, para algunos, la llegada es mucho más cómoda. Ahora falta tan sólo una hora para el match decisivo en Córdoba y los jefes de la hinchada llegan en camionetas cuatro por cuatro y en autos modernos con vidrios polarizados. Los capos suelen arribar cerca del comienzo del partido. Se los ve tranquilos: mascan chicle, toman agua saborizada y fuman cigarrillos.

 

Cristian “El Volador” Camilieri, morocho, zapatillas Nike y ropa deportiva de Gimnasia, viajará la noche anterior junto con seis hinchas en una Volkswagen Amarok doble cabina: no irá despacio. Hará 800 kilómetros en seis horas. Lo seguirá una Ford Ranger comandada por barras de Cambaceres de Ensenada, un club históricamente enfrentado con Gimnasia. Aunque juega en la Primera C, la renta de la hinchada ensenadense permite algunos lujos automovilísticos. Y siendo los de Cambaceres también simpatizantes del Lobo, ir juntos es borrar las fronteras: los jefes se reconocen en sus códigos.

 

Hombre morrudo de cuarenta y pico, con una colita en un corte de pelo tipo el cantante de cumbia Pocho La Pantera, “El Volador” es silencioso, algo tímido y tiene tatuajes con los nombres de sus hijos: parecen punzados por él mismo, en letra cursiva, como los que suelen hacerse los presos.

 

Ese hombre podría ser un camionero, un carnicero, un sindicalista. Pero ese hombre no es cualquier hombre. Ese hombre es una institución, el número uno, el líder de la barra.

 

Ese hombre permanece quieto y todos los hinchas de Gimnasia se acercan a saludarlo. Tan sólo hace una mueca en sus labios anchos, un cabeceo, un guiño de ojo. Y no mucho más. Un viejo pastor que cuida de su rebaño.

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Se dijo de él que fue uno de los que amenazó con armas de fuego a los jugadores de Gimnasia para que perdieran con Boca, el célebre partido en el que el ex presidente Juan José Muñoz apretaría en el vestuario al árbitro Daniel Giménez. Los diarios locales sacaron notas donde dijeron que el líder de la “22” fue el jefe de seguridad de las empresas de Muñoz, recientemente fallecido. En un clásico platense de 1998, Camilieri se subió a los alambrados y se arrojó al estadio. Se sospechó que lo perseguía la policía pero él dijo que cayó porque alguien lo empujó. En el campo de juego, para que no lo detuvieran, se abrazó a dos jugadores de Gimnasia. Algunos dicen que lo llaman “El Volador” por esa hazaña.

 

Ser jefe es mucho más que un liderazgo de un grupo de hinchas: es el depositario del honor de (la mitad de) una ciudad. Que del modo en que conduzca a sus huestes –a los pibes de la hinchada– depende el prestigio ganado en infinidad de combates contra la policía y contra otras hinchadas. El líder sabe que tiene que combinar saberes y experiencias difíciles de reunir: relaciones públicas y capacidad de negociación, con los dirigentes, con la policía, con la política; capacidad de organización y conducción de masas, para que con pocos gestos y gritos los pibes respondan como un ejército; capacidad de administración, para que el dinero sea a la vez suficiente para él y para el grupo y, junto a todo eso, capacidad para la pelea.

 

“Aguantar no es chamuyar”: también es pararse, pelear y vencer.

 

— ¡Cristian, Cristian, una foto con mi hijo por favor! —chilla una señora que parece buscar un famoso de televisión entre un grupo de hombres, a metros del estadio en Córdoba.

 

Ese hombre podría ser elevado por sus súbditos, y controlar a la hinchada desde un altar. Pero no; surge del anonimato y, cuando menos se lo espera, se coloca delante de los policías y ordena el paso de los micros. Si algo se descontrola hay un riesgo inminente: el respeto por su liderazgo puede desmoronarse. Y si él cae, cae Gimnasia.

 

— ¡Agarrá bien la bandera, no estás viendo por dónde caminás!- le dice, indignado, a un pibe que se trastabilla con una cerveza en la mano. Ni bien lo reta, el pibe recibe un cachetazo de un segundo mando.

 

Los capos se saben líderes sociales reconocidos por su comunidad. En un descampado que hace de cochera a doscientos metros del estadio, se sacan fotos con las familias. No hacen la cola. Parecen estrellas de rock. Saben de su prestigio: nada hay acá de “violentos, inadaptados, bestias, delincuentes”, ni cosa que se le parezca. Por eso, posan solemnes y hasta se hacen chistes.

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Volver a Primera es, para los hinchas, un signo de honor: de vengar una afrenta, de superar una humillación, de mirar a la cara a los otros hinchas.

 

Para los capos, es además un retorno a los primeros planos: es ir a La Bombonera, al Monumental. Es un salto en las rentas: a mayores ingresos del club, mayores posibilidades de recaudar.

 

Desde hace quince años, los jefes de la hinchada son “El Volador” y Fernando “El Torugo” Núnez. Entre ellos hay respeto: “El Torugo”, que hace años tiene un familiar trabajando en el club, se encarga de la seguridad en las plateas y pasillos del estadio Gimnasia. No suelen andar juntos y se reparten los territorios de la hinchada. Están los que dicen que hacen trabajos para el municipio local. Las últimas veces que su equipo jugó copas internacionales, viajaron a Chile y a Brasil en avión y se hospedaron en el mismo hotel que los jugadores.

 

El “Torugo” no fue a Córdoba al partido contra Instituto. Se lo vio en los festejos en el centro de La Plata. Dicen que fue uno de los que organizó la quema de una bandera gigante de Estudiantes, el rival de la ciudad. El hecho causó un rumor impactante: parte de la hinchada que no viajó a Córdoba difundió por las redes sociales que la bandera, un trapo emblemático que tenía a Juan Sebastián “La Brujita” Verón en el centro, fue entregada por un miembro de la hinchada de Estudiantes, que está dividida hace años por una interna feroz.

 

El que aparece en los tablones, el más carismático, el líder actual es El Volador.

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A su alrededor, los segundos mandos. Cada uno con su apodo: “El Tucumano”, “Gareca”, “El Ruso” y “Cristian, el malo”. Muchos de ellos viajaron al último mundial en Sudáfrica por ser partes de “Hinchadas Unidas Argentinas”, una asociación que nuclea a barras argentinos y está ligada políticamente al kirchnerismo, aunque no trepidó en venderle una bandera de apoyo al férreo opositor Francisco De Narváez.

 

El día del ascenso El Volador se trepa, hace equilibrio en los para avalanchas, toca el bombo, arma un pogo y se da la mano, sonriente, con propios y extraños. Los segundos mandos lloran tanto como él, se cargan dándose cachetazos y piñas suaves en los brazos. Porque en una hinchada, todo se hace a los golpes.

***

-Acá no hay barras chetos, como pasa en Estudiantes. A esa hinchada la maneja un policía- dice Juan Pablo “Papupa” Córdoba, un ex barra que estuvo preso por el triple crimen de los policías en la planta transmisora de La Plata en 2007.

 

Los barras del Lobo no suelen hablar con la prensa. Pero el Papupa no tenía problemas en aparecer en cámara.

 

-¿Y ustedes cómo son?- le pregunta el periodista Rolando Graña, en el programa “GPS”.

 

-Somos los pobres, los que están en los barrios villeros. Gimnasia es puro aguante. Es su gente y nada más.

 

El aguante sería, entonces, una propiedad de las clases populares. Nunca falta una interpretación de clase, aunque los “chetos” de los Borrachos del Tablón, de River Plate, la desmientan.

 

Porque jugar en Primera, para la “22”, no borra las diferencias sociales. Estudiantes son los ricos y los chetos. Gimnasia, los pobres y los villeros.

 

Así será siempre.

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Es martes a la tarde y se juega la fecha 34° del Torneo Nacional B en el estadio Mario Alberto Kempes de Córdoba. Si en un rato Gimnasia empata con Instituto, asciende. Suenan unas bombas de estruendo. El micro doble piso cruza el estacionamiento. Los hinchas de Gimnasia quieren hacerles saber a los jugadores que están ahí: frente a esa línea que divide el bancarlos como equipo y meterles presión para que ganen.

Cantan.

 

Porque los jugadores
me van a demostrar
que salen a ganar,
quieren salir campeón,
que lo llevan adentro
como lo llevo yo.

 

Dentro del micro, el director técnico Pedro Troglio también está descontrolado: golpea los vidrios como un simpatizante más. Los jugadores saltan arriba de los asientos y agitan los brazos. Los hinchas del Lobo —así le dicen al equipo por tener su estadio en el bosque de la ciudad— quieren convencer al chofer para que abra la puerta. Están como locos.

 

Le dicen, también, “Triperos”, porque en 1920 los jugadores provenían de los frigoríficos de Ensenada y Berisso y “Basureros” por Oscar Venturino, presidente del club en la década del ´70 y dueño de una compañía de recolección de residuos.

 

Los hinchas frenan el micro. Pero los jugadores no bajan.

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En la escena se está respetando con fidelidad un código (casi) perdido: el fútbol es cosa de pasión y sentimiento. Poco importa que dentro del micro vayan profesionales que cobran sumas importantes de dinero (a veces siderales, aunque no suelen abundar en el Nacional B); que quieren salir campeones para conseguir una transferencia, mostrarse en la vidriera de fútbol grande o irse a dirigir a España.

 

En ese momento, en el playón, la previa del partido, todos deben ser, o al menos mostrarse, como hinchas.

 

-¡Pongan huevo, que esta tarde cueste lo cueste, esta tarde tenemos que ganar!!

 

Pero los jugadores no salen del micro: una cosa es mostrarse como hinchas; otra, bien distinta, confundirse con ellos.

***

 

El Nacional B es un torneo largo, difícil: los hinchas temían que el equipo se derrumbara a pocas fechas del final. El año anterior, Gimnasia había sido protagonista y cayó estrepitosamente. En éste, ganó partidos clave en Corrientes, Bahía Blanca y Banfield, pero no debía relajarse. El pasado acechaba.

 

-¡Este es el año, mirá si nos toca jugar con la Villa, me mato!!- le dijo “Cristian, el Malo” a otro hincha, en referencia a Villa San Carlos de Berisso, recientemente ascendido a la “B”.

 

Esa incertidumbre no fue la del principio. Todo había comenzado con alegría. Eran las primeras fechas y Gimnasia estaba puntero. Tocaba visitar a Atlético Tucumán. Había una fuerte ilusión en la hinchada: sabían que bajo el mando de Pedro Troglio, un técnico que se hizo ídolo después de ser jugador del club (la camiseta “21” fue retirada en su honor), la expectativa iba en aumento. El plantel se había reforzado con jugadores de primer nivel.

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En Tucumán, la mano derecha del “Volador”, un hombre que se mueve entre las sombras, estuvo al mando de los micros. En el camino al estadio de Atlético, después de una larga previa que incluyó vino, fernet y asado en un camping, perdió la línea. Agitó a los líderes de los micros para meterse en los barrios cercanos a la cancha. Repartió piñas y patadas por doquier contra hinchas tucumanos. Luego, se peleó con miembros de “La 22” por la reventa de entradas.

 

El jefe no puede controlar todo. En su ausencia, su mano derecha se envalentonaba, y más en estadios de poca monta.

 

A los segundos mandos les ocurre algo similar. Salvo “El Tucumano”, que es una figura sombría y en retirada, un sesentón que fue compañero del “Loco Fierro”, están en la delgada línea entre el autocontrol y el desborde. En Mar del Plata, cuando Gimnasia visitó a Aldosivi la fecha anterior a consagrarse en Córdoba, un grupo entre los que estaban “Gareca” y “Cristian, el Malo”, corrió a dos hinchas de Aldosivi que habían apedreado un micro. El resto de la hinchada, que viajaba en los otros colectivos, también se bajó como si fueran tiburones oliendo sangre. Los de Aldosivi pidieron clemencia. Se acercó un patrullero y los policías no bajaron. “Cristian, el Malo” les explicó la situación:

 

–Todo bien, jefe: fueron dos pibes que se zarparon un poco, pero ya está.

 

–No nos armen quilombo…

 

Y todo volvió a la normalidad.

 

A pocas cuadras, un muchacho intentó pasar el micro con su moto. Perdió el equilibrio y cayó en el pavimento. Dos de los barras, mientras los vecinos miraban quietos desde las veredas, lo ayudaron a estabilizarse, levantaron su moto y le preguntaron si querían que llamasen una ambulancia desde sus Nextel. El muchacho los miró desconcertado.

 

Después, en el estadio mundialista, se vivió una fiesta: Gimnasia ganó 1-0 y el triunfo se celebró como si se hubiera ganado una final del mundo: la hinchada copó la puerta del Casino Central.

 

Ya no era necesario golpear a ningún hincha de un club que se consideraba menor. Ahora la hinchada quería festejar con tranquilidad.
-¡¡Hace cuánto que no disfrutaba un domingo!!- dijo “Gareca”, quien había salido la noche anterior a un boliche marplatense y se imaginaba comiendo un asado en la mesa familiar. Hay un momento donde los nervios ceden.

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La vida daba un giro de 180 grados: después de aguantar dos temporadas con la tensión a cuestas, “Gareca” quería descansar. Disfrutar de tiempo libre, del reposo que se necesita después de haber conseguido un logro tan importante.

 

Esa noche, fervorosos pero calmos, los micros volvieron a La Plata con la sensación del ascenso bajo el brazo.

 

—Vamos Mono, carajo.

 

El partido ante Gimnasia de Jujuy, por la fecha 33 del torneo, estaba por comenzar. Gimnasia venía de una mala racha y sus hinchas estaban preocupados por la recta final. El alarido lo lanzó la mano derecha de “El Volador”, alguien que no habla con la prensa y prefiere mantenerse en el anonimato. Estaba dirigido a Fernando Monetti, el arquero ídolo de la hinchada junto a otros futbolistas como el defensor “Bochi Licht” y el delantero Franco Niell. Lo codearon. Le dijeron que no. Que no era el Mono.

 

—¿Quién es, entonces? —preguntó.

 

—Pablo Bangardino. El Mono está suspendido.

 

Los barras no suelen mirar los partidos. Dan la espalda al campo de juego: se preocupan por agitar a la hinchada. O por merodear en los tablones y los pasillos para mantener el orden y el concierto. Nada puede pasar en la tribuna sin su aprobación: cada bandera está controlada o paga un peaje; cada pancho que se vende, cada petardo que se tira, cada punga que tiene, o no, territorio liberado, si paga el porcentaje correspondiente.

***

Todas las hinchadas se bautizan a sí mismas: la “12”, la “Guardia Imperial”, la “Butteler”, los “Borrachos del Tablón”, la “Pandilla”. El nombre es indispensable para diferenciarse de las otras hinchadas, y cada elección sugiere una interpretación, más o menos épica o apenas territorial. La de Gimnasia es la 22, en homenaje a su líder histórico, Marcelo Amuchástegui, “Loco Fierro”, muerto en 1991 por las balas de la policía rosarina.

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Ahora faltan quince minutos para el partido en Córdoba y bajo las órdenes del Volador, en los pasillos del estadio Mario Alberto Kempes , los capos toman el control. Faltan quince minutos y los casi quince mil hinchas de Gimnasia deliran en la tribuna visitante. “El Volador” ya no está quieto: se mueve como pez en el agua. Es un director de orquesta. Los músicos encabezan la procesión a la cancha.

 

Primero, está la línea de bronces: trompetas y trombones. Luego, la de percusión: los bombos, los platillos y los redoblantes. Los bombos dicen “La 22” en el centro y “Marcando la diferencia” en los bordes.

 

“La 22” es un tumulto de cuerpos danzarines, banderas y bengalas. Cuesta creer que así como están, alegres y eufóricos, y a la vez minuciosamente organizados, sean los que la prensa estigmatiza como peligrosos y malhechores, como bestias irracionales: los barras bravas. Los “violentos” no son todo el tiempo lo que los otros dicen que son: capaces para la pelea y el crimen, pero también para una organización racional y hasta burocrática, para la alegría, la fiesta, el “carnaval”, el orgullo.

 

El sol de Córdoba enceguece: es un martes de otoño pero parece un sábado de verano. “El Volador” está colorado. Tiene hinchada la vena del cuello.

 

—¡Escuchen, carajo, escuchen! —le dice, enojado, a la hinchada. En ese momento se transforma en director del coro: en la tribuna se está cantando una canción. Y ellos, en los pasillos, estaban cantando otra. Pero él es el jefe y desde su punto de vista son los otros los que están equivocados. “El Volador” reúne a los líderes de los bronces y la percusión. Les dice algo a los oídos. Después, sobreviene un rato de silencio.

 

El volador se corta solo, sube los escalones y mira a los músicos. Agita los dedos como si contara billetes. Ahora sí: la sintonía entre “La 22” y el resto de la hinchada es perfecta. Y la canción se grita entre saltos y empujones:

 

No tengo un mango y voy igual/ de visitante o de local.
fumando porro y tomando vino.
el que no alienta a Gimnasia, para qué carajo vino.

 

Los jugadores entran a la cancha. El ídolo del equipo, el arquero Fernando “Mono” Monetti surgido en las divisiones inferiores del club, saluda a la hinchada con la mano en el corazón.

 

Un jugador de fútbol siempre se toca el pecho cuando mira a su hinchada. Es el lugar del corazón y también el del coraje. Puede besarse treinta y tres camisetas distintas a lo largo de su carrera: pero siempre besará el escudito impreso en la remera.

Como si fuera el único.

***

Gimnasia no es un club grande, pero es la institución deportiva más antigua del país. Fue fundada el 3 de junio de 1887. Si bien fue campeón en 1929 en el amateurismo y en 1994 con la Copa Centenario, los hinchas hacen culto del sufrimiento y de ser un club “de la gente”.

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Dos años en el Nacional “B” era sentir una espina clavada en el pecho. Se sufrían las pintadas de Estudiantes con la goleada del clásico del 7-0 (el 15 de octubre de 2006) en las paredes, las cargadas en la calle, las humillaciones en las oficinas y en las reuniones familiares.

 

Cuando un equipo está en “la mala”, como les gusta decir a las hinchadas del fútbol argentino, el desafío es doble. Hay que seguir y, sobre todo, demostrar fortaleza. Más aguante: temple para demostrar la hombría, coraje para demostrar el honor, que nunca debe perderse. Copar los estadios de los equipos más representativos de la división como Huracán, Banfield y Rosario Central. Que el país, por televisión, lo sepa.

 

Ahora “La 22” aplaude al equipo y piden que Pedro Troglio, el técnico que aman, no se vaya del equipo. El partido se jugó en el Estadio Único de la ciudad y los hinchas protestan colgando al revés las banderas. No les gusta salir del bosque: lo consideran un acto de deshonra. Gimnasia goleó a Sarmiento 3-0 y quedó segundo, porque Rosario Central salió campeón tras ganar su partido.

 

La hinchada quería coronarse con el campeonato, y algunos mastican bronca mirando el piso. Habían planeado un festejo con despliegue de fuegos artificiales y un nuevo copamiento del centro de la ciudad. Entonces se descargan: cantan contra Independiente, “El Rojo” de Avellaneda, una hinchada que consideran enemiga.

 

La barra lo sabe como nadie: cuando un equipo desciende como el Rojo pierde protagonismo: bajan los ingresos y se desinfla el colorido. Y sin colorido ni ingresos, la pasión y el fútbol se diluyen.

 

Ahora, para los triperos, todo será diferente.

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Que una hinchada se identifique como popular y de los barrios pobres no significa que esté lejos de los problemas. Al menos, así lo creen quienes investigaron el pasado de “La 22”.

 

A veces, esa historia tiene detalles siniestros. El periodista Gustavo Veiga, en su libro “Donde manda la patota. Barrabravas, poder y política”, sostiene que el Loco Fierro y un “sector duro de la barra” colaboraron con las grupos de tareas de la Policía bonaerense de Ramón Camps durante la última dictadura militar. No es su única hipótesis. También asocia a Carlos “El Indio” Castillo, figura clave de la siniestra Concentración Universitaria Peronista (CNU) y reconocido hincha del lobo, con el armado de la barra de Gimnasia en los ´70.
Mario Gallina, ex comisario platense y luego responsable de la seguridad deportiva en la Provincia, reconoció que un integrante famoso de “La 22”, el “Negro” José Luis, estaba amparado por los jueces y los directivos del club.

 

Tanto como la del “El Loco Fierro”, del que era amigo, la historia de José Luis parece la de un rufián del policial negro. Que empieza por una canción popular: el tema “La Gran Bestia Pop”, de Los Redonditos de Ricota, fue escrita en su homenaje. “El Negro José Luis” murió a los 46 años y lideró con “El Loco” Tabbia una fracción de la hinchada. Peronista, cultor de la frase “Mi Vieja, el Lobo y Perón”, fue famoso por sus peleas callejeras: su cuerpo tajeado era un monumento a la riña. Pero sobre él, también, pesa una leyenda oscura: se dice que fue buchón de la policía.

 

Los poderosos se fascinaban con la vida de los rufianes. Veiga, y también el periodista Amílcar Romero, dicen que el ex juez Alberto Ramón Durán, alias “Tito”, asistió al funeral del Loco Fierro, cuando el hincha más famoso de la historia del club fue baleado en 1991 por la espalda por efectivos del Comando Radioeléctrico de Rosario. La policía dijo que Fierro estaba robando pero nunca pudo demostrarlo.

 

El cadáver llegó a La Plata varios días después. Fue velado a cajón abierto en la cancha de Gimnasia, en una ceremonia a la que asistieron familiares, hinchas, socios y dirigentes. Hubo bombas de estruendo y luego sus cenizas fueron esparcidas detrás de un arco.
Después de su muerte, se sucedió una cruenta disputa por el liderazgo. Durante la copa Conmebol, en un partido que Gimnasia jugó en 1991 contra O’Higgins en el bosque, hubo un enfrentamiento que terminó con varios heridos de bala. En ese choque aparecería “El Wimpy” (también conocido como “El Manco”), un líder del barrio El Palihue hoy sospechado por la muerte, en marzo de 2013, del hincha Julio Biscay.

 

“La 22” protagonizó, también, acontecimientos deleznables. El 11 de agosto de 1994, la policía detuvo en Pergamino a Jorge Aybar, Hugo Ramallo y Juan Alberto Cepeda. Habían saqueado negocios, en el retorno de un partido en Córdoba. Cuando llegaron a La Plata, fueron hasta el almacén de un viejo comerciante, al que conocían del barrio. Se emborracharon y luego se desquitaron con el viejo. Lo violaron y lo asesinaron con un pico y un martillo. A los hinchas le dieron penas de entre 17 y 20 años de prisión.

 

Y hasta sus jugadores emblema soportaron sus aprietes. En diciembre de 1996, durante un entrenamiento, los barras le pidieron plata a los jugadores. Guillermo Barros Schelotto, ídolo indiscutido de la hinchada y capitán del equipo, se negó. Después de las amenazas de “La 22”, durante varias semanas tuvo que vivir custodiado por la policía.

***

Sobre “El loco fierro” se dicen muchas cosas. Que lideró un comando con bombas molotov en La Bombonera. Que una tarde se trepó a la tribuna visitante y peleó solo frente a hinchas de Vélez. Que era una especie de “Robin Hood” que robaba para los barrios pobres. Que se enfrentó con un palo de escoba a diez hinchas de Platense. Que a su sepelio asistieron los barras bravas de Estudiantes. A Fierro se lo reverencia como si fuera el Cristo de los barrios pobres.

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En los dos años de la “B”, la hinchada de Gimnasia trabajó la unidad. Sus jefes no se quebraron y siguieron el mandato de ser “La Banda del Loco Fierro”. Pese a estar muerto, el jefe histórico sigue presente.

 

Marcelo Amuchástegui, “El loco fierro”, dejó de ser mito para transformarse en leyenda.

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El ascenso disimuló la muerte. Algunos la tapan con el mensaje de la hinchada unida. Otros se hacen los distraídos. No reconocen que un cadáver significa, en efecto, el signo de una posible venganza. Del comienzo de una posible batalla. O el punto de partida de una nueva conspiración.

 

En marzo de 2013 Gimnasia recibía a Nueva Chicago por la fecha 23. Cerca del estadio, durante la previa, los hinchas se ilusionaban con alcanzar el primer puesto mientras comían choripanes en los puestos verdes. Era un típico día de verano en el bosque de la ciudad: los novios se besaban en la sombra de los tilos y los padres llevaban a sus hijos al zoológico.

 

Pero esa tarde los choripanes quedaron atorados en las gargantas. De pronto se escucharon dos disparos. Bajo el humo que salía de las parrillas, los hinchas, confundidos y temerosos, se refugiaron dentro de los puestos.

 

Como no ocurría hace años entre hinchas de Gimnasia, esa tarde hubo, al menos, dos detonaciones. El disparo mortal, que fuentes periodísticas atribuyen a los hermanos Ortega, conocidos del barrio El Palihue, impactó en Julio Biscay, un hincha del mismo barrio.Y el otro rebotó en el pavimento y rozó a Pancho Ramírez, un pibe de 11 años que esperaba, junto con su hermano mayor, que la hinchada les entregara las entradas para ir a ver al club de sus amores. Pancho se recuperó pero le quedó la esquirla de plomo en la cadera.

 

Esa tarde no importó la goleada de Gimnasia. A los que estuvieron cerca de los disparos, sólo les importó no morir.

 

El barrio El Palihue es liderado hace décadas por “El Manco Wimpy”, de quien se dice que es dueño de la feria paraguaya más antigua de la ciudad. “El Manco” es un sesentón que, según conocen en el barrio, maneja fortunas.

 

Es un hombre de peso y con historia. Integró los segundos mandos cuando el Loco Fierro era el jefe y lideró la barra en el recordado ascenso de 1984. Eran otros tiempos: los barras eran guapos que se enfrentaban a las piñas con sus rivales pero no manejaban tanto poder. El Manco no se perdió el último mundial: viajó, junto a “El Volador” y “El Torugo”, a Sudáfrica.

 

La “22” no es la misma después del crimen. Sus capos miran de reojo a la policía y a quiénes están en la tribuna. Como si fueran cazadores en la sospecha de una emboscada.

 

La muerte de Biscay es investigada por la justicia. En su barrio, dicen que fue una disputa interna: que lo mataron por un negocio vinculado a las licencias de taxis en el que la hinchada de Gimnasia tiene participación. Otros, simplemente, dicen que fue el desenlace de una vieja rencilla barrial, sin ligazón con el fútbol. Los más jugados afirman que fue por el control de las entradas.

 

El ascenso disimuló la muerte. “La 22”, en el último partido de la “B”, juega a cumplir promesas. Bromean.

 

-¡¡Me voy a pie a Luján!!- dice el “Tucumano”.

 

-¡La posta es bailar desnudo en la Plaza Moreno!!- contesta la mano derecha del Volador.

 

-¡Hay que afanar una bandera de los amargos (por Estudiantes) –agrega “Gareca”.

 

A los hinchas les cambió la vida: recuperaron la sonrisa y el buen humor. Ahora todos parecen contentos y unidos, pero “La 22” desconfía del “Manco Wimpy”. Lo asocian a los hermanos Ortega. La última conspiración contra “El Volador” ocurrió hace dos años, en la previa de un partido con Racing. Uno de los Ortega, a quien apodan “El Momia”, encabezó el débil ataque, que fue abortado rápidamente.

 

Nadie vio al “Manco” en los festejos. Se dice que está agazapado, recluido en su feria, esperando dar el zarpazo en los grandes estadios de la Primera División.

 

Después de todo, ascender devuelve el orgullo, enciende la pasión y los buenos negocios. Y, quizás también, los delirios conspirativos.

 


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