La flexibilidad del oficialismo para aceptar modificaciones a sus proyectos de ley apareció como necesidad y se convirtió en fortaleza. Todos los proyectos que presentó el Poder Ejecutivo recibieron cambios pedidos por la oposición. Sin mayorías oficialistas absolutas, en 2016 la discusión política ganó en densidad. Noelia Barral Grigera cubrió todo el año la actividad del Congreso y repasa y analiza el impacto de las escenas más relevantes.



—Holaaaa, permisooo, ¿venís un segundito que quiero pedirte algo?

 

Los presentes, una decena de personas, sonrieron. Sin golpear ni anunciarse con las secretarias, Sergio Massa abrió las pesadas puertas de madera del despacho de Emilio Monzó. Saludó sonriente y altisonante y se llevó al presidente de la Cámara unos pasos más allá. En voz baja le transmitió ese mensaje que no podía esperar a que terminara su reunión: necesitaba un salón para una conferencia de prensa. El jueves 15 de diciembre, el oficialismo todavía intentaba reponerse de la resonante derrota en la Cámara de Diputados por la reforma del Impuesto a las Ganancias. Y había sido Massa quien, unido al PJ-Frente para la Victoria (PJ-FpV), había vencido al Gobierno. “La persona menos confiable del sistema político”, según el jefe de Gabinete, Marcos Peña.

 

 

Grandes aciertos

 

 

La relación que Monzó supo tejer con Massa y el resto del peronismo no kirchnerista fue uno de los aciertos más importantes -sino el más- de Cambiemos en su primer año de gobierno. Aún en clara minoría en las dos Cámaras, el oficialismo logró sin mayores inconvenientes leyes estructurales para la gestión de Mauricio Macri: el arreglo con los fondos buitre; la ley ómnibus bautizada “de reparación histórica a jubilados” que incluyó el blanqueo de capitales; la asignación de fondos a provincias y una modificación en el Impuesto a los Bienes Personales, entre otros puntos; un régimen de asociación entre el Estado y empresas privadas para hacer obra pública; el Presupuesto 2017 y la habilitación para tomar deuda por 40 mil millones de dólares el año próximo.

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El sushi fantasma: la última reunión entre el PRO y el Frente Renovador.

Cambiemos tiene 87 diputados sobre 257 y 15 senadores sobre 72. A la luz de estos números, la cosecha legislativa del oficialismo gana en valor.

 

Su principal artífice fue Monzó, secundado por dos personas de su máxima confianza: el jefe del bloque del PRO, Nicolás Massot, y la secretaria parlamentaria de la bancada, Silvia Lospennato. Juntos tejieron alianzas semipermanentes con Massa y con el bloque Justicialista de Oscar Romero y Diego Bossio. Aunque no es función institucional del presidente de la Cámara lograr mayorías para el oficialismo, el cortejo estuvo en sus manos. Tener un negociador con adn justicialista resultó un activo invaluable para una coalición de gobierno que combina dosis iguales de incomprensión y repulsión hacia el peronismo.

 

Mauricio Macri, sus socios radicales y la Coalición Cívica de Elisa Carrió asumieron con un objetivo inmediato: aniquilar cualquier resorte de poder, institucional o territorial, que pudiera mantener a flote al kirchnerismo. Con dos bloques legislativos todavía fuertes, el PJ-FpV debía morir primero en el Congreso. Por eso, desde hace un año, la confrontación directa fue la marca registrada del desembarco de Cambiemos como nuevo oficialismo en Diputados. El kirchnerismo perdió su mayoría en Diputados en la última elección, y los privilegios que ella implicaba.

 

Legisladores emblemáticos del bloque, como Máximo Kirchner o Teresa García, fueron señalados para ser desalojados de las oficinas que ocupaban sin contemplaciones. La llamada “guerra de los despachos”, que con cada recambio legislativo ofrece anécdotas memorables, involucró esa vez disposiciones administrativas con órdenes de despojar a los diputados kirchneristas de cualquier tipo de facilidad extra. El reparto del poder en las comisiones se definió sin darle participación a la bancada que, por disposición de Cristina Fernández de Kirchner, quedó a cargo de Héctor Recalde. A pesar de todo, en diciembre seguía siendo la primera minoría con 98 integrantes. Como columna vertebral de la estrategia, el macrismo comenzó a operar en la ruptura de ese bloque. Le llevó dos meses. El 3 de febrero, catorce diputados enfrentados con La Cámpora y referenciados en Bossio y en el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, dejaron la bancada. Para eso, Cambiemos usó la política y se apalancó en la caja. Mientras Máximo Kirchner se atrincheraba para defender su despacho, Monzó le equipaba al bloque de Bossio un piso en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Luis Saenz Peña. Las refacciones habían comenzado dos semanas antes de que se diera a conocer la ruptura.

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Apenas ese episodio basta para graficar cómo la historia de la construcción de mayorías en el Congreso en 2016 fue también la historia de los reacomodamientos en el peronismo tras la derrota electoral. Si el oficialismo se concentró en aniquilar al kirchnerismo, el resto de las líneas del PJ entró en una cinchada silenciosa -que continúa hasta hoy- para quedarse con su herencia electoral.

 

En aquella primera sangría, el sanjuanino José Luis Gioja fue señalado como uno de los titiriteros. Sus allegados reconocen que no era ajeno a las negociaciones entre los rebeldes, pero aseguran que fue él también quien evitó una estampida mayor. Ambicioso estratega, Gioja en esos momentos aspiraba a quedarse con la presidencia del PJ nacional, lo que finalmente logró en mayo. Tener un bloque chico con la posibilidad siempre latente de transformarlo en uno mediano mientras, a nivel institucional, continuaba dentro del bloque fue una buena jugada.

 

Entre febrero y mayo, el sanjuanino resistió los agravios del kirchnerismo duro y, aunque dejó de concurrir a las reuniones del PJ-FpV, siempre envió a sus delegados Daniela Castro y el fallecido Héctor Tomas. A partir de noviembre, con el escenario ya estabilizado, Gioja volvió a participar de las reuniones de bloque y en la votación de Ganancias acompañó el proyecto de la oposición, pese a que el gobernador Sergio Uñac se había manifestado en contra.

 

El goteo en el PJ-FpV fue parejo durante la primera mitad del año. Antes que Bossio y sus seguidores se había ido José Orellana y a partir de marzo también partieron Ramón Bernabey, Graciela Caselles y Carlos Heller. En junio, José López, sus bolsos con dinero, las armas y el convento terminaron de sacudir al bloque. Se fueron los seis diputados del Movimiento Evita y dos del Frente de la Concordia Misionero el mismo día que la Cámara votaba a favor de autorizar un allanamiento al ex ministro Julio De Vido.

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La ruptura, de todas formas, se cocinaba a fuego lento desde abril, incitada en las buenas relaciones que María Eugenia Vidal y Carolina Stanley mantenían con Emilio Pérsico. Cuando llegó junio, Pérsico, Fernando “El Chino” Navarro y Leonardo Grosso se subieron a un avión con destino El Calafate. Plantearon ante Cristina tres puntos: la necesidad de una conducción más presente, su intención de tejer vínculos con otros sectores y sus diferencias irreconciliables con La Cámpora.

 

—No me digan eso a mí, yo soy una cosa y los talibanes son otra- les respondió CFK. Frase que repitió en el Instituto Patria frente a un grupo de dirigentes nacionales.

 

El éxodo del bloque ya era un hecho.

 

 

Te necesito

 

 

Ya en los primeros días de abril el oficialismo sufrió su primera inquietud para conseguir el quórum. Necesitaba abrir una sesión especial para convalidar varios de los primeros DNU de Macri. Los minutos pasaban y los massistas no aparecían en el recinto, incluso cuando la sesión era importante también para ellos. Tras correr a los kirchneristas de la Auditoría General de la Nación (AGN), el tigrense había negociado que uno de los lugares vacantes sería para el Frente Renovador. Pero sus diputados se hicieron desear aquel día en el recinto. Cambiemos se vio obligado a pedir una prórroga y siguió cortando clavos hasta que finalmente, con Massa a la cabeza, el FR ingresó al recinto.

 

“¿Viste que nos necesitás?”, saludó el diputado a Monzó mientras se acomodaba en su banca. Cuentan los testigos de la escena que Massa exhibía su característica sonrisa ladeada.

 

 

Las mayorías en disputa

 

 

Pero la sociedad política con Massa sobrevivió a las chicanas y desencuentros ocasionales. El Frente Renovador le permitió al Gobierno aprobar 121 proyectos a lo largo del año en la Cámara de Diputados. Un vínculo tan importante no viene sin complicaciones e implica trabajo permanente.

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Temprano en el año parlamentario, Monzó no dudó en visitar a Massa en Tigre las veces que hicieran falta, a veces acompañado por Massot y otras también por el ministro del Interior, Rogelio Frigerio. Visitas que el peronista oficialista y el peronista opositor consideran indispensables. Para Massa es importante el gesto de que el Gobierno envíe representantes de primer nivel a buscarlo. Para Monzó, es un esfuerzo entendible y pequeño si se miran los resultados. Ambos lo piensan desde una lógica peronista, mientras los oficialistas macristas –que bautizaron “ventajita” a Massa -los miran de reojo. Y los oficialistas radicales aborrecen esos encuentros. “Nos tienen yendo ahí, como si Tigre fuera Puerta de Hierro…”, han escuchado quejarse al cordobés y jefe del interbloque Cambiemos, Mario Negri. La oficialista Elisa Carrió, por supuesto, eligió un camino más directo para expresar su disconformidad: acusó a Massa de narco, de parecerse a Néstor Kirchner, de corrupto, de extorsionador, de mentiroso y de fascista.

Monzó y Massa mantuvieron el diálogo incluso en los peores momentos del oficialismo, aún cuando las derrotas sufridas por Cambiemos en el Congreso fueron, en su mayoría, consecuencia de jugadas políticas del tigrense.

La Ley Antidespidos, la demora en la sanción del régimen de contrataciones público privadas y, ya en diciembre, la media sanción en la Cámara de Diputados a la reforma del Impuesto a las Ganancias fueron las cuatro ruidosas caídas del oficialismo este año en Diputados.

 

La primera derrota, bajo la forma de un proyecto para restablecer la doble indemnización en los despidos sin causa, nació en el Senado y funcionó como un elemento de presión sobre el peronismo en Diputados. El PJ-FpV vio la oportunidad de derrotar al Gobierno y se aglutinó detrás del proyecto. Massa tuvo un gesto hacia el oficialismo mientras hacía equilibrio con su bloque, adonde ocho diputados querían votar con el PJ-FpV. Presentó un proyecto alternativo que, de sancionarse, hubiera devuelto la discusión al Senado. Sin embargo, a la hora de votar, gracias al oficialismo ganó la postura del kirchnerismo. ¿Por qué?

 

La ley se aprobó a mediados de mayo, casi a las 6 de la mañana y luego de más de 17 horas de sesión. Tuvo 145 votos a favor del PJ-FpV, el bloque Justicialista, el Frente de Izquierda, el interbloque Progresistas y otros apoyos sueltos, y 90 estratégicas abstenciones y ausencias del PRO y la UCR. Al abstenerse y no votar en contra, sumándose al Frente Renovador, el oficialismo permitió que tenga lugar la mayoría kirchnerista.

 

En las horas previas, Cambiemos había observado cómo Massa trabajaba para amalgamar una mayoría peronista que apoyara su proyecto y derrotara al Gobierno. Estuvo cerca. El PJ-FpV evaluaba apoyar el texto del Frente Renovador si no conseguía los votos para el suyo. “¿Y nosotros por qué teníamos que ayudarlo a él a vencer al kirchnerismo y ver cómo después ellos se unían en contra nuestra?”, se preguntó un oficialista ducho en el cabildeo parlamentario. Fue así que Negri propuso abstraerse de la pelea: si el Gobierno iba a perder de cualquier manera, había que abstenerse. Y de paso, dejó a Massa pedaleando en el aire.

 

El tigrense estaba furioso y no dudó en cruzar al radical en un pasillo esa noche.

 

—Me sorprendiste con esto de que se van a abstener. ¿No tienen un dictamen de rechazo ustedes?—, le recriminó.

 

—¿Y qué querés, si ustedes iban a acordar en el mundo peronista?- devolvió el radical.

 

—¡Te diste vuelta como una media y no lo podés explicar!

 

Massa salió a denunciar “una clara connivencia entre Cambiemos y el kirchnerismo”.

 

 

“La venganza es un plato que se come frío”

 

 

En la antesala de la votación del régimen de contrataciones público privadas, Carrió metió la cola. Para esa misma fecha, el macrismo tenía intenciones de aprobar la reforma del Ministerio Público Fiscal con la que el Gobierno quería desplazar a la procuradora Alejandra Gils Carbó. Iniciativa que los enviados de Cambiemos trabajaron codo a codo con Graciela Camaño.

 

“Este proyecto tiene nombre y apellido. Es inconstitucional. Plantea una intromisión del Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo en asuntos del Poder Judicial”, definió la líder de la Coalición Cívica. Sus palabras hirieron de muerte al proyecto y dejaron, otra vez, a Massa en una posición muy incómoda. Sus diputados se disponían a aportar los votos para aprobarlo.

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Caída esa posibilidad tras la advertencia de Carrió, Cambiemos se embarcó en el intento de aprobar una ley que la Casa Rosada estimaba clave para conseguir inversiones. El régimen, conocido coloquiamente como PPP (Participación Público Privada), ya tenía media sanción del Senado. Pero a último momento, y después de un discurso de Bossio defendiendo el proyecto, Massa le quitó respaldo y se plegó al PJ-FpV, que había propuesto devolver el texto a la discusión en comisiones. En la votación, el PJ-FpV y el FR se impusieron por 107 a 105 y 9 abstenciones (del interbloque Progresistas). Si bien luego el oficialista Hugo Marcucci avisó que se equivocó y pidió corregir su voto (formalmente la votación terminó 106 a 106), la aclaración llegó tarde. En medio de la sorpresa, Monzó no declaró el empate (lo que le hubiera permitido usar su prerrogativa para desempatar) sino que dio por caída la sesión y devolvió el proyecto a comisiones. Para ese momento todo el PJ-FpV festejaba de pie al grito de “vamos a volver” y el FR dejaba el recinto. Y Camaño decía: “La venganza es un plato que se come frío”.

 

 

La pérdida de Ganancias

 

 

La apertura y flexibilidad del oficialismo para aceptar modificaciones a sus proyectos de ley apareció como necesidad y se convirtió en fortaleza. Todos los proyectos que presentó el Poder Ejecutivo recibieron cambios pedidos por la oposición. Sin mayorías oficialistas absolutas, la discusión política ganó en densidad. Recobró vigor, incluso, el papel de Cámara revisora. Varios proyectos importantes tuvieron modificaciones después de la media sanción en alguno de los dos recintos y debieron ser rediscutidos en la Cámara de origen.

 

Las estadísticas muestran que en 2016 hubo casi el doble de sesiones que en 2015 (39 contra 21), y una menos que en 2014. Esta última es una comparación más precisa, pues en los años electorales la actividad legislativa se resiente seriamente. De esas discusiones surgieron 96 leyes, cosecha magra en comparación con los dos períodos anteriores (125 en 2015 y 174 en 2014), pero valorable si se observa el mapa del poder en el Congreso. De esas 96, según relevó la Fundación Directorio Legislativo, 26 sanciones surgieron de proyectos enviados por el Poder Ejecutivo y 58 partieron de iniciativas opositoras. Por temas, la mayoría de los proyectos tuvo que ver con cuestiones judiciales o penales; seguida de leyes vinculadas a la economía, al sector laboral y a las relaciones internacionales.

La negociación permanente acercó a un grupo de alrededor de diez diputados de distintos bloques. Massot, Lospennato y Luciano Laspina por el oficialismo, Marco Lavagna por el Frente Renovador, Diego Bossio por el bloque Justicialista, Axel Kicillof en nombre del PJ-FpV fueron durante los últimos meses del año el núcleo de un grupo del que ocasionalmente también participaron Camaño, Victoria Donda y Alicia Ciciliani, entre otros legisladores que se suman según el tema en debate. Lograron un espacio de discusión técnica. Suelen juntarse a almorzar o debatir en uno de los salones del despacho de Monzó. El día que fue reelecto, el presidente de la Cámara destacó al grupo por su juventud y vocación y les agradeció: “En base a la diversidad, han mejorado cualitativamente los proyectos que entran a esta Cámara”.

 

Esa concordia, que tuvo altibajos, pareció resquebrajarse definitivamente sobre el final del año con el debate por el Impuesto a las Ganancias. Las negociaciones que habían tenido lugar durante todo el año no fueron posibles en esta instancia. Un poco por cuestiones políticas, pero también porque la distancia entre las dos principales propuestas, la del Gobierno y la de Massa, es abismal. A tal punto que incluso el proyecto de Kicillof era preferible para el Gobierno, pues su costo fiscal era menor al que proponía el Frente Renovador.

 

Cuando la oposición volvió a unirse en Diputados para aprobar la reforma de Ganancias y crear varios impuestos que el Gobierno no quería dio forma a la peor derrota legislativa del oficialismo en el año. El momento del año, lo sensible del tema y la promesa de campaña incumplida fueron condimentos que agravaron el escenario. A ello hay que sumarle lo sorpresivo del acuerdo, que se anudó en menos de 24 horas.

 

Horas después de la media sanción, la Casa Rosada se convirtió en una fuente inagotable de insultos a Massa.

Sin embargo, pasado el pico de adrenalina, en el oficialismo reconocen que la derrota nació en un error no forzado del Poder Ejecutivo. La Casa Rosada demoró meses en enviar su proyecto y lo terminó presentando de apuro, obligado por la presión mediática de Massa.

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De nada valieron las advertencias de Monzó ante Macri, Marcos Peña y Alfonso Prat Gay.

 

 

—Muchachos, los aviones vienen pegando con las rueditas en el techo. Si no mandan el proyecto, esto se agota… No da para más- les repitió.

 

 

No le dieron bolilla. Las advertencias del diputado quedaron atrapadas por las arenas movedizas que son las internas en el gabinete. Semanas antes, Monzó había advertido públicamente que al gobierno le falta política y se había ganado una respuesta, también pública, de Macri, quien lo acusó de vivir en un microclima.

 

El tiempo le terminó dando la razón. Al menos en el debate por Ganancias.

 

“Vino bien”, reflexionó un integrante del equipo de Monzó.

 

 

Cómo ganar elecciones

 

 

El cierre del año dejó planteado el gran debate interno de Cambiemos: cómo ganar las elecciones de medio término. Jaime Durán Barba tiene una respuesta: economía y comunicación. Monzó tiene otra: política.

 

Sea cual fuere el resultado, Cambiemos no logrará mayorías legislativas en ninguna de las dos Cámaras. Aunque sí puede mejorar su performance. Cálculos optimistas presagian un bloque oficialista de cien diputados, al que le costaría menos esfuerzo llegar al quórum gracias a los “amigos del calor”. La definición maliciosa corresponde a un diputado oficialista y engloba a bloques minoritarios pero muy dispuestos a acordar con el oficialismo, como los misioneros o los santiagueños.

 

Por ello, el gran objetivo electoral del Gobierno será vencer en la provincia de Buenos Aires. Un resultado que siempre se lee en clave nacional. Pasó con Cristina y “Chiche” Duhalde en 2005, con Néstor Kirchner y Francisco De Narváez en 2009, y con Sergio Massa y Martín Insaurralde en 2013. Sin embargo, los números muestran que no será fácil.

 

Monzó, bonaerense todoterreno, hace una disección de las secciones electorales provinciales que no porta buenas noticias para el Gobierno. Ante sus asesores, el presidente de la Cámara suele repetir esta cuenta: en la primera sección electoral, la fórmula Massa-Stolbizer gana el acceso norte y el acceso oeste. Hay allí dos intendentes vecinalistas sin referencia nacional: Gabriel Katopodis (San Martín) y Gustavo Menéndez (Merlo). Si se suman a Massa, es muy probable que la victoria del Frente Renovador en la primera sea arrolladora. Hay allí 4,5 millones de votos en juego.

 

Otros 4 millones son de la tercera sección, adonde dominan los intendentes del Grupo Esmeralda. Estos también son mandatarios sin referencia nacional clara, que se debaten entre Cristina, Florencio Randazzo o Massa. Monzó suele insistir con sumar al ex ministro de Transporte kirchnerista al gobierno. La necesidad de sumar los votos de esos territorios explica la insistencia. Hasta ahora, Macri se ha negado. “Los intendentes del Grupo Esmeralda van a ir con Massa, que va a ser la balsita para pasar el 2019”, suele repetir Monzó. Cerca de Insaurralde validan esa lectura.

 

De concretarse este escenario, el oficialismo sólo podría apostar a los 3,5 millones de electores del interior bonaerense para contrapesar al Conurbano. La ecuación no cierra. Y el responsable es uno: Sergio Massa. El que les dio 96 leyes pero de todos modos quiere hacerles sentir la derrota una vez más. Ahora, en las urnas.


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