Siete años después del huracán, en Nueva Orleans se ofrecen tours por las zonas devastadas. Más de la mitad de la población nunca volvió a la ciudad y los que quedaron no saben levantar una pared. Mariana Enríquez recorrió sus calles y descubrió que se come de primera, se escucha el mejor blues y abundan los rituales vudú. Después, la escritora se fue a Memphis: la prueba de que la sociedad posracial es solamente un slogan mediático. En la tierra que vio crecer a Elvis, las economías solidarias no existen y los pobres pasan hambre. Primera parte de una crónica de viaje por el sur de Estados Unidos.
Qué recorrido raro, me decían. Yo avisaba que partía hacia el sur de Estados Unidos: ¿es raro? Yo amo el gótico sureño, a Johnny Cash y a Nueva Orleans. Hay gente que ama Bollywood. En serio: el amor es siempre extraño y nunca se elige. Tampoco los territorios de la imaginación.
¿Sabés lo que significa extrañar Nueva Orleans?
-¿Argentina? ¿Eso es un país?
El señor taxista que nos trae, a mi compañero y a mí, desde el aeropuerto, no entiende de dónde venimos. Le decimos que sí, que es un país.
-¿Y dónde queda?
En el sur, le decimos, pero en el sur de América del Sur.
-¿Cerca del polo?
Cuando bajamos del taxi, mi compañero se da cuenta de que no supimos explicarle bien de dónde veníamos a ese hombre que, nos advirtió, sólo conocía la geografía de los Estados Unidos. -Seguramente entendió que Argentina queda a orillas de la Antártida y que se habla inglés -me dice.
Estamos en New Orleans, Louisiana. Los collares de plástico de colores cuelgan de los balcones y los árboles, se anudan en las rejas de las casas, se incrustan en el asfalto y algunas calles brillan de cuentas verdes, amarillas, violetas, rojas, azules, plateadas. Mardi Gras quedó atrás hace más de un mes pero en New Orleans el sol ilumina los restos de la fiesta y la ciudad ya se prepara para el año que viene. En los barrios más pobres, los indios del carnaval disponen sus trajes de plumas, que pueden pesar cuarenta y cinco kilos y se confeccionan en unos nueve meses. Los indios del Mardi Gras son hombre negros, organizados en tribus: conforman algo parecido a scolas, pero no es exactamente lo mismo. Casi nada de lo que ocurre en Nueva Orleans es comparable con alguna otra cosa. La ciudad incluso fue diferente en su trato a los esclavos: Congo Square, la plaza central, cerca del Barrio Francés, era el lugar donde, en el siglo XVIII, los negros podían reunirse los domingos y compartir sus tradiciones, su religión, su música. Así New Orleans es gumbo –que sabe igual a una sopa de Africa Oeste-, es jazz y blues, es vudú. También es Tennessee Williams y su tranvía, que recorre la calle del Canal y la avenida St. Charles. Y el lugar donde nacieron Truman Capote y Louis Armstrong. La ciudad de La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Y de los vampiros de Anne Rice.

Es la ciudad de Arthur Smith, artista outsider que renueva constantemente la tumba de sus familiares en el cementerio St. Louis N° 1, cerca de Tremé, el barrio de los negros libres en tiempos de esclavitud, hoy el barrio de los músicos. Arthur cambia el aspecto del nicho según la época: le pone corazones en San Valentín, guirnaldas rojas y verdes en Navidad, collares en Mardi Gras, lo pinta de celeste para Pascua; Arthur hizo exposiciones y su casa fue otra obra de arte –antes de que debiera ser demolida después de Katrina. Arthur es la delicia: le pide a mi compañero que le saque una foto junto a su nicho recién pintado, cuenta en enloquecedor detalle la historia de sus muertos e invita a visitar al resto de sus parientes, y de su arte, en el cementerio Holt, el camposanto de los indigentes. Nueva Orleans es ciudad de cementerios, pero ninguno es más hermoso y emocionante que Holt, mantenido por quienes amaron a esa gente que no pudo pagar un lugar donde caerse muerta. En Holt está Buddy Bolden, pionero del jazz, genio de la trompeta, que murió loco, hospitalizado, en 1931; tuvo un brote durante el desfile de Mardi Gras. Su tumba está sin marcar. Hace algunos años, la ciudad le dedicó un monumento donde se lo nombra como el mejor cornetista de la Historia, después del arcángel Gabriel.
En el cementerio St Louis Nº 1 está emplazada la segunda tumba más visitada de los Estados Unidos, la de la sacerdotisa vudú Marie Laveau, muerta en 1881. Es una bóveda familiar y nunca le faltan ofrendas a su alrededor y, sobre todo, ante su puerta. Para pedirle un favor a esta poderosa mujer -para algunos una sanadora, para otros una fuerza oscura que danzaba con serpientes en los pantanos que rodean la ciudad- hay que, primero, golpear tres veces las paredes blancas de la tumba; después, trazar con el dedo tres cruces sobre la superficie y, por último, caminar alrededor de la bóveda, también tres veces. El pedido no debe ser pronunciado en voz alta y tampoco deben escribirse las cruces, pero pocos contienen el deseo de dejar su marca en la tumba de Marie que está cubierta de equis, como patitas de araña. El St. Louis Nº 1 cierra muy temprano, a las dos de la tarde, y el guardia anuncia el cierre de las puertas a los gritos: suele dejar a los guías encerrados si le hacen difícil su trabajo. Al cercano St. Louis Nº 2, un cementerio más grande y más misterioso, sólo van los locales: queda a los pies del Iberville Housing Project, un conjunto de monoblocs que, se dice, es el barrio más peligroso de la ciudad.
Más emocionante resulta buscar un poco de vudú. De zombies está lleno, pero son todos de Wisconsin y otros estados del Medioeste: caminan por el Barrio Francés -no se atreven a salir de ahí: les han dicho que la ciudad está infestada de criminales y no lo cuestionan- con sus bermudas y sus gorras y su asombrosa obesidad; caminan lentamente y boquiabiertos, como ancianos, aunque la mayoría son jóvenes. Allí, en el Barrio Francés, apenas a una cuadra de la trepidante e insoportable Bourbon Street, llena de souvenires feos, borrachos gritones y chicas en tetas, está el pequeño Museo del Vudú. Charles, el director, es quien recomienda a la sacerdotisa Miriam Chamani, la única en la ciudad con un altar vudú abierto al público.