En un centro de jornaleros de Los Angeles, un grupo de mexicanos ofrece su fuerza de trabajo por diez dólares la hora mientras se ven acorralados por la política anti-inmigrante del presidente de Estados Unidos. La periodista Marina Aizen los entrevistó y recorrió el muro que divide a ese país con México para escribir Trumplandia, de Ediciones B, del que publicamos un adelanto.



 

Fotos: Rus Alison Loar, BBC World service, Quinn Dombrowski

 

Una pareja se da la mano. Ella está en Nogales, México. Y él en Nogales, Estados Unidos. Si algo impide un abrazo entre estos dos amantes es una fila de barrotes de hierro color óxido, que acompaña la orografía del terreno. Sube y baja con las colinas. Es el muro. Me pregunto si a Trump le habría gustado ponerle superficies espejadas, como a sus edificios. Esta no es una pared hermosa. El lado de Nogales de Arizona es como un barrio periférico y triste de Nogales México, que es una ciudad de 3 millones de habitantes. Ambas se pueden espiar a través de esta reja, que tiene torres con cámaras, satélites, garitas y sensores de los más sofisticados, luces súper potentes que compiten con el sol. ¿Será así también en Afganistán? Además de la pareja que se da la mano, hay una hilera de señores sentados del lado mexicano, como esperando noticias para poder cruzar. O simplemente papando moscas. Por el cruce de la llamada Mariposa Road, enormes camiones pasan sin cesar.

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Las ciudades de frontera suelen dialogar naturalmente en todo el mundo, a menos que se trate de límites militarizados, como el que hay entre las dos Coreas. Aquí ese diálogo ocurría con naturalidad hasta que llegó The Wall. Antes había un alambrado, que ni siquiera tenía alambre de púas, y la gente lo atravesaba por un agujero al que llamaban “El hoyo”. Hasta los norteamericanos cruzaban por ahí para ir a comer unos taquitos, tomar margaritas y comprar artesanías del otro lado, y lo hacían sin documentos. Los mexicanos lo cruzaban para comprar cosas que no se conseguían en su país. Muchos negocios quedaron arruinados con el muro. Otros aún sobreviven tristemente. Justo al lado del muro, en la parte estadounidense, hay una tienda que vende vestidos de poliéster para novias. También hay un negocio de zapatos, alguna que otra casa de cambio.

 

En los barrotes del muro hay discretamente pegadas unas calcomanías con el rostro de un joven, casi niño. Es José Antonio Elena Rodríguez, un chico de 16 años. Murió acribillado en la calle Internacional, ubicada del lado de México, por un agente del Border Patrol que estaba del otro lado. El chico tenía ocho balazos en el cuello, de los 12 que le habían disparado. Volvía caminando a su casa después de jugar un partido de básquetbol, pero el agente fronterizo Lonnie Ray Swartz dijo que le disparó porque un grupo de pibes le habían tirado piedras para proteger a unos narcos que habían saltado el muro y habían escapado con armas. Primero agotó toda la carga de su recámara sobre el chico. Y cuando se le acabaron las balas volvió a cargar la pistola y siguió disparando al muerto. La familia del pibe refuta los dichos del agente. El niño simplemente estaba en el lugar equivocado, frente al cañón de un desgraciado con pistola.

 

El crimen de José Antonio es transnacional, pero no el único. Hay unos veinte crímenes como el suyo, el primero que entró en la maquinaria judicial en los Estados Unidos. El Border Patrol siente que tiene carta blanca para hacer cualquier cosa porque se ampara en la sacrosanta seguridad y el miedo. En Nogales, México, hasta las chicas de edad escolar lo saben: que los agentes pueden disparar con la excusa de tener narcos del otro lado.

 

Araceli Rodriguez, la madre de José Antonio, dijo en el programa Empire Files: “La primera vez que vi al asesino de mi hijo lo primero que me vino a la mente fue cómo ese hombre tan grande, esa persona tan adulta, pudo haber tenido miedo de mi hijo. ¿Quién le va a creer que su vida corría peligro si José Antonio no estaba armado?”(…) “No estamos en un territorio de guerra. No estamos en guerra. Ellos tienen que respetar las leyes. Se supone que por eso hay leyes. Ellos no tenían ningún motivo para matarlo.”

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Paredón y después. Además de aumentar las muertes de los migrantes, el muro hizo a las mafias de coyotes más peligrosas y más ricas. Los coyotes roban a sus propios clientes, los dejan tirados en el medio de la nada, violan a las mujeres. Hace 20 años un baqueano cobraba unos 180 dólares por la travesía. Hoy, el precio del coyote ronda entre 6.000 y 10.000 dólares. Todo se puede regatear. En grandes ciudades como Los Ángeles encontré gente que pagó poco hace muchos años, viajeros que pagaron fortunas y hasta coyotes viejos y cansados. “De lo malo, yo sé”, me dijo uno de ellos. El tipo, ahora con 80 años, estaba totalmente vencido. Vendía lapiceras en el centro de Los Ángeles y vivía de la caridad de una iglesia. Sólo esperaba morirse.

 

Un migrante llamado Luis me contó que estuvo perdido una semana en el desierto. Lo capturó una mafia de coyotes para ver si todavía le podían sacar un poco más de dinero. Como no tenía nada, y ninguno de sus conocidos contestó el llamado de los extorsionadores, lo devolvieron a Tijuana, la ciudad vecina a San Diego. Ahí lo agarró la policía local, que no quiere a la gente que viene de la Ciudad de México, como él. Finalmente se encontró con su primo y unos amigos y lo volvieron a intentar. Y cuenta cómo pudieron cruzar. “La segunda vez pasé por el cerro. Caminamos dos horas. Ahí nos recogieron en una camioneta y nos llevaron por dos días a una casa de seguridad. Y luego, otro camión (colectivo) nos llevó hasta Santa Ana, California. Pasé mucha hambre. Durante el camino encontramos huesos. Yo no podía distinguir si eran huesos humanos o de animales. No sé si eran tácticas de intimidación de los coyotes o eran huesos humanos de verdad.” Luis soñaba con ir a los Estados Unidos porque sus primos, que pertenecían a esa población que circulaba estacionalmente y sin problemas entre los dos países, volvían a casa como verdaderos ganadores, con algo de plata y zapatillas nuevas: objetos de estatus y codicia. Es así como el capitalismo nos pone en estado de estupidez pura. Es posible que ahora Luis tenga esas zapatillas pero no tiene dinero.

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Y está gastado, tratando de vender lo que queda de su fuerza cerca del cruce de las calles Pico y Union, en pleno downtown, donde los jornaleros circulan como las putas. En vez de sexo, ofrecen músculo, capacidad de trabajo. Cualquier trabajo. Luis, sin embargo, está en un centro de Idepsca, una organización que trata de garantizar que la tarifa del jornalero sea de más de 10 dólares por hora, y que al final del día reciban efectivamente la paga, algo que no siempre sucede. Frustrado por cómo fue su suerte, me dijo: “Dejamos los mejores años de nuestras vidas en este país, es injusto que se nos estigmatice. Nuestras contribuciones son las que van a hablar por nosotros. Yo ya no me pude volver. No me quería regresar sin nada. Te venden una imagen de este país que es falsa y me costó mucho trabajo tener que adaptarme a esa realidad. Muchos amigos regresaban a México con dinero, pero nunca te decían cómo lo ganaban.”

 

En los centros de jornaleros veo a todos estos tipos sin destino, vencidos físicamente, con un cúmulo de historias tristes sobre sus espaldas, y no puedo evitar pensar en la paradoja de que son el prototipo del inmigrante que odian Trump y sus partidarios. “Bad hombres”, diría el presidente. No sé si son bad o good, pero lo cierto es que nada en sus vidas resultó como se lo imaginaron cuando cruzaron ese terreno seco y espinoso, lleno de peligros. No valió la pena.

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Luis les habla a los jornaleros con tono revolucionario y ellos escuchan con cara de cansados. O aburridos. Llevan toda su historia en sus rostros, en cada pliegue de la piel. Luis les dice que no pierdan el tiempo, que se profesionalicen, que aprendan a colocar pisos o paredes para construcción en seco, porque cuando se pongan más viejos ya no van a poder vender su fuerza como en la juventud. A muchos, sin embargo, el tren de la vida ya se les fue. Uno de esos es Manuel Montoya. Tiene 80 años, supo ser zapatero. Ahora usa un bastón. Me cuenta que: “Hay cuatro o cinco estilos de máquinas. Yo sé manejarlas todas. Estoy en los Estados Unidos desde 1961. He trabajado bien. Pero me pasó un accidente y ya no pude trabajar. Las cosas se me olvidan a veces. Un trabajo liviano puedo hacer, pero no puedo estar mucho tiempo parado. Antes entraba y salía del país todo el tiempo. Estaba fácil, no había cerco ninguno. Pero por hacerle caso a mi hermano, no agarré los papeles.”

 

Hay gente que supo tener profesión, pero le pasó lo que a muchos en los Estados Unidos: las fábricas en las que trabajaban cerraron y se fueron a China. Es lo que cuenta Edgar Manuel Islas. Ahora es “security guard” en un garage. Trabaja sólo tres noches por semana. “Llegué en 1978. Me casé, tuve mis hijos y todo. Soy instalador de maquinarias grandes. Como la costura se fue a China o al propio México, se dejó de instalar aquí esa clase de maquinaria. Me quedé sin trabajo. Después de ganar tanto dinero, me bajé pa’ abajo.”

 

Un divorcio, un entredicho con los hijos, dejó a muchos de estos hombres en la nada. Los viejos no pueden acceder a ningún beneficio en los Estados Unidos y ya no tienen país al que volver. No conocen a nadie en México. “Yo venía por tres años. Dije: llego, trabajo duro y me voy a poner mi negocio en México. Pero las cosas no fueron así. La batallé muy duro, pero no he podido conseguir nada. Hay empleadores que te acosan sexualmente, aunque suene mal decirlo como hombre. O que te contratan y luego no te pagan.” Esto lo cuenta Fidel Arenas.

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La peor historia era la de Arturo. Viejo, diabético y a punto de morirse. Un tipo flaco, cara de indio. Parecía que no le importaba nada, que no escuchaba lo que le decías, pero de repente te hacía una pregunta filosa, con la inteligencia de un rayo. Vivía en refugios para homeless. Él había pasado fácilmente la frontera. Por el agua, desde Tijuana. Venía desde Guanajuato. Fue carpintero pero nunca se pudo establecer. Pobre Arturo. Parecía un tipo tímido. Pero cuando la voz le brotó del cuello, fue desafiante. “No regresaré a México”, dijo.

 

La charla se interrumpió cuando llegó un camión lleno de comida. Eran las sobras de un supermercado. Había sandwiches vencidos, pan viejo, ensaladas que ya no se podían vender y bananas negras. De repente, todos los jornaleros volaron de sus asientos y empezaron a analizar maravillados los tesoros que tenían entre las manos.


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