Carmen Balcells, la famosa agente literaria del Boom Latinoamericano, acaba de morir. Hinde Pomeraniec fue editora del sello Norma entre 2010 y 2014 y vivió en carne propia su talento para negociar, y defender el dinero de sus representados. Cuando se la cruzaba en la feria de Frankfurt, rogaba no convertirse en objeto de su atención: su furia era lapidaria. Un breve homenaje a la Gertrude Stein catalana.

Sus mails te dejaban temblando: Carmen Balcells era una máquina de conocimientos y gozaba de una muñeca negociadora. Humillaba y seducía la señora, y todo al mismo tiempo. No en vano fue la representante de los más grandes, cabeza del boom latinoamericano y consejera, administradora y defensora de los intereses de García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Donoso y tantos más. Fue una GertrudeStein catalana aunque sin veleidades literarias; una promotora de la literatura que sabía hacer dinero y les hacía ganar dinero a los autores por medio de torniquetes feroces que podían dejar exhaustos a los editores.

 

Balcells fue el gran motor de profesionalización para los escritores de su país y de Latinoamérica. Lo que antes de ella era puro amateurismo logró convertirse en un oficio del que fue, indudablemente, maestra y fundadora.

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Su presencia irradiaba autoridad. No había manera de pasar por su stand en la Feria de Frankfurt y no verla allí, sentada como una reina madre y con el gesto displicente de quien hace el favor de atender y escuchar a los súbditos. Era siempre el centro y uno rogaba no convertirse en objeto de su atención porque su furia era lapidaria y podía manifestarla a través de ataques verbales descontrolados, y al borde mismo de la grosería. No era sencillo ser el blanco de sus dardos y maledicencias.

 

Carmen escribía pero, en medio de largas negociaciones, prefería hablar por teléfono; decía que todo era más claro así, y mentía un poco al decir que era más sencillo ponerse de acuerdo. Apretaba y soltaba. Hablaba largo, escuchaba corto. Te imponía su autoridad de directora de escuela y, tuvieras la edad que tuvieras, podía hacerte sentir que estabas de nuevo en el patio de la escuela, pidiendo permiso para ir al baño en medio de un acto. En cuanto a las normas, habrá que reconocerle que guardaba ciertas viejas formas sociales, incluso a la hora de aniquilarte.

 

Sus mails te dejaban temblando, sí, porque Balcellsno conocía la piedad y comerciaba como si estuviera llevando adelante una guerra. Podía, eventualmente,aparentar cierta concesión y dar alguna muestra de clase, aunque sin elegancia; la suya era en todo caso la clase adquirida luego de años de negociar y de conocer al detalle las sumas y restas indispensables desde su lado del mostrador pero también del lado de los editores. Era, seguramente, el estilo que otorga haber acuñado el registro fundacional de un oficio, algo que ella hizo en los 60, cuando inauguró un modo de practicar el negocio editorial en lengua española.

 

Sus autores están tristes, se sienten huérfanos.

 

Los editores, hoy, no tienen la menor importancia.

 

 

*Foto de portada: Archivo Carmen Balcells
De derecha a izquierda: García Márquez, Jorge Edwards, Vargas Llosa, Carmen Balcells, Donoso y Muñoz Suay


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