El Instituto Teresa Lozano Long de Estudios Latinoamericanos (LLILAS) y la revista Anfibia crearon una beca para que un doctorando de la Universidad de Texas y un cronista investiguen y escriban juntos un texto. Despu茅s de ganarla, el soci贸logo Jorge Derpic viaj贸 a Bolivia y trabaj贸 con el prestigioso cronista Alex Ayala. No fue simple: no hay informes oficiales. La polic铆a los registra como homicidios o tentativas de homicidio, pero basta leer los diarios o ver los noticieros locales para descubrir que todos los meses all铆 intentan ajusticiar a alg煤n ladr贸n. En ellos participan desde jubilados a profesionales universitarios. A pesar de que algunos medios los venden como 鈥淛usticia comunitaria鈥, la Defensor铆a del Pueblo niega terminantemente esta asociaci贸n. Como en Fuenteovejuna los asesinos son todos y, a la vez, ninguno. Surge la masa y con ella el pacto de silencio.

Fotos:聽脕lex Ayala Ugarte

 

 

Cuando alguien aprieta el bot贸n blanco, Edson gira la cabeza esperando ver un rostro al otro lado de un vidrio.

Periodistas por el intercomunicador (P): 驴C贸mo te sientes, Edson?

Edson (E): Todav铆a mal porque no puedo recuperarme del todo. Sigo con dolor. Tengo que caminar, pero no puedo. Nadie me ayuda. 脡se es mi problema.

P: 驴Recuerdas qui茅nes son las personas que te han prendido fuego?

E: Los mismos vecinos. El presidente de la zona. Los que ayudan por ah铆. Los j贸venes. Ellos m谩s que todo. Son revoltosos, 驴no ve?

P: 驴Todos quer铆an golpearte?

E: S铆 pues. No me dejaban salir. No s茅 qu茅 garant铆as quer铆an, no se les entend铆a.

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Lleva m谩s de dos meses rotando de cama en cama en la moderna secci贸n de quemados del hospital Boliviano-Holand茅s de la ciudad de El Alto. Pas贸 de terapia intensiva a la sala cuatro, a la sala uno, a terapia intensiva nuevamente y, desde hace tres semanas, otra vez, a la sala uno. Lo asustan los sonidos inesperados: un cuchillo cuando cae sobre un plato, una puerta que se cierra de golpe. No es consciente a煤n de que sufre un trastorno de estr茅s postraum谩tico. Dos veces a la semana, lo trasladan a un quir贸fano 煤ltimo modelo para hacerle injertos de piel en las regiones chamuscadas de su cuerpo. Y despu茅s lo devuelven dopado a su cuarto.

El 27 de mayo, cuando lo internaron, Jorge Romero, el m茅dico que lo oper贸, cirujano pl谩stico experto en reconstrucci贸n de mamas acostumbrado a lidiar tambi茅n con epidermis quebradizas y rostros desfigurados, interrumpi贸 una cena privada en un restaurante de La Paz. Le hab铆an dicho que el estado del paciente era realmente complicado. Su primer diagn贸stico incluy贸 la posibilidad de que las heridas lo mataran. Edson, la primera v铆ctima de linchamiento atendida en el Boliviano-Holand茅s, parec铆a un cuero de oveja viejo.

***

Cuando te queman, los huesos cambian de color 鈥攑asan de un blanco amarillento cremoso a un amarillo oscuro y luego a un negro parrillero鈥, la carne crepita mientras se derrite lentamente. Cuando te desnudan y te tiran agua helada, lo primero en congelarse son la nariz, las orejas, los dedos. Se adormecen poco a poco las articulaciones, la piel se convierte en una superficie p谩lida. Y despu茅s: el colapso, la muerte celular, las 谩reas gangrenadas. Cuando te dan una paliza, el cuerpo estalla: la cabeza explota, los p谩rpados se hinchan, un brazo o una pierna se quiebran. Y el holocausto dentro: las hemorragias asesinas, las que te matan, son las internas.

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En los linchamientos, suele repetirse el mismo patr贸n: primero atrapan a alguien in fraganti cometiendo alg煤n delito; luego, hombres y mujeres enfurecidos deciden aplicar la pena capital al extra帽o que invadi贸 su espacio; un primer manotazo en la cara; patadas; m谩s patadas; alguien que le echa gasolina al sospechoso; alguien, otra sombra, que le prende fuego; despu茅s silencio, un muro sordo como ep铆logo del ruido. Y al final, todos 鈥攍a turba: decenas, a veces cientos de personas llenas de rabia鈥 vuelven a sus casas como si no hubiera sucedido nada. Siempre, en el principio, el barrio. Siempre, en el final, una masa maltratada que antes era un cuerpo.

***

Algunos medios de comunicaci贸n venden a sus audiencias la idea de que los apaleamientos en 谩reas urbanas son pr谩cticas aceptadas, bajo la etiqueta de 鈥渏usticia comunitaria鈥. Muchos alte帽os creen hacer uso de ella cuando queman a un supuesto criminal o lo cuelgan de un poste. Pero si una cosa y otra fueran elementos qu铆micos, ambas estar铆an muy alejadas en la tabla peri贸dica.

La Defensor铆a del Pueblo sostiene que en ning煤n momento se pueden concebir estas agresiones como un tema de justicia paralela. 鈥淰ulneran el principio elemental del derecho a la vida, a un juicio previo, a la integridad鈥, se帽ala uno de sus documentos.

Entre el a帽o 2001 y el primer semestre de 2008 hubo por lo menos 88 intentos de linchamiento en barrios c茅ntricos y alejados de la ciudad de El Alto. Nueve de ellos acabaron con la muerte de los linchados. Los datos surgen de una investigaci贸n del soci贸logo boliviano Juan Yhonny Mollericona; no hay ning煤n informe confiable que muestre lo que sucedi贸 desde 2008 hasta 2013. La polic铆a registr贸 esos hechos como homicidios o tentativas de homicidio. Pero basta un simple vistazo a la prensa y a los noticieros para darse cuenta de que hay entre uno y cuatro amagos de linchamiento al mes. Cambian las v铆ctimas, los verdugos, los escenarios, pero las historias se repiten.

Un reporte del Observatorio de Seguridad Ciudadana advierte que cuatro de cada diez alte帽os identifican la delincuencia como su mayor problema. Ante la ola de delitos, algunos de ellos piensan que lo 煤nico que les queda es actuar: el ataque como mecanismo de defensa. Por eso a veces se recurre al linchamiento, que aparece en el imaginario colectivo de algunos sectores de la poblaci贸n como 鈥渏usticia comunitaria鈥.

El profesor estadounidense Daniel Goldstein explica que la categor铆a 鈥渏usticia comunitaria鈥 naci贸 a finales de los 90, tras una serie de estudios financiados por el Banco Mundial que intentaba interpretar la gran variedad de formas que se usan para resolver conflictos en las comunidades rurales de Bolivia. Hoy en d铆a, est谩 reconocida por la Constituci贸n, que le otorga la misma jerarqu铆a que a la justicia ordinaria y admite que, en las jurisdicciones ind铆genas, originarias y campesinas, las faltas se castiguen a trav茅s de asambleas que imponen diferentes penas: sanciones econ贸micas, trabajo comunal, destierro.

En 2010, F茅lix Patzi, candidato del presidente Evo Morales a la Gobernaci贸n de La Paz por aquel entonces, fue condenado a fabricar mil ladrillos para su comunidad por conducir ebrio. En El Alto, es habitual que se expulse de un barrio a familias enteras si se les pilla robando. Pero la ley establece ciertos l铆mites: dice que los linchamientos no son aceptables y que deben ser prevenidos y sancionados por el Estado.

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鈥淐omo unidad del orden, debemos resguardar la vida de todas las personas, se trate o no de delincuentes, tengan o no tengan antecedentes鈥, dice sentado en su despacho el ex director de la Fuerza Especial de Lucha contra el Crimen de El Alto, Ramiro Magne.
En conversaciones informales, cuando se les consult贸 sobre la justicia comunitaria, algunos dirigentes bastante experimentados mostraron que no hay una posici贸n 煤nica sobre el tema. Dijeron tener claro que usar un cintur贸n para pegarle a un delincuente es aceptable, pero que jam谩s permitir铆an que se atente contra la vida de nadie. 驴Qui茅n determina d贸nde parar?, eso no lo especificaron.
Goldstein se pregunta si, de acuerdo al 茅nfasis impl铆cito en la Constituci贸n sobre el car谩cter rural de la justicia comunitaria, es leg铆timo atribuir su presencia en los centros urbanos con migraci贸n ind铆gena o si estos migrantes simplemente se apropian del t茅rmino en un 鈥渁cto pol铆tico de imaginaci贸n creativa鈥 que les permite interpretar la confusi贸n que los rodea. Mollericona, el soci贸logo, considera que las acciones justicieras son una reacci贸n ante la falta de una presencia efectiva del Estado, de seguridad y de castigo para los delincuentes; y define los ajusticiamientos como 鈥渇en贸menos extrajudiciales鈥 usados para castigar a los infractores de la ley y a los que no respetan las reglas m铆nimas de convivencia.

***

鈥擳odo esto lo vamos a pavimentar 鈥攄ice Esteban Ticona apuntando con el dedo hacia una avenida todav铆a sin asfaltar en la urbanizaci贸n 30 de septiembre, donde en 2010 lincharon a una mujer que rob贸 dentro de una casa. Ticona es uno de los polic铆as de la Divisi贸n de Homicidios de la ciudad y el principal dirigente de esta zona. En El Alto, los vecinos organizan cada sector como si se tratara de una especie de gobierno en diminuto: escogen presidente, vicepresidente, secretario de hacienda, secretario de deportes. Desde hace unos meses, Ticona ocupa el cargo m谩s alto de este escalaf贸n.

鈥擸 esta otra v铆a 鈥攄ice鈥 es la calle de las Flores.

La tierra parece desmentirlo. No se ve una sola flor. Ni siquiera hay un p茅talo en el suelo. El paisaje es repetitivo, similar al que se puede encontrar en otros rincones de la periferia alte帽a: construcciones de una o dos alturas de adobe y ladrillo descubierto, basura en las esquinas, elevaciones no muy pronunciadas de arena y piedra.

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Ticona tiene 42 a帽os y es petiso. Lleva anteojos y una funda de oro en uno de sus dientes. Viste pantal贸n deportivo y usa sombrero de ala. Se mueve despacio, con pasos anchos, como un dandy. Cuando lleg贸, este lugar parec铆a m谩s una parcela de cultivo que un centro habitable. Tuvo que levantar su hogar en medio de reba帽os de ovejas y de vacas.

鈥擜hora esto es otra cosa 鈥攁clara鈥. Ahora tenemos agua potable y hasta gas domiciliario.鈥擯ero antes no, no hab铆a nada, antes no hab铆a m谩s que pampa.

Aqu铆, en la calle de las Flores, dice Ticona que atraparon a la mujer, Rosa Huanca Mamani, que intentaba llevarse un televisor. La ataron con sus propias trenzas a un alambrado, la rodearon con llantas, la prendieron fuego. Seg煤n Ticona, muri贸 ahogada por el humo. Otros dicen que calcinada. Nadie se apiad贸.

鈥擸o la conoc铆a 鈥攄ice Ticona鈥. Ten铆a siete hijos y robaba para alimentarles. Yo la hab铆a salvado antes de otro linchamiento. La hab铆an desnudado. Cuando escapaba con ella, me dejaron cojo de una pedrada (Ticona se remanga el pantal贸n y muestra la pierna como si a煤n le doliera). La segunda vez, fue demasiado tarde, no pude hacer nada. Me avisaron por celular. Cuando llegu茅 estaba casi muerta. Llam茅 a mis compa帽eros de servicio, di media vuelta y me march茅. No quer铆a meterme en l铆os.

Aquel d铆a, Ticona, el polic铆a acostumbrado a los asesinatos, a levantar cad谩veres, coleccionar escenas siniestras, prefiri贸 escapar.
鈥擭o hab铆a ya ni c贸mo involucrarse.

LINCHADOS DEL ALTO

En Bolivia, el linchamiento como forma de organizaci贸n colectiva para sancionar una injusticia de manera violenta no es nuevo. A los casos ocurridos durante las rebeliones ind铆genas de principios del siglo XX 鈥攅n las que fueron asesinados corregidores y terratenientes de algunos sectores rurales del pa铆s鈥, se a帽ade el del linchado m谩s famoso de la historia nacional: Gualberto Villarroel.

En julio de 1946, el presidente Villarroel fue derrocado por una turba que lo apu帽al贸 y lo golpe贸 con sa帽a dentro del Palacio de Gobierno de La Paz. Tiraron su cuerpo a la Plaza Murillo desde uno de los balcones; lo colgaron de un farol, lo expusieron al p煤blico. Seg煤n los promotores de aquel linchamiento, con su muerte se evit贸 una guerra civil. Hoy, en los barrios de El Alto, algunos de sus habitantes dicen que con acciones similares buscan evitar que la criminalidad se extienda.

En Franz Tamayo, un barrio a media hora de distancia de La Ceja, el coraz贸n de El Alto, cuando hay lo que ellos llaman 鈥渕ovimientos raros鈥, como si estuvieran en Carnaval, los vecinos se avisan entre s铆 con petardos y silbatos. A veces tambi茅n lo hacen con sus celulares: por mensaje de texto. Todos est谩n en constante alerta. Lo 煤ltimo que hicieron arder, dice Ricardo Pe帽asco 鈥35 a帽os, lentes ligeramente oscuros, bizco, due帽o de una las carnicer铆as m谩s pr贸speras de este sector鈥, fue un veh铆culo blanco, sin ocupantes.
鈥擡ra de unos ladrones. Se escaparon. Est谩bamos emputados por lo que hab铆a ocurrido con mis primos y les quemamos el carro. Lo que pasa es que a uno le da rabia y reacciona, no tanto por los hurtos, sino por las muertes.

Cerca de aqu铆, a unas pocas cuadras, unos meses atr谩s, alrededor de las cinco de la ma帽ana, estrangularon a V铆ctor Hugo y a Ver贸nica Pe帽asco, de 36 y 32 a帽os, comunicadores de profesi贸n, primos de Ricardo.

Durante el d铆a, Franz Tamayo parece un pueblo lleno de mujeres solas. Los hombres 鈥攑lomeros, artesanos, alba帽iles, oficinistas鈥 salen a trabajar desde temprano y son muchas las mujeres que se quedan a cargo de los hogares: hacer mercado, cocinar, coser, limpiar, planchar. Roly Tarifa, tiene 27 a帽os y es uno de los pocos hombres que paran de vez en cuando por el barrio: vende lech贸n al horno los fines de semana y entre semana se dedica a otras tareas.

鈥擜qu铆 hace tiempo que ya no pasa nada 鈥攄ice鈥, pero antes hab铆a raptos y robos en casas. Por eso nos hemos organizado. En cada cuadra, hay un encargado de seguridad. Y cuando pasa algo, damos la alarma.

Otro vecino, Jes煤s Zenteno, agrega que el problema es que ya nadie conoce a nadie porque el lugar ha crecido demasiado: 鈥渓a cara vemos, coraz贸n no sabemos鈥.

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En otros sectores de la ciudad de El Alto, sobre todo en los m谩s perif茅ricos, la vigilancia tambi茅n se ha convertido en una rutina m谩s. En Villa Eg眉ez, organizan de vez en cuando rondas nocturnas utilizando estrategias similares a las de los uniformados. 鈥淐uando vemos un taxi sospechoso, un vecino se para a un lado, otro al otro, revisamos la puerta y la maletera y al chofer lo interrogamos鈥, explica el polic铆a Gonzalo Chura, presidente del barrio.

Lo dice como si fuera lo correcto.

***

De camino al domicilio de Ticona, hay un mu帽eco enorme, sin cara, colgado de una luminaria, con una estaca en el pecho y pintura que parece sangre.

鈥擡s una advertencia, para que los delincuentes no se acerquen鈥攅xplica.

En la pared vecina, una pintada tambi茅n amenaza: 鈥渓adr贸n ser谩 colgado鈥. 聽

 

鈥擸o a mis vecinos les doy consejos: les digo que se compren una cadenita para la puerta, que si llama alg煤n desconocido nunca le abran, que no se f铆en jam谩s de los autos sospechosos. Es sencillo detectar a alguien de fuera. Ac谩 todos nos conocemos.
鈥擸, por si acaso, en mi casa, tengo un fusil. Para defenderme.

Ticona tambi茅n guarda all铆 los restos de un atropellado.

鈥擠icen que los cr谩neos humanos le ayudan a uno a vigilar sus propiedades. Como trabajo con muertitos, pude sacar algunos huesos de uno de ellos en la morgue de La Paz, de un tipo que nadie reclamaba. Y ahora le pongo velitas para que me proteja.

***

Juanito y Juanita son los nombres de las dos peque帽as calaveras que descansan en urnas de cristal en la Divisi贸n de Homicidios de El Alto. Est谩n rodeadas de cigarrillos, hoja de coca y papeles de colores en los que la gente les deja sus pedidos. Son conocidas popularmente en Bolivia como 帽atitas. Juanito lleva dentro del recinto policial alrededor de 30 a帽os. Juanita, menos tiempo. A ambas les pusieron gorros de lana. Algunos, los que las visitan con m谩s fe, hasta les conversan, les cuentan sus problemas. Conf铆an en ellas porque tienen fama de velar por los m谩s desvalidos. Dicen que han ayudado a resolver 200 cr铆menes.

Hace algunos meses, a Ticona, que pasa m谩s tiempo aqu铆 que en la urbanizaci贸n 30 de Septiembre, lo acusaron de encerrar con las 帽atitas a las sospechosas de un linchamiento para que confesaran.

鈥擡s una gran mentira, ganas de molestar de las acusadas para que las investigaciones se dilaten 鈥攄ir谩 Ticona otro d铆a.
Hoy Ticona, quien tambi茅n va a decir en tono de broma que para hacer hablar a alguien le basta con un cord贸n amarrado en los test铆culos, no dice nada. Duerme en un dormitorio de unos pocos metros, tapado con frazadas hasta el cuello, con la luz apagada, iluminado 煤nicamente por el relampagueo de una vieja televisi贸n prendida.

Sobre su escritorio, hay varios expedientes abiertos: unos 170 sin resolver.

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Ticona achaca los linchamientos a la falta de criterio y a la inexperiencia de los dirigentes vecinales. 鈥淣o puede ser que 30 vecinos superen a 11 dirigentes. Otra cosa es cuando la turba est谩 conformada por cientos de personas鈥.

Pero tambi茅n los atribuye a la escasez de recursos de los investigadores. Sobre su mesa hay una computadora que compr贸 con su propia plata. Y en los cajones, bajo llave, guarda decenas de implementos b谩sicos que tambi茅n coste贸 de su bolsillo: unas esposas de 55 d贸lares, un rev贸lver chino calibre 38 por el que pag贸 alrededor de 62, un spray con gas pimienta en el que invirti贸 alrededor de 15 y un 鈥渢orito鈥 de 25 para dar descargas el茅ctricas que, seg煤n 茅l, 鈥渟aca lo bueno de los detenidos y mete lo malo鈥.

A esta particular cesta de la compra hay que sumarle el uniforme 鈥攍e entregaron la tela y Ticona lo hizo confeccionar a su medida鈥, el papel para imprimir, las tarjetas para las llamadas telef贸nicas, el calzado de repuesto. Para Ticona, el polic铆a es aqu铆 como el alba帽il.鈥淐uando faltan herramientas, uno mismo tiene que costearlas鈥.

En Homicidios, ni siquiera disponen de una ambulancia en condiciones.

La que hay, que se emplea generalmente para recoger los cad谩veres del d铆a y ocasionalmente para ayudar en los patrullajes, es un Land Cruiser Toyota reconvertido con m谩s de 30 a帽os de recorrido que se estropea a cada rato, que funciona a medias, como un coraz贸n tras un amago de infarto.

鈥擟uando los muertitos son muchos es un problema. Los colocamos ah铆 adentro, uno sobre otro, como sea鈥攄ice Ticona, que acaba de levantarse.聽

***

Edwin Flores, el investigador del linchamiento de Edson en Puerto Camacho, identific贸 a dos sospechosos. Ram贸n Quino, un farmac茅utico que supuestamente fue extorsionado por el linchado, y Antonio Rivera, un profesor retirado que hace poco fue elegido presidente de la zona por los vecinos. Seg煤n Flores, hay indicios como para suponer que fueron ellos los que lideraron a la turba. Ninguno de los dos ha sido aprehendido.

Hoy es s谩bado y en la farmacia de Quino est谩 su esposa, que dice que no sabe muy bien lo que pas贸 el d铆a que casi acaban con Edson. Cerca de all铆, el due帽o de una tienda de abarrotes dice lo mismo. En situaciones como 茅sta, los vecinos repiten: 鈥測o no s茅鈥, 鈥減asaba por ah铆鈥, 鈥渘o lo vi鈥, 鈥渘o hice nada鈥.

A metros de la farmacia, por la plaza principal de Puerto Camacho, camina Antonio Rivera.

鈥擸o no s茅 qui茅n ha instigado. No s茅 nada. Nada, nada, nada. Nada s茅.

Luego se queda en silencio unos segundos. Como si ocultara algo dentro suyo, tal vez culpa.

鈥擸o no estaba ah铆, estaba descansando 鈥攅xplica鈥. Vinieron a verme y me dijeron: mire, se帽or presidente, ha ocurrido esta situaci贸n. Les dije que llamaran a la polic铆a.

Trata de que las r谩fagas de viento no le vuelen la gorra.

鈥擯ero otros vecinos de por ac谩 son rebeldes. Se presenta una persona desconocida y la agarran. Y no se puede. A la turba no se la puede controlar. Por m谩s que uno les diga: no hagamos esto.

Seg煤n Mollericona, una de las caracter铆sticas principales de la acci贸n colectiva es el anonimato. Como la gente act煤a en masa, dice, 鈥渄esaparecen los autores visibles鈥. Adem谩s, entre los vecinos se establece un 鈥減acto de silencio鈥 que nadie quebranta.
En este contexto, una turba es el prototipo perfecto de asesino. Sus rostros 鈥攄emacrados, gordos, j贸venes, arrugados鈥 son todos y, a la vez, ninguno.

***

Despu茅s de los linchamientos, las explicaciones que surgen son varias. Hay quienes hablan de la 鈥渋gnorancia campesina鈥, de las inexplicables acciones de la 鈥渋ndiada鈥; y lo hacen como aquellos hacendados que en los 40 ten铆an pongos y esclavos en sus tierras.
Algunos de los acusados, sin embargo, son jubilados, profesionales o universitarios. Adem谩s, los linchamientos se producen a menudo en barrios como Puerto Camacho, que cuentan con todos los servicios: con una escuela, un p谩rroco y una iglesia, con un centro de salud, con un ret茅n policial cerca.

El Alto es una ciudad con mucha precariedad, donde la pobreza se percibe casi en cada esquina, pero la violencia no siempre la ejecutan, como muchos creen, los que menos tienen.

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Al frente de la Divisi贸n de Homicidios de El Alto, la Fiscal铆a alte帽a parece m谩s un centro comercial que un complejo de oficinas: techos altos, barandillas por todo lado, habit谩culos cinco por cinco sin cortinas.

La antesala de uno de los dos cuartuchos donde se acumulan los expedientes de homicidio est谩 tan repleta que parece un supermercado en s谩bado al mediod铆a. Hay m谩s de 20 personas de pie. Esperan la inspecci贸n ocular del caso 1830/2012, el caso Ventilla.

Ventilla es una zona inh贸spita casi fuera de los l铆mites de El Alto, un lugar de vientos fuertes y de casas sencillas donde es extra帽o ver circular un coche patrulla. All铆, el 25 de mayo del a帽o pasado, lincharon al sargento segundo de la polic铆a Rolando David Guarachi Javier, de 33 a帽os. Lo ataron y le pegaron hasta destrozarlo.

En la carpeta del caso, varias fotograf铆as muestran las marcas de un alambre de p煤as en el cuello de Guarachi. Seg煤n Sandra Paredes, una de las ayudantes de la Fiscal铆a, los agresores 鈥渘o ten铆an pruebas鈥. Como si algo de eso importara, los vecinos acusaron al polic铆a de ladr贸n, pero lo 煤nico que pudo demostrarse es que hab铆a entrado por equivocaci贸n en un colegio.

Con cara de aburrido, el fiscal Edgar Alarc贸n llama a los acusados, a sus abogados, a los fiscales, a los testigos.

 

Huanca de Vera
Mamani Condori
Eduardo Guzm谩n
Huanca Mamani
Gonzalo Valencia
Jorge Aruquipa Nina
Demetrio Mamani

 

鈥擫a defensa p煤blica no est谩. Procederemos a la suspensi贸n 鈥攁nuncia.

鈥斅縋odr铆an sancionar a los abogados que faltan? A m铆 me sancionan cada聽vez que no llego a mi trabajo 鈥攄ice uno de los letrados de la parte querellante鈥擸a es m谩s de un a帽o que llevamos as铆.

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鈥擸o no puedo sancionar 鈥攄ice el fiscal.

Es la novena vez que la inspecci贸n ocular se aplaza.

En 2012, de las 405 denuncias registradas en la divisi贸n alte帽a de Homicidios apenas se esclarecieron 26. Entre los dos fiscales que se encargan de los cr铆menes de sangre, manejan alrededor de 1.500 cuadernos. Algunos esconden misterios que llevan diez a帽os sin ser resueltos. Entre ellos, hay varios relacionados con linchamientos.

Las sentencias son escasas. A veces, ni siquiera tienen efecto, como pas贸 recientemente en Ayo Ayo, un peque帽o pueblo del departamento de La Paz donde lincharon al alcalde en 2004. El proceso en torno a los sucesos de Ayo Ayo dur贸 ocho a帽os. Hasta el momento, seg煤n la Defensor铆a del Pueblo, ninguno de los 14 condenados ha sido encarcelado.

Seg煤n la locutora de radio Norma Barrancos, el problema es que los vecinos ya no conf铆an en los polic铆as. 鈥淪e llevan a los delincuentes, pero luego los sueltan y la gente se indigna. Por eso se lincha鈥.

As铆, como si no la desesperara aquella simpleza: por eso.

***

Para An铆bal Rivas, el teniente coronel que dirige Radio Patrullas, el servicio de emergencias de El Alto, cualquier esfuerzo es poco. Acaba de recibir una inusual donaci贸n de 16 veh铆culos cero kil贸metros y tiene claro que debe ponerlos pronto a patrullar porque lo m谩s importante ac谩 鈥攄ice鈥 es 鈥渟entar presencia鈥. Dice adem谩s que poco a poco se est谩 haciendo amigo de los presidentes de los barrios. 鈥淵o les explico las cosas como son, pero les hablo siempre en sencillito, para que todo me entiendan鈥.

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Gracias a eso, seg煤n 茅l, ha bajado el n煤mero de linchamientos. Quiz谩s tambi茅n haya tenido que ver la implementaci贸n del Plan Chachapuma, una acci贸n coordinada de todas las unidades policiales鈥擱adio Patrullas incluida鈥 para frenar la delincuencia y prevenir faltas menores que, seg煤n los altos mandos, ha logrado reducir en un 60 por ciento el 铆ndice de delitos.

Vladimir Morales, sin embargo, hoy no habla de cifras, sino del fr铆o.

鈥擡n El Alto, hasta el perro anda con chalina 鈥攂romea.

Vladimir es el supervisor designado por An铆bal para encabezar una de las rondas de vigilancia. Es adem谩s una enciclopedia ilustrada sobre el crimen. Mientras la patrulla avanza, explica lo que no se intuye, muestra las l铆neas invisibles de la urbe.
鈥 Y esto otro es la zona 12 de Octubre 鈥攄ice m谩s tarde.

En la 12 de Octubre predominan las luces rojas y moradas. No es ning煤n secreto que el lugar es un gran prost铆bulo, seguramente el m谩s grande de Bolivia.

鈥擬uchas de las chicas que atienden tienen s贸lo 13, 14 a帽os 鈥攄ice Vladimir.

En 2007, miles de vecinos incendiaron las viviendas donde funcionaban algunos de los burdeles clandestinos. Tambi茅n, muchos de sus muebles. Se quejaban de los robos, de los asesinatos, de la impunidad con la que los maleantes se hac铆an due帽os de las avenidas. Las hogueras invadieron la calzada durante un par de jornadas y los peri贸dicos acu帽aron dos palabras para resumir el caos que amenazaba con arrasar la urbe. 鈥淔uria alte帽a鈥, titularon.

La 煤ltima parada de Vladimir es en medio de una carretera solitaria donde uno se sorprende con el esqueleto de una minivan ardiendo. Sobre las llamas, un mu帽eco que cuelga de un poste de luz se ve borroso por el humo.

鈥擜qu铆 hubo un intento de linchamiento 鈥攄ice.

Los vecinos han convertido el veh铆culo en un vertedero y se acercan de vez en cuando hasta este punto para quemar residuos dentro. Tratan de mantener siempre el fuego encendido. Piensan quiz谩s que la mejor manera de que un ladr贸n se aleje es alimentar su miedo.

 

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El d铆a de la madre en que lo lincharon, Edson hab铆a discutido con su esposa. Llevaba dos meses sin pagar el alquiler de su departamento y acababa de perder una oportunidad de trabajo como seguridad privada en el Gran Poder, la fiesta patronal m谩s importante del a帽o.

Tras los gritos, sali贸 de casa con rumbo desconocido: se sent铆a en la obligaci贸n de volver con plata y un regalo para la madre de sus hijas.

A las 10:00, se intern贸 en Puerto Camacho, un barrio ubicado a media hora del centro de El Alto. Ubic贸 el que parec铆a ser el negocio m谩s pujante en un radio de 500 metros: una farmacia con toda clase de remedios. Pregunt贸 por el due帽o, Ram贸n Quino, un bioqu铆mico que llevaba en la zona pocos meses. Se present贸 como oficial de impuestos y le pidi贸 los balances de ingresos. Los revis贸 y dio su veredicto:

鈥擫as irregularidades ameritan una multa: le debe a impuestos 4.500 bolivianos (640 d贸lares). Pero si me cancela ahora, le cobrar茅 nom谩s 450 (64 d贸lares) 鈥攑ropuso.

Quino pag贸, pero enseguida sali贸 a buscar a su contador: el hombre le dijo que sus papeles estaban en regla. Luego, se dirigi贸 a las oficinas de impuestos nacionales, donde confirm贸 su peor sospecha: no hab铆a ning煤n Edson en su n贸mina de empleados. Lo hab铆an extorsionado.

De regreso a la farmacia, reconoci贸 a Edson en el consultorio de un dentista y corri贸 hacia 茅l.

鈥擳煤 no eres agente de impuestos nacionales. Nunca has trabajado ah铆.

鈥斅緾贸mo pues? Ah铆 trabajaba. Te han dado informaci贸n falsa 鈥攃ontest贸 Edson.

鈥擡ntonces, mu茅strame tu credencial.

Edson busc贸 en sus bolsillos e intent贸 huir. Quino lo atrap贸 y algunos vecinos lo ayudaron a trasladarlo hasta la plaza de Puerto Camacho.

Como en muchas zonas de El Alto, la plaza central de Puerto Camacho es una ocre cancha de tierra. Aquel 27 de mayo, alrededor de 150 hombres y mujeres, muchos j贸venes y algunos curiosos de otros barrios le cubrieron la cabeza a Edson con su propia jersey y comenzaron a pegarle. En las siguientes cuatro horas, Edson perdi贸 el conocimiento varias veces. No ve铆a nada. Escuch贸 a alguien que dec铆a: 鈥淎 茅ste hay que quemarlo鈥. Luego, oli贸 la gasolina.

 

Varios de los nombres de este texto son ficticios para proteger la identidad de algunos personajes implicados en casos que siguen abiertos.聽

 


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