En plena expansión del ultra-nacionalismo en toda Europa, a pesar de los problemas de integración cultural, la desconfianza en la clase política y la creciente desigualdad social, Holanda prefirió el 15 de marzo darle la espalda a Geert Wilders, el “Trump holandés”. Oscar Soria, un argentino que vivió en los Países Bajos y que volvió para ser parte de la campaña de la organización Avaaz contra él, cree que a pesar del crecimiento de la xenofobia, los holandeses siguen apostando a los valores de consenso y cuenta, en esta crónica, la intimidad de las elecciones clave para Europa y el mundo.



Afuera de un lujoso hotel en la zona de negocios de La Haya, el premier holandés Mark Rutte, líder de la centro-derecha, sonríe aliviado. Parado, con los brazos cruzados, mira impasible el collage de pantallas que reflejan la noticia que lo da como claro ganador de las reñidas elecciones parlamentarias de los Países Bajos. Después revisa todos los sondeos de boca de urna, recibe un par de llamadas y baja sereno por una escalera mecánica. Lo espera una marea de admiradores y de cámaras. Antes de subir al estrado, saluda a un par de simpatizantes. Sus primeras palabras suenan a lo Giordano pero sin Teté: “Wat een avond!” (¡Qué noche!)”.

 

Rutte había pasado la última semana resistiendo el embate del ultranacionalista xenófobo Geert Wilders, el llamado “Trump holandés”, un rubio con cara de chico malo, mirada dura y peinado extravagante que creció y pisó fuerte con su discurso corrosivo contra los inmigrantes, el islam y la Unión Europea. Wilders y la francesa Marine Le Pen son las caras más visibles de la reciente innovación política de la extrema derecha europea, cuyas plataformas programáticas han tenido pregnancia incluso en grupos tradicionalmente progresistas como en las mujeres, la comunidad judía o el colectivo LGBTQ.

 

Wilders había prometido cerrar todas las mezquitas, sacar a Holanda de la Unión Europea y prohibir el Corán. Tras el Brexit y la elección de Trump, el mundo entero estaba esperando ver si la extrema derecha continuaba su aterrador ascenso. Pero en las elecciones de la semana del 15 de marzo, Wilders perdió y quedó demostrado que la mayoría de la gente no apoya la retórica que ha dominado esta campaña: alarmista, xenófoba y que usa a la religión como chivo expiatorio. Sus vínculos con el estilo de hacer política de Trump le hicieron daño en las encuestas antes de las elecciones, y su derrota marca ahora el tono de las elecciones francesas y alemanas que se celebrarán más adelante este año.

 

Un par de semanas antes, Avaaz me había puesto en un avión a Holanda para apuntalar los esfuerzos para una campaña nacional por la unidad y contra la intolerancia. Me esperan un tour por todo el país y ayudar en los últimos preparativos para garantizar una multitudinaria marcha. Luego del deprimente invierno del 2017 en Estados Unidos, viajar a los Países Bajos para detener al “Trump holandés” me encontraba con dudas y muchos sentimientos mezclados, pero al menos me alegraba volver al país en el que viví por varios años, y poner el hombro y la garra junto a mis amigos y compañeros de militancia.

 

Volver a Holanda fue raro. No era el mismo país que dejé en 2012. En la primera semana, los policías me preguntaron en dos ocasiones distintas si era marroquí. Había puestos de control para exigir documentos. La “portación de cara” (ser morocho y tener barba) nunca había sido un problema en Amsterdam. Leer los diarios locales era como leer la prensa estadounidense previa a las elecciones de noviembre. Y la polarización, un fenómeno ajeno a la cultura holandesa, ya había aterrizado en el tejido social del país, incluso al seno de mis amigos: Facebook era un hervidero. Las peleas y las acciones para “des-amigarse”, moneda corriente. Los pubs se habían convertido en una caja de resonancia de esas peleas y “rupturas” online, y entre pinta y pinta la gente aún se contaban con quienes se pelearon (y “des-amigaron”) en el día.

 

Quien lo vivía en carne propia y frente a los medios era Paul Wilders, el hermano de Geert. “Yo lo quiero mucho, todo eso me duele mucho”, me dijo antes de las elecciones. La pelea entre los Wilders es pública y conocida, y representaba las tensiones que aún existen en la “gran familia holandesa”: un día los hermanos se trenzaron por Twitter, y Geert lo bloqueo. “Eso es lo que hace, cuando no estás de acuerdo con él, te suprime… no está acostumbrado a que lo critiquen. Y es una lastima, no solo por él como político sino como persona”. Enfrentar a su hermano le ha costado la tranquilidad diaria. Hoy teme por su vida. Apoyó nuestra campaña desde sus apariciones en los medios, pero salir a la calle ahora es peligroso: “Hoy necesitamos encontrarnos, no suprimirnos”.

 

En las librerías y puestos de revistas, un libro se agota como pan caliente: “Kunnen we praten?” (¿Podemos hablar?) del antropólogo y periodista holandés Joris Luyendijk. Mi amiga Maartje van Veeldvoorde me regala uno de los 50 ejemplares que había comprado. Lo reparte como si fuera la Biblia, en un esfuerzo de evangelizar a los suyos y conjurar el fantasma de la confrontación. “Los holandeses nunca nos habíamos gritado entre nosotros, nunca nos habíamos enojado o peleado de la forma en que lo estamos haciendo”, dice. Frente al turístico canal de su piso en Keizergracht, casi con la mirada perdida, cuenta: “Estas elecciones fueron muy intoxicantes, había una gran ansiedad porque mucha gente no sabía qué elegir. Era evidente que ya no éramos uno y también que no podíamos entregar la unidad a la politiquería de cocina”.

 

Y es cierto. La historia de los Países Bajos está intrínsecamente asociada a la unidad de sus doce provincias y su constante esfuerzo por “existir” en el históricamente complicado mapa europeo: sea siglos atrás ingeniándose con la diplomacia o el comercio para cohabitar con el expansionismo español, francés o alemán, o haciéndole frente al agua con los polders, los holandeses siempre se han sentido orgullosos de ser “un solo pueblo” (de hecho, decir “holandés” es una simplificación, porque describe a dos de las provincias, el término preciso sería “neerlandés”). Ha sido la unidad y el esfuerzo colectivos los que han hecho de este estado minúsculo un actor poderoso e influyente en la escena internacional, siendo la sexta economía más relevante a escala global y con los niveles de calidad de vida más altos del planeta.

 

¡El que no salta es un holandés! Para muchos en la Argentina, Holanda es donde la argentina Máxima Zorreguieta es reina; para el empresariado local y los economistas en Buenos Aires, este pequeño reino es el tercer inversor y el sexto socio comercial más importante del país. Pero para la historia reciente, es el país que ha desnudado nuestras miserias: fue la primera nación que en los 70, con el premier Joop den Uyl a la cabeza, quebró lanzas al enfrentar la dictadura argentina, la que abrió sus puertas a los exiliados, y la que en los pasillos de la ONU lideró la presión a la junta militar.

 

Tan incondicional fue el apoyo por la causa de los derechos humanos que Liesbeth den Uyl, la mismísima mujer del entonces primer ministro, fue la primera presidenta del Steun aan Argentijse Moeders, el grupo de apoyo a las Madres allí que ayudaba financieramente a las Madres de Plaza de Mayo. Todavía se recuerda la solidaridad de los jugadores de ese país con las Moeders van het Meiplein, y la reunión que tuvieron con ellas frente a la Casa Rosada; los que vieron el Mundial 78 no pueden olvidar el momento en que los jugadores holandeses, segundos en la final contra la Argentina, se fueron a los vestuarios para no dar la mano a los jefes de la dictadura militar. Jorge Videla solía decir que en los Países Bajos y en Francia era donde se gestaba la “campaña antiargentina”.

 

La solidaridad para con las Madres fue muy fuerte en los Países Bajos de los años 70, y se dio justo en el pleno auge de la izquierda progresista y liberal, y la “edad de oro” para los derechos civiles, sociales, culturales y económicos: el país se convirtió en ese momento en la brújula de las batallas globales por el medio ambiente, la equidad económica y la igualdad de género, y las minorías sexuales, étnicas y religiosas encontraron buenos espacios para, desde ahí, ganar más derechos.

 

Hoy poco queda de esa primavera progresista, pero a pesar de eso gran parte de esos valores continúan intactos. Las elecciones de marzo de 2017 fueron sin dudas un referendo para la continuidad de esos valores o para sepultarlos para siempre.

 

¿Pero qué es la unidad en Holanda? Geert Wilders había apelado a ella para hablar contra lo extraño y los extranjeros: sea contra el inmigrante, el refugiado, el musulmán e incluso contra la misma Unión Europea. Su propuesta era unirse desde el odio y el miedo, y excluir al otro. Nuestro desafío era, entonces, rescatar las voces del país profundo, y desnudar su discurso de lobo disfrazado de oveja: Wilders quería la división, de allí el eslogan de nuestra campaña “Por otra unidad holandesa: #VotaContraElOdio”. El diario de campaña mostró cómo se puede frenar a la ultraderecha.

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Sábado 11 de marzo. La marcha de la mujeres, la marcha de todos. Luego de varias semanas de idas y venidas en organizar con la sociedad civil holandesa la Marcha de las Mujeres llegó el sábado: el gran día. Esta vez, la Marcha (parte del famoso movimiento que nació en Estados Unidos al día siguiente de la asunción de Donald Trump), eligió el naranja sobre el rosa. Es que el color naranja, más allá de su origen y simbología de tinte monárquico, también es el ícono de la unidad y la comunión entre las naciones que integran este pequeño país. Detrás del cartel cabecera “Voor één Nederland” (“Por una Holanda”), se encolumnan más de 20 mil personas procedentes de todos los sectores y se transforma en una de las movilizaciones más multitudinarias en la historia moderna del país. Las calles de Amsterdam y otras ciudades se convierten en un mar naranja, algo que solo sucede en los mundiales de fútbol o durante el Koningsdag (Día del Rey), el 27 de abril de cada año.

 

La marcha es enorme y reúne a inmigrantes, colectivos GLBTQ, feministas, sindicalistas, ecologistas, grupos humanitarios, minorías étnicas y todas las fuerzas vivas del país. Ver la diversidad y el espíritu festivo, pero por sobre todo el acto de repetir la demostración de fuerza, tal como se lo hizo con Trump, fue un momento no solo de visibilidad política sino también de reafirmación para los que asistieron. Celebrar la diversidad y la unidad, y plantar bandera contra Wilders y su discurso de odio, era un imperativo.

 

Pero en las zonas rurales la cosa es diferente. Los beneficios de la globalización no han llegado fuera del Randstad, la megalópolis compuesta por Amsterdam, Rotterdam, Utrecht y La Haya, algo así como el cinturón urbano de Buenos Aires-Rosario.Hay tensión, resentimiento y la sensación de que muchos holandeses siguen relegados de las políticas de La Haya.

 

El cierre de las minas de carbón en el “sur profundo” del país, allá por los 60 y 70, tuvo un efecto social tremendo: “Mi abuelo perdió su trabajo y con ello perdimos la fe en el país… eso cambió la vida de toda la familia”, dice Nick Coenen, un trabajador social de Limburgo, epicentro de “los olvidados” y bastión por antonomasia de Wilders. La región, que, en el pasado, fue la más rica del país nunca pudo recuperarse del desempleo ni la depresión económica, y las promesas de los sucesivos gobiernos de reactivar el área nunca fueron cumplidas.

 

En Limburgo y otras partes del norte y sur del reino sienten que el actual gobierno solo pone las fichas en el Randstad. Sí, aquí también existe tensión entre la gran ciudad y el interior profundo: “Los del Randstad creen que no estamos a su nivel… hasta se ríen de nuestra tonada”, dice.

 

Domingo, 12 de marzo. El tour naranja por los miedos y lágrimas de la Holanda profunda.  Es justamente a las zonas “olvidadas” donde hay que llegar para escuchar y dialogar se escucha entre los miembros holandeses de Avaaz, la organización global que promueve la participación ciudadana y que ha facilitado foros en el país para promover el diálogo y el encuentro. Tres días antes de las elecciones, el 70% de los ciudadanos aún no había decidido cómo iban a votar, la idea era recorrer el país de arriba hacia abajo entregando tulipanes y stroopwafel (unas galletas con relleno de caramelo, algo así como el equivalente a los alfajores neerlandeses) para escuchar a la gente y animarla a votar contra el odio.  De ante mano se sabe que estas elecciones son un referendo sobre la relación de Holanda con el mundo, y la relación entre quienes viven dentro de Holanda. La cuestión de las migraciones es “el” nervio sensible en ese debate.

 

Pero la discusión sobre la migración e integración no es nueva: en los 80, de la mano de una crisis económica que golpeaba Holanda, la comunidad turca era el chivo expiatorio de todos los males, aunque de una manera muy velada. La queja era que los inmigrantes turcos “no se integraban”. Las heridas de la Segunda Guerra Mundial seguían abiertas “y nadie se animaba a comenzar esta conversación difícil. “Lo mejor era no decir nada por miedo a ser calificado de racista”, dice Marjolein Baker, una docente jubilada.

 

Los 90s encontraron a Holanda recibiendo refugiados de la Guerra de los Balcanes. El  entonces gobierno laborista probó una política diferente, que tuvo sus frutos y parecía ser una promesa para calmar la ansiedad anti-migratoria: la filosofía era integrar, pero no asimilar, buscando un diálogo y encuentro permanente con la cultura holandesa, buscando espacios comunes, respetando las identidades de los inmigrantes, y al mismo tiempo comprometiendo al migrante a aprender de los beneficios de la multifacética identidad holandesa, que evoluciona constantemente, y la cual tenía un espacio para todos.

 

Pero llegó el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de Septiembre de 2001 y todo cambió. La homofobia y el “bullying” en las escuelas cobraron más visibilidad en los medios, al igual que los ataques a la comunidad LGTBTQ y a las mujeres por algunos inmigrantes musulmanes.

 

Es allí donde islamofobia cobró nuevos bríos y sumó un aliado inesperado: Pim Fortuyn, un líder LGTBQ que rompió el silencio y lanzó su propio partido criticando a la comunidad musulmana, lo que causó el rechazo masivo de la clase política. Igual, lo que dijo en ese momento era una tontería en comparación de lo que diría Wilders una década después. El partido de Fortuyn creció exponencialmente y él se perfilaba como ganador en las parlamentarias del 2002, pero a pocos días de las elecciones es asesinado por un activista radicalizado. Las elecciones se realizan igual, el partido alcanza el segundo lugar y forma coalición de gobierno, pero el partido (y el gobierno) colapsan en el 2003 debido a las divisiones internas, agudizadas por la ausencia de su líder.

 

La cosa se complica aún más con el asesinato del cineasta Theo van Gogh, en manos del terrorista Mohammed Bouyeri, allá por el 2004. El temor al islam crece, y se galvaniza el sentimiento antimusulmán en la opinión pública. En ese mismo año, Geert Wilders cobra preeminencia por sus dichos contra la comunidad musulmana, lo que le cuesta la expulsión de su partido en ese mismo año.

 

Lunes, 13 de marzo. Debate caliente y la pregunta del millón: qué es ser holandés? La pregunta sobre la identidad holandesa vuelve al ruedo en el prestigioso campus de la universidad de Erasmo en Rotterdam. Es el último debate entre Wilders y Rutte, y tendrá niveles de audiencia históricos y sin precedentes. Como en los mundiales de fútbol, los holandeses se juntaran en los bares para escuchar mientras le dan a la cerveza sin piedad. La política vuelve a interesar y vuelve la pasión perdida. El debate es clave: en Holanda, siempre ha definido a los indecisos. Rutte zafa, pero no sale indemne de la lengua rápida, filosa y ácida del rubio con peinado raro.

 

Un colectivo naranja llega nuevamente a Rotterdam con miembros de Avaaz, algunos de ellos hablan con la prensa, con los comentaristas políticos y con los estudiantes. Entre ellos está Ali Kilic, nacido en Turquía pero criado casi toda su vida en Holanda, un emprendedor artístico que dejó su trabajo en los bancos. La sola idea que la fuerza política de Wilders gane las elecciones le pone los pelos de punta. “Holanda es para todos los que quieren trabajar duro, somos todos holandeses, somos todos uno!”, dice con pasión, y confiesa tener miedo por su futuro.

 

Cerca está  Sanne Painter, una joven holandesa que es casi una oveja negra en su familia en su pueblo natal Volendam, otro de los bastiones de Wilders. Sanne no va a votarlo y ha optado por los Verdes. Su opción no ha sido fácil, le ha costado amistades, tensiones familiares e incluso algún que otro ataque verbal. Por eso el tour de campaña ha tenido un efecto sanador en ella: “No son nuestras diferencias lo que nos dividen, sino nuestra incapacidad para respetar esas diferencias. La división en mi pueblo es palpable, pero en estas elecciones nos dimos cuenta de que el diálogo puede llenar ese vacío y juntarnos para lograr una Holanda más fuerte y unida”, dice.

 

Sanne y Ali no tienen mucho en común. Provienen de dos mundos completamente diferentes, pero los une el mismo contrato social. Mientras vuelven a Amsterdam en el colectivo naranja, discuten apasionados durante todo el viaje. El overeenkomst (“entendimiento común”) es un tácito ritual para debatir, un ejercicio deliberativo. Ambas partes empiezan a expresar sus puntos de vista, luego cada uno crítica con notable brutalidad lo que dice el otro (los holandeses son muy directos), de ahí viene la escucha, las preguntas para dar los contra-argumentos hasta poder llegar a puntos en común. Al final del recorrido, se abrazaron, intercambiaron teléfonos y correos electrónicos.

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Martes, 14 de marzo: últimas  horas para detener a Geert.  A diferencia de la Argentina, en Holanda no existe la llamada “veda electoral”. Entonces, el último día la publicidad satura todo: las calles, la tele, las redes, los baños… todo.  La cantidad de indecisos es impresionante. La extrema derecha continúa tratando de explotar un incidente diplomático con Turquía que había sucedido el fin de semana pasado, cuando las autoridades holandesas impidieron a funcionarios de Ankara celebrar un mitin político en los Países Bajos para apoyar al presidente turco Recep Tayyip Erdoğan.

 

La prensa está llena de avisos políticos, a página completa hay uno con una parodia del éxito de Hollywood La La Land que mostraba cómo Wilders transformaría los Países Bajos en Trumplandia. Advierte de los peligros de bailar al son de la música de la discriminación.

 

Un simpatizante de Wilders sólo da la inicial de su nombre y el apellido completo para hablar. Dice llamarse A. De Winter. Alto y de ojos azules como los típicos azulejos de Delft, de donde él mismo proviene, dice que teme a la inmigración masiva y a que los Países Bajos se convierta en una nación musulmana. Dice que Wilders es el único político que está fuera de la cultura política corrupta de La Haya, y que el país “necesita más mano dura y menos gente políticamente correcta”. Su testimonio es casi un espejo con otros que se escuchan durante la campaña por el consenso en todo Holanda. Es en realidad un fenómeno más profundo: detrás de la hostilidad contra los extranjeros hay un drama socioeconómico profundo. Cuando a A. DE Winter se le pregunta sobre Rutte es categórico: “No tiene compasión por nadie, solo aplica recortes a los fondos sociales, la educación y la salud… yo sigo desempleado por culpa de él”.

 

La crisis del estado de bienestar y los hechos que sacudieron al mundo desde el 11 de Septiembre han sido en gran parte la solución al cóctel actual del crecimiento de Wilders.

 

Ya es de noche y llamo por teléfono a Paul, el hermano de Geert. “Mi hermano ha cambiado la escena política, sea cual sea el resultado mañana”. Paul hace una distinción entre el Geert político y el Geert hermano: habla de él con cariño y aprecio. “A mi madre, a mis hermanas y a mí nos preocupa mucho su seguridad. Porque él siempre será mi hermano, él es de mi sangre, más allá de lo que diga y de lo que haga. Algún día espero que él mismo haga la misma distinción que yo hago”.

 

Miércoles, 15 de marzo. Paliza para Wilders: ¿El día “D” contra la xenofobia europea? Por la mañana, los holandeses hacen fila para votar. Ya a las 6 de la mañana, había gente esperando. Las colas son larguísimas, las papeletas se agotan rápidamente y los centros de votación colapsan. El 81% del padrón salió a emitir su voto, algo inédito en 30 años. Los holandeses, que no suelen ser muy expresivos, salen a las calles visiblemente emocionados. Aquí el voto no es obligatorio y el día es laborable.

 

“Estas son las elecciones de mi vida”, dice Rianne Van Dijk, una joven taxista a quien antes la política no le interesaba. “Pero ahora es distinto: la política se hizo algo muy personal, y no quiero que alguien como Wilders ataque a mis amigos y amigas… es difícil elegir, porque el actual gobierno (de Rutte) solo le importa a los ricos o muy ricos, pero no creo que Wilders sea la respuesta… no creo que vayamos a votar desde el enojo, yo apuesto por votar por la esperanza”.

 

No es la única. Muchos jóvenes que no votaron en el 2012 lo hacen ahora, y prefieren a los partidos nuevos por sobre los partidos tradicionales. Hay de todo para elegir: se presentan 28 partidos políticos que representan la extrema derecha, la centro derecha, la centro-izquierda moderada, la izquierda liberal, los ecologistas, los demócratas, los laboristas, los animalistas, los jubilados, los cristianos y otros más.

 

A la noche, en el centro de medios de la contienda electoral de La Haya es literalmente invadido por la prensa mundial. Se preguntaban si el “Trump holandés” repetiría la hazaña del rubio magnate adicto al Twitter, gusto que también comparte. Las elecciones neerlandesas son las primeras de una serie de contiendas electorales que van a definir el futuro de la Europa tal como hoy la conocemos, donde el avance de la ultraderecha ha crecido constantemente de la mano de la oleada de refugiados, la crisis de la política tradicional y la poca credibilidad en la capacidad de los estados nacionales y de la Unión Europea como proyecto de brindar bienestar social y estabilidad laboral. Marine Le Pen en Francia, Frauke Petry en Alemania y Matteo Salvini en Italia son las otras caras del avance de la agenda anti-migratoria y anti-europea: de hecho, sus asesores de imagen se han llegado a Holanda para aprovechar el momento y robar cámara, en especial las de sus respectivos países.

 

Pero los “gurúes” se irían por la puerta trasera. Poco después de las nueve de la noche, los noticieros Eenvandaag, NOS Journaal, Nieuwsuur y el RTL Nieuws salen con unas boca de urna categóricas que ni el más optimista las soñaba: Wilders ha crecido solo un poquito, muy lejos de lo que todos esperaban, el partido gobernante sigue primero en las votaciones y varios partidos nuevos, como el de los Verdes, dan la sorpresa. Los periodistas internacionales en la sala miran los resultados con guantes y máscaras: después de las “pifiadas” en las encuestas y de los comentaristas en los referendos del Brexit y Colombia, y de la victoria de Trump en los Estados Unidos, prefieren esperar.

 

De todos los noticieros holandeses, que son muy profesionales, hay uno, el Eenvandaag, que siempre ha tenido fama de no apurarse y sacrificar la primicia (su eslogan siempre fue: “nunca primeros, primero la precisión”). En vivo y en directo, sus presentadores y periodistas hablan con seguridad sobre las bocas de urna que ponían los pelos de punta. “No la pueden tener tan clara”, pensaba después de haber visto el fracaso editorial estrepitoso de la prensa mundial a la hora de predecir resultados en otras elecciones y referendos. Fuera del aire, hablo con uno de los corresponsales en el “búnker” de Rutte: “Yo tampoco lo creía, pero nuestros encuestadores estaban tan seguros que dijeron que iban a renunciar en masa si fallaban”. Me muestra en su WhatsApp las cartas de renuncia ya firmadas y entradas. Así de seguros estaban.

 

A la hora salen nuevas bocas de urna, que mantienen los resultados. La BBC no espera más y da por ganador a Rutte. A los minutos hace lo mismo la CNN. Euronews pone una placa roja a lo Crónica TV. Bum! Wilders pierde por goleada. Y empieza el frenesí: los medios hablan con los políticos y buscan reacciones de la sociedad civil que se había movilizado contra los candidatos xenófobos. Nos preguntan cómo nos sentimos: “aliviados”, contestamos (y no somos los únicos, claro). Me preguntan por qué, y me acuerdo de Sanne, Ali y Paul, y sus historias tan diferentes y a la vez integradas en este overeenkomst (“entendimiento común”) que es Holanda. La respuesta es simple: más allá de las ideologías, más allá de los problemas de integración, más allá de la crisis de las estructuras políticas tradicionales, la unidad y el entendimiento en Holanda no se negocian, ni tampoco el compromiso por el consenso.

 

Aunque poco, Wilders ha crecido: se esperaba que consiga 19 asientos, pero solo pudo lograr una tímida victoria con 5 nuevos puestos en el parlamento. Y en la foto grande, 4 de cada 5 holandeses no votaron por sus políticas de odio. Por otra parte, los Verdes hicieron una elección histórica al conseguir 14 asientos, es decir 10 asientos más de lo que tenían.

 

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Jueves 16 de marzo. La esperanza frente al miedo: la pesadilla para LePen. Los medios despiertan a Europa con titulares tipo: “Cachetazo para la extrema derecha” , “Portazo a Wilders”, “Sad! el Trump holandés se desinfla”. En la televisón veo a mis compañeros de Avaaz celebrando en París frente a la Torre Eiffel y en la Puerta de Brandenburgo, en Berlín. El arco político europeo se regocija, Bruselas respira tranquila (por ahora). Hay alivio, pero no hay euforia: los resultados son un llamado de atención a una política que no funciona para la gente.

 

La primera en recibir el cachetazo es Marine Le Pen, la líder francesa del Frente Nacional. Un mes antes, LePen se codeaba suelta de cuerpo con Wilders y Petri en la llamada “cumbre del odio”, en la villa alemana de Coblenza. Ya no luce tan sonriente ni confiada. Una periodista francesa amiga me dice por teléfono desde París que Marine había suspendido una “reunioncita” con algunos periodistas afines. “Se ha quedado sin guión”, me dice. “La línea argumental del Wilders no le funciona en Francia”. Veremos qué pasa en abril.

 

Pero no todo es color de rosa: la centro-derecha ha consolidado su poder y es poco claro si van a cambiar su política económica y financiera, el arco de toda la izquierda perdió espacios, y los conservadores consolidan su poder en una población mayoritariamente de la tercera edad. El partido Denk, que apoya al turco Erdogan, ha ganado sus primeras tres bancas. Y no olvidemos: Wilders salió segundo.

 

Con todas esas “pálidas”, en la foto grande hay motivo para celebrar. Se ha evitado lo peor y se le ha pegado un freno al avance de la ultraderecha holandesa. Pero no solo eso. El resultado de las elecciones consolida el contexto pro Unión Europea; Klaver, cabeza visible y carismática de los verdes, es uno de los que da el batacazo con catorce bancas; los Demócratas 66, muy fuertes en toda la estructura de protección del Estado de Derecho, hicieron una buena elección. Estos resultados también son una buena noticia para el combate al cambio climático: los partidos que promueven energías limpias han doblado sus asientos: del 15% al 31%.

 

Viernes 17 de marzo. Tiempo para waffles y “overeenkomst” y para formar gobierno. El país ya tiene en claro los resultados y empiezan las negociaciones para formar el nuevo gobierno. A diferencia de otros países, dadas las dinámicas electorales en la monarquía parlamentaria holandesa, el gobierno se forma a través de varios partidos, y por más de cien años nunca un solo partido alcanzó la mayoría automática, con lo cual se deben armar coaliciones de gobierno.

 

“Lo positivo es que se paró la ola populista o de extrema derecha, votó el 77 % de la población, sin ser voto obligatorio, y el Partido Verde está en crecimiento. Pero lo preocupante es que la ultraderecha ha salido segunda y la política financiera y comercial no va a cambiar”, me dice Jorge Daneri, un abogado ambientalista entrerriano que vive ahora en Amsterdam. Es que los Verdes ganaron en Amsterdam, y están creciendo como nadie en la zona del Randstad, lo cual significa que es posible que peguen el batacazo en las municipales del 2018. Es, también, el partido más votado entre los jóvenes.

 

Hay muchas razones por las que se cree que Wilders no hizo la elección que todos esperaban. Una de ellas es Trump. Su impopularidad en el otro lado del charco ha herido profundamente a Wilders: solo el 7% de los holandeses creen que Trump está haciendo las cosas bien. Con todo, detrás de Wilders hay un número significativo de votantes que esperan una respuesta.

 

“Con la derrota de Geert, también creo que habrá una enorme minoría que seguirá frustrada e insatisfecha, y habrá que prestar atención a ello. Es urgente desactivar esa bomba de tiempo y prevenir brotes de violencia”, me dice Paul, el hermano de Geert.

 

Sábado 18 de marzo. Mensaje cervecero para Francia: que la fuerza te acompañe. Los holandeses tienen fama de trabajar duro, pero también de darle duro a la cerveza los fines de semana. Entre las consultas de la prensa mundial y las febriles negociaciones para formar gobierno, mis amigos en los partidos políticos progresistas no tuvieron mucho tiempo para festejar durante la semana.

 

Antes de mi vuelta, agarro mi bicicleta y recorro los pubs para saludar a viejos amigos de lucha, y felicitar a los que ganaron bancas en las elecciones. Una de ellas es una ex colega de Greenpeace, Suzanne Kroger, flamante parlamentaria. Exultante y emocionada, me dice con cautela: “Tenemos mucho por hacer. El ascenso de Wilders está vinculado a las debilidades socioeconómicas creadas por el gobierno de Rutte. La gente ha depositado una enorme confianza en nosotros, tenemos que responder a este tiempo”.

 

Para Suzanne, a la clase política la ha unido el espanto: “Esa es la unidad que logramos la semana pasada. El hecho de que todas las otras 27 líneas políticas hayan indicado durante las elecciones que no iban a formar gobierno con Wilders muestra que existe cierta unidad. Pero también veo que algunos partidos todavía creen que atacar a los inmigrantes y a sus hijos sigue dando réditos políticos, vigorizando así la estrategia de la extrema derecha”.

 

En Rembrandtplein, veo a Dina Giesen, voluntaria del Partij van de Dieren (el Partido de los Animales, que también hicieron unas buenas elecciones) disfrazada de Leia, la princesa de la Guerra de las Galaxias, y con una bandera de Francia que cuelga de un cartel, dice: “Francia: que la fuerza te acompañe”. Su novio, Martijn, completa la imagen disfrazado de Chewbacca.

 

Con unas copas de más, ya con el peinado de Leia un tanto arruinado, Dina busca conjurar los fantasmas con su cruda sinceridad: “Mira”, dice algo mareada pero lúcida: “Si el resultado hubiera sido diferente, nos hubiéramos emborrachado igual como para aliviar las penas. Estas elecciones fueron durísimas… tenemos que unirnos todos los partidos y sanar el tejido social, Wilders seguirá haciendo daño, tenemos que detener su discurso de odio, tenemos que apostar a la filosofía misma de nuestro mismo lenguaje, que es un crisol de lenguas de esta región… tenemos que recuperar nuestra voz común”.

 

Domingo 19 de marzo: Tot ziens, Nederland! Adiós al ultra-nacionalismo. Valeria Botte Coca, una porteña de Almagro que ahora es una relacionista pública internacional con base en Haarlem, desayuna con los resultados que muestran los diarios. “Me alivia saber que una gran parte de los holandeses le dio la espalda a Wilders… y espero que las fuerzas más progresistas puedan influir en el VVD, y que escuchen realmente las necesidades de la gente”, reflexiona.

 

El VVD es el partido en el gobierno, y el que más votos ha sacado: no representa precisamente al “pueblo”. Muy cercano a la banca financiera, la clase media alta y los CEOs, el VVD ahora tendrá que escuchar a la gran parte de la población que hoy busca soluciones a la desigualdad económica y al deterioro del estado de bienestar. Por ahora la única alternativa para el VVD es encontrar el overeenkomst (“entendimiento común”) con la centro-izquierda y los progresistas. Del otro lado, les queda una derecha impresentable, reaccionaria e impredecible.

 

En pocas horas sale el vuelo a Nueva York (la antigua Nueva Amsterdam, la ciudad que los holandeses fundaron). Y, claro, a Trumplandia. Mientras el avión despega del aeropuerto de Schiphol, el sol vuelve a salir. La luz del atardecer, la neblina y los árboles todavía pelados por el crudo invierno europeo, son tan hermosos como bucólicos: ¿la burbuja de la promesa de la extrema derecha estará en su ocaso? es la pregunta. ¿Ha sido Holanda donde sucedió el “Día D”, el principio del fin contra el racismo y la xenofobia? Todavía no está claro. Pero sean cuales sean los resultados en Francia y en Alemania, es reconfortante saber que hay naciones que, a pesar de todos los problemas, siguen apostando al diálogo, al encuentro, y a la unidad entre las personas. 


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