En el borde sur del desierto de Atacama no llueve desde hace diecisiete años. La zona, una de las de mayor explotación minera de Chile tiene una particular característica: allí la fruta madura semanas antes que en el resto del país. Durante días, la cronista Leila Guerriero habló con grandes granjeros, habitantes y pequeños productores para entender un mapa de conflictos en el que subyace la lucha por un bien escaso: el agua. Adelanto del libro Hacer la América, editado por Diego Fonseca y que Tusquets acaba de publicar en su colección Mirada Crónica.



Imágenes: Verónica Contador Wetzig

 

Nadie  recuerda  cómo  fue la última  vez. Hay relatos, quizá falsos, que mencionan el cauce del río tropezando valle abajo, el repiqueteo  enfurecido  de las gotas sobre el jadeo de la tierra seca y los dos  o  tres años  de  alivio  que  siguieron.  pero  nadie recuerda  cómo  fue la última  vez porque  esa última  lluvia —no el último  chubasco,  no la última  tímida  llovizna:  la lluvia grande, la tormenta animal— fue hace demasiado  tiempo  y es, para toda  una  generación,   una  leyenda:  algo  que  nunca   sucedió. Aquí,  en el borde  sur del desierto  de Atacama,  novecientos kilómetros  al  norte  de  Santiago  de  Chile,  en  un  valle  llamado Copiapó, no  llueve desde 1997.


 

Cuando  llegó a estas tierras en 1536, después de atravesar los Andes, dejando atrás decenas de caballos muertos y de hombres triturados por el frío, lo que sintió el conquistador  español Diego de Almagro no fue algarabía sino desilusión: donde esperaba encontrar  oro  había  montañas  yermas, de  modo  que  decidió regresar al Perú, de donde había partido.

 

No puede decirse que haya sido un visionario.

 

La ciudad de Copiapó,  capital de la región, fue fundada en 1744 y, en 1832 y en los alrededores, un pastor de cabras llamado juan Godoy descubrió una mina de plata llamada Chañarcillo que fue, mientras duró, una de las más grandes del continente.

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En 1842 ya había noventa  y cuatro  minas en la zona, dieciocho ricas en cobre. A fines de los años cuarenta  del siglo XX el valle de Copiapó era piedra pura, población minera, horticultores pequeños  que cultivaban  trigo, sandías y hortalizas  regando  con el agua magra  que  llevaba  el río.  Entonces  un  agricultor  español llamado jaime prohens vio una de esas cosas que no todos ven: que  en  ese valle de  piedra  y espanto  la fruta  parecía  madurar semanas  antes que  en el resto de Chile.  Compró treinta  y siete hectáreas  al pie de unos  cerros, a cuarenta  kilómetros  de la ciudad,  y las bautizó  con  el nombre de Fundo  Los Hornitos. En 1947 mandó  a llamar a uno  de sus hijos, Alfonso,  que  por  entonces  vivía en la Argentina,  en una región fértil de la provincia de Santa  Fe, para  que  cultivara  esos campos  amargos.  Alfonso obedeció  como  sólo podía  obedecerse  por entonces:  porque  así eran las cosas y por convicción.  Semanas más tarde llegó con su mujer,  berta, que,  al ver ese valle de muerte  bajo un  cielo azul maligno,  acorralado  por las comisuras  violentas  del peor desierto  del planeta,  le preguntó  aterrada:  «Alfonso, ¿dónde  nos  has traído?». un año  después,  Alfonso  Prohens  plantaba  las primeras parras.


 

Chile  es el principal  productor y exportador de  cobre  del mundo:  33.775 millones  de dólares entre  enero  y octubre  de 2012, según cifras del banco  Central.  En la zona que rodea al valle de Copiapó  hay diez yacimientos mineros grandes —Caserones, Casale, kosan, Candelaria, Ojos del Salado, punta del Cobre, entre otros—, veinticinco medianos y mil trecientos pequeños.  Las minas —grandes, pequeñas o medianas—  requieren enormes cantidades de agua para procesar el metal, agua que debe ser elevada desde napas subterráneas a través de sistemas de bombeo  que consumen  mucha —mucha— energía.

 

Chile es un gran exportador de frutas y el valle de Copiapó, su principal productor de uvas de mesa. La exportación de esas uvas le deja al país 1.400 millones de dólares por año y en el valle de Copiapó hay siete mil hectáreas  de parrones  distribuidos  en  fundos   grandes,  pequeños  o  medianos.   Los fundos —grandes, pequeños o medianos— requieren  agua para riego, agua que  debe  ser elevada desde napas  subterráneas  a través de sistemas de bombeo que consumen mucha  —mucha—  energía.

 

El desierto de Atacama es el desierto más árido de la tierra y atraviesa, desde 1997, una sequía descomunal. En medio  de ese desierto, el valle de Copiapó es excepcionalmente rico en minerales y excepcionalmente favorable  para  el cultivo  de uvas: las aguas con sales que lo recorren  con modestia,  el cielo despejado y la diferencia  térmica de más de veinte grados entre el día y la noche  producen uvas firmes, grandes y dulces que  tienen,  además,  la  ventaja  de  madurar  un  mes  antes  que  en  el  resto  de Chile.  y allí donde  la tierra es capaz de parir con  furor igual la piedra que la fruta, el agua (que la piedra y la fruta necesitan) es un bien  escaso que sólo puede  arrancarse tironeando con  bombas que exprimen  día y noche,  conectadas  al flujo musculoso  de la red eléctrica nacional.

 

Chile  es un país sumido  en una crisis energética que recibió un generoso  impulso  —la  crisis— cuando,  en 2004, la Argentina dictó  una  resolución  que  privilegia el abastecimiento de gas natural  para consumo interno  y, en 2005, envió un  sesenta por ciento  menos  al otro  lado  de  los  Andes. Desde  entonces,  esa merma  no  ha dejado  de aumentar. No  hace falta hacer cuentas para entender  qué sucedió. El costo de la energía se multiplicó por dos, por tres, por cinco, y sin energía no hay agua y sin agua no hay uvas. Ni minas. Ni valle. Ni gente. Ni nada.


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Son las seis de la tarde de un lunes de principios de octubre de 2012. El clima, en Santiago de Chile, ha estado gris, ausente de toda primavera. En dos días más habrá un temblor de 5,7 en la zona central, que se sentirá en Santiago bajo la forma de un remezón  fuerte, gritos y frenazos, pero  ahora,  en  el barrio  El Golf, un barrio de bancos, oficinas y casas elegantes, ni siquiera se nota  el tránsito,  que  a estas horas  siempre  es mucho.   José Miguel  Fernández  es ingeniero  agrónomo y gerente  general  de Subsole,  la principal  exportadora   de  frutas  de  Chile,  asociada desde  1993 con  la familia Prohens  —cinco hermanos que  descienden  del Alfonso  original—  y dueña  de varias hectáreas  en el valle de Copiapó.  En un  bar de la avenida El bosque,  José Miguel  Fernández  parece  reírse  un  poco  de  lo  que  dice,  aun cuando  habla  en serio.

 

—¿Cuánto sabías de electricidad  cuando  empezaron a desarrollar la planta  solar?

 

—Chuta, para mí la luz es magia negra. Que  tú aprietes un botón  y se encienda,  es un  milagro.

 

Todo  empezó  con  un  mapamundi que  llegó hace tres años a Subsole y en el que aparecían, coloreadas, las zonas con mayor radiación  solar de la tierra. El norte  de Chile estaba cubierto  por un  rojo intenso,  casi negro, coagulado.

 

—Eso  indicaba  que  era la zona  con  mayor  radiación  solar del planeta.  La energía en nuestros  campos  de Copiapó ya era un  problema,   porque   se estaba  volviendo  muy  cara.  Cuando vimos ese mapamundi empezamos  a averiguar: ¿cuántas plantas solares había  en  la zona?  Cero.  Al menos  como  la queríamos montar  nosotros,  inyectando energía  a la red  nacional,  lo que permitiría  un  ahorro  doble  ya que,  por  un  lado,  nos  autoabasteceríamos,  pero  como  productores de energía la tarifa que  pagaríamos cuando  usáramos la red nacional sería menor. Entonces  dijimos:  «Si somos  los  primeros  en  colocar  una  planta fotovoltaica  y producimos  uvas del valle de Copiapó  regadas por agua de los Andes que se infiltran en las napas y son bom- beadas  con  energías limpias  para  regar las uvas… chuta,  esa cuestión hay que hacerla». y de ahí nace la idea.

 

Así, en 2011, Subsole instaló mil trecientos paneles fotovoltaicos en el valle de Copiapó,  en una hectárea que pertenece al fundo  Los Hornitos,  ahora de Alfonso prohens hijo, para producir trescientos kilowatts que alcanzarán para alimentar cinco bombas de agua con las que se regarán doscientas hectáreas de uvas: un plan piloto para ver qué pasa. pero, aunque  la planta está lista, todavía  no  funciona: los trámites  para conectarla  a la red nacional  son infinitos.

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—La  desventaja  de ser los primeros  es que  nadie  tiene  idea de  nada  y tienes  que  lidiar  con  organismos  gubernamentales, con  empresas privadas, con  la cosa técnica.

 

En agosto de 2012 decidieron contratar a un ingeniero eléctrico,  un  hombre de  veintinueve   años  llamado  juan  Luis Olguín:  para que desenredara  lo que se enredó.


 

Los padres  de juan  Luis Olguín  —él  militante  del PC,  ella partidaria  de Pinochet— se separaron  cuando  él era muy chico, de modo  que,  criado  entre  otros  cinco  hermanos,  supo  que,  si quería estudiar, tendría  que apurarse para dejar espacio a los que venían  atrás y terminó  la facultad  a los veinticuatro.

 

—Estudié ingeniería  eléctrica porque  me acuerdo  de lo que dijo don Nicanor  parra, el antipoeta. Que uno siempre tiene que estudiar  lo más difícil. y para mí eso era lo más difícil.

 

Es otro  día de principios  de octubre  de 2012, en el mismo bar  del  barrio  El Golf,  ahora  lleno  de  hombres  de  traje  y de mujeres caras.

 

—Mira,  aquí  en  Chile,  los dueños  son  cinco  familias.  Los demás arrendamos.

 

Juan Luis Olguín tiene los modos y la pedagogía de un profesor antiguo y dibuja, en un cuaderno,  los paneles fotovoltaicos, el sol, la energía que entra solar y sale eléctrica.

 

—Yo encuentro algo de maravilloso en la transformación de la energía, en el hecho de que una central hidráulica genere una materia invisible y que esa materia se traslade miles de kilómetros y llegue a una casa bajo la forma de luz o de calor. yo tengo un dicho: que ojalá las personas fueran como las máquinas eléctricas. porque  las encuentro  muy nobles.  Si tomas  un  motor  de inducción,  su naturaleza  es responder  aunque  esté roto.  tú lo cargas, y tiende a responder. Ojalá todos fuéramos así.

 

Olguín  trota  una  hora  cada vez que  puede,  y no  le gusta andar  en vehículo  por  las calles de Santiago  porque  su idea favorita es la idea de avanzar,  y eso sólo se lo permiten  el metro o sus propias  piernas.  tiene  una  hija de un  año  con  quien  fue su novia  durante  una  década,  pero  ya no  están juntos  y él vive con  su madre  porque  cree que  endeudarse  con  bancos  —para comprar, por ejemplo, una vivienda— es una forma —refinadísima—  de la esclavitud.

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—A  mí me gusta la idea de la independencia. yo esto de la planta  solar lo veo como  una democratización de la energía. ya no son solamente  las empresas dedicadas a eso las que producen energía, sino que viene una empresa agrícola y pone  una planta solar, y crea su propia  energía.

Independencia es, para él, una  idea importante.


 

Tres mil horas de sol al año, el sitio con mayor radiación  del planeta,  y este día de fines de octubre  de 2012, en la ciudad  de Copiapó, es un  día nublado. A las cinco  de la tarde,  en el bar del  hotel  Chagall  (ochenta  y ocho  habitaciones ocupadas  por trabajadores  de la minería y ya vendidas para el Dakar 2013, una de cuyas etapas pasa por aquí), Óscar prohens  echa el contenido de un sobre de Nescafé, el único  café que se consigue por aquí, en una  taza de agua caliente.  Es uno  de los nueve  hijos de Alfonso prohens  y dueño  de algunas de las setecientas hectáreas que él y sus hermanos varones —Rafael, Jaime, Alfonso y Fernando—  cultivan en el valle y los hacen los productores de uva de mesa más importantes de la región.

 

—¿Vio qué locura esta ciudad?

 

Al otro  lado  de la calle, la tienda  departamental  Falabella está repleta, y también están repletos los bares de la plaza, y la plaza, y las cinco farmacias que la rodean, y los supermercados, y las panaderías, y las tiendas de ropa, y en las veredas la gente se apiña cargando bolsas con comida, camisetas, cedés, medias, juguetes, y en las calles los autos se apiñan  en filas de media hora para hacer cuatro cuadras.

 

—Esto  ahora es un caos. El tránsito  es peor que en Santiago. Caos  podría  ser una  palabra  exagerada para  una  ciudad  de ciento  cincuenta mil habitantes en medio  del desierto,  pero  el aumento del precio  del cobre,  que  ahora,  por ejemplo,  cuadruplica lo que costaba una década atrás, hace que aquí la actividad minera atraviese su momento  mejor, y se espera que la puesta en marcha de la mina Caserones, de la empresa Lumina Copper, una inversión  de 3.000 millones  de dólares, produzca  el desembarco de miles de personas más. Así, en los últimos  cinco o seis años, los autos y la gente se multiplicaron y, desde entonces,  la ciudad  parece conectada  a un cable de alto voltaje sin respeto  a

siestas ni a fiestas ni a días de guardar.

 

—Esto  era bien  diferente.  Cuando mi papá  llegó acá, vino a vivir al medio  del valle, a una casa sin luz eléctrica, de adobe.

 

Óscar  Prohens  y sus hermanos nacieron  en aquel fundo  llamado  Los Hornitos que,  de las cuarenta  originales, había  crecido hasta llegar a tener una buena,  pero indeterminada, cantidad de hectáreas, y se criaron en una casa sencilla de la que el padre se marchaba  al alba para regresar al fin del día.

 

—El  papá fue un pionero.  Cuando él llegó, el valle era pura piedra  y después de a poco  se fue llenando de fundos.

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Pero en los setenta el gobierno de Salvador Allende dispuso una reforma  agraria que  afectó  a los grandes hacendados y a Alfonso Prohens  le quedaron, después de la expropiación, catorce hectáreas.

 

—El  papá estaba a favor de la reforma agraria, porque  no podía ser, si los dueños del valle eran quince, dieciséis personas. pero se hizo muy mal, y el papá se quedó con nada.

 

Después del golpe de Estado de 1973, en  el que  Augusto Pinochet  tomó  el poder, los antiguos dueños  de las tierras pu- dieron recuperar algunas y comprar otras, de modo que Alfonso Prohens repuso lo que había perdido.

 

—Yo volví al valle después de la universidad, me casé con Lenka. Lenka era hija del que fue durante catorce años el intendente  de Copiapó,  un empresario minero. yo le digo a Lenka que ella tiene el espíritu minero del padre, porque siempre me dice «¿y es negocio todavía este tema de la uva?».

 

Óscar y Lenka vivieron en el campo  durante  siete años, has- ta que hubo  que mudarse a Copiapó para dar estudio a los hijos. pero les costó  dejar aquellas tierras. El verde fulgurante,  la soledad, el rumor  del río cuando  había.


 

Al otro  lado  de la avenida  Copayapu, en  Copiapó, está el puente  La paz, cien metros  de cemento  sobre un lecho de tierra por  el que  debería  pasar,  pero  no  pasa, el río.  En  uno  de  los muros  de contención una  pintada  le tiene fe a que aquí nunca habrá agua porque,  si hubiera,  jamás podría  leerse, como  se lee:

 

«Bienvenidos  a Copiapó  – WeLcome  to copiapó  dakar».  Atrás se ven  los  carteles  de  los  hipermercados  Easy y Sodimac.  La ciudad  tiene,  también,  un Construmart, un hipermercado Jumbo, cinco  Unimarc, dos Santa Isabel, un Líder, y el Mall plaza, setenta  y siete mil metros  cuadrados,  todavía  en construcción, que  incluirán   dos  tiendas  departamentales  —Falabella   y  Ripley—  y otro  hipermercado, tottus. Si hasta hace poco  la altu- ra máxima  de un  edificio  en  Copiapó era de dos  pisos, ahora se construyen  de  catorce  y  a  precios  que  triplican  lo  que  la propiedad solía valer. un departamento de un solo cuarto cuesta sesenta mil dólares o se alquila  por seiscientos,  y no  menos, al mes.


 

A los ochenta  y cinco años, Alfonso, el padre de todos los Prohens, se puso al frente de un proyecto nuevo: una fábrica de quesos de cabra. pero poco después tuvo un accidente cerebro- vascular y, desde entonces, vive en Santiago con su mujer.

 

—El papá tiene noventa y seis años, pero si no hubiera sido por el accidente todavía estaría subiendo al campo —dice Óscar prohens en el hotel Chagall—.  Era un adelantado,  un visionario. En el ochenta empezó a poner el riego por goteo. y ahí fue cuando vino el boom de la uva en el valle, porque permitía cultivar las laderas de los cerros, y empezó  el desarrollo  de perforar la tierra y sacar agua.

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En 1981 el gobierno  de Pinochet  decretó el Código  de Aguas, que  separó  la propiedad del  agua de la propiedad de la tierra, concediendo el derecho  de agua a privados  en forma  gratuita  y a perpetuidad. Eso, traducido, quiere decir que el agua, en Chi- le, se puede  comprar  y vender  como  si fuese una casa. Durante los primeros  años  de la aplicación  del decreto,  si un  agricultor declaraba  necesitar  cincuenta litros  de  agua  por  segundo  para regar una parcela de cincuenta hectáreas  (se calcula que con un litro de agua por segundo  se riega una hectárea), se le concedían sin hacer  las cuentas:  las cuentas  de  cuánta  agua quedaba  por ceder. En poco  tiempo,  en el valle de Copiapó se cedieron  derechos por el doble  de lo que el valle podía  reponer  a fuerza de nevadas y lluvias que, además, siempre eran escasas.

 

—Hace unos años, las minas empezaron a comprar  derechos de agua a los agricultores.  No  es ilegal hacerlo,  no  va contra  la ley. pero como  el agua es un  bien  muy escaso, las mineras  han llegado  a comprar  los derechos  a costos  altísimos,  sesenta  mil dólares  el litro  y más. Se puede  vender  el derecho  sin el pozo, y entonces  la mina hace un pozo  nuevo  para sacar los litros que compró,  o  se puede  comprar  el pozo  y la mina  transporta  el agua a través de una tubería.  pero si los agricultores usamos  los pozos  al máximo  sólo algunos  meses, porque  la parra no  necesita tanta agua en invierno, las minas usan agua las veinticuatro horas. O  sea que  la venta implica un  aumento  del consumo. pero más que  el agua, el problema  para los agricultores es la energía. porque antes el agua salía a cincuenta metros, pero ahora está cada vez más abajo. yo hice un pozo  el año pasado, a ciento setenta metros, que me costó doscientos mil dólares, porque la tecnología para hacer el pozo, poner las bombas y sacar el agua de tan abajo es muy cara. y una vez que el pozo está en funcionamiento,  para sacar el agua de ahí hay que usar mucha energía. por eso, el tema, más que el agua, termina siendo la ese. Nosotros hace unos años teníamos un costo de energía de ochocientos dólares por hectárea. Ahora estamos en dos mil. Entonces  yo  entiendo a  los  que  venden:   el  dueño   de  un  pozo  se puede  llevar un  montón de dinero  de un  día para  el otro,  sin gastar nada.  Si hasta hermanos míos vendieron.

 

En 2012, Rafael Prohens fue designado intendente de la ciudad de Copiapó —en Chile los intendentes son designados por el gobierno de turno—, y uno de los principales problemas que debe enfrentar es el del agua: la falta de.

 

Según un reportaje publicado en julio de 2009 por el Centro de  Investigación  e Información periodística  de  Chile  (CIPER), firmado por Francisca Skoknic, Jaime Prohens  le vendió a Lumina Copper  Chile,  propietaria  de Caserones,  derechos  de agua por ochenta  litros por segundo  a cincuenta y cinco  mil dólares por  litro:  una  operación  de  cuatro  millones  cuatrocientos mil dólares. Su hermano, Rafael prohens,  le vendió,  el 5 de noviembre de 2008, a la misma minera, derechos  por cien litros de agua por segundo  a cuarenta  mil dólares por litro: cuatro millones  de dólares. Ninguna  de las dos operaciones  es contraria  a la ley.

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Banco Estado,  banco Santander,  banco BBVA, banco Falabella, banco Credichile, banco Chile,  banco BCI Nova, Banco París,  banco Falabella,  banco Ripley,  banco  Condell, banco Scotiabank.  Hace  algunos  años,  en  Copiapó, había  dos  o  tres bancos —banco Estado, banco  Chile—,  pero ahora es un ver- gel y todos están repletos, fértiles.


 

Son las ocho de la mañana. A un lado y otro de la ruta C-35 que  sale de la ciudad  de Copiapó  y sube hacia el valle y los poblados de tierra Amarilla, de Los Hornitos,  de Los Loros, el cielo celeste tironea de los bordes de las montañas  y el viento levanta remolinos de polvo hirviente al pie de cerros que parecen lomos de animales jurásicos.

 

Si la luz fuera líquida.

 

O  algo de lo que pudiera  decirse: «He aquí la luz». Si tuviera la luz estado  puro.

 

O  si doliera.

 

Si todo  eso fuera, sería aquí, en este valle rodeado  por mon- tañas  secas como  toses donde,  bajo un  cielo tan  tenso  que  pa- rece a punto de romperse, crecen las uvas. Siete mil hectáreas de sed inagotable  en el desierto más árido de la tierra. Los primeros parrones  aparecen después del espinazo  gris del poblado  minero de tierra Amarilla, hojas de un verde brioso que trepan  al cerro como  una  marea virulenta.

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Los paneles  solares  están  un  poco  más  adelante,  un  poco más allá.


 

—Dicen que  es bueno  porque  están ahorrando energía con este asunto  solar. pero parece que todavía  no está funcionando.

 

A las diez de la mañana,  Gumersindo páez Heredia  ya lleva cinco  horas  despierto.  todos los días, durante  los últimos  tres años,  despierta  aquí,  en  pleno  valle, a cuarenta  kilómetros  de Copiapó, y ve el mismo  paisaje que rodea:  el cerro enfrente,  el cerro  atrás,  el cerro  al costado,  el frigorífico  de  Subsole  y los parrones  del fundo  La Cantera,  de Óscar prohens.  Gumersindo es cuidador,  y lo que  más le gusta del trabajo  es lo que  le pasa casi todo  el tiempo: estar solo. La felicidad completa llega des- pués de la cosecha, en febrero, cuando la cuadrilla de doscientos temporeros se retira y él se queda en ese mar de piedra con la presencia discreta de paulina valenzuela, la secretaria de la em- presa, que  tiene  sus oficinas en  un  primer  piso vidriado  con vista a un  cerro, a una casa breve y a los cinco perros que la resguardan.

 

—Esa es mi casa. tengo televisión, frigidere. Me gusta a mí estar solo. Cuando  llega la gente acá lo molestan a uno.

 

Gumersindo tiene una edad incierta, en torno a los cincuen- ta años. Es moreno,  alto, y usa la camiseta blanca inmaculada dentro  del jean, anteojos de sol y una gorra con visera que no se quita  ni para estar aquí, en la sala de juntas refrigerada, junto a la oficina  de Paulina Valenzuela.

 

—Cuando la señora  paulina  me  pide  agüita  no  tengo  pro- blema  en traerle agüita en la botella,  pero  se la dejo y me voy. Me mantengo al margen.  Aislado.

 

Tiene tres hijos —dos son mujeres—, pero no los ve porque no  le gusta: no  le gusta la gente,  no  le gusta que  lo distraigan de su trabajo,  que diseña con  precisión:  pintar  los palos, asegurar un  escalón  de tierra, quitar  las piedras sueltas.

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—Yo era  funcionario de  gendarmería y tengo  recuerdos. Que  no son buenos  recuerdos.  Estaba en el tiempo  de Pinochet. Yo no  congeniaba  mucho  con  los militares.  por el trato  que  le daban  a los detenidos.  usted sabe cómo  son ellos. Los caballeros traían a la gente y los recibía yo. Yo les preguntaba: «Cómo vienen». «bien», me decían. pero venían bien mal. y yo hinchaba para que los llevaran al hospital,  y eso no les gustó. pero no quiero  hablar  porque  uno  no  puede  divulgar las cosas que uno ve.

 

De los cinco perros que cuidan  la casa hay un rottweiler, una fiera salvaje que sólo le obedece  a él. Cuando los temporeros se ponen  a beber  en el camino  que  pasa por  el frente  de su casa, Gumersindo no puede  dormir  y entonces  sale, se pasea un poco con  el rottweiler  y, al rato, los temporeros se van.

 

—¿Nunca se aburre?

 

—¿En qué sentido?

 

A las once de la mañana una mujer joven atraviesa el portón de entrada al predio y Gumersindo se levanta, apurado.

 

—Mónica.  Mónica —llama, con un grito seco, como quien llama a un  cuzco—.  Es mi hija, viene de la ciudad. La llamo para que me haga la limpieza. venga, que le muestro.

 

La casa de Gumersindo es de madera y está sobre una colina apenas elevada. Adentro  parece haber estallado una bomba  de ropa, de latas, de vajilla, de papeles.

 

—Por  eso llamo a la hija. para que arregle.


 

El proceso  de  cosecha  de  la uva  —en  variedades  diversas: thompson, ralli, regló, flame—  empieza  con la poda,  sigue con el raleo -se  recortan  las bayas sobrantes  de los racimos  hasta dejar sólo  la cantidad  necesaria  (entre  ochenta  y ciento  veinte) para que  los granos no  crezcan  apretados  y alcancen  buen  calibre— y termina con la cosecha y el packing, donde  se seleccionan  por color  y tamaño,  se empacan  y se almacenan  en un  frigorífico.  Eso,  claro,  si durante  el proceso  no  arrasaron  plagas, heladas, nevazones,  si hubo  sol y agua, si se consiguió  mano  de obra  suficiente,  si no  hubo  huelgas, si la uva alcanzó  su punto justo  de  dulzor  y fue  arrancada  de  la  planta  en  el  momento exacto. Si todo  eso sucede las uvas partirán  hacia el puerto  y de allí a Corea, Estados unidos o Europa,  donde  se venderán  a dos dólares con cincuenta por kilo. De todo  lo que la tierra produce no  queda,  en esta tierra, nada.


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«Subsole Agricultura  del futuro.  Energía  para  265 hectáreas de fruta» dice el cartel que  se ve desde  la ruta.  Detrás,  mil tre- cientos  paneles  plateados,   mirando   al  sol,  junto   a  un  riacho angosto  —el  Copiapó—, lleno  de algas y rodeado  de arbustos rubios. Los paneles parecen  la escenografía de una serie sobre la vida extraterrestre, o un zumbido: algo que está, pero que no se escucha, que no se ve.


 

—¿Quieres agüita?

 

Paulina Valenzuela sube todos  los días hasta su oficina en medio  de la nada con modos  de secretaria de ciudad:  tacones altísimos,  jeans ajustados,  maquillaje  exacto.  Ofrece  agua — agüita— y bloqueador  solar porque el panel que mide la radiación, en números que van desde su grado más bajo —1—  has- ta su grado máximo —11—  está en 7 y eso quiere decir que hay que mantenerse lejos de los rayos. pero a los temporeros no les queda  opción  y, bajo la bóveda  tumultuosa de la sombra  de las parras, en el fundo  La Cantera,  hay hombres  y mujeres con gorras y trapos  que  les cubren  la nuca  y el rostro,  extendiendo brazos y tijeras hacia racimos que mutilan  con velocidad pasmosa. Las parras son  altas, y su pelaje juvenil  se alza a un  metro ochenta  del  piso.  Enerio  Flores es supervisor y trabaja desde hace veinticuatro años en este fundo.  Ahora controla  el raleo de una  variedad  llamada  regló que  necesita  que  le dejen,  apenas, ochenta  bayas por racimo.

 

—No, si el raleo no  es difícil. Mire,  uno  deja cuatro  hombritos,  bota  tres, deja tres, bota  tres, deja tres.

 

La emprende a tijeretazos  caníbales contra  uvas milimétricas y jura  que  no  es una  cuestión  de  fe:  que  después  de  lo  que acaba de hacer quedaron setenta  bayas.

 

—Yo soy agricultor.  La minería  no  me gusta. Estas plantas las planté,  las vi crecer. y es comida,  es un  aporte.  Si nosotros no  comemos  piedras.  y la vida  no  son  cien  años.  La vida  no son  doscientos  años.  Son  muchos  años.  Las generaciones  que vienen  la van a pasar mal.

 

Enerio  terminó   la educación   secundaria  a  los  cuarenta,  se peló el lomo  para enviar a sus hijos a la universidad,  y, a pesar de que demoró  veinte años en comprar  su casa, no trabajaría en otra cosa. Debe  ser, dice, culpa de aquella  bolsa de papas.

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—Casi  treinta  años atrás el dueño  de una finca donde  traba- jaba me  preguntó  si me  quería llevar un  saco de semillas de papas que estaban secas. Las llevé a un terrenito que tenía arren- dado. y fui preparando el terrenito con guano, y fui tirando un poquito  de agüita por el surquito  y las planté y las tapé. tapé eso y dejé el agüita corriendo  todo  el día por  la melguita. y después me fui, y dije bueno,  a ver si esto se salva. y un  día cuando  salí del trabajo me fui a verlas. y estaban así de altas. Las mecía el viento.  Ese fue un  año  muy  malo  en  la región. Llovió y después heló y vino un temblor muy fuerte, y yo tenía esas papitas. Mi trabajo y esas papas fueron como la bendición de Dios.  yo les tuve fe a esas semillitas y esas semillitas nos salvaron. pero ahora no les veo mucho tiempo a los parrones de este valle, porque  los mineros  compran todo.  y yo estoy bien, pero  hay gente en la agricultura  que  no  gana bien,  y uno  también tiene que ver eso. Acá, al final van a quedar los agricultores más grandes, los que pueden  pagar la energía. Eso de los paneles solares me gustó. pero me parece que son muchos  para generar tan  poco.  Creo  que  para  alimentar  todo  el campo  necesitan cuatro  hectáreas de paneles. Entonces,  o pone  parrones,  o pone paneles  para sacar agüita.

 

El agua, aquí,  es agüita.  Como  si fuera algo pequeño:  algo que hay que querer.

 

La luz de la tarde es enorme  y serena. El cielo azul como  un empeño, como  un  puño.

 

Sobre la ruta caliente,  la tierra parece paralizada,  inmóvil.


 

Los domingos  son una  cosa seria en Copiapó, pero  este do- mingo  todo  el pueblo  está en la calle. Se eligen alcaldes, y los comercios y los kioscos y los puestos de fruta están abiertos bajo un cielo que es una cúpula  de vidrio. En la esquina  de Los Carrera y Maipú,  bélgica atiende  desde  hace  diez  años  su propia tienda  de  abarrotes  donde  se pueden  comprar  verduras,  fiambres, pan,  frutas secas, fósforos, aceite.

 

—En  esta zona que era agrícola ya no se siembra lechuga ni cebolla ni  nada.  puras uvas hay, y todo  para exportación.  Lo más malito queda acá.

 

Bélgica se queja mucho. Se queja de que su hijo tiene diabetes y de que en el pueblo no hay nutricionista, de que ella tuvo cáncer de tiroides y de que se lo diagnosticaron mal, de que la ciudad está colapsada y de que casi no hay agua, de que todo es culpa de las minas pero también de los agricultores, y de que atrás de los mineros llegaron las mujeres y que ahora hay clubes nocturnos  por todos lados.

 

—Las mujeres esas vienen infectadas. yo no soy racista, pero soy egoísta. Ellas vienen de Colombia,  y se casan con cualquier gallo que encuentran  en la calle, y le pagan para tener la nacionalidad  chilena.  y vienen también  unos  morenos  que andan  en negocios  complicados, son usureros,  prestamistas.

En la iglesia principal,  frente a la plaza, la misa de doce está repleta  de hombres  solos. por todas  partes hay sitios con  nombres como Copacabana, Katherine o Entre Kaliffa, donde  lo que mejor se vende es la carne. Viva. (…)

 

 

 

La exportadora  de frutas Subsole,  de Chile,  recibió  en 2002 un préstamo  de siete millones de dólares de la CII para financiar los cultivos de uvas, kiwis, naranjas y aguacates de sus cien pro- ductores  del desierto  de Atacama,  en el norte  de Chile.  A medida  que  crecía hasta  sumar  otros  doscientos  agricultores  más, Subsole  inició  un  proceso  de reordenamiento interno  para mejorar la calidad de su producción, que comprendió regular el uso de pesticidas  en los campos,  dar seguridad  social a sus trabajadores  y controlar  el impacto  de  la siembra  y cosecha  sobre  el medio  ambiente, entre otras acciones. Cuando en 2008 completó  ese proceso,  la CII  proveyó  de  otro  crédito,  ahora  por  un millón  de dólares, a una  de sus subsidiarias.

 

La empresa,  que  pasó de vender  veinte  millones  de dólares a exportar  siete veces más en  apenas  una  década,  dice haber aprendido con la CII que cada crédito implica ajustarse a requisitos estrictos de control  de sus procesos. Con  ese aprendizaje en mente,  en 2012 respondió  a las demandas de sus consumidores internacionales por una producción  más limpia y responsable y comenzó  a ensamblar una planta de energía solar en el desierto  de  Atacama. La electricidad que  viene del  sol ahora enciende las bombas de agua de la plantación de una familia de socios de Subsole, los prohens.  La experiencia piloto  permitió probar si era posible incorporar la planta a la matriz energética de Chile, que en 2014 puso en marcha, también en Copiapó, el mayor parque fotovoltaico de América Latina.

 

Este libro fue  financiado por la CII/BID.

 


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