El femicidio mediatizado atemoriza a las mujeres para que, en vez de cuidarse, se escondan. Casi ninguna madre tiene miedo de que su hija se case, sin embargo el Registro Nacional de Femicidios creado por la Corte Suprema argentina advierte que en el 57 % de los casos el peligro lo representan parejas, ex-parejas, novios, maridos y convivientes. La periodista Luciana Peker explica por qué lo rico de viajar es reinventarse frente el asombro: aprenderse entre lo desconocido.



—Yo soy mamá. Y a estas chicas seguro que les iba a pasar eso en cualquier lado porque de ahí se iban a ir jalando (haciendo) dedo hasta Argentina (…) les iba a pasar algo tarde o temprano. Pero bueno, desafortunadamente fue ahí – dijo María Cristina Rivadeneira, ex Subsecretaria de Turismo de Ecuador. Lo dijo en Alemania, para que la gringada no tuviera miedo de dejar euros. A Rivadeneira le costó el puesto al que renunció pidiendo perdón como madre e hija por perjudicar al Ministerio de Turismo. A Marina Menegazzo y María José Coni no les pidió perdón.

 

La palabra turista está subvaluada por la idea de un viaje concebido herméticamente para flashear a lo japonés y hacer del exotismo un souvenir en papel de regalo. Marina y María José son, cuando se habla de su muerte, las turistas mendocinas. Eran más que turistas –viajeras, mochileras, estudiantes, amigas- pero no menos en el valor de traspasar las fronteras.

 

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–¿Ustedes son fiesteras? –nos dijo el camionero a mi hermana y a mí.

Una y mil veces me pregunté cómo no sabía qué era ser fiestera. Y una y mil veces cómo supe, sin más herramientas que ese conocimiento, que no me tenía que volver a subir al camión que nos llevaba desde San Juan Capital. El destino era El Valle de la Luna, el pueblo Ischigualasto, el rumbo la Difunta Correa y la primera parada una estación de servicio. No tuve miedo. Solo incomodidad. Muchos años después de quedarme a pata entre  las chapas abultadas de ruegos ruteros y de leche derramada por las tetas post-mortem  entendí que permitir la intuición como modo de defensa es parte del camino.

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Hablar como madre para dar miedo es un lugar común al que no le tengo miedo. Una vez, en Retiro, mi hija Uma me dijo espejándose en jóvenes de mochila:

 -Cuando sea grande quiero ser mochilera

Yo tengo miedo de que sea grande, de que sea mochilera, de que viaje, de que bajé al chino y de que se suba al colectivo. Tengo más miedo que el que tengo por mi hijo. Y la libertad no se da en una bandeja ciega. Se da con protección y con rabia por la diferencia.

Pero no se logra crucificando a Marina y María José por vender ensalada de fruta, justificando que eran solidarias, aclarando que no tomaban alcohol y que charlaban una hora sentaditas en el hostel con su familia. No necesitaban ser heroínas para vivir. Necesitaban que ser mujeres no les costara la vida.

 

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El tren a Tucumán fue como un museo rodante de pastelitos en las ventanas. El viaje empezó al bajar. Al subir al Norte  en los dedos. Dieciocho años, dos amigas, una hermana menor, la del medio. El final del secundario. Festejamos el pan como si la lotería hubiera resoplado de harina. Valeria se subió adelante y Carla, Silvana y yo nos acomodamos atrás. En la caja cerrada del camión. No hay forma, veinte y dos años después, de no pensar en el peligro de ir a la deriva, sin ver ni ser vistas. No hay recuerdo más triunfal que los muchachos dando vuelta su jornada, volanteando el camión de reparto hasta la ruta hasta Tafí del Valle y decretando San Fargo. Y nosotras apunadas de llovizna épica. Con pan y el triunfo de principiantes. El primer dedo. El primer destino. No hacían falta ventanillas para ver

 

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El femicidio mata a las mujeres más adentro que afuera. Pero el femicidio mediatizado asusta a todas las mujeres no para que se cuiden, sino para que se acobarden. A Melina Romero la mataron por ir a un boliche y dejar el colegio, a Lola Chomnalez por ir de vacaciones sin su mamá y su papá e ir sola a leer a un libro a la playa y a Marina y María José por viajar, vender fruta, conocer, confiar, no tener plata, hacer dedo.

Los rostros sonrientes de Lola, de Melina, de Marina, de María José –en la panacea del duelo sin luto- son un golpe a la yugular. Pero culpabilizarlas –por la moda de viajar, por el furor del alcohol en Montañita, por estar solas aunque estén juntas y aunque hubieran estado solas, por hacer dedo- no es solo tirarle tierra a chicas que no están ni en su tumba. Además, es decirle a todas chicas que no salgan de sus casas, de su país o de su corralito de gente a las que le conocen el nombre y se les asemeja la piel o el acento. Lo rico de viajar es todo lo contrario. Aprenderse entre lo desconocido. Reinventarse frente el asombro. 

 

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Les dije que me iba a Gualegaychu. No se como pensé que no me dejaban ir a una fiesta y que no iban a verificar que estuviera en Gualeguaychu. La omnipotencia de la falta de celulares. Supe cuando me bañaba que iban a saber. Temblé. Temblé. Temblé. En la ducha. En lo de mi amiga Valeria que tenía que decir que me iba. En el colegio. En el tren con el guardapolvo blanco. Pero me fui. Del Manuel Belgrano a Rosario. Una chica evangélica me dio una miniatura de metal simil guitarrita en el tren. Me pareció un buen signo. Pablo me esperaba en el andén. También. Era mucho más alto que yo. No mucho más grande. Pero a los casi dieciséis los más de veinte eran tanta diferencia como su espalda y sus piernas imponentes que llegaban a clavarme el cartel de Clapton en el techo. También temblé en su colchón. Era donde quería estar. Pero no sabía llegar.

-Meate, me dijo.

Y me deslizó por una libertad que desconocía en el deber ser de perder la virginidad.

Mi mamá se dio cuenta.

-¿Te gustó el monumento a la bandera? –me ironizó. El reproche fálico todavía me arquea. Ella también sabía que mi papá pegaba. No me escapaba de nada. Eso no la llamaba. Guay

 

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Cada año se denuncian, aproximadamente, 2300 desapariciones de menores de edad. Pero el 70 por ciento son mujeres y el 30 por ciento varones, según datos del Registro Nacional de Información de Personas Menores Extraviadas. No son más traviesas, aventureras, ni alocadas. Las chicas se van de su casa porque sufren más violencia en carne propia, sufren más restricciones que sus hermanos y huyen del abuso a sus cuerpos o frente a sus ojos. 

 

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-¿French?

-¿Turky?

No sé cómo se pronuncia ni se escribe. Sé que pensé en mis cejas. No sé de dónde viene el Peker. Mi papá me decía que por la mezcla con Villanueva y Viscaglia los nazis me hubieran matado sin preguntarme. Pero las cejas que me emparentan con él y me destienden los dedos cuando las arremolino pueden ser turcas, judías, españolas. Mis medias de colores. Mi pelo corto. Eso les habrá parecido de francesa. El subte me escupía mi ignorancia de inglés, de alemán, de francés. Ni le hice caso a mi papá con ir a Icana ni sé su árbol genealógico. Él lo ocultó todo lo que pudo. Su hermana se llamaba Diana. Murió en la adolescencia. Le daba miedo que yo fuera adolescente y que me fuera. En el subte no había nadie más que yo y los que me increpaban. Me bajé sin sentir la cortesía del “we are youre from?” con el que alguna vez me habré llevado inglés. Caminé por la Europa perdida. Completamente ajena. La interpelación no es a mi nacionalidad. Ni a mis cejas. Es al remolino entre mis piernas. El soplido de la intemperie. Debajo de un puente conseguí un teléfono en el arrojo de saberme sin piolín, sin barrilete. Quién carajo te mandó a Berlín y de donde salió ese  pánico que desconocés. El corazón no decodifica que unas calles vacías son temerarias y otras escenografía de una postal segura. El pulso clava adrenalina en los talones. Lo único que aprendí a decir fue applekuhen. La manzana tira. La sangre dulce también. La merienda es una buena razón para desvanecer los pulsos y encarar el atardecer. O el amanecer del otro lado del mundo. Qué no es poco. 

 

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Ser madre es, también, aprenderse y asumirse en el fracaso del lugar común: el miedo. Casi ninguna madre tiene miedo de que su hija se case.

Sin embargo, el Registro Nacional de Femicidios, del 2014, creado por la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia de la Nación advierte: “El peligro acecha en el entorno cercano a la víctima. Sólo un 7% de los femicidios fueron cometidos por extraños. El máximo peligro lo representan las personas con quienes se mantiene o ha mantenido un vínculo sentimental (parejas, ex-parejas, novios, maridos, convivientes). De este círculo íntimo proviene el 57% de los femicidios, que sumado a familiares y conocidos indica que al 75% de las mujeres las mató algún allegado”.

Lo más probable no es que una mujer muera no conociendo la cara de su asesino en un lugar que no la ve dormirse y levantarse todos los días. Probables o improbables, solas o acompañadas, cada femicidio estaquea, como en un domino derrumbado de lutos, la libertad de una y la de todas.  

 

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No tengo auto. La última vez que me llevaron me enamoré. No se si más de él o de que me llevara. De él que me llevó sin rodeos. Lloré lágrimas en francés como la brisita de la música cuando se fue. Me abrió la puerta. Un pasito el gesto cortés. No ir atrás. No agazapar la mirada a que el taxista cambie el camino. No cerrarme el cierre de la campera. La incomodidad cae como las fichas. Abrirle la mano en su entrepierna. El sexo instantáneo se hace desear. Bailar con el cuello descangayado como los perritos tooneros. Resoplar en la oreja como un secreto traccionado por el rojo y refrenado por el verde. Llevarme. Hasta el río. Mil veces me pregunté porque no fui sola. Cómo ir. En un taxi. Otro taxi. Hay lugares a dónde no tiene sentido ir sola. A dónde elijo que no lo tenga. Hay autonomías rebalsadas de sin sentido. Llevarme. Al río. A contar sin un viaje, un barco, las luces de Río, el balcón, el agua. El beso se lo pedí, se lo dí, se lo moje en los labios que el agua salpicaba. Hay autonomías que no pido. Los besos. Los palabras. Los viajes. Elegir qué contar. Hay autonomías que ya no necesitan permiso. Y, sin embargo, se vuelven tan elegantes cuando se conjugan como el viento, la noche, la mano en la entrepierna, el vestido plegado. Saber viajar sola es embelesarme de ser llevada. 

 

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Una mujer con otra mujer no está sola, está junta. Una mujer sola no está sólo sola, está suelta, como bendijo la revista chilena Paula. Una madre que cría sin un marido al lado o un padre compañero es singular. Una mujer sola no peca y no debería estar expuesta ni al peligro, ni al miedo que a veces se distancian y a veces se asemejan. Pero también hay otro revés a la libertad. El gran precio moderno a las mujeres que pelean para ser libres de violencias y miedo, de rejas frente a las pestañas o de correas para poder levantar las piernas donde los otros quieran es, también, la soledad. Sin dejar de nombrarla. Sin bendecir, solamente, la autonomía sin camas dobles ni hombres manejando en la ruta. A veces, bastantes, la indiferencia es la otra cara de la violencia.

 

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México me cambió la vida. Sola, sin padres que me echaban a gritos de las escaleras exiliadas de amor. Sola sin novios que se quedaran a leer el diario el domingo, sin amantes que quisieran posarse sin repeler los mimos furtivos. Sola sin abuelos que el tiempo enterró en mis brazos. Sola sentí que la soledad se curaba de espanto y que viajar sola era el mejor remedio para no sentirme sola. Crucé la selva en micro sin nadie que acampara al lado de la butaca en un país donde las manos –no sólo los ricos- no piden permiso. Me enfermé en la playa y destrencé mi voz y mis trenzas en el mar verde de hamacas sin sábanas. Enmudecí la lengua y encendí el cuerpo con un habitante de otra habla que habitó mi cuerpo. Traje semillas de Palenque y miré la selva organizada a los pies para vibrar una palabra que barrió el desprecio de la soledad deshabitada de deseos. No era sola, era valiente.


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