Una semana después de que encontraran el cuerpo de Melina en una bolsa al borde de un arroyo de agua podrida, sólo hay una certeza: la mataron. Detrás de las hipótesis de la Justicia, de los testimonios contradictorios de testigos y acusados se teje un entramado de personajes y lugares; boliches caros, plazas bucólicas y altares umbanda por donde circulan, al unísono, sospechosos, amigos y familiares de la víctima.



I

 

La avenida San Martín es el escenario largo de un barroco desangelado: se le superponen los colores, las letras, los neones, las ofertas de la más diversa índole y la gente que va y viene apurada, todo apretado en el abigarramiento pobre que caracteriza a las avenidas principales del conurbano. Concentran el mercado en sus veredas y dejan que el aire, los árboles y las casas bajas con jardines se estiren morosamente en el resto de las calles del barrio.

 

En Caseros es así y así fue el lunes 29 y el martes 30 de septiembre aunque en una esquina tiembla un amontonamiento extraordinario, una tensión de trincheras. De un lado de la calle Fischetti, los móviles de televisión con sus satélites, las cámaras apuntan como artillería, los fotógrafos, los periodistas. Del otro, en la puerta de la funeraria Metetieri y Cia., un cordón de pibes y pibas le gritaban a toda la prensa: “¡Respeto, respeto!”.

 

Tienen menos de 18, son unos treinta. Ropa grande y gorritas con viseras para atrás ellos, ropa ajustada y pelos largos ellas, algunos piercings, algunos pelos decolorados y tirando al naranja, como si fueran parte de una internacional rapera, de un movimiento global y reivindicativo de la cultura de los jóvenes que pertenecen a las clases sociales menos favorecidas de las grandes urbes. Son los ex compañeros de colegio de Melina Romero y lloran un drama en el que casi todos los involucrados son muy jóvenes y casi ninguno estudia.

 

Victoria tiene dos años menos que Melina. Como ella, es tarjetera del boliche Soul Train, en San Martín. Siguió la noticia de la desaparición de su amiga por los medios. Estaba internada porque el mes pasado un grupo de pibas le había dado una paliza en Caseros. Hasta hace pocos días tuvo que usar un cuello ortopédico. El lunes le dijo a su mamá que quería ir al velorio de Melina. Se quedó hasta la inhumación.

 

—Cuando supe que desapareció me deprimí mucho. Era una chica como yo. Quise apoyar a la familia. Es muy fuerte su dolor —dice Victoria después del entierro. Es una de las pocas que quiere hablar con la prensa. No conoce al resto de los pibes que están ahí, pero no está sola: su mamá la acompañó.

 

Los pibes saben que las imágenes de sus caras no pueden ser publicadas y lo dicen, están enojados y lo dicen: “Les pedimos que en este momento, aunque sea, tengan el respeto por nosotros que no tuvieron con Melina”, exige una de las chicas. Y no están de ánimo para explicaciones ni para matices, no es momento para analizar las distintas coberturas ni las contradicciones de cada una en particular. Tampoco para recordar que una parte de la prensa tuvo, sí, un trato deleznable con la víctima pero que, sin esa presión, la de las cámaras, la de las preguntas de los periodistas, es probable que se hubiera avanzado aún menos en la causa por el homicidio de Melina Romero.

 

“Justicia, no venganza propia”, repiten una y otra vez los padres de Melina: Rubén Romero y Ana María Martínez. Después de reconocerla en la morgue judicial de Lomas de Zamora la muerte se volvió impronunciable para ellos.

 

—La nena tiene que pasar por otro trámite ahora —dice Rubén antes de la autopsia.

El padre de Melina habla de los detenidos como “basuras”. Y describe a Facebook y las redes sociales con el mismo adjetivo.

 

II

 

El punto quieto alrededor del que gravita todo -como si las cámaras, los pibes, la familia, los abrazos, las lágrimas, los abogados, la causa, la jueza, los fiscales y las flores fueran lunas alrededor de una caja de madera- en la esquina de Fischetti y San Martín y un poco más tarde en el cementerio de Pablo Podestá, donde unas cien personas marcharon cabizbajas como si fueran una definición de la tristeza, es el féretro cerrado donde yace el cuerpo de 17 años de Melina.

 

Que los cuerpos hablan, dice la gente de la Justicia. Algunos más rápido y otros más despacio, aclaran. El de Melina es de los que tardan: por su avanzado grado de descomposición, la autopsia, que se realizó el sábado 27 de septiembre, no pudo determinar la causa de la muerte, aunque presenta un gran traumatismo de cráneo, ni si fue o no abusada. Un mes falta para que las pericias den resultados concluyentes. Y más de un mes -fue el 24 de agosto- pasó desde que Melina desapareció. La encontraron la semana pasada, el martes, dos cartoneras, en una de las zonas más pobres del país: los basurales de José León Suárez. No la hallaron los miembros de las fuerzas de seguridad que la buscaban exhaustivamente. O eso decían.

 

III

 

El cuerpo, dentro de unas bolsas de basura, vestía apenas remera y zapatillas. Lo encontraron a la vera de un arroyo afluente del río Reconquista, cerca del lugar donde en 1956 los militares fusilaron a militantes peronistas, esa historia que contó Rodolfo Walsh en Operación Masacre. A poca distancia de donde encontraron el cadáver de Ángeles Rawson el año pasado. Cerca también de donde un día de marzo de 2004 Diego Duarte, un chico de 15 años, desapareció aplastado por un alud de basura. Y a metros de otro crimen: que cientos o miles de personas vivan en condiciones de precariedad extrema alrededor de montañas de basura y de cursos de agua tan contaminados que parecen aceite descartado en Chernovyl. Todo al borde el Camino del Buen Ayre, la frontera entre la ciudad, que acaba como un amasijo de cemento y desperdicios, y el campo. O algo así: la superficie verde del club el Ceamse y de la cárcel Unidad 46 de José León Suárez. El aire cortado por el vuelo de algún que otro chimango. Y el olor de la basura.

 

—No está contaminado. Está recontra contaminado: por acá evacúan los conductos del CEAMSE. Si vos tirás un cuerpo en cualquier otro río, ponele que tarda una semana en pudrirse. Acá se pudre en tres horas— dice el abogado de uno los detenidos que conoce la zona.

 

IV

 

Estas son las certezas: esta última semana, el entierro, el velatorio, el hallazgo del cuerpo. Hace un mes, la noche en el boliche Chankanab de San Martín, el beso con un chico en la puerta, la caminata a la parada del colectivo. Esto es lo que aparece en los videos de distintas cámaras de seguridad. A partir de ahí, tres testimonios. Una vecina del boliche, que dice haber visto un auto oscuro desde el que unos chicos invitaban a Melina a subir con ellos. El boliche es uno de tantos: luces azules, barras, un vip que balconea a la pista de cemento, unos sillones blancos en un rincón un poco más elevado, un escalón apenas recubierto, el piso de esa clase de baldosas de goma que suelen verse en algunas oficinas. En la entrada, una oferta para el VIP: por 250 pesos, los concurrentes pueden subir munidos de un “Alvear”, se refieren al champagne, más dos latas de Speed.

 

V

 

Melina era tarjetera de otro boliche llamado Soul Train. Repartía las invitaciones en la plaza Martín Coronado, junto a otros chicos que hacían lo mismo para otros boliches en ese espacio muy verde y bien ubicado: a la vera de la estación de tren, junto a las paradas de los colectivos. Ahí se juntan los pibes y las pibas de la zona. Y después se van a bailar a San Martín.

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No es especialmente cerca, pero así se dividen los rubros en Tres de Febrero, el partido del noroeste del conurbano. En Ciudad Jardín, el barrio de Melina, hay pubs y restoranes, no boliches. Lleva el nombre bien puesto el barrio: es una irrupción de verde, como si a alguien se le hubiera ocurrido trasladar la Zona Norte de Villa Gesell al medio del conurbano. Es un lugar apacible y lleno de árboles y de flores. En otro contexto, la casa de Melina no llamaría la atención. Acá sí: es la más pobre en varias cuadras. En estos días se distingue también por tener cámaras apuntándole y las persianas bajas. Adentro se resguardan la mamá, Ana María, que tiene 49 años, diabetes, un problema en una pierna y, desde hace dos años, una pensión por discapacidad. Los dos hermanos, mellizos de 14. Y el padre, Rubén, que fue policía de la bonaerense y que, dice, se jubiló por problemas de salud. Cuando Melina desapareció, hacía once meses que Rubén estaba distanciado de la familia. Vivía en Villa Gesell hasta que vio en la tele la foto de su nena desparecida. Es quien habla por la familia.

 

—¿Usted qué cree que pasó?

 

—No sé. Pero yo siempre le digo a mis chicos que no digan nada del trabajo que tenía. Cuando vi que algunos medios ponían de lo que había trabajado dije “Ya está. Me la mataron” —dice, y se quiebra.

 

Rubén abre una hipótesis de investigación. Pero también habla de vendedores de drogas en los boliches y pibes que toman alcohol. Cuesta poner en fila las ideas que escupe cuando habla.

 

El hombre contesta todos los llamados de la prensa al celular de su hijo Gustavo. También atiende a los cronistas de televisión detrás de la reja de su casa. Excepto a uno que recuerda con el rictus rígido.

 

—Hay un canal de televisión de acá, que no voy a decir cuál,  que no la ayudó a mi mujer cuando buscaba a la nena. Le dijeron que se había ido con un noviecito. Yo eso no se lo voy a perdonar nunca—dice.

 

Después de la queja, agradece: a la persona que encontró el cuerpo de su hija y a los medios que “estuvieron siempre”. También recuerda a los profesores de la Escuela Técnica 2 de Ciudad Jardín que escribieron una carta y armaron un video con imágenes de su hija. Destaca a todos los que ayudaron en la búsqueda. Y entre las caras que repasa se acuerda de una y se detiene: es la de Toto.  Según él y su mujer, Toto estuvo en la casa  de Ciudad Jardín antes de que lo detuvieran: se acercó para colaborar en la búsqueda de Melina.

 

—Mi mujer le pidió ayuda para pegar unos volantes de la nena —cuenta  Rubén, y su mirada se pierde, con resignación, en el suelo.

 

VI

 

La parada del colectivo cerca del boliche y el llamado de unos muchachos desde el auto oscuro: hasta ahí llega el testimonio de la vecina. Después, la causa sigue otro testimonio, el de una menor de edad, M., de Villa Bosch: en ese mismo auto fueron a buscar a Melina y sus acompañantes. La noche que se estiró entre drogas -pastillas, cocaína, marihuana- y alcohol y terminó brutalmente para Melina, cuando se negó a participar de una orgía: entonces la golpearon hasta dejarla inconsciente, la violaron y terminaron arrojando el cadáver en el arroyo Morón, contó M. A kilómetros de donde encontraron el cuerpo que, además, no mostraba signos de haber estado sumergido.

 

Dijo que todo pasó en la casa de Toto, un adolescente de 16 años, en Pablo Podestá. Es una casa con una estructura laberíntica de esas que se van construyendo según se agranda la familia. De hecho, ahora mismo hay habitaciones en construcción, con los ladrillos sin revocar y todavía sin ventanas. Se entra por un pasillo largo, hay que abrir cuatro puertas, tiene un patio de cemento y medianeras de chapa. Desde la casa de al lado, un árbol extiende algo de su verde. Al final del patio, un templo umbanda: Olga, la mamá del adolescente, es mae de esa religión. El templo tiene las paredes blancas, tres puertas que dan a otras habitaciones y un altar que en estos días es el foco constante de seis o siete cámaras y el lugar de trabajo de unas diez personas entre camarógrafos, fotógrafos y periodistas. Hay estatuitas de San Jorge, San Miguel Arcángel, unas velas, unas ofrendas tan modestas como una botellita de cerveza vacía, unas flores y un cartel: “Filios (sic) no se olviden que la cuota del templo es del 1ero al diez del mes y que sus asentamientos necesitan luz y atención”.

 

Olga, rodeada de familiares y amigos, desesperada por la acusación que pesa sobre su su hijo, procesado por el crimen de Melina y detenido desde el 12 de septiembre en un Instituto de Menores en La Plata, abrió su hogar como parte de una estrategia clara: mostrar que no tiene nada que ocultar. Las cámaras se pasearon por cada uno de los pliegues de su intimidad, por cada una de las habitaciones. Incluso mostraron los colchones, la mancha de sangre de uno, la aclaración de Olga: su hija estaba menstruando.

 

Entre los amigos y familiares que rodean a Olga, hay una chica flaquita, de flequillo recto, sonrisa franca y mirada limpia. Tiene 17 años, parece más chica y habla por su amigo Toto: cuenta que esa noche, la de la desaparición de Melina, se juntó con Toto y otros amigos a comer pizza. Que, “como era la única mujer”, quería que la dejaran amasar a ella ahí en esa mesa que está en el centro del templo umbanda. Toto no la dejó, las pizzas quedaron bien, estuvieron juntos toda la noche, ella se quedó a dormir y se fue el domingo a las dos de la tarde a su casa. Su amigo no fue a Chankanab, dice ella. Lo mismo dice la familia numerosa de Olga.

 

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Olga, 49 años, está sentada bajo una ventana. Tiene “problemas de presión”, acaba de tomar “las pastillas” y se la ve abatida bajo la luz clara que ilumina su pelo corto y más bien colorado. Dice que el cuerpo va hablar, que la Justicia de Dios no falla y que todos pagamos ante Él. Pero recurre a la lógica cartesiana para cuestionar el testimonio de M., que involucra a su hijo. A M. no la nombra, la llama la “fabuladora”. Dice que nunca fue a su casa, que es la mujer del Chavo. Y repite su parlamento una y otra vez:

 

—Ella declara cómo es la fachada de la casa.  Dice que hay una sola puerta. Pero cuando entrás ves que hay cuatro. Después dice que en el medio del patio hay plantado un árbol, que hay una escalera que da a una terraza. Acá no hay terraza —enumera la mamá de Toto en modo automático y sigue—. Declara que hay un santuario del Gaucho Gil, acá no hay ninguno. Dice que la pieza de Toto tiene una puerta que es una cortina. Nada que ver.

 

La mujer cree que su hijo está detenido por una confusión de apodos.

 

—Buscaban a un Toto y a un Narigón. Se lo llevaron a él y a un amigo que le dicen Chapa porque de chiquito usaba aparatos. Como tenía una nariz pronunciada, pobrecito, lo agarraron. Pero no es el Narigón. Después lo largaron.

 

Olga no retacea metáforas y comparaciones cuando habla. “Esto es una ensalada muy grande y mi hijo es el condimento, el perejil”.  Compara a la investigación judicial como un circo: “Mi hijo y yo somos los payasitos”. 

 

VII

 

Otro de los acusados es un chico de 20 años, Joel “Chavo” Fernández. El testimonio de M. lo ubica en la “fiesta”. Y también lo excusó en una cartita: “Sé que no violaste ni mataste, pero aunque te duela tenés que decir la verdad”. La mamá de la menor, que trabaja en Chankanab, lo vio en un video de seguridad del boliche de la noche anterior al día en que Melina desapareció. Y él se autoincriminó en una declaración que le hizo a la policía.

 

Su abogado, Sergio Doutres, cuenta que es un chico bajito, flaco y con aspecto endeble pese a que trabaja, durante la semana, como peón de construcción con un contratista en Capital. Y los fines de semana, ayudando a una persona discapacitada con diferentes arreglos en la casa. Apenas terminó séptimo grado pero Joel se las arregla para autoabastecerse y ayudar en su casa, que comparte con su mamá, Luisa, el marido de ella y dos de sus hermanos. Doutres dice que por eso, “porque tiene plata”, las chicas se le acercan a Chavo cuando va a bailar.

 

Alrededor de si fue o no al boliche gira la acusación y la coartada de Chavo. La mamá de M. lo ubica en el video pero Roxana, la hermana del chico, dice: “El sábado mi hermano fue a trabajar a Capital y después se quedó en su casa con mi mamá”. Fue Roxana la que, luego de no verlo durante 19 años, llamó a su papá por pedido de Luisa, su mamá. Luisa pensaba que el hombre, pese a no ser parte de la vida de sus hijos durante casi dos décadas, tenía derecho a estar informado sobre la situación actual del chico: detenido y acusado de homicidio.

 

El abogado de Chavito también sostiene esa versión: “Él no fue a Chankanab el sábado. Ahí lo conocen todos, a cualquiera que le pregunten va a decir que no estuvo. Había ido la noche anterior. Al principio no lo dejaban entrar, después aparecieron unos amigos que lo hicieron pasar”, contó Doutres. La mamá de Toto, Olga, dice que Chavo es novio de M. y que los dos conocen a Toto sólo porque su hijo de vez en cuando la acompaña a llevar comida y ropa a una casa carenciada de Billinghurst frente a la casa de Chavo. Además, la abuela de Chavo es comadre de la madre de M.

 

La policía obtuvo una confesión de Joel. Doutres cuenta que fue luego de una paliza brutal. En la comisaría declaró que él junto a Melina, Toto, el menor de 16 años y Elías  “Narigón” Fernández -otro de los detenidos, un joven de 18 años- tomaron pastillas y alcohol en la casa de Toto, en Pablo Podestá. Y que terminaron la fiesta en lo de Javier “Pelado” Rodríguez, una casilla en el barrio Remedios de Escalada de San Martín, en Tres de Febrero. Que habría sido el “Narigón”, el único de los acusados que está terminando el colegio, quien la mató. Y que la metieron en una bolsa y la tiraron al arroyo Morón. El hallazgo del cuerpo, a 7 kilómetros del lugar que señaló Chavo y sin señales de haber estado sumergido, lo desmiente. Y Chavo no ratificó estas declaraciones en la fiscalía. Doutres agrega que tanto Rodríguez como Fernández, los últimos dos detenidos de esta causa, fueron señalados al boleo por su defendido, en su desesperación por que la policía dejara de pegarle.

 

VIII

 

Están los acusados, que pueden o no ser culpables, están las contradicciones de sus propias declaraciones y las de la testigo principal, M., está la evidencia que los desmiente por lo menos en lo que respecta al descarte del cuerpo de Melina en el río. Están las pericias cuyos resultados se conocerán en un mes. Y una certeza: a Melina la mataron.

 

Está, estuvo, la mirada monstruosa que muchos posaron en Melina: que si salía mucho, que si tenía uno o más novios, que si se mostraba sexy, que si la cuidaban poco. Una mirada que reconoce un plus de vulnerabilidad en las mujeres y en las nenas. Y les exige un plus de cuidado y recato para no “exponerse”. Ese plus de vulnerabilidad admite, con o sin conciencia de estar haciéndolo, un plus de violencia de aquellos que pueden hacerlas su presa: de eso hablan cuando exigen más cuidados, de la violencia de otros. En este caso, siguiendo la línea de la causa judicial, una patota de muchachos, vulnerables también ellos por su posición social pero capaces de ser victimarios de mujeres por negarse a tener sexo con ellos, por, al fin y al cabo, afirmar su soberanía sobre su propio cuerpo.


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