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Lunes 21 de Mayo de 2012

Anonymous, contra todos y contra nadie

Guerrilleros de principio de milenio, no todos los anonymous sueñan con hackear el portal del FBI. Las células argentinas son un poco más modestas: luchan contra la Cienciología y la tarjeta SUBE. Un cronista científico siguió durante dos años a los activistas digitales de la máscara de sonrisa siniestra y se decepcionó ante la imposibilidad de una ciberguerra.

A las 16.41 de un miércoles marzo de 2012, un mail hizo el viaje de su vida. Este conjunto de ceros y unos que muchos aún imaginan como una carta comenzó una peregrinación frenética por los servidores de todo el mundo. Salió de algún rincón de Buenos Aires, pasó por Puerto Alegre, Londres, Bangkok, Dallas, Palo Alto, y en menos de diez segundos aterrizó, por fin, en mi casilla de GMail.
Una palabra en el asunto del mensaje. Seis en el cuerpo.
“Hola, tanto tiempo. Tenemos que vernos”.
Y nada más.
Un mail más para borrar, pensé y vi la firma. “Petete”: una de las voces argentinas de Anonymous, una de las tantas caras detrás de la máscara sonriente de la película V for Vendetta, aquellos activistas insolentes, los enemigos a muerte de la iglesia/secta de la Cienciología conocida tanto por sus adoctrinamiento de las estrellas de Hollywood como por sus lavados de cerebros; llaneros solitarios convencidos de que sacuden el mundo dentro y fuera de la Web y trazan la última línea de defensa contra la tiranía corporativa global.
Después de dos años de no responder mis mails, de ignorar mis pedidos de entrevista, Petete tenía ganas de hablar conmigo.
“Cuando quieras”, escribí, “decime dónde y arreglamos”.
Send.
F5. Nada. La casilla no se actualizaba.
F5 otra vez.
Y otra.
Ansiedad.
Hasta que segundos después, un nuevo mail.
“En un bar donde se pueda fumar —decía—. O en algún lugar abierto. Quizás el cementerio de la Recoleta, así le muestro a mi chica lugares de la ciudad. Es yanki. Es una ex-miembro de la Cienciología. La saqué de la secta hace un año”.
Una hora después, luego de atravesar media ciudad, los esperaba frente al cementerio.

                                                                                  ***

En 2008, la palabra “anonymous” se repetía con insistencia en la web. No importaba dónde: en sitios porno, chats, páginas de juegos-online. Se venía la ciberguerra. De un lado, los apóstoles de la Cienciología, aquel cuestionado culto creado en 1952 por el escritor de ciencia ficción estadounidense L. Ron Hubbard, defendido por Tom Cruise y su séquito de celebridades. Del otro, un colectivo sin cabeza de hackers y ciberactivistas: los "Anonymous".
Meses después, en youtube apareció un video de dos minutos:
—Hola líderes de la Cienciología —decía una voz metálica, parecida a la emitida por el sintetizador de la silla del astrofísico Stephen Hawking—. Somos Anonymous. Durante años hemos observado sus campañas de desinformación, su supresión del disenso, sus videos propagandísticos en los principales medios. Anonymous ha decidido que su organización debe ser destruida por el bien de sus seguidores, por el bien de la humanidad. Los expulsaremos primero de la red y luego desmantelaremos su iglesia. No tienen dónde esconderse. Porque estamos en todos lados. Por cada uno de nosotros que caiga, diez más tomarán su lugar. Somos anónimos. Somos una legión. No perdonamos. No olvidamos.
Protegidos detrás de sus máscaras de Guy Fawkes, aquel recordado católico inglés que en el siglo XVI intentó sin éxito hacer volar el Parlamento con explosivos y luego fue inmortalizado en la película anarco-futurista V de Vendetta, basada en el cómic de Alan Moore, los miembros de Anonymous parecían hablar en serio con el “Proyecto” u “Operación Chanology”, una campaña de ofensivas virales que sacudió y escandalizó la web.

Más que un video efímero, era una declaración de guerra seguida por envíos de faxes negros y ataques informáticos a los servidores del culto para sacarlos de línea. Todo orquestado virtualmente por este grupo polimorfo que había nacido en 2003 en el sitio 4chang.org. Consensuaban sus acciones en foros en los que cualquier participante podía proponer una acción que luego era refinada con miles de comentarios y votos de aprobación (+1) o de rechazo (-1).
¿Quiénes eran? ¿Qué querían? ¿De dónde habían salido? ¿Qué hacían en privado? ¿De qué se reían tanto?
Desparramé mails en foros secretos, y no tanto. En Whyweprotest.net y sitios no catalogados por Google y en callejones sin salida de la web local, con la misión de encontrar a alguien que formara parte y me explicara todo esto, cara a cara, café de por medio.
Ráfagas de mails.
Nada. Nadie contestaba.
Pero existían. El 2 de  febrero de 2008 Anonymous había hecho su primer coming out. Seguían un código de conducta de 22 reglas detalladas en el video de Youtube "Code of Conduct", entre las que se enumeraba “no violencia”, “no armas”, “no vandalismo”, “traer agua, un anónimo deshidratado no es un anónimo útil”, “cubra su cara”, “nunca esté solo”. Bajo esas reglas, 150 personas habían protestado frente a la Iglesia de la Cienciología en Orlando, Florida, Estados Unidos. Ocho días después, siete mil personas hicieron lo mismo en otras cien ciudades en todo el planeta. Con el sello visual y dramático que los distingue: la máscara de Guy Fawkes, la máscara de la sonrisa siniestra.
Finalmente, yo también pude comprobar su existencia. Un día de 2009 me llegó un mail sin palabras, sin imágenes. El mensaje sólo me incitaba a clickear sobre un link. No suelo hacerlo: pero lo hice. Una nueva página. Había encontrado el primer hilo de dónde tirar. Y tiré.
“Desde el comienzo de nuestra campaña, Anonymous ha revelado o expuesto a la luz pública cientos de actos ilegales, actividades fraudulentas y violaciones a los derechos humanos cometidos por la Iglesia de la Cienciología”, se leía en letras color verde Matrix sobre fondo negro. “A pesar de alegar ser una religión y funcionar como tal, se comporta extrañamente similar a lo que sería una empresa o secta. La Cienciología también ha sido implicada en numerosas fatalidades en cuanto a sus propios miembros, incluyendo el famoso caso de Lisa McPherson”.
La segunda pieza del rompecabezas. La segunda llave.

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