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Jueves 08 de Noviembre de 2012

BENESDRA, EL MÁS OCULTO DE LOS ESCRITORES MALDITOS

El periodista argentino Salvador Benesdra quería que lo reconocieran como autor de ficción. Quienes trabajaron con él cuentan que era un analista político brillante. Escribió un libro mítico, colosal, El traductor, que retrató la crisis de la izquierda en los '90. Reeditada en estos días, su obra nunca entró en ningún canon, ni oficial ni alternativo. Se suicidó en 1996, a los 43 años. La vida de un hombre que sólo quería dedicarse a escribir.

Los papeles flotan en el azul del Océano Atlántico. La mujer, que acaba de tirarlos al agua, los ve hundirse.
Está cumpliendo el deseo de un escritor muerto, Salvador Benesdra, que no quiso que sus cuadernos escritos en alemán fueran publicados.
Los papeles se hunden. 
Nadie va a leer esos cuadernos.

**

A fines de 1995, Benesdra dejó su departamento en Buenos Aires y se fue a Arachania, un pequeño pueblo uruguayo sobre la costa atlántica. Alquiló una casa. Le gustaba escribir cerca del mar. Su novela El traductor había sido rechazada por varias editoriales: por ser demasiado extensa, demasiado compleja para el mercado.  Algunos dicen que estaba tratando de acortarla. Otros dicen que no, que Benesdra se había rendido y que únicamente quería concentrarse en Puntería, una novela nueva que pensaba armar con la lógica del zapping. Por un fuerte dolor en la espalda, no podía quedarse sentado. Pasaba las horas en la cama, inmóvil, deprimido. Volvió a Buenos Aires, intuía que se acercaba un nuevo brote psicótico pero no quería internarse. Pocos días después, el 2 de enero, saltó por el balcón de un décimo piso.
Su suicidio, las formas de su locura, su desmedida erudición y El traductor armaron la imagen de Benesdra que circula de boca en boca. Durante dos décadas la novela se difundió por las ganas de sus lectores de mantenerla viva. Con cada recomendación, el libro tuvo un nuevo aliento para enfrentar los dictados de la industria editorial.
En la prensa masiva sólo se publicó una nota, en 2002 cuando él hubiera cumplido 50 años. Ahora, diez años después, la editorial Eterna Cadencia re edita El Traductor y publica, por primera vez, El Camino total, un libro de autoayuda. En una de las contratapas se lo menciona como el autor de la “mejor novela de los años noventa”, una hipérbole incomprobable que intenta hacer justicia con un escritor cuyos textos, aún hoy, permanecen sumergidos.

* *

En el primer edificio en el que funcionó el diario argentino Página 12, un olor a cigarrillo se afianza en el ambiente. En un rincón, Salvador junta a varios colegas para anunciarles una importante noticia. Silencio incómodo. Salvador habla: esa noche seres de otro planeta vendrían a Buenos Aires a buscarlo. Había empezado una revolución interplanetaria y él iba a ser el interlocutor entre los dos mundos. Sus compañeros tratan de que cambie de opinión. No hay caso. Benesdra está convencido. Llaman a algunos amigos de Salvador. Lo acompañan al Obelisco. Esperan el descenso de una nave. Dice Benesdra: llegará a medianoche. Esperan. Siguen esperando. Se emborrachan. Terminan en la madrugada en casa de otro amigo: psiquiatra.

* *

Sus conocidos relatan la infancia de Salvador con unos pocos trazos magnificadores. Nació en 1952 en una familia de origen turco sefaradí. Su padre era dueño de Greco, una importante zapatería de la época, y de la biblioteca donde hizo sus primeras lecturas. Cuentan que empezó a hablar a los tres años y que fue tartamudo durante mucho tiempo, que hizo el secundario en dos años (o tres) y que a los catorce ya había leído las obras completas de Lenin (o de Marx). Que militaba en el Partido Obrero desde los trece años (o doce). Que había escrito su primer cuento a los doce (o trece) y que su hermana mayor le sugirió que se dedicara a otra cosa. Que muy joven aprendió los siete idiomas que manejaba.

Mirta Fabre lo conoció a comienzos de los setenta en un aula de la Facultad de Psicología. “Salvador tenía una obsesión con el uso del tiempo. Yo era militante, divorciada, dos hijas chiquitas. Había que hacer un trabajo en grupo y los horarios de nuestros compañeros no nos iban. Él me encaró y me dijo: "a mí no me gusta perder el tiempo y vos me parecés bastante inteligente, ¿hacemos juntos el trabajo?"”.
Fueron amigos hasta que, en una mesa del bar La Paz, Salvador le propuso a Mirta que fuera la primera mujer de su vida. Así dijo: “la primera mujer de mi vida”. Aunque un poco apabullada ante semejante responsabilidad, ella aceptó. En 1977, un año después de que empezara la dictadura militar, huyeron a Francia. Mirta volvió en 1980. Él había sido internado en una clínica psiquiátrica, la Maison Blanche, porque después de una operación en la que le sacaron las glándulas paratiroides habría tenido su primer brote psicótico. Luego, lideró una rebelión antipsiquiátrica entre los pacientes. A principios de 1982, un amigo lo fue a buscar.
En Buenos Aires, trabajó en La Voz, el diario que los Montoneros crearon en 1982. Luego escribió para La Razón y en 1988 ingresó a la sección de política internacional de Página/12. Cubrió acontecimientos que marcaron un cambio de época: la Perestroika, la caída del Muro, el fin de la U.R.S.S, la era Reagan, la guerra de Irak. Entretejía datos precisos con una gran capacidad para el análisis histórico y político. “Era brillante, tenía una sintaxis excelente y un gran talento para procesar la información. Era un obsesivo de las fuentes y de la escritura”, dice el periodista Walter Goobar que en ese entonces era su editor.
“Doscientos mil refugiados en los primeros siete meses de 1961 persuadieron a la RDA de erigir sorpresivamente un muro en la noche del 13 de agosto de ese año para cerrar el agujero de Berlín, por donde el país amenazaba despoblarse. En septiembre de 1989, la apertura de la frontera de Hungría con Austria volvió a dibujar en la Cortina de Hierro un boquete por donde la RDA perdió en pocas semanas esa misma cantidad de gente. En las condiciones de la guerra fría, el éxodo endureció el régimen; en los tiempos de la perestroika lo derribó.” (El Porteño, diciembre de 1989).
Ser periodista le permitía manipular a diario su vasta erudición en materia de historia, filosofía e ideas políticas. “Le daba mucho placer porque lo enriquecía. No se lo tomaba como algo rutinario, se lo tomaba muy en serio”, dice Mirta.
Sin embargo, su cotidianeidad en Página/ 12 no era sencilla ni fluida. Fue representante gremial de los trabajadores, pero los desequilibrios en su personalidad perturbaban el clima de la redacción. Algunos compañeros de trabajo, especialmente los jefes y dueños del periódico tenían miedo, dice Goobar. A la locura, al brote, a la irrupción del desequilibrio inesperado. Benesdra tenía rutinas. Trabajaba, leía sin parar y se ocupaba de que sus vacaciones coincidieran con las fechas del Carnaval de Rio: se iba a bailar mezclado con las scolas do samba.
Para Mirta, el insomnio constante y las crisis paranoicas que sufría Benesdra eran consecuencia de su hipertiroidismo. La base de los problemas psíquicos que habían empezado en París a principios de los ochenta y que se fueron agudizando en los años siguientes. Los brotes, el delirio.
En 1995, junto con ochenta de sus compañeros, Salvador fue despedido de Página 12. Si bien consiguió trabajo en una publicación institucional de la empresa Socma, estaba muy deprimido. Cuando perdió la esperanza de que las editoriales aceptaran publicar la novela, le pidió dinero a su padre para hacer una edición de autor. El padre se negó.

Continúa en la página 2

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