Un Estado que es un continente con 23 millones de habitantes; muchas veces se lo compara con lo que podría haber sido Argentina. Nuestra editora Sonia Budassi, en su rol de cronista viajera, recorrió su territorio para ir más allá de los estereotipos y buscar respuestas sobre la identidad australiana, trazada por la cultura y el arte indígena y de los inmigrantes.



Fotos: Tourism and Events Queensland’s Image Gallery and Footage Gallery

 

 

 

Un chico rubio y otro negro, a caballo, arrían unas veinte vacas; el polvo que levantan forma nubes densas, secas, casi al ras del piso de un potrero desértico, apenas algunos arbustos achaparrados. Los perros ayudan a conducir a los vacunos. En la primera escena de Gallipolli (1981), el rubio adolescente practica atletismo en medio de esa pampa seca australiana. No es difícil para un argentino sentirse próximo a Australia. Aquel paisaje es el de casa; la dirección de arte y fotografía en ese film similares a las vivencias en el sur de la provincia de Buenos Aires. Hasta las vacas y los perros se parecen. Mis hermanos, descendientes de inmigrantes, sucios de tierra, trabajaban con la hacienda de manera casi idéntica a la de la película, aunque también caminaban, lata de gamexane en mano, matando hormigas para que pudieran sobrevivir los árboles que mi madre acababa de plantar. Granjeros sin lluvia.

 

En la segunda escena de la increíble película de Peter Weir, otro arriero, blanco y joven, increpa al rubio protagonista; no tolera su deseo de ser atleta pero, más que nada, lo desprecia por ser amigo de un indígena que además es negro. La trama traerá otros conflictos emblemáticos de Australia que ganarán fuerza en relación al tema racial: la participación de aquel país en la Primera Guerra Mundial y cómo contribuyó a su conciencia nacional.

 

Antes de viajar me doy cuenta de que no estaré en los campos australianos sino en urbes efervescentes de vida cultural. Aún así, también emergen similitudes y diferencias. Comento Gallipoli con el embajador Noel Campbell: “Si hubiera sido una película estadounidense, hubiera terminado bien”. El diplomático sonríe. El coprotagonista es un jovencísimo Mel Gisbson. Ya en Sydney, veríamos a Mel entre el público durante el estreno de la nueva obra de la Sydney Dance Company. Camina por el hall del teatro con una botella de agua y saludando artistas. Me extraña su poca estatura, disimulada tan bien en sus films. Se dice que usa tacos escondidos y el pelo batido para agigantar en algo su altura. Con distancia y una sonrisa profesional, accede a sacarse una foto con el grupo. Nació en Estados Unidos pero a los doce años sus padres se mudaron Australia. Su formación actoral fue en este país. Digamos, entonces, que él mismo es uno de los tantos inmigrantes, australiano por adopción.

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Australia es un continente. La popular viajera youtuber PshycoTraveller dice que el país es carísimo. Su rostro es redondito y sus ojos también, como una muñeca pepona. Videos; noticias y documentales, novelas y papers, nunca es suficiente el tiempo de la previa del viaje. Un profesor de geografía me prestó apuntes con sus clases. Uno de ellos citaba un libro de Daniel Muchnik. El capítulo se llama: “¿Por qué algunos autores llaman a Argentina la “Australia trunca”?”. Síntesis comparada de la construcción de los territorios de Australia y Argentina”. Y una copia de una noticia titulada: “Australia pide perdón a los aborígenes”.

 

Llama la atención: la web oficial del gobierno de Australia dispone de información más completa, en texto y multimedia, que las de turismo comercial.

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Las muletillas de la especificidad australiana incluyen varios aspectos de la cultura y la sociedad. “Australia es un país de inmigrantes”. “Australia es un país de indígenas”. En realidad, es el 3% de la población en aquel territorio tan despoblado: la superficie es de  7.686.850 km² -el sexto más grande del mundo- y los habitantes suman un poco más que 23 millones. El conector “de”, ¿tendrá que ver con la noción de pertenencia? ¿Cuánto sé de los pueblos originarios argentinos antes de viajar hasta allá? De inmigración, siento, mucho más.

 

“En Australia no había animales predadores antes de la llegada de los colonos”. Los marsupiales, herederos de la prehistoria, sobrevivientes mutantes, no existen en ningún otro continente. El Sur visto desde el Norte es lo exótico, lo desconocido, el otro. Los animales extraños, una suerte de marca país, ayudan. En el seminario Literatura Sur de UNSAM, algunos tópicos giran en torno a Australia y Argentina como países ligados históricamente a una idea de tierra remota y aislada. Tal como escribe Daniela Trabuchi: “¿Respecto a qué lugar otro se considera remoto? Se parte de la idea de las relaciones centro-periferia; el Sur del planeta está en las antípodas del centro, cuna de la sociedad moderna globalizada”.

 

Fragmentos de preocupación, apuntes antes de embarcar desde Buenos Aires: En los discursos oficiales y sus políticas, el Estado australiano pone en primer plano a la cultura indígena. Antes de ver los museos y las danzas, de escuchar las historias, las preguntas resultan abstractas, ¿llegaré a formularlas cuando pueda charlar con australianos? ¿Serán acaso ofensivas o al contrario? ¿Cuándo el Estado absorbe lo marginal o lo contracultural, al darle visibilidad, lo domestica? ¿La exaltación de la naturaleza tan evidente va en desmedro de la producción artística y económica del hombre? El país nace de una colonia inglesa. El Imperio decidió situar allá a sus prisioneros en 1788. ¿Cómo cambia la identidad de un país cárcel? ¿Son parecidos a los ingleses? En la web, británicos y australianos comparten canales de youtube dónde se burlan amistosamente de los giros idiomáticos del otro. Las diferencias resultan anecdóticas.

 

¿Por qué Cocodrilo Dundee, ese hit del cine de los ochenta, es una película tan mala como exitosa y funcionó, de algún modo, como propaganda?

 

Su tierra madre, Gran Bretaña, también es una isla. A Australia la llaman Down Under. Desde luego, el sentido es real: remite a la dirección del mapa mundi. Existe una cadena de bares australianos y puntos de encuentro con ese nombre en todo el mundo. Un caso típico de la cultura plebeya de las sociedades sureñas de inmigración masiva, sin aristocracias previas. Parecido a Argentina.

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Si se cancela un vuelo en medio del itinerario de 24 horas para llegar a aquel enorme país, la compañía, en este caso Qantas, top el en ranking de las internacionales, va a reprogramarlo para el día siguiente. Me mueve una preocupación genuina me digo, ante lo que quizá sea el deseo más básico de cualquier viajero o turista: la ansiedad de llegar. Y acá están en juego los koalas: el primer día visitaríamos el “Koalas Sanctuary”. Un koala no se equipara con nada. Goza de una buena imagen unánime, bien fundamentada, como los pandas. Todavía no lo sé, pero será mágico descubrir que son iguales a las réplicas de sí mismos confeccionadas en peluche. Otros animales únicos, como el ornitorrinco, son usados como metáforas polémicas. “La crónica es el ornitorrinco de la prosa”, dice el escritor Juan Villoro. Y el crítico, también mexicano, Rogelio Villareal, no coincide: para él, este es un animal horrible y nada tiene que ver con el género.

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Mostrar el backstage de las películas fue una manera en que los estudios, en los años 80, lograron producir más material a bajo costo. Generan interés; crean un tipo de publicidad no convencional que suele mantener el impulso del film. Y admiración por las celebridades, quienes bromean “espontáneamente” y no protestan por tener que repetir la toma. Y también hacia los “efectos especiales”. Nadie se desanima al ver un tiroteo donde los actores se mueven tras un croma verde y no existen las balas, colocadas en la postproducción.

 

En el estudio Animal Logic de Sydney, por ejemplo, la visita guiada incluye varias proyecciones de los “antes y después”. Las técnicas transformadoras desde la realidad filmada, a la ficción final, antes reservadas solo a especialistas, se volvieron de conocimiento masivo: la sensación de los espectadores durante su visita es la del asombro pero también la confirmación y el regocijo: encontrar algo ya sabido o intuido, tal como pasaba con los trailers del backstage en los viejos DVD. Hace más de 100 años que el público no se asusta porque viene un tren de frente.

 

La exhibición incluye tomas de El Gran Gatsby y Pingüinos; en los estudios de Fox Sydney ahora mismo se filma la última de Allien; Ridley Scott está entre nosotros, aunque permanece oculto, no como la larga fila de adolescentes bochincheros: esperan su turno para participar de un reality del tipo “Operación Triunfo”. Los galpones funcionan como estudio y pueden albergar decorados de una calle entera. Se escuchan voces barítonos articulando baladas, otras poco identificables entonan pop. John; castaño, campera de jean, es el guía. Luego de ofrecernos café se va por un rato y aprovecho para preguntar a nuestra coordinadora:

 

—¿John tiene acento raro o me parece a mí?

 

—No digas así, Sonia- dice y se sonríe; enfatiza que está haciendo un chiste—No es raro, es escocés.

 

La televisión australiana produce los realities que se ven en casi todos los países. Las competencias de cocina, las de canto y Gran Hermano. Y, al mismo tiempo, se enorgullecen de un canal y cadena de radio únicos en el planeta: la SBS, junto a la National Indigenous Television, transmite en 70 idiomas. Su función es introducir a los inmigrantes recién llegados en la cultura australiana. Es nuestro próximo destino en Sydney. La comitiva del International Visiting Program de la que formo parte, siete escritores y periodistas de latinoamérica, aún a varios días de haber llegado, oscila entre la sensación de familiaridad, y la de sorpresa.

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Todo el resto, pudo abrazar a un koala. Mónica Delta, peruana de Radio Latina Miami, Carlos Bermudez, colombiano del diario El Tiempo, y yo, argentina, todos del subgrupo del vuelo demorado, no. Días más tarde, el resarcimiento: conseguimos sacarnos una foto con ellos, no abrazados como sí lo hizo el resto, pero sí a una distancia íntima y prudencial. En las 20 que se toman quienes están en la fila antes que nosotros, y en la nuestra, el bicho permanece en la misma postura. En un potrero de dos metros por seis, cercados por postes de madera, dos criaturas se apoyan en sendos troncos con ramas, arbolitos sobre la tierra seca. Las empleadas del Featherdale Wildlife Park de Blue Mountain, una reserva que parece un zoológico, a una hora de Sydney, indican los turnos y la manera de tocarlos: siempre por detrás, en la espalda, no por la cola ni por el frente. Las fotos desde distintos ángulos reproducen los rostros del koala y los de los turistas chinos, latinoamericanos, europeos, australianos. La chica del zoo anuncia a los 15 o 20 de la fila detrás nuestro que pronto la koala de adelante, Kathy, deberá ir a descansar. Para que soporten la seguidilla de sesiones, les dan de comer hojas de eucaliptus. Mi foto es la última antes del receso de Kathy. Mónica las saca con su celular; yo le tomé a ella unas cuantas. Vamos a postearlas en nuestras redes sociales mientras la llevan a un pequeño galpón con dos arbolitos para que trepe, abierto en la parte de adelante a un metro y medio de altura, la forma es la de un bar de playa. Así podemos verla. Pero ella no trepa. Camina pegada a la pared, como quien busca una salida; da vuelta al tronco, vuelve al rincón con ansiedad y pasos cortos que acentúan su cuerpo redondito y sus patas cortas. Y el encierro.

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Un australiano se aparta de la fila Qantas. Usa un sombrero de cowboy, se sienta y lee un libro en inglés, “Cómo combatir a Putin y los enemigos de la libertad”. El lector es alto y rubio, de chomba Tommy Hilfinger. Antes de llegar a Australia, conoceré otros australianos. Un abogado de Melbourne y una contadora -artista en sus tiempos libres- de Sydney. Serán una comprobación de mis preconceptos de esa nación multicultural y cool; veganos, cancheros, abiertos. Se preocupan por mi estadía  en Brisbane, donde se realizará el increíble Australian Performing Arts Market (APAM): dicen, no hay demasiada movida nocturna. Mis intereses van más allá de los bares pero su preocupación tiene el movimiento cálido de la hospitalidad. En algunos seminarios de cine de Buenos Aires se proyectaba, hace diez años o más, “Priscilla, la reina del desierto”, road movie y musical sobre un grupo de amigas travestis que, viaje iniciático, recorre en una motorhome pueblos dispersos para poder vender su show. En el sumun de la integración a través de la música, pleno desierto, actúan ante indígenas que pasan del extrañamiento a sumarse al baile mientras cantan “I will survive”

 

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Los “hipsters” neoyorkinos exportaron su modelo de lifestyle a países de la otra punta. Sudamérica, Europa, alguna porción de Asia, ¿Oceanía? Sí, también. En el otro extremo, Jack, un profesor de español de Canberra, me dirá, cuando le pregunte, a la espera del nuevo vuelo, su visión sobre el tema indígena:

 

—Nuestra culpa es haber sido brutales cuando llegamos. Y aún hoy estamos pagando las consecuencias. Casi todos los aborígenes, hoy, sufren de alcoholismo y diabetes.

 

La respuesta, en principio, resulta comprensiva, quizá políticamente correcta; se intercala con apreciaciones de un matrimonio de venezolanos, quienes comparten la charla con nosotros, sobre la corrupción en América Latina. En el territorio que aún no pisé, los representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores del país brindan todos los datos a medida que los pido, sin restricciones. Le darán la razón, en algo, a Jack. Dicen, por ejemplo, que el 60% de los jóvenes indígenas de entre 17 y 24 años no está plenamente comprometido en el estudio o en el trabajo, más del doble de la tasa de no-indígenas.

 

Jack retoma mi pregunta, porque repregunto.

 

—No soy un especialista. Pero en Australia ellos tienen subsidios para todo. Les dieron territorio y hasta escuelas. Pero si los padres no quieren mandar a sus hijos al colegio, ¿acaso es mi culpa?

 

—Deben ser como los negros de Estados Unidos, ellos no quieren juntarse con el resto de la gente, ser parte de la sociedad, se separan solos—dice con seguridad la venezolana. Toso un poco porque me atraganto con la Coca sin gas que estoy tomando.

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El ritmo del primer día en Australia marcará el de los siguientes, en los que surfearemos sobre dos ejes cuyo conocimiento es objetivo del viaje: la cultura y el deporte. Las tramas de las preguntas -arte, inmigración, indígenas-, me acercarán a lo primero. Brisbane será calles vistas por la ventanilla: fachadas impecables, casas bajas, victorianas, conviven con edificios funcionales. Carlos, cuatros periodistas, tres varones, una mujer, brasileros, Mónica y yo, convivimos en paz en el colectivo, a pesar de que el segundo día, dos noches sin dormir, famoso jet lag, caí rendida contra el vidrio de la ventanilla al volver de una entrevista en Gold Cost, una suerte de Mar del Plata. Nadie criticó mis ronquidos, pero entre los brasileros hay pica: uno habla tanto de política de Brasil que hasta interrumpe momentos donde queremos aprender sobre Australia.

 

A veces atravesamos el río. Brisbane es la cuarta ciudad en importancia en el país; todas son costeras menos la capital. Antes de partir a Sydney, con Mónica y Carlos, cruzaremos un puente para llegar, desesperados, a “The Wheel of Brisbane”: promete “las más importantes vistas y paisajes de la ciudad”. Sabemos que eso no es posible: es de noche. Pero el viajero con reuniones programadas durante todo el día necesita saber que hizo el esfuerzo por conocer el mundo exterior aunque sea conciente de la limitación y ridiculez de sus métodos. Nos abre la puerta del cubículo un ingeniero venezolano con mameluco. Va a rendir por segunda vez el examen que le permitirá acceder a la ciudadanía, lo que para él significa dejar este trabajo no calificado para buscar otro vinculado a su profesión. Falló solo en una de las cuatro partes del examen. Le cuesta la escritura del ensayo -el tema está dado, siempre son tópicos generales, como “la obesidad”-, porque la estructura de las construcciones son muy distintas al español -con más subordinadas. Mientras espera, y sigue estudiando, se siente cómodo. En Sydney un taxista de Bangladesh, como buen taxista estereotipado, tendrá una definición sobre esta sociedad. “Cada uno hace su vida y es feliz. Y no se mete con el otro. Acá no hay crimen, porque no se venden armas como en Estados Unidos.”

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Nuestra estadía en Brisbane arranca con la entrevista a Damian Voltz, Senior Intelligence Analist del National Integrity Sport Unit Office of Sport, a quien vemos en una sala de reunión momentos después del amanecer; recuerdos remotos del protagonista de la serie Kojac; sólo que no tan narigón, y con ojos claros. Él, dice, entiende nuestro jet lag pero aún así nos cuenta cómo combatir la corrupción en el deporte, un negocio cada vez más globalizado. Y los preparativos para los Commonwealth Games, algo así como las Olimpíadas del mundo británico.

 

En el hotel, el encuentro con Barbara Poliness -pelo corto, colorado, trajecito sastre-del DFAT Cultural Diplomacy Meeting, parece desaprovechado: todo se deriva en la gastronomía latinoamericana; culpa nuestra, de los invitados, será el jet lag, como decía Voltz; no conducimos bien el encuentro informal. Pero me encanta que ella sea mujer y en el transcurso de los días vamos a escuchar a las autoridades más importantes de ese ministerio: todas mujeres.

 

A las 12, los siete miembros de la comitiva, expectantes, vamos al Power House Theatre, sede del APAM. En el colectivo, una de las coordinadoras, cuenta que a ese lugar va la gente más cool de Australia. Ya el clima artie se percibía en el hotel, ubicado frente a un Memorial en honor a los caídos en diferentes guerras. En el sector fumadores a la vuelta de la entrada, surgían conversaciones informales entre miembros de grupos de teatro de Asia, Gran Bretaña, Nueva Zelanda, Canadá, o de acá; por ejemplo Majdi, un productor canadiense. Se presentó como aborigen, interesado en “trabajos interculturales”.

 

El tabaquismo merece esta oración: en la calle, al aire libre, en un bar, no se pude fumar. Pero es posible encontrar lugares permitidos en esquinas a la intemperie, siempre y cuando tengan grandes ceniceros de metal. Nadie fuma mientras camina. En la peatonal de Brisbane, los restaurants no ofrecen wifi; pero en plazas y algunas veredas, es público.

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Al fondo brilla el agua del río, avanzamos entre árboles sobre un sendero de piedras bordeado por pasto, hacia al edificio blanco con tiznes rojos y con vidrio, fachadas recicladas, con coloridas banderas del festival y una cartelera con las obras. Ingresamos en la semioscuridad de un teatro de gradas bien oblicuas; solo queda lugar para nosotros. El APAM es un lugar donde, como en las ferias del libro, se cruza el arte con el comercio; y también el intercambio y la reflexión. Alguno de los presentadores que escuchamos dirá, “más que un mercado, es el comienzo de una conversación”. Sorprende, a los latinoamericanos acostumbrados a aperturas donde los funcionarios permanecen solemnes, el estilo fresco de los políticos de acá. Ellos mismos parecen performers. Pueden hablar de cifras, de inversiones, de políticas culturales, pero siempre entre chistes y anécdotas.

 

Kris Stewart nació y se crió en Brisbane. A los 14 años, se metió una noche en el Power House con un grupo de amigos. La escena clásica de la pandilla juvenil. Pintaron graffitis en las paredes.

 

—No sabía que éste sería mi futuro- dice ahora, convertido en el Director artístico de esta vieja central eléctrica, hoy un imponente centro cultural de múltiples salas, cuartos para reuniones, ventanales al río, bares y oficinas.

 

Después, pide perdón por la transgresión; el público se ríe.

 

A 100 metros de la entrada de este teatro, en la parada de colectivos frente al espacio verde desde donde aún puede verse el río, un cartel del municipio pide no hacer ruido, no gritar, porque no debe molestarse a los vecinos. A los latinoamericanos, el pedido nos resulta extraño.

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La televisión se nutre del fuera de cámara, de los “bloopers”, de las tomas en zonas de vestuario y maquillaje, de las cámaras intrusas en los lugares que antes quedaban reservados a la zona de los trabajadores, los tecnócratas y programadores. Tiempo atrás, sí buscaban garantizar el efecto de lo que sucede ante la pantalla nace impoluto y se regenera a sí mismo sin ninguna intermediación. No pasa en otros ámbitos. La industria del turismo basa su eficiencia en todo lo contrario (aunque quizá suceda en todas las industrias no artesanales). Nadie disfruta de saber si su guía está mal pago, si la mucama del hotel limpió apenas el piso y el baño porque no le daba el tiempo para desinfectar. El turismo y sus derivados económicos parecen un negocio con parámetros de la vieja industria audiovisual. Todo debe lucir impecable; los mecanismos de producción del bienestar y sus costos, la fuerza de trabajo y sus conflictos, mantenerse invisibles. En el hotel cinco estrellas Shangri La de Sydney, por la noche, será posible observar, desde abajo, a una china y un australiano morocho limpiar el vidrio desde adentro, en el tercer piso. Allí se sirve el desayuno cada mañana. Cuando la mayoría duerme ellos, sigilosos y prudentes, dejan listo el comedor: las tazas sobre la mesa, las fuentes preparadas del buffet.

 

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En el APAM, todo fluye, y parece genuino; ya terminaron los discursos de los políticos. Entre neohippies, chicas con stilettos y trajecitos, vestidos estilo hindú, o jeans y chombas, varones con morral y remeras de diseño, camisas a cuadros y barbas prolijas pienso que necesito un especialista en moda que me ayude a distinguir tanto estilo. La apertura sigue con cuatro conferencias. La primera es la de la rubia australiana Willoh S. Weiland. Artista, escritora, curadora y productora artística. Con voz algo quebrada, y enterito negro estampado con pequeñas flores, problematiza desde el comienzo la noción de centro y periferia, y el tema indígena. Con cada palabra, uno siente que la próxima podría desatar un escándalo; el riesgo del gesto rebeldón o la transgresión del artista. Pero si bien su conferencia expresa una retórica contestataria, es sustanciosa.

 

“Bienvenidos todos al lejano fin del mundo, el viejo continente, el centro del universo, Australia. Gracias a los tradicionales propietarios de este país por tenernos acá. Esto siempre fue y siempre será una tierra de aborígenes”. Asume la incomodidad; y habla, con humor y sin condescendencia, de la tensa relación entre los artistas y sus esponsors; y el poder de definir los términos de “la conversación”. En definitiva, problemas y tensiones presentes en toda industria cultural. Quién forma parte de un catálogo, quién no; y la dificultad del artista al promocionar o vender su propia obra, o tratar con los intermediarios que lo hacen por él.

 

La anteúltima expositora – además de una canadiense y un chino de Hong Kong- es también australiana. Nakkiah Lui es artista independiente, actriz, escritora, activista y mujer de Gamillaroi, isleña del estrecho de Torres; una comunidad indígena de una isla al norte.

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Cuando llegaron los colonos se estima que la población aborigen era de entre 300.000 y 750.000 personas, divididos en unas 250 naciones. Se hablaban más de 250 lenguas. Hoy llegan a 20, algunas de ellas, casi extintas.  

 

Nakkiah arranca con tono combativo; “Me gustaría reconocer a los aborígenes por su supervivencia a través de una serie de políticas impuestas por el gobierno como el genocidio, la segregación y asimilación. Me gustaría rendir homenaje al espíritu y la lucha de los aborígenes”. Hablará de la “cultura dominante”.

 

 

“Muy a menudo aspiramos a conducir un lugar de dominación. Pero si lo dominante es creado para ser exclusiva y únicamente llevado adelante por algunos, ¿podés cambiarlo convirtiéndote en ellos? Esta es la causa de que tu diferencia sea tu mayor libertad. Me di cuenta de que la idea dominante de éxito era algo para lo cual yo tenía que cambiar literalmente todo lo que soy. Por ejemplo, un hombre blanco, heterosexual y rico escribiendo historias sobre ser blanco es lo que suele ser el éxito. Fue emocionante porque me di cuenta de que yo nunca podría ser eso. Y soy libre de eso”. Si no existe un camino arquetípico trazado para ella, entonces su diferencia, como artista, significaba tener un mundo entero abierto por delante para crear.

 

 

Para Nikkaiah, la diversidad no cuestiona lo dominante, sino que lo refuerza, porque nunca nos estamos preguntando por lo que está en el centro. “Si la cultura es sólo una performance definida por lo dominante, ¿es cultura, entonces, un rostro negro? ¿O una cara de color marrón? ¿O una de color amarillo? ¿Es lo que vemos como la diversidad simplemente una representación de cómo se define el poder dominante? Por ejemplo, ¿el trabajo de los aborígenes en Australia es articulado por la mirada blanca?”

 

El problema indígena ocupa la escena cultural y artística. Con todas las contradicciones que pueda haber, ¿acaso no ayuda esta visibilización?

 

No sólo en este momento del APAM y lo que vi antes de llegar; también en la Queensland Gallery of Modern Art que alberga una de las colecciones más grandes de arte de Asia Pacífico -dice el folleto y al ir, uno se convence- , que convive con las de producciones autóctonas. Y el Museo de Arte Contemporáneo de Sydney, donde la obra itinerante del británico Grayson Perry -la entrada es paga- se expone en simultáneo con la colección permanente, enorme, diversa, de arte aborígen –la entrada es gratis.

 

Este primer día del APAM terminará con una ceremonia y algún discurso breve: habrá bailes ceremoniales de tribus australianas, y otras que han viajado desde Nueva Zelanda y Canadá. Los asistentes forman una ronda sobre el pasto, frente al río, bajo los árboles. Desde un extremo, hasta el centro, danzarán los distintos grupos, con estilos diversos, cuerpos pintados y coronas de plumas en la cabeza, palos o lanzas o flores en las manos, las chicas vestidas en estilo occidental o con hermosos vestidos. El colectivo es heterogéneo. Son comunidades que mantienen viva su tradición, aunque sean pocos. Se divierten y se alegran por los aplausos, y al recontrarse con conocidos de otras comunidades antes de empezar la ceremonia.

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Gentileza International Media Visit. Australian Minister for Foreign Affairs-Embajada de Australia en Argentina

 

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Después de recorrer pinturas, fotografías e instalaciones que procesan dramas contemporáneos en Asia -desde el tsunami en Japón al cierre de escuelas en Nyanmar-, en el Queensland Gallery of Modern Art, converso con Denica, una de las coordinadoras del Ministerio. Me recomienda la película “Generación robada”. Allí se retrata una situación tan cruel como fáctica. Desde 1869 hasta 1976, los niños de indígenas eran separados de sus comunidades y de sus familias, para “reeducarse” en instituciones o casas de blancos.

 

Denica es indígena. Le pregunto por qué se define así. La ley australiana, hoy, no pide, como la de Estados Unidos, poseer determinado porcentaje de sangre indígena. “Un Aborigen o un Isleño del Estrecho de Torres es una persona descendiente de los Aborígenes o de los Isleños del Estrecho de Torres, que se identifica como Aborigen o Isleño del Estrecho de Torres y es aceptado como tal por la comunidad en la que vive”. Parece una tautología, pero la aparente redundancia indica que nada tiene que ver el color de piel en la conformación de la identidad. De hecho, Denica es blanca y ojos almendra, casi verdes. Tampoco se admiten matices: no es válido decir que uno es “medio indígena”. O lo es y se reconoce como tal, o no.

 

¿Cuál es la forma de cambiar el status quo imperante respetando la identidad? ¿cómo puede paliarse la desigualdad documentada, incluso, por el propio Estado? ¿Alcanzan las políticas de reconocimiento? ¿Qué influencia tienen en la vida cotidiana de los aborígenes, que viven en el desierto, en comunidades, en las ciudades, en las universidades? ¿Serán muchos quienes piensan, reaccionarios, como Jack, que se les dan “demasiados subsidios”?. Denica es pasante como parte de una política de cupo e integración; algo que no existe en muchos otros países. La identidad indígena terminó por reconocerse en algunos lugares del mundo; en otros no ha logrado un lugar relevante para el Estado. Permanecen las disputas por el territorio, el reconocimiento, las leyes y la lengua.

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Conservo el CD y DVD Black Arm Band; Emma Donovan, largos rulos, líder de la banda, nos cuenta la historia de su grupo en una sala con paredes de ladrillo a la vista en el tercer piso del Power House Theatre. Suelen ir de gira afuera del país, pero también a comunidades a tocar y dictar talleres; todos son indígenas de distintas comunidades. En sus letras, intercalan el inglés con lenguas de sus antepasados. Nunca mencionan la palabra Australia.

 

El hotel es ahora una feria paralela del Performing Arts Market; pequeños stands ofrecen información sobre obras de todas partes del mundo a productores que lo soliciten.

 

Lisa Wrigth y Robyn Archer trabajan en el Relaciones Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores; Archer pertenece al Council on Australia Latin America Relations. Pareciera que en dichas oficinas se estila lucir formal pero también descontracturadas. Ambas pelo corto, y cálidas, eruditas de la cultura latinoamericana.

 

Dan una suerte de disertación que incluye conclusiones sobre la relación con la corona de Gran Bretaña. En 2010 realizaron un referendum para terminar de ser una República. Pero fracasaron: bromean con que, a pesar de todo el esfuerzo, educación cívica, intervenciones culturales, actos políticos, circularon las fotos de los príncipes Guillermo y Kathy y su glamoroso casamiento y la gente dijo: queremos ser parte. Quizá eso también sea la influencia de lo que ellas llaman refiriéndose a otroa contesto, “soft power diplomacy”. Pero también la reproducción del poder colonial que, incluso retirado, opera como matriz identificatoria.

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Antonio Eduardo Gregori, cronista de viajes brasilero, de esos que solo hablan para decir lo justo, interviene:

 

—No quiero sonar descortés. Pero todo lo que vemos sobre los aborígenes, ¿tiene un impacto real? ¿No es sólo una estrategia comercial, para los extranjeros, “for export”?

 

 

Las mujeres dicen no te preocupes y contestan largo. Hablan de distintos proyectos y señalan elementos que dan cuenta de un “sustrato real” como que el embajador en Copenague es indígena, y también lo es el director del Festival de Sydney. Un reconocimiento institucional. Que siempre hay más para hacer. Que este es uno de los pocos países del mundo en que, en la ficción, un no aborigen no puede actuar de aborigen. Denica interrumpe: ella misma puede trabajar para el Estado. Y se extienden en cómo creen que, desde el arte y la cultura, puede cambiarse la realidad.

 

Nos queda grabada la declaración final, ya sobre otro tema: Latinoamérica les parece una zona más estable que Europa y África para estrechar los vínculos.

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Blue Mountains, un paisaje imponente a una hora de Sydney, aúna a 8 parques nacionales de montañas, flores, árboles gigantes, y arbustos; quebradas, arroyos, ríos, y canguros que en verano salen de noche para ahorrarse el calor. Fue habitada por indígenas desde hace milenios. Hoy hay varios municipios y llegan tours todos los días. Jimmy, nuestro guía, un inglés nacido en la colonia de Sri Lanka, de pelo blanco largo hasta los hombros, bermudas beige de muchos bolsillos, sombrero explorador, ojos azules, ahora de nacionalidad australiana, cuenta que antes los viajeros se albergaban en los hoteles de estos poblados. Hoy todos quieren quedarse en Sydney. Se queja: así se pierden el verdadero encanto de la naturaleza que sólo es capaz de apreciarse “permaneciendo”. Viejo lobo de montaña, Jimmy se vanagloria de los “puntos de interés” en los que se detuvo antes de llegar acá. En otros lugares, para sacarse una foto con el paisaje había que hacer fila; nosotros recorrimos páramos desolados. Ahora advierte: para ver las montañas de las Tres hermanas, no habrá otra opción que pelear con las multitudes.

 

La leyenda cuenta que tres chicas indígenas Gundungurra, que vivían acá, se enamoraron de tres hermanos -¡qué casualidad que eran todos hermanos!- de la tribu Darug, del valle vecino. Pero el amor entre ambos pueblos estaba prohibido. A los varones no les importó y, pagados de sí mismos, fueron a buscarlas. Los Gundungurra, entonces, tomaron una decisión cruel, a nuestros ojos actuales (¿o no todo es relativo?). Transformaron a las mujeres en piedra (¿la culpa era de ellas?). Y luego no encontraron la manera de deshacer el hechizo. Tres picos multiformes y altos se recortan tras un precipicio altísimo, sobre el horizonte arbolado.

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Caminamos por una calle de pueblo para pasar del abismo a una locación de interior. A una cuadra de aquel parador, el subsuelo de un shoping. El show se anuncia en afiches pegados en la puerta, “Aboriginal Dance and Didgeridoo performances”. Al bajar por la escalera mecánica un mostrador junto a la entrada del negocio de souvenirs ofrece las entradas. Nuestra coordinadora retira las nuestras. No hay espectadores solitarios ni parejas que compren sus tickets de manera individual; parece que todos los grupos tenían esta parada incluida en sus excursiones al parque. Identificamos alemanes, australianos, estadounidenses y chinos. Sus micros enormes ocupan todo el largo de la cuadra. Jimmy nos había dicho como al pasar:

 

—Van a conocer a un grupo de indígenas.

 

En el escenario, sucesivamente, y a veces juntos, cuatro actores se alternan y narran la historia de su tribu. Bailan, tocan instrumentos y cantan. Detrás, una proyección da la noción del escenario; videos de canguros, del desierto, de los bosques, de las mesetas y montañas. Mapas de las naciones aborígenes previas a la colonia ocupan toda Oceanía; toda Australia. En una pantalla a la derecha, aparecen algunas palabras en su idioma, traducidas al inglés, español y chino. Uno de ellos narra la graciosa historia del Didgeridoo, un instrumento parecido a una flauta, más larga y ancha. Según la representación, un hombre encontró la caña en el piso y se asustó por el sonido, hasta que se dio cuenta de que provenía del viento. Y descubrió como utilizarla. Con humor la voz en off relata: al llevar orgulloso el descubrimiento a su comunidad, empiezan a ignorarlo a los minutos, hartos de escuchar el mismo ruido. Entonces él va al bosque, solo, y empieza a ensayar los sonidos de la naturaleza -pájaros, el salto del canguro, el ladrido del dingo. Así logra seducir a sus pares. La obra termina a los veinte minutos. Mi grupo se adelanta y forma una fila para salir por una puerta que no habíamos visto, al fondo. Un hueco de luz que al atravesarlo, encandila. Salgo y veo una pila de didgeridoos, tazas con entramados de colores, artesanías, cueros de canguro para usar como cobija o como alfombra. No hay dudas, estamos en la tienda de souvenirs y de pronto:

 

—¡Sonia! ¡Vení!— me llama la coodinadora. Frente a ella, uno de los aborígenes actores, el torso desnudo y pintado como en la obra, taparrabos y lanza en mano, sonríe. Al lado suyo posa Eduardo. Se los ve felices. Me quedo quieta. Paralizada en mi corset de lo políticamente correcto y lo que no lo es, aunque la incomodidad no evita que además piense “¿habrá que pagar?”. Mónica, Carlos, los brasileros, las coordinadoras van pasándose de manos las cámaras, posan todos y cada uno, sonríen, ensayan gestos amenazantes como a veces hace él con su lanza e insisten: “Sonia, vení, yo te saco”. Y, torpe, indecisa, voy. Click, tengo mi foto. Todos ellos van a subirla a Facebook pero yo, no logro racionalizarlo del todo, no.

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Días más tarde, voy al Sydney Gay and Lesbian Mardi Grass parade. Uno de los eventos más importantes de la provincia de New South Wales y del país. Asistieron 500 mil personas, incluido el Primer Ministro y representantes políticos de los otros partidos. Cuando se hizo la primera vez, en 1978, la policía encarceló a los manifestantes. Y les dijo a los medios dónde vivían. Los periodistas, sí, lo publicaron. Algunos fueron a escracharlos. El estado de New South Wales pidió perdón este año, también la policía. Las fuerzas de seguridad y dependencias oficiales, desde el  ejército hasta los bomberos, van a marchar. Algo difícil de imaginar en Argentina.

 

El arranque del desfile se demora, y en el corralito de prensa periodistas de todo el mundo se impacientan, como también los participantes, acomodados hace rato a la espera de la señal. Una movilera rubia cuida a cada rato, espejito en mano, que su maquillaje esté bien.

 

Cuarenta minutos más tarde, larga la primera “carroza”. Un colectivo sin techo; es posible ver a cada participante. Allí, a la vanguardia, homenajeados, van aquellos osados y perseguidos de 1978, y también, juntos los dos, un colectivo de aborígenes trans. Sobrevivientes.

 

La gente aplaude, aplaude, y aplaude fuerte más que en ningún otro momento de la noche. En las coberturas de la televisión, tal vez la diferencia ensordecedora del aliento del público quedará tapada por la música incidental. A veces no hay backstage, ni fotos que contar; pero algunas experiencias generan el efecto superlativo de lo real, cuando el tras de cámara, a veces, cada tanto, coincide, matiza y amplifica la versión oficial.

 


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