Mientras el presidente estaba de viaje, un grupo de policías bolivianos, acompañados por sus esposas, se amotinaron para reclamar mejores salarios. Durante seis días tomaron edificios públicos, quemaron archivos y marcharon por las calles de La Paz y otros ocho departamentos. Al mismo tiempo que el presidente paraguayo Lugo era destituido en un trámite exprés, un motín incendiario puso en jaque al gobierno de Evo Morales.
El viernes 22 de junio cientos de policías de los rangos bajos de La Paz, Bolivia, acompañados por sus esposas, entraron al edificio de la Dirección General de Investigación Policial (DIGIP), a una cuadra de la Casa de Gobierno, tomaron computadoras y cajas con archivos, los llevaron a la Plaza del Obispo y les prendieron fuego. Miles de documentos –digitales y de papel- con sanciones a suboficiales y agentes, pruebas, contrapruebas, argumentos de fiscales, alegatos de la defensa, procesos, sentencias y apelaciones ardieron bajo el sol paceño. Sin matar civiles, sin heridos graves, pero ocupando edificios y quemando expedientes, un grupo de policías que reclamaba mejores salarios arrinconó al gobierno de Evo Morales en la misma semana que en Paraguay destituían en un trámite legislativo exprés al presidente Fernando Lugo.
La quema de archivos del tribunal de control policial ocurrió el primer día del motín. Las más enfurecidas parecían las mujeres de los amotinados: gritaban que en esos cajones de las oficinas del organismo que hace el control interno -una especie de policía de la policía- sólo figuraban las sanciones a los subalternos, a los oficiales rasos, mientras que los jefes actúan impunemente sin que nadie los castigue.
En minutos, los policías amotinados ocuparon todo el edificio. En un depósito encontraron cajas con latas de cerveza Paceña. En Bolivia hay un paso del alcohol a la indignación. Y los “clases” ya lo habían dado:
-¡Vergas! ¡Vergas! –gritaban.
Desde los balcones del primer piso arrojaron las cajas de cartón con las latas de cerveza precintadas en plástico; por cada caja que caía al suelo desde los balcones que estaban diez metros más arriba, había veinte pares de manos dispuestas a desgarrarlas, a aferrar las latas y a rebotarlas contra las paredes blancas y los cristales rotos de su antiguo Tribunal de Control.
Rotas, las ventanas parecían volverse todavía más brillantes por la espuma, que chorreaba de las latas de cerveza estrujadas hasta la explosión.
En la plazuela pegada al edificio, los policías y sus mujeres seguían tirando a las fogatas más computadoras y carpetas con expedientes. Un oficial de bajo rango mostraba una caja de cerveza a los periodistas y fotógrafos:
-¿Cómo esos borrachos nos van a juzgar, carajo?

CERCA DEL PALACIO, LEJOS DE EVO
Los ojos de los policías amotinados asomaban por las viseras de los pasamontañas. Usaban unas máscaras negras que tapan sólo la mitad de la cara y exponen la otra al aire. También llevaban gorras que en letras mayúsculas blancas, brillantes, se leía UTOP: Unidad Táctica de Operaciones Policiales. Los oficiales de rango más bajo, los clases, tienen que comprar esos y otros equipamiento de asalto con su propio salario, que hasta el miércoles 27 de junio era de 1200 bolivianos, unos 175 dólares. Esa madrugada, pasadas las 4 AM, el Gobierno logró firmar un acuerdo con los policías: les otorgó un aumento de 100 bolivianos –14 dólares con 30 centavos-- y así puso fin a un motín incendiario de seis días que incluyó la quema de los expedientes con sanciones, la toma del edificio de la UTOP y marchas por las calles de La Paz y ciudades de ocho de los nueve departamentos del país.
Sólo cien metros en diagonal separan al Palacio de Gobierno del tinglado de la UTOP, en la calle Junín. La inclinación de la calle hace que los policías lo vean a la altura de los ojos, como si estuvieran parapetados para atacarlo. Paradójicamente, la Unidad de la calle Junín está destinada a controlar (y reprimir) las recurrentes marchas de protesta que atraviesan la ciudad de La Paz y son atraídas, como un imán, hacía la Plaza Murillo.
Cuando se inició el motín, la Cancillería del ministro aymara David Choquehuanca, en la esquina de la plaza, estaba cerrada, sin protección policial, guardada desde dentro por tropas militares que desde la calle no se dejaban ver ni oír. Del canciller no había noticias. El presidente Juan Evo Morales Ayma estaba en Brasil, en la conferencia de la ONU Río+20, hablando contra la economía verde, perfilado sobre el fondo de la Bahía de Guanabara; todas las televisiones del país sin mar reiteraban estas imágenes de la indignación con escenografía atlántica. “Los países del norte se enriquecen en medio de una orgía depredadora y nos obligan a los países del sur a ser sus guardabosques pobres”, decía Evo.
Si no hubiera estado fuera del país, en sus funciones de guardián sudamericano, esa mañana el presidente habría estado en el Palacio Quemado -destruido en 1830, reconstruido en 1845, incendiado en 1875. La puerta de Palacio, habría estado custodiada por el batallón de los Colorados de la Patria, con sus uniformes ceremoniales, encarnados, brillantes, antiguos, gastados. Ahí afuera habría estado, también, menos decorativo, más eficaz, el Servicio Secreto con sus walkie-talkies. Pero esa mañana de viernes el Palacio estaba cerrado por completo –una imagen más única que rara en La Paz. Como en la Cancillería, dentro estaban alertas –o se sabía que estaban, a través de las ventanas transparentes, de las hendiduras de las hojas de las puertas-, otra vez los militares, odiados por los policías.
La marcha ordenada de los amotinados pasó frente a La Catedral, que también tenía sus grandes puertas cerradas. Ya habían llegado al lado del Palacio Quemado. Avanzaron en L, gritaron consignas contra el gobierno, contra el partido de gobierno, contra el jefe de gobierno. Los policías combinaban prácticas aprendidas en la institución con viejas y eficaces formas de las protestas paceñas.

Cuando llegaron al frente del Palacio Quemado, a sus espaldas se erguía, perpendicular, el edificio de la Asamblea Legislativa Plurinacional. El Poder Legislativo no estaba menos callado que el Ejecutivo. Los legisladores habían desertado el recinto; sólo quedaban algunos funcionarios, más encerrados en sus puestos de trabajo que lo habitual.
Los “clases” no buscaban ni a los senadores ni a los diputados. Tampoco a Evo. Los amotinados querían tomar el edificio donde se guardan sus legajos, sus fojas de servicio. Y hacer una fogata con ellos.