La escritora Vanina Colagiovanni viene de una familia de rasgos italianos; sus padres no conocían el concepto intimidad, e invadían sus momentos más personales. En el viaje a Japón para conocer a su familia política, experimentó las diferencias culturales: la prolijidad, la distancia, el trabajo excesivo y el reglamentarismo. Además, comió anguilas de desayuno y formó parte de ritos ancentrales como los baños comunitarios o los funerales.



Fotos: Akira Patiño

 

Mi padre es italiano. Mi suegra, japonesa. No es un dato anecdótico.

 

Hace un año viajamos a Japón: yo debía conocer a parte de mi familia política. Fui con bastante cautela y varios prejuicios: creía que los japoneses eran prolijos, ceremoniales, sobrios, y también pensaba que eran algo fríos, inhibidos con sus cuerpos, menos afectivos. Imaginaba que iba a ser complicado encajar en estos estándares, en especial cumplir con las expectativas de orden; mucho más porque íbamos con nuestro hijo de 4 años. Además, yo venía en un estado de ánimo particular, de un momento triste: hacía dos meses se había muerto mi abuela italiana, ella era el centro de nuestra familia, siempre con tanta energía. Murió después de un ACV que la dejó en la cama durante casi un año, y todos habíamos quedado un poco a la deriva sin ella. Así anticipaba una convivencia algo difícil, durante el mes y medio que nos quedaríamos en la casa de la tía y de la prima de mi marido.

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Mi suegra y mi marido son muy reservados y preservan su intimidad, algo que a mí me cuesta. Yo cuento las cosas apenas me pasan, me pongo en ridículo, hablo sin filtro. En la casa de una familia italiana como la mía la intimidad no era una noción muy apreciada. Las cosas se ventilaban, muchas veces a los gritos. El día que me indispuse por primera vez, mientras me refugiaba en el baño tratando de que se me pasara el dolor, mi mamá me vio y fue directo a decírselo a mi viejo y él vino a confirmarlo. “¡Así que ya te vino!”, gritó desde el otro lado de la puerta y yo solo quería que se callaran, que la tierra me tragara, y de paso dejaran de dolerme los ovarios. Cuando tuve relaciones con un novio por primera vez también mi papá vino a confirmar si era cierto, me invitó al cine y a cenar, quiso charlar del tema, y yo solo pensaba que el infierno debía parecerse un poco a eso que estaba viviendo. ¿Intimidad? ¿Distancia? Son conceptos complicados para una familia italiana.

 


 

Una vez en Tokio, a mi hijo y a mí todo nos sorprendía. Todas las cosas que dábamos por sentadas podían ser diferentes. Comer, dormir, bañarse, saludar y hasta caminar por la calle los primeros días se cubría de una capa delgada de fascinación y extrañamiento. 

 

Bajamos del avión después de 36 horas en el aire, desorientados, cansados, en ese estado cuasi-amniótico del que no pisa suelo firme y confunde sus necesidades con sus deseos, “ahora habría que comer”, “deberíamos estar durmiendo”, “abrigalo que acá es otoño”. Mi suegra había viajado unos días antes para preparar el terreno. Al recibirnos compró té verde, café en lata y galletitas en forma de koala en las máquinas expendedoras que serían nuestras mejores amigas durante las siguientes semanas. Hasta ahí todo iba bien. Bajamos del taxi y entramos en la casa donde nos alojaríamos. En la entrada dejamos los zapatos, gritamos “Tadaima” (llegamos) y escuchamos “Okaeri” (bienvenidos) mientras subíamos la escalera. El encuentro esperado nos puso en el umbral de un momento emocionante. Y eso también se traduce de diferentes modos en la gestualidad corporal. El sobrino y la tía que no se veían hace muchos años se inclinaron con una sonrisa; yo la abracé y al instante entendí que eso no se hacía, pero ya era tarde. Miré su reacción con inquietud. Se sorprendió, claro, pero también se rió como si acabara de contarle un chiste muy gracioso. A los pocos minutos estábamos todos sentados alrededor de la kotatsu -que es una gran mesa ratona con estufa en el centro y manta para taparse- donde calentamos los pies. Comimos versiones niponas de delicatessen. Mi hijo, cuyos rasgos son bastante mezclados, estaba acostado sobre la tía, ella le acariciaba dulcemente los rulos nada orientales mientras él iba cerrando sus ojos rasgados a la japonesa y se quedaba dormido.

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Les conviene bañarse antes de dormir así descansan mejor, nos avisó. Claro, dije yo. ¿Les explico cómo bañarse? Ups. Porque el baño tampoco es igual, claro que no. En principio darse un baño, ir al baño y lavarse las manos suceden en tres ambientes diferentes. Una cosa no tiene por qué mezclarse con la otra. El baño de inmersión japonés (ofuro) combina frío y calor, dolor y placer. Primero hay que sentir frío y desazón: desvestirse en un ambiente helado y lavarse afuera de la bañera. Cuando se está limpio es el momento de entrar al agua que se mantiene a 43°. El verdadero baño es permanecer sumergido sin sentir el cuerpo. Al salir, después de este nirvana, ya no hay frío, la piel está caliente y mórbida.

 

Tampoco la tuvimos fácil con la comida, sabíamos que había que decir Itadakimasu (buen provecho) al sentarse y Gochizosama (algo así como: nos dimos un festín) al terminar. Pero los primeros días el pequeño pedía empanadas, ravioles con tuco, palmeritas, se resistía a comer todo el desayuno, que es enorme, y contiene arroz, sopa de miso, ensalada de tomate, cebolla, brócoli, verduras desconocidas, huevos, porotos fermentados, yogur, queso, almendras y termina con frutas frescas de estación, y la idea era habituarnos a lo que se cocinaba en la casa. Hubo pataleos y gritos, enojos y preocupación. Yo tampoco me animaba a salir demasiado de los tres o cuatro platos conocidos, hasta que tuvimos que atender a la realidad: estábamos en Japón, lo que había que hacer era probar todo lo posible. Nos fue mejor. Salvo contadas ocasiones los platos fueron exquisitos. Terminamos fanáticos de la anguila y peleándonos por tentáculos crudos de pulpo.

 


 

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En la calle me sentía muy torpe, ¿cómo podía ser que me chocara con todo el mundo? Ellos son 120 millones y no les pasa nunca, vengo yo ¡y me tropiezo hasta con las sombras! No tardé en darme cuenta de que tanto la circulación de los autos como la de los peatones va por el carril izquierdo (igual que en Inglaterra y en otros países) sólo que a mi cerebro le costó un poco asimilarlo. Tokio tiene mucha pero mucha gente -14 millones de personas y se nota- más de la que vi nunca en un mismo espacio y sin embargo no hay caos. Está lleno de escaleras mecánicas y todos sin excepción se paran de un mismo lado, para que los más apurados puedan pasar sin problemas; se arman filas espontáneas que siempre se respetan; los autos van despacio y frenan apenas ven un peatón para dejarlo pasar; si alguien esta resfriado en los transportes públicos usa barbijo (masku) para no contagiar. Pueden dejar la billetera sobre la barra de un bar e irse al baño, o apoyar la notebook sobre el asiento del tren larga distancia y al volver estará todo tal como lo dejaron. La clave es que siguen siempre las reglas; lo que está reglado se hace, lo que no está reglado no. Eso da mucha seguridad, aunque no deja mucho espacio a la individualidad. Los japoneses, además, están en actividad todo el día y las horas pico en los trenes y subtes son impresionantes. La mayor parte de la gente los usa, se los ve pasar por los andenes, elegantes con carteras y zapatos muy caros porque -claro- Tokio también es una capital mundial del consumo y la moda. Los centros urbanos como Shinjuku, Ginza o Shibuya son hervideros limpísimos de gente caminando en una misma línea y con peinados geniales. A partir de las ocho y hasta bastante tarde, las calles y las estaciones se vuelven a llenar de esos mismos ejecutivos antes impecables, muchos colorados y tambaleando por el alcohol que tomaron en las barras con sus compañeros, despidiéndose hasta el día siguiente a los gritos y a las risotadas, sin abrazarse pero llevando las reverencias casi hasta el suelo.

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La cultura del trabajo japonesa es muy particular, la actividad ocupa casi todo su día y también se extiende al tiempo de ocio. Las reuniones después del horario laboral, siempre mediadas por el alcohol, constituyen un momento fundamental de las relaciones empresariales en Japón. Ahí es cuando los compañeros pueden relajarse y expresar sus pensamientos más personales sobre su trabajo (honne) en lugar de las expresiones convencionales y palabras apropiadas para usar en público (tatemae). En Japón las opiniones no suelen expresarse directamente, está mal visto negar de plano y contradecir al otro, se evita herir los sentimientos ajenos y por eso es crucial el modo de decir las cosas. Por ejemplo, en lugar de decir “no” se usan expresiones como “es difícil”. Dentro de las empresas, es muy fuerte la estructura jerárquica. Esa pirámide se muestra en todo, incluso en el lenguaje; cambia mucho el modo de dirigirse a un superior y a un par, en el primer caso se utiliza el lenguaje formal, en el segundo el informal y el léxico está fuertemente codificado por el vínculo que une a las dos personas que hablan. También es muy importante la idea del esfuerzo personal, de la insistencia, de que la disciplina vence a la inteligencia, atendiendo a la clásica metáfora de la carrera entre el conejo y la tortuga que se le cuenta a los más pequeños: la tortuga vence porque nunca se detiene, no importa la habilidad inicial. En cuanto a las vacaciones, no suelen tener más de 15 días al año – no importa la antigüedad en la empresa- y, según la prima de mi marido, el sentido común japonés no concibe tomarse todos los días juntos. Se toman 4 días en un momento, 5 en otro y así; como para no descuidar el trabajo. Se sorprendía muchísimo de que mis jefes hubieran accedido a que yo juntara semanas de vacaciones y pudiera pasar un mes y medio allá.

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Esta cultura empresarial dominada por la disciplina contribuyó al gran crecimiento de este pequeño país. Claro que se trata de una entre muchas otras razones, por supuesto, no hay que olvidar la ayuda económica que le dio Estados Unidos en la posguerra para transformarlo en su enclave y aliado estratégico en Asia. Japón es un país con una superficie equivalente a la de la provincia de Buenos Aires y 127 millones de habitantes. Ahí tuvieron su origen los bancos más grandes del mundo, cuentan con el índice educativo y de longevidad más alto, tiene los índices de homicidio y de mortalidad infantil más bajos, índices de suicidio comparativamente altos y su Producto Interno Bruto equivale al de Alemania e Inglaterra juntos.


 

El primer viaje que hicimos todos juntos también nos llevó a unos baños, en este caso, compartidos. Tomamos el tren de alta velocidad (shinkansen) y en un par de horas llegamos a un ryokan, un hotel japonés con todo lo típico, imágenes cliché que pueden verse en películas como El viaje de Chihiro del gran Miyazaki, que transcurre en un onsen para divinidades, o Cerezos en flor, de la alemana Doris Dörrie. El piso era de tatami, las puertas corredizas, un enorme jardín daba a un bosque, cruzábamos un puente para llegar a un lago con peces carpas, cataratas y templo. En las habitaciones, teníamos futón para dormir, yukata para vestirnos -un kimono de algodón- y, en el último piso del hotel, lo más esperado, la panacea de los japoneses en su tiempo de descanso: el onsen. Un baño de aguas termales volcánicas compartido, con salas cubiertas y al aire libre. En 24 horas nos bañamos tres veces: de día, a la luz de las estrellas y con el primer sol de la mañana. Desde tiempos remotos lo adoran por sus propiedades sanadoras, que se aplican tanto al cuerpo como al espíritu. Es una práctica antiquísima, ya en el año 733 en las crónicas de Izumo no kuni fudoki (Topografía de la provincia de Izumo) se menciona el onsen y se dice: “Si uno se baña una vez, embellece su aspecto; si lo hace dos, curará sus enfermedades”. Consideran que es un estímulo al sistema nervioso, reduce las células oxidadas del cuerpo y, según algunas teorías, ayuda a prevenir enfermedades derivadas del estilo de vida como la hipertensión, la arteriosclerosis, los infartos, la diabetes y la obesidad.

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Al llegar me enteré de que en el onsen hombres y mujeres se bañan por separado y en total desnudez. Mi idea de que los japoneses eran inhibidos con sus cuerpos rodó por tierra. ¿Cómo sería la política de las japonesas frente al vello púbico?¿lo usarían natural? ¿lo recortarían con prolijidad? ¿se expondrían a la tortura de sacarlo de raíz? ¿este pueblo tan lampiño, tendría vello púbico? Todo esto pensé mientras me preparaba para el baño. También pensé ¡Me van a ver desnuda! y me di cuenta de que la más inhibida, en realidad, era yo. Al llegar al baño las preguntas se especificaron, ¿qué mirar? ¿qué no mirar? ¿cómo no mirar? ¿cómo encontrar a tu suegra cuando estás en un mar de cuerpos desnudos y no hay otra referencia? Mi hijo, admitido en el baño de mujeres por su corta edad, no tenía este problema. Claro que miraba. Estaba en esa edad en la que le encantaba sorprenderme mientras me cambiaba, así que ahí se sentía en Disney. Señalaba las tetas de las mujeres sin disimular, enfocaba divertido, se reía con sus ojitos bien rasgados. Estas imágenes lo van a habitar hasta la muerte -pensé-, quizá abrieron un surco imborrable en su inconsciente.

 

¿Y cómo eran sus cuerpos? Diferentes, muy diferentes entre sí. Adiós al mito de que las orientales son todas iguales. Y no se torturan con la depilación total, está claro que las japonesas son sabias. Me di cuenta de dos cosas (bastante obvias). Uno, no solemos ver mujeres mayores desnudas nunca, en Occidente está vedado. En Japón es muy natural y me parece saludable, a fin de cuentas todos son cuerpos: los jóvenes y los ancianos. Dos, el cuerpo desnudo del otro siempre impacta, llama la atención, tiene huecos inesperados, marcas, y por lo tanto no da lo mismo verlo que no verlo. Algo pasa. Después del onsen con la prima hablamos de cosas más personales, nos sacamos algunas fotos solas. Si ya nos habíamos visto desnudas ¿qué podíamos dejar de decirnos?

 

Descubrí que así como son metódicos respecto de los cuidados y la experiencia del cuerpo desnudo, también lo son una vez que el cuerpo deja de estar presente y se da paso a esa otra existencia después de la muerte. El siguiente viaje que hicimos con mi suegra dentro de Japón nos llevó a Nikko, una pequeña ciudad a dos horas de Tokio. Allí fuimos directo al templo que su familia de ebanistas había construido y pintado con sus propias manos hace cientos de años. Estaban además las tumbas de sus antepasados. Nos quedamos en un silencio respetuoso, prendimos incienso, juntamos palma con palma dos veces.

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Las ceremonias funerarias budistas siguen muchos pasos a lo largo de los años. Apenas murieron los abuelos y el tío de mi marido, los velaron y el bonzo del templo al que iban les dio el nuevo nombre que tendrían para su existencia fuera de la tierra. Ese nombre es muy largo y en uno de sus ideogramas (kanji) indica si la persona era hombre o mujer; se talla en una madera, se pinta con tinta dorada y se ubica al lado del cajón cuando se lo vela. Luego, el cuerpo se crema y los restos se entregan a los deudos en una urna funeraria parecida a un gran florero. Siete días más tarde, la familia vuelve a juntarse en el templo con el bonzo para una nueva ceremonia, luego hay otro rito a los 45 días, otro al año para recordar el primer aniversario, luego se encuentran a los tres y a los cinco años, y varias veces más a lo largo de la vida. Además de todas estas ceremonias en el templo, en la casa del hermano mayor se ubica el butsudan. Es un pequeño altar con la foto del familiar (en la casa de la tía, el de su marido estaba al lado de la mesa del comedor) en el que se dejaban todos los días té verde y arroz recién preparado. También le ofrendaban algunas frutas porque a él le gustaban mucho. Y le prendían incienso. En esos días vivimos en un contacto permanente con los familiares que ya no estaban, algo sanador. Mucho más cálido que los ritos que yo había experimentado en mi familia. Y por eso me pareció que la muerte tenía otro sentido, de algún modo los antepasados cercanos seguían ahí, presentes al lado de los vivos.

Para el shintoísmo la muerte no es el final de un ciclo, sino una evolución progresiva y sin fin. La persona en lugar de morirse se retira al final de su vida. Cuando esto pasa, una parte del alma vuelve a la tierra de donde viene; la otra va al reino de los cielos, donde se transforma en kami. De hecho, shintoísmo proviene del chino Shin-tao o Shintó, en japonés Kami-nagarano-michi, “camino de los Kami” o “camino divino”. Respecto de la muerte, nuestra familia japonesa toma la parte más shintoista y animista de las creencias, la idea de que el alma queda. No muere. No viven entonces la muerte como un fin, con llanto y trauma como yo estaba habituada en Occidente, sino como una transformación.

 

Mi suegra es muy respetuosa de mi espacio y sabe escuchar. En eso, a pesar de las diferencias, me recuerda mucho a mi abuela italiana. Ellas solían llevarse muy bien, en las reuniones familiares pasaban mucho tiempo juntas. Era previsible que mi nonna estuviera tan presente en mis pensamientos en esos días. Su pérdida fue muy triste para mí porque era pura vida y chispa, muy alegre y desprejuiciada; estoy segura de que muchas comidas y costumbres de Japón le hubieran encantado.

 

Quizás por eso, al ver los altares de la familia en la casa, al conocer todos los momentos de encuentro con sus muertos, al observar cómo cada día se prendía el incienso, se dejaban las ofrendas y se seguía en contacto con los que no estaban de cuerpo presente, sentí una puntada -italiana o japonesa, ¿quien lo sabe?- en el centro del pecho. Se agitaron las mareas de la tristeza por mi abuela y la percibí ahí, al lado mío, diciéndome que iba a estar todo bien, que ella seguía con nosotros. Pensé que lo que habíamos hecho en la Argentina, parados al lado del cajón en el velorio y el entierro, no era suficiente para una persona tan importante.  Ahora mismo, mientras escribo esto, siento muy viva esta llama porque hace dos semanas mi abuelo italiano también empezó su otra vida. Los mayores se están retirando.

 

Aquel día en Nikko, con la cabeza inclinada, encendí otro incienso, me quedé un rato palma con palma, pensando en ella, pude enfrentar finalmente ese duelo, postergado, hundido en el cuerpo. Y entonces traté de imaginar qué nombre -extraño, misterioso- podía llevar la nonna a partir de ese momento, en su nueva existencia.


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