La nube negra que en el puerto de Buenos Aires produjo un pesticida cancerígeno, prohibido en la Unión Europea y más agresivo que el glifosato, causó 400 consultas médicas, 95 traslados en ambulancias y más de 100 edificios desalojados. El espectacular miedo de los porteños a un humo venenoso muy parecido al de algunos pueblos sojeros de la Argentina.



El primer hashtag del viernes 6 de diciembre, el 6D, el día más noticioso de 2012 en Argentina fue #NubeTóxica.

 

En la central del SAME de Parque Patricios la mañana sucedía: mates, chistes, gente de guardapolvo que iba y venía. Una cronista de Anfibia iba a hacer una entrevista que cerraría su investigación sobre el Sistema de Atención Médica de Emergencias, ese gigante de la asistencia urgente que recibe un promedio de 1.500 llamadas diarias. La cita había sido pactada hacía tiempo.

 

Un guardia con cara de aburrido custodiaba el molinete de la entrada. A las diezde la mañana, en el hall, Estela Morandi, Jefa del Departamento de Desastres del SAME, alta y robusta, unos 58 años, prendió un cigarrillo y encaró directamente a un grupo que estaba afuera. Se acercó a su hijo menor, que también trabaja ahí, y le susurró algo en el oído. Algo pasaba, o estaba por pasar. “Ahora no vamos a poder hablar. Estoy en medio de algo complicado. Esperame”, le dijo a la cronista y salió.

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Dentro del salón, algunos empleados dejaron de reírse, se pusieron barbijos y partieron. Matías, un empleado de seguridad, cerró la puerta, ofreció barbijos para todos.

 

Qué estaba pasando.

 

Para qué ponerse esto.

 

—Se incendió un container en Puerto Madero. Hay una nube tóxica sobre la ciudad.

 

Apenas podían vislumbrar que en las próximas horas deberían atender a 413 personas por el humo que largaba un producto desconocido llamado Thiodicarb, que al entrar en combustión desprende un humo venenoso. De esas más de 400 personas afectadas, 97 fueron trasladadas en ambulancias del SAME a distintos hospitales de la capital.

***

Andrés Carrasco, director del laboratorio de embriología molecular de la facultad de medicina de la UBA e investigador principal del CONICET, no podía creer lo que estaba escuchando por la radio. Sergio Berni, vicejefe de Seguridad de la Nación, declaraba con su frescura habitual que los bomberos y la prefectura habían controlado la situación, pese a que no sabían con qué se iban a encontrar cuando abrieran el container. ¿Cómo que no sabían con qué se iban a encontrar?, dijo Carrasco en voz alta. Una manera ingenua de confesar lo mal que funciona el sistema y los protocolos de seguridad aduaneros en el puerto, pensó. Un acto fallido. ¿Cómo pudo decir eso? Hasta en las películas y en las series de televisión se muestra que para trasladar químicos y materiales tóxicos de esa magnitud hay una lista de medidas y controles que no se pueden pasar por alto. Los containers tienen números de serie, debería estar todo detallado. Se conformó: por lo menos, esto le muestra a la sociedad que nadie sabe, ni siquiera los que deberían saber, lo que hay adentro de esas cajas gigantes.

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La sustancia que se hizo conocida el 6D fue el Thiodicarb, un insecticida prohibido en la Unión Europea desde 2007 y que llegó al país proveniente de Shangai, China, en el buque carguero Santa Inés.Al menos 30 contenedores, como el que sufrió el incidente, se encuentran todavía estibados en la terminal 4. El protocolo de intervención que se usó se tomó de la clasificación IMO (Cargas Peligrosas) de las Naciones Unidas. Según este informe, el Thiodicarb es una sustancia clasificada como 6.1 en la escala de mercancías peligrosas. Este tipo de productos están escalonados a partir de sus características químicas y de su grado de peligrosidad y van del 1 al 9. En el caso de las catalogadas en el nivel 6.1, son materiales que, en cantidades relativamente pequeñas, pueden dañar al ser humano, ya sea por inhalación, absorción cutánea o ingestión.

 

Al escuchar Thiodicarb, Carrasco ya sabía que se trataba de una sustancia que al entrar en combustión rompe la molécula y produce un gas sulfhídrico venenoso con color azufre. El Thiodicarb, en estudios toxicológicos, es carcinógeno y teratogénico. Puede producir cáncer al contacto prolongado y malformaciones en animales. El tan cuestionado glifosato está por abajo de esta peligrosidad.

Carrasco siguió toda la cobertura mediática de cerca. Le causó gracia ver cómo los medios llamaban al desastre como “nube tóxica”. A él, que recorrió toda la Argentina investigando los efectos devastadores del glifosato sobre los embriones humanos, ahora le venían a decir que lo que en los campos de soja y maíz era progreso, desarrollo, productividad, en la ciudad era una nube tóxica, el apocalipsis, el fin del mundo. Qué raro. Para Carrasco no hay diferencias: es el mismo producto, la misma irresponsabilidad de las empresas multinacionales, la misma permisividad del gobierno.

 

A pesar de todo, se entusiasmó. Había algo nuevo: los químicos se visibilizaban en la ciudad. La gente se podía dar cuenta que los productos entran en el país, andan en camiones, recorren 240 kilómetros y llegan a ciudades del interior de Buenos Aires como Rojas, Pergamino o Fontezuela donde Monsanto tiene sus plantas en las que fragmenta los agroquímicos y los vende en botellas a los productores. Quizás para eso servía la #NubeTóxica: alertar sobre las grietas del actual modelo de explotación agrícola.

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La profesora de segundo año de la Escuela N°6 de Retiro llamó desesperada a una ambulancia. Dos alumnas de su curso se habían desmayado. Un humo extraño, denso, había entrado por las ventanas del colegio. Los alumnos se quejaban: les ardían los ojos, les picaba la garganta. El humo les dejaba un gusto raro, como a veneno, en la boca. Y un olor muy fuerte, como a pochoclo quemado. Las dos alumnas tenían los mismos síntomas: mareo, dolor de cabeza y desmayo. Una de ellas, Agustina,  no resistió el hedor. Hizo fuerza para respirar pero no le alcanzó: el oxígeno le llegaba vacío. Sus compañeros se tapaban la boca con lo que tenían a mano.

 

A los pocos minutos, el SAME cargó a las dos nenas. La madre de Agustina llegó al hospital una hora más tarde. Había tomado un taxi, pero el tránsito estaba imposible: la nube tóxica, la tormenta que se avecinaba, la paranoia de los que volvían a casa pensando que escapaban del mercurio asesino, los barbijos, los bocinazos descontrolados. Entró al Hospital Fernández cerca de las doce y media del mediodía con otro de sus hijos. Martín también va a la N°6. Sus pulmones de ocho años soportaron el gas sufídrico que había producido la explosión en el Puerto.

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Sentada en la sala de espera, la madre de Agustina parecía tranquila. O su hija se desmayaba seguido, o estaba en estado de shock, o los médicos ya habían hablado con ella. Tercera opción: “Mi nena está en observación. Le sacaron sangre, le hicieron un chequeo y la dejaron internada. Pero me dijeron que no es nada grave”, dijo. A eso de las cuatro, la nena fue dada de alta.

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En el SAME nadie daba explicaciones sobre lo que estaba pasando. El hall empezaba a vaciarse. Los enfermeros —todos con barbijo— cruzaban la puerta sólo para hablar por celular. Adentro del SAME, maldita sea, no llegan las antenas, no hay señal. De fondo, se escuchaban las sirenas de las ambulancias que se alejaban del cuartel central en busca de la emergencia. La cronista de Anfibia salió para reportear su situación: “algo grave pasa, estoy encerrada en el SAME sin señal, me reporto en un rato”.

 

Desde el servicio de emergencias a Retiro hay unas 60 cuadras, casi cinco kilómetros. En la terminal 4 del puerto se había originado una combustión química que desplegó sobre Buenos Aires una densa capa negra. Fueron tres horas eternas en las que la ciudad se vio cubierta por un manto misterioso con olor a gas, a azufre. Fue un caos: la lluvia se transformó en rayos, truenos y baldazos de agua y la capa negra, en una suerte de psicosis colectiva. Colegios, empresas, y hasta la estación de trenes de Retiro, fueron evacuados. Los oficinistas del centro dudaban entre resguardarse en los edificios con las ventanas bien cerradas o huir a sus casas.

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Carlos Damin, Jefe de Toxicología del Hospital Fernández fue quien estuvo al mando de la coordinación. En poco más de una hora recibieron 66 personas con un leve grado de intoxicación, 14 de ellos menores de edad. Los síntomas: náuseas, irritación en la piel, en los ojos, las vías respiratorias tapadas, dolor de cabeza. A todos se le hizo el mismo procedimiento: extracción de sangre y  se los internó en observación. Se esperó unas horas para ver la evolución de cada caso y pronto fueron dados de alta. “Fue muy importante el trabajo que hizo el SAME. Hicieron un filtro y nos mandaron los casos más complicados”, dijo uno de los médicos del Fernández. A la una del mediodía todo se había tranquilizado. En el hospital, fueron un poco más de noventa minutos de tensión, nerviosismo y mucho trabajo. Un Boca-River tóxico.

 

Liliana estaba en su puesto de trabajo en la Casa de la Moneda. A las once de la mañana se quedó dura. El dolor de la espalda, ese que la tiene a mal traer desde hace un tiempo, se profundizó. Fue un pinchazo fuerte en la cintura que subió hasta la nuca: quedó inmóvil y con mareos. Sus compañeros se asustaron y llamaron al médico. Minutos después, uno de los hombres de seguridad privada la acompañaba al Hospital Fernández. Los enfermeros le preguntaron qué le pasaba, la subieron a una camilla y la metieron en una habitación. Análisis de sangre, pulsaciones, presión. Había algo raro, su caso era diferente al de todas las personas que llegaban intoxicadas por el humo. No eran los mismos síntomas. No había vómitos, no se le habían irritados los ojos, no le costaba respirar. ¿Qué pasaba? Su lumbalgia se había despertado con toda la furia. En medio de la nube tóxica, la nube de la confusión. La metieron en la misma bolsa, así como pasó con la Gripe A hace un tiempo: hisopado para todos. 
Liliana trabaja en Retiro, sí, pero el humo no le había hecho absolutamente nada. La volvieron a derivar. Ahora al lugar que correspondía. Falsa alarma.

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Sergio Berni se enteró de la nube tóxica cuando terminó la conferencia de prensa en el Departamento Central de Policía, donde estaba contando que la Prefectura había desbaratado una red narco conectada con Bolivia. Salió, pasó por su oficina a cambiarse la camisa y llegó al puerto en un auto oficial. Quería ir hasta el lugar de los hechos, lo más cerca posible. Apenas pisó la zona roja le pusieron la ropa de prevención. Un  aparatoso traje blanco que despertó rápidamente una avalancha de burlas entre los usuarios de Facebook y Twitter. #SúperBerni fue el hashtag que se impuso entre los los tuiteros, que abundaron en comparaciones con superhéroes, cazafantasmas y antihéroes como Homero Simpson uniformado para la planta nuclear de Springfield. Berni caminó hasta llegar a pocos metros del container. Rápido, como de costumbre, se acomodó ante las cámaras. Le ganó de mano al ministro de Justicia porteño Guillermo Montenegro. Berni se sacó la máscara y habló con los medios.

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El estallido se produjo por una autocombustión. El container tenía tambores negros recubiertos con madera. Largaron un humo blanco al principio que rápidamente mutó a negro y cubrió en minutos los barrios de Retiro, Recoleta y el centro porteño. La Prefectura enfrió el container con espuma para incendios industriales y los bomberos de la Policía Federal dieron el apoyo logístico: repartieron 300 barbijos en la zona y ayudaron a mover las ambulancias.

 

Una primera hipótesis que circuló en los medios sostenía que la nube tóxica había sido provocada cuando los bomberos tiraron agua sobre el container.

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Andrés Carrasco escuchó esa versión por la radio. Si le echaron agua, es posible que hayan empeorado la situación, pensó. Pero si los bomberos estaban ahí manguereando es porque ya había una falla previa. Para Carrasco, culpar a los bomberos es correr el foco. Las preguntas deben ser: ¿Qué hacía ese container ahí? ¿Estaba debidamente identificado? ¿Quién controlaba su estadía en el puerto y su traslado?

 

Anfibia indagó en la Sedronar y en el ministerio de Salud . Ninguna de las áreas tenía certeza sobre el tema. La inquietud del científico Carrasco no tiene respuesta aún.

 

Hace tres años el gobierno creó una Comisión Nacional de Investigaciones sobre Agroquímicos integrada por varios organismos oficiales: en su pagina al hablar de control y fiscalización reconocen que “La investigación que lleva adelante la Comisión, advirtió un uso inadecuado de los productos fitosanitarios, atribuido entre otras causas, al incumplimiento de la legislación vigente”.

 

Y anuncia la creación de un “Un Programa Federal para el fortalecimiento de los sistemas locales de control”, cuyos resultados parecen quedar a la vista.

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En la zona del container había tres cruceros: uno tuvo que ser removido y en los otros, sus tripulantes debieron entrar a las cabinas.

 

Evacuaron la terminal 4 y el puerto.El operativo debía ser grande: los efectos tóxicos de una combustión de este tipo de material tienen un alcance de hasta 700 metros. En los alrededores del container sólo hubo tres afectados que tuvieron que ser atendidos. Las pericias en la atmósfera dieron que no había mercurio ni otros metales peligrosos, como se informó desde los medios apenas se conoció la noticia. Los peritos aún investigan cómo ocurrió esta combustión espontánea.

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“Recibimos el primer llamado, salió el móvil y después el ECUES (Equipo de Comunicación Unificada de Emergencias Sanitarias), grupo encargado de juntar la información de la situación, de saber si hay heridos, afectados, dimensiones, lugar. Después, nos fuimos trasladando teniendo en cuenta cómo se movía la nube”, cuenta Estela Morandi cerca de las dos de la tarde. Recostada en uno de los sillones del hall del SAME, parecía relajada. Entrecerraba los ojos, los brazos colgando al costado del cuerpo. Lo peor ya había pasado.
“Nos guiamos por la dispersión de la nube, que fue por Microcentro, Barracas y Retiro”, explicó luego Alberto Crescenti, director del SAME. “El incendio estaba en la dársena de Puerto Madero y en base al desplazamiento que se fue dando de la nube y los llamados que recibíamos, mandábamos los equipos. No hubo casos de internación prolongada. Desde el primer momento bajamos los decibeles y aclaramos que esto no era peligroso”.

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Estela volvió a la oficina de Parque Patricios al mediodía. Estaba empapada y exultante por lo bien que había salido el operativo. En total fueron más de treinta móviles que salieron desde sus respectivas bases en los diferentes hospitales públicos, declarados en alerta amarilla.  Habló con sus jefes, con su equipo y su hija, que estaba preocupada porque su madre había ido al lugar del que todos querían irse.

De a poco, los equipos de salud volvían a sus lugares. También volvieron los chistes:

—¿Vieron que se supo cuál era la sustancia? — dijo uno.

—¿Cuál? —preguntó otro.

—Nitrato de ponerla.

Por la noche, cuando Andrés Carrasco cenaba, en los resúmenes de los noticieros se repetían las mismas imágenes. El humo, el miedo, el puerto, los barbijos. Ningún análisis de la peligrosidad de los pesticidas, su traslado, la manipulación. Nada. De eso, absolutamente nada.


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