El jueves 13, a las 20:30, una columna apretada de gente se extiende por toda la Diagonal Norte, desde el Obelisco a la Plaza de Mayo. Julia y Clara, dos señoras de unos 70 años, contornean sus cuerpos intentando avanzar entre la muchedumbre. La plaza es un destino inalcanzable para ellas y para las miles de personas que agitan, con excitación, banderitas argentinas. Algunos las empuñan como cuchillos de caza, otros como maracas en medio de una fiesta al aire libre; muchos como juguetes nuevos que les acaban de regalar. Todos parecen coincidir en algo: el rechazo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

 

Detrás del odio, el malestar, las críticas y las frustraciones, estas personas pasean por la plaza una felicidad y una prosperidad que sienten amenazadas. Poco importa averiguar si se trata de gente de clase media, media alta, alta o súper alta. Que la principal convocatoria a la marcha haya tomado como referencia puntos emblemáticos de los barrios porteños de mayor poder adquisitivo, es un indicador relevante para comprender qué sectores sociales la motorizaron.

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Y cualquier observador entendido en las formas de jerarquización de la sociedad argentina no tendría problemas en confirmar una correspondencia entre esta topografía del poder y quienes hicieron rebalsar la Plaza de Mayo: había muchísima gente de clase media y, sobre todo, media alta.

 

Pero esta explicación, que es la más corriente entre quienes buscan desacreditar estas manifestaciones sociales, y en la que la referencia al origen de clase extrañamente se utiliza como una categoría acusatoria, no dice nada sobre el estado de ánimo de la gente ni sobre los procesos sociales que la marcha puso de relieve. Se trató de sectores que han mejorado considerablemente su situación económica y social en los últimos años y ahora, por diferentes motivos, temen perderla.

 

La plaza pone en escena el valor político de ese bienestar. Un bienestar reciente para algunos de los que están en la plaza. Para muchos otros se trata de una prosperidad ya consolidada que ha aumentado mucho más en los últimos años. Y es ese bienestar –que cada sector social percibe y evalúa de acuerdo a medidas, escalas e intensidades propias, y que en la plaza se refleja en los rostros, las vestimentas y la energía de las personas– lo que la mayoría quiere resguardar.

 

Julia y Clara no llevan banderas ni carteles. Se las ve rebeldes y felices. Rebeldes: “Ar-gen-tina, sin Cris-tina”, gritan a coro. Felices: no están solas. Julia parece emocionarse, mira a su alrededor y le comenta a su amiga: “Hoy al mediodía yo pensaba: ¿y si no viene nadie? Y mirá lo que es esto, impresionante. Por suerte me equivoqué”. Clara sonríe y se suma a la entonación de las estrofas del himno nacional que un pequeño grupo de veinteañeros comienza a cantar con tono festivo.

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Toda la cuadra se pliega al canto pero el final del himno se precipita con proclamas verbales que otros jóvenes lanzan como gritos de guerra: “¡No te tenemos miedo, chorra!”; “Boudou delincuente”; “Corruptos”. Y entonces, de repente, uno de los pocos bombos que circulan en esta masa de manifestantes, empieza a marcar el ritmo que le impone la mano inexperta y desacompasada de un joven de traje azul, zapatos negros y corbata colorida. El joven bate el parche y la multitud canta: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura de los K”.

 

Se trata de la versión remixada de una canción conocida. Pero ahora ya no está cargada de esa combinación de tragedia y esperanza que tenía a comienzos de los años ochenta, cuando miles, en esta misma plaza, cantaban “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Ahora la canción suena a caricatura y parodia. Por momentos la manifestación se parece a un recital, un recital de rock. La gente transpira rebelión y felicidad. Los cuerpos saltan y se apretujan. Las sonrisas, los gritos y la algarabía se combinan con ese odio casi infantil al que solo la imaginación y la creatividad de los jóvenes pueden salvar del ridículo.

 

Y este jueves a la noche hay muchos jóvenes, algunos adolescentes. De pie, arriba de un volquete de basura, una quinceañera vestida con el uniforme de un colegio privado usa una cuchara para pegarle con fuerza a un jarrito de metal y vociferar proclamas contra Cristina. El eco del ruido a lata repiquetea en los edificios centenarios de Diagonal Norte y por momentos los gestos de la gente se transforman en otra cosa. La rubiecita adolescente de rostro inocente y aniñado se convierte en una aguerrida y experimentada militante política. Dos jóvenes estudiantes de abogacía de la Universidad de Buenos Aires exhiben carteles con la consigna “Libertad de expresión” y “Democracia”. Cinco chicas de no más de veinte años, que parecen vestidas para ir a bailar y no paran de enviar mensajes en sus celulares, se ríen sorprendidas cuando la masa las empuja hacia delante.

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Todos quieren llegar a la Plaza de Mayo pero en la plaza no hay nada. Sólo más y más gente. Y cámaras de televisión aumentando la excitación de los manifestantes: son el centro de atención pero se desvanece cuando las luces se apagan. Porque en esta manifestación no hay escenarios ni protagonistas. Hay individuos, familias y muchos grupos de amigos dispersos que charlan entre ellos agitando sus carteles y sus banderas. Sólo en algunos momentos específicos, como cuando alguien comienza a entonar el himno nacional o un cántico contra la presidenta, los grupos y los individuos se funden en una masa indistinta. Luego vuelven a sus manifestaciones insulares y a sus actos de reconocimiento mutuo.

 

Ese parece ser uno de los principales motivos que los ha llevado hasta allí: no sólo a manifestar en contra sino también a reconocerse y celebrarse a sí mismos. Como si quisieran averiguar quiénes y cuántos pueden ser ellos mismos cuando adoptan una forma política, qué es lo que ellos mismos piensan o podrían llegar a pensar. Como si se estuvieran buscando, midiendo y evaluando a sí mismos. Los manifestantes relatan en vivo por celular a parientes y amigos lo que está ocurriendo en la plaza, lo que ellos mismos están viviendo. Se filman, se sacan fotos, de ellos mismos y de otros que parecen ser como ellos.

 

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Los fanáticos, los cruzados y los seguidores de las causas ajenas también están presentes: la sexagenaria de cabello batido, aros, el rostro adusto y una elegancia extrema recorre la plaza alzando un cartel: “Cristina: sos psicótica y perversa”; el cincuentón de gestos refinados, anteojos artísticos y una vestimenta cuidada, que corre hacia todas las cámaras para exhibir con orgullo el cartel bilingüe: “Cristina = Chavez. No más Argenzuela. The End. Bitch!”; el jubilado que desfila entre la gente blandiendo un papelito con las verdades cívicas liberales que recita como un predicador: “Democracia representativa, república, separación de poderes, libertad de prensa, propiedad privada”; el joven universitario que trae el pasado al presente cuando exhibe con estoicismo un cartel que dice: “Memoria selectiva = odio + confrontación”.

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Estos fanáticos, cruzados y seguidores de causas ajenas, no son bichos raros este jueves de septiembre de 2012. Por el contrario, ellos amplifican desde el histrionismo y la convicción exagerada, ideas, humores, sentimientos y formas de participación política, de ejercicio de ciudadanía, que en los últimos años se han fraguado al calor de causas heterogéneas y hoy convergen, con mayor nitidez que en manifestaciones anteriores, en el repudio a una figura que las aglutina: Cristina.

 

Son principalmente las mujeres quienes han asumido la tarea de lanzar estos dardos envenenados a la Presidenta. Quedó claro para cualquiera que haya asistido a la manifestación del jueves, en la que más del 60% de las miles de personas presentes eran mujeres menores de 30 o mayores de 60 años. “Yo no vengo por el dólar. Yo no soy rica, soy una laburante. Vine para que decirle a Cristina que no le tenemos miedo”, dice una señora que trabaja de empleada administrativa en una empresa. Y son las mujeres quienes sostienen los carteles con los mensajes más injuriosos hacia la Presidenta.

 

Estas mujeres parecen odiar a Cristina. En sus labios fruncidos, en sus miradas encolerizadas y en la multiplicidad de corporalidades que esa noche se ponen al servicio de una demostración de fuerzas contra la Presidenta. “Sin miedo a Dios. Sin miedo a vos. Acá estamos”, dice uno de los carteles.

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En los tímidos cacerolazos de junio de este año, quienes focalizaban sus reclamos con mayor insistencia en la figura de Cristina, también eran mujeres, incluso aquellas que podían llegar a tener simpatía con algunas de las políticas impulsadas por la Presidenta. En el cacerolazo del 14 de junio, dos jóvenes de no más de 35 años que trabajaban como cadetes en una mensajería y se definían abiertamente como lesbianas, decían que habían “votado a Nestor” pero estaban “totalmente en contra de Cristina por su autoritarismo”. Para estas mujeres, Cristina sólo buscaba conservar su poder.

 

Los cacerolazos de junio fueron muy diferentes al del 13 de septiembre. En junio hubo menos gente y los grupos que convocaban a través de las redes sociales tenían mayor visibilidad. Fernando fue uno de los líderes de esos grupos virtuales sin líderes que se movilizaron a la Plaza de Mayo en la última de las manifestaciones invernales. Nació y vive en Recoleta. Tiene 22 años, estudia comercio exterior en una universidad privada. Sus ojos son celestes, lleva el cabello rubio un poco largo y levemente descuidado. Habla como hablaban los primeros imitadores de Mauricio Macri. Y esa noche de junio, su primera noche como organizador de manifestaciones sociales, estaba vestido con una campera Barbour inglesa verde oscuro, una camisa Polo Ralph Lauren blanca, jean desgastados y zapatillas Converse All-Stars negras y blancas.

 

Fernando recorría de punta a punta uno de los laterales de la Plaza de Mayo. Parecía preocupado. Hablaba con unos grupos minúsculos escudados detrás de carteles en los que se leía “democracia” y “libertad”. Se acercó a dos elegantes señores de traje y largos sobretodos verdes y les preguntó “¿Adónde están los chicos?”. “Están viniendo”, contestó uno de ellos que parecía ser su padre. Sonó el celular de Fernando: “Mati, ¿dónde están? Dale, vengan. Falta gente”, dijo Fernando. Mati y los chicos estaban en Santa Fe y Callao esperando a un grupo de amigos que nunca llegó.

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Fernando parecía un poco decepcionado. Pensó encontrar más gente en la plaza; ni sus amigos, que comparten su indignación, lo acompañaron en su iniciativa ciudadana. Aquella vez contó por qué estaba ahí: “El factor desencadenante de esta manifestación es la economía. La economía venía funcionando más o menos bien pero ahora se está haciendo estragos”.

 

Los hombres que estaban con él lo escuchaban atentos y se contenían para no interrumpirlo. En aquella plaza todos querían hablar y contar por qué estaban ahí. Los hombres también hablaron: “Sí, la economía es importante. Pero yo creo que acá, lo que la gente realmente quiere, es vivir en paz, tranquilos, bien. Pero me parece que el nivel de crispación que genera el gobierno no ayuda para nada”.

 

Inquieto, Fernando no escuchaba lo que decía su padre. Pero la palabra “crispación” lo trajo de nuevo a la charla. Dijo que todos podían pensar distinto, que eso no era un problema. “Es más, yo puedo llegar a tener un amigo kirchnerista, ¿cuál es el problema?”.

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Mientras él hablaba se oían cánticos dispersos y un señor que gritaba enardecido: “¡No soy de Barrio Norte, soy de Lanús!”.
En la manifestación del jueves 13 de septiembre Fernando ya no era el mismo. Se lo veía sonriente.

 

La masividad de la marcha y la presencia de muchos amigos le habían hecho bajar la guardia. Ya no parecía un pichón de líder político inquieto por su posible fracaso sino un joven que quería compartir con sus amigos ese momento de efervescencia colectiva.

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En las manifestaciones algunos ánimos tienen mayor protagonismo, hacen más ruido, son más taquilleros. En el cacerolazo del jueves el odio visceral y el rechazo absoluto aparecían en situaciones bien concretas, en consignas clásicas de los sectores más conservadores de la sociedad argentina: cuando los manifestantes acusaban a la Presidenta de ser una “resentida setentista”, “montonera”, “una zurda que quiere transformar a la Argentina en Cuba y Venezuela”; cuando piden “mano dura a los delincuentes” o cuando se arrogan una suerte de pureza moral para diferenciarse de los destinatarios de las políticas sociales del gobierno nacional. “Ojo con nosotros, el pueblo sano”, decía el cartel que sostenía una mujer de unos 35 años en la esquina de la avenida Santa Fe y Callao, donde miles de manifestantes se congregaron desde las 19 para marchar hacia la Plaza.

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Cuando las críticas se dirigen al “cepo del dólar”, la “inflación”, la “inseguridad”, el “autoritarismo”, la “imposibilidad de salir del país”, la “Korrupción” o el “respeto a las libertades individuales”, los ánimos se calman, se estilizan o se llenan de tecnicismos. Así se muestra Julián, un marplatense de 25 años que estudia administración de empresas en la Universidad de Buenos Aires, y participa activamente en la manifestación. Golpea un jarro de lata y se engancha en todos los cánticos que resuenan a su alrededor. Intenta sin éxito subirse a las rejas que rodean a la Pirámide de Mayo. Los zapatos de vestir y el traje que lleva puestos le juegan en contra.

 

Pero estos no son los únicos ánimos que habitan esta noche de jueves. También hay muchos rostros que exhiben desilusión y frustración. Menos vistosos, más discretos y solitarios en sus formas de manifestar, los arrepentidos y desengañados de sus simpatías kirchneristas también están presentes en la plaza. Clasifican y ordenan sus críticas con precisión de relojeros: los derechos humanos y los derechos sociales que el gobierno impulsó, sí; la corrupción, el autoritarismo y el control de la libertad de expresión, no. Muchos se definen como “peronistas” y atacan donde creen que más le duele al gobierno nacional: “esto no es progresismo”, “hay más desigualdad”, “falta una verdadera redistribución de la riqueza”, “esto con Néstor no pasaba”.

 

Los desencantados, queda claro, no marcan el ritmo de la manifestación. En realidad, nadie lo marca. Los momentos de intensidad son espasmódicos. A las 21:30 en la Plaza de Mayo no entra más gente y los miles de manifestantes ocupan varias cuadras a lo largo de la Diagonal Norte y la Avenida de Mayo. A partir de las 22, cuando todos los cánticos, frases, gritos y reclamos ya sonaron una y mil veces, la gente empieza a retirarse lentamente. No hay columnas que se desmovilizan ni banderas que se pliegan, sino parejas, grupos de amigos y algunas pocas agrupaciones “anti-K” de militantes amateurs apenas reconocibles, que regresan envalentonados después de haber pasado con éxito lo que para muchos fue su bautismo político en la escena pública. Regresan a paso lento, cantando suave para poder respirar a pleno los vientos de triunfo y algarabía que soplan a esa hora.

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“Si pensar es ser Gorila, yo soy King Kong”, decía la pancarta que un joven paseaba por la plaza. Concentrada en la figura de Cristina, más que un acto desestabilizador, la manifestación de Plaza de Mayo del jueves pasado se pareció a una de esas parodias de rebelión contra el poder que los antropólogos identifican en los carnavales, los ritos de iniciación de sociedades secretas y las ceremonias políticas tribales, en las que a través de rituales el pueblo devoto busca invertir, parodiar o ridiculizar las jerarquías políticas. La intención de esos rituales no es amenazar el poder sino todo lo contrario: buscan purificarlo de sus desvaríos para garantizar que su reproducción siga brindando beneficios.


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