El 6 de septiembre de 2015, a Marcela Chocobar la asesinaron con saña. De ella, una trans en el esplendor de su transformación, hallaron sólo su cráneo perfectamente cercenado entre la segunda y tercera vértebra. En abril una jueza metió presos a tres varones acusados por el homicidio, al que se niega a caratular como femicidio. Pero la familia Chocobar no cree que el horror pueda explicarse así de fácil: están convencidos de que los tipos que levantaron esa noche a Marcela fueron sólo instrumentos de algo peor, de una maldad cuya existencia se explicaría sólo si proviene del poder.



Fotos: Gentileza Diario Tiempo Sur

 

La noche del fin del mundo tiene nombres de guerra fría. El antro donde se menean los patagónicos al ritmo de la bachata se llama Cuba. El otro, donde alternan con movimientos del pop latino, es Russia. A la medianoche de un viernes de agosto las mesas están casi vacías. Las sillas de cuerina roja ordenadas, puestas a punto. En la barra dos chicas mezclan indescifrables alcoholes de color en vasos de litro. Un grupo de chicos se los toman de largos tragos y ríen en la mesa que da a la calle. Es temprano para la noche de Río Gallegos, Russia se pone cerca de las tres de la mañana. A esta hora arden las “previas” en las casas bien calefaccionadas de la ciudad. Hacia el fondo, la pista vacía. En esa pista reinó la última noche de su vida la travesti más linda que haya pisado este confín de la capital de la provincia de Santa Cruz. En esa barra se la ve —por los videos de seguridad que ahora forman parte de un expediente judicial— alternar con el personal y con los habitués, jugando siempre a que el pelo naturalmente le cae a un costado del cuerpo esculpido. La madrugada del 6 de septiembre de 2015 a Marcela Chocobar, 26 años, en el esplendor de su transformación, alguien la asesinó con odio. De Marcela hallaron sólo su cráneo perfectamente cercenado entre la segunda y tercera vértebra, sin tejido blando porque el asesino quiso quitarle con un elemento cortante todo rastro humano a lo que fue un rostro bello. Un poco más allá, en un terreno baldío del desolado barrio San Benito, envueltos en un nylon de obra en construcción negro, hallaron una cadenita, un vestido negro, un saco negro, una bota bucanera blanca cortada a la altura de la rodilla y la larga cabellera rubia de Marcela Chocobar.

 

Primero fue el silencio de la desaparición. El hallazgo demoró 15 días. Por la tarde del domingo 6 sus hermanas comenzaron a preocuparse. Las Chocobar son un clan: vinieron desde Orán, Salta, devotas de la virgen de Urkupiña y dispuestas a hacer una diferencia trabajando de limpieza, en lo que se pueda, de a una. Son migrantes en una ciudad de migrantes. Río Gallegos es de esos lugares donde el nacido y criado tiene menos de 30. En los días de esta investigación es un hervidero de marchas y protestas, paros y batucadas. En cualquier esquina se yergue una manifestación que casi siempre se queja por la falta de pago de salarios. Hasta en el juzgado donde investigan el crimen de Marcela Chocobar los empleados no atienden porque no vieron un peso del aguinaldo. Las hermanas Chocobar tienen una lucha superior. Aunque en abril metieron presos a tres varones acusados por el crimen, ellas no creen que el horror pueda explicarse así de fácil: están convencidas de que los dos tipos que levantaron esa noche a su hermana en la puerta de Russia, el escalador Oscar Biott y su amigo Angel Azzolini, fueron sólo instrumentos de algo peor, de una maldad cuya existencia se explicaría sólo si proviene del poder.

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En la infancia de una niña trans el dolor y la furia suelen ser el lugar común. La discriminación, el abuso, los golpes y la expulsión del hogar, el camino previsible. Marcela Chocobar nació entre mujeres, y ese cordón de hermanas alrededor de su cuerpo de niña vestida con los oropeles de ellas mismas, la salvó. En la Mateo Ríos, su escuela primaria, le decían maricón, nenita, puto. Las amigas de la cuadra, en el barrio Aeroparque, la querían. A veces los chicos la encerraban en un callejón oscuro, para poder manosearla, tocarla. Al mismo tiempo que la violentaban, la deseaban. El padre, obrero de un ingenio con árboles de naranjas, mucho no decía. Siempre fue un hombre para adentro, y prefería quedarse a dormir en el campo. A la madre le costó más: pero las chicas la fueron convenciendo. Eduardo había nacido queriendo ser mujer. Nada malo había en eso. Había que asumirlo. Con los años ya no era raro que jugara con los tacos y los trapos de todas. Era una niña.

 

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Hasta que conoció a la “Pepi”, otra púber travesti como ella, y se lanzaron juntas a las noches de los bailes. Ajustadas, brillantes, reinaban en la bailanta local, el mismo lugar adonde casi diez años después volvió para estrenar las tetas recién hechas. Se la puede ver en jeans y con un top, haciendo un arrumaco gracioso frente a una pared de celestes esfumados en la que se lee Tropicalísima, como pintada para ella. Pepi se prostituía; ella también comenzó a cobrar por los escarceos con varones del pueblo. Conoció a un hombre mucho mayor y se puso de novia. Él la visitaba en la casa familiar, ella visitaba la de él. Él era changuero en el ingenio El Tacabal. Pero ella no dejaba de atender a algunos clientes que la pretendían. “Nací para ser puta”, le decía a Gabi, una de sus hermanas mayores, un poco por provocar, otro poco porque quería convencerse de que haría el camino tradicional para una chica trans pobre del norte: prostituirse para buscar el éxito económico que le diera cuerpo nuevo, identidad. Y en el camino, el goce. Las hermanas dicen que no dudó en aceptar la invitación de dejar el pueblo para trabajar en el Sur. “Yo estoy para más”, les dijo, y dejó novio y pasado en Orán.

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Durante los primeros meses a Natalia Avalos, la abogada de la familia, todas las hipótesis se le caían de las manos. Los investigadores primero pensaron en un cliente loco. Luego en una venganza para un cuñado de Marcela, preso por repartir las armas en una revuelta sindical de la UOCRA que terminó a los tiros hace un par de años. Llegó el turno de los perejiles: un grupo de migrantes bolivianos y peruanos dueños de un Renault nueve rojo como el que quedó grabado por las cámaras de Russia. Los detuvieron, les hicieron pasar un mal rato y hubo que dejarlos en libertad porque el auto no era el auto. Eran unos 60 similares en toda la región. Habían pasado las narices cerca del verdadero, pero estaba con el motor desarmado, sin los asientos.

 

En abril último un joven quiso comprar el Renault de Azzolini al que habían recauchutado como para sacárselo de encima: lo había puesto a la venta su padre. El hombre, un viejo puntero peronista, cometió el desliz. Cuando le preguntaron sobre si el auto estaba con los papeles en orden, inexplicablemente respondió: “Sí, lo vendemos porque estuvo allanado por el crimen del puto”. Aunque era uno más de los Renault 9 en la mira, el coche nunca había sido “allanado”. Se allanan propiedades inmuebles; los autos, en todo caso, se incautan, se secuestran, se peritan, se revisan. Alguna idea tenía el padre de Azzolini de que a Marcela Chocobar la habían trasladado en ese auto el día que desapareció. A veces, en un caso complejo como este, ocurre un imponderable, un pequeño acto que tuerce el destino. El joven comprador del auto podría haberse callado, pero no. Le contó a su padre el comentario, y él lo mandó a denunciarlo a la policía. Eso cambió el curso de la investigación.

 

Un policía de la provincia que pide no ser identificado cuenta que un buchón escuchó a Ángel hablar en un bar. Dijo que un amigo de él “se las mandó con el puto”. Como sea, el juzgado intervino el teléfono de Azzolini. El auto fue secuestrado y comenzó una larga pericia en la que se comparó la filmación de esa noche en la puerta de Russia con el color, peso, tamaño y forma de las luces del vehículo en la que trabajaron desde la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) hasta investigadores del Conicet. En los asientos, dijo un investigador del juzgado que también pide el anonimato no se pudo encontrar rastro de Marcela. Las escuchas llevaron de Azzolini a Oscar Biott, con quien compartían una cabaña en la Avenida Gregores. Biott era escalador de montaña y daba un curso bastante popular en el Centro Provincial de Alto Rendimiento Deportivo (Cepard) dos veces por semana. La cabaña, una pequeña casa de madera en fila junto a otras dos similares, pertenece a un predio enorme, el de la empresa de construcciones Kank & Costilla, conocida en Río Gallegos porque es propiedad de Martín Báez, hijo del empresario ligado al kirchnerismo Lázaro Báez. El dato nunca le resultó relevante a Rosana Suárez, del Juzgado de Instancia N° 3. Siempre apareció como un detalle. Aún cuando la prueba técnica más contundente de la causa es la pericia que descubrió el ADN de Oscar Biott en el cuello del saquito negro de Marcela Chocobar.

 

Hace unos ocho años Marcela se tomó un colectivo eterno que la dejó en la terminal de Río Gallegos. Detrás de la terminal se levantaba Las Casitas, el clásico barrio prostibular en el que se iniciaron y practicaron el sexo pago la mayoría de los varones de la ciudad hasta que fue cerrado por las denuncias de trata fogoneadas por el ex arzobispo Jorge Bergoglio, hoy Papa Francisco, a través de la Cooperativa La Alameda. Aunque al comienzo Marcela trabajó cuidando a sus sobrinos, pronto consiguió empleo en uno de esos cabarets, el que estaba al mando de una travesti de la vieja guardia, “Cassandra”. Pero sus hermanas estaban en empresas de limpieza que daban servicios al Estado provincial y le consiguieron un lugar en la Escuela Guatemala. Pasó a ser “portero”. Al cabaret de Cassandra iba de polleras cortas y tacos; al colegio “travestido de varón”, bromea Giuliana, una amiga que la conoce desde entonces. Giuliana comenzó a hormonarse ya grande, después de los 30. Primero fue militante de una campaña del justicialismo y luego consiguió entrar como empleada municipal. Ella no se prostituye -dice-, con Marcela sólo compartían la noche. Solía ir al lupanar, porque allí también trabajaba su tía trans. Se jugaba unas fichas al pool. “Yo las veía sufrir en lo de Cassandra. Veía que atendían clientes que venían con mal olor, hombres que no les gustaban. Los tenían que pasar. Las que venían a cumplir plaza tenían que estar tres meses encerradas haciendo pases”.

 

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En Gallegos la noche fue alguna vez ese mundanal ruido de pools y bares como los que visitaban los varones presos por el crimen de Marcela, de discotecas como “Cuba” y “Russia”, de antros más nac and pop como “La Cueva”. Y “Las Casitas” estaban integradas al ecosistema del sacarse la cabeza los sábados a la noche para combatir justamente tanta noche: en invierno el sol cae a las cuatro de la tarde y vuelve a salir al mediodía. A un intendente se le ocurrió ordenar el cierre de los boliches a las seis de la mañana. Los que la querían seguir -tiempo sobra- se mandaban a los cabarets que oficiaban de after hours. En la ciudad no hay parques, pocas plazas, pocos árboles y casi nada de verde, el viento cuando jode no para y arrastra lo que encuentra, sobre todo arena, una arena que repiquetea en la piel y en los ojos, una arena maldita que encierra a los lugareños en sus casas y les va dejando de a poco el divertimento enclavado en la noche. La vida cultural se restringe a los clubes, a las agrupaciones de migrantes y a lo que de vez en cuando llega de Buenos Aires al Casino o a la Bailanta. Antonio Ríos tocó el fin de semana que mataron a Marcela y la ligó a la salida en una pelea callejera.

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Delfina ya era maestra de grado y una rubia de curvas recientes cuando la vio entrar con el balde y los trapos para limpiar el aula de la Escuela Guatemala. La mariquita de pelo lacio y prolijo tenía futuro, pensó. Se cruzaron miradas oblicuas hasta que llegó la primera charla. Y el Eduardo masculino pasó al menos definido “Choco”, “La Choco”, que fue el inicio de una transformación sostenida, imparable. Casi al mismo tiempo “Choco” peleaba por terminar la escuela primaria: cursaba el séptimo, octavo y noveno en el nocturno de la misma escuela. Mónica Enríquez, una señora dulce y elegante que decidió terminar el colegio después de jubilarse la recuerda de flequillo, silenciosa, cohibida por los que la observaban, siempre sola en la otra fila, apenas una sonrisa de simpatía cuando ella le hacía un guiño. Hasta que se animó a pedirle: “¿Puedo sentarme a su lado?”. Pronto hubo que hacer trabajos en grupo y la invitó a su casa. Se hicieron amigas sin darse cuenta, entre mates y bizcochitos. A ella le contaba su sueño de cambiarse el cuerpo, y sobre las hormonas femeninas que tomaba desde que conoció a Delfina.

 

Mónica la supo trabajando como niñera de sus sobrinos, en una fotocopiadora -“ya más mujercita”-, de portera. Y presenció el afinamiento de los rasgos, de la voz, el fortalecimiento de las uñas, del pelo, la falta de bello, el cuerpo de varón retrocediendo ante la aparición de su nueva identidad. Un día le dijo su nombre nuevo. Marcela, Marcela Estefanía Chocobar. Entonces, ante la ley de identidad de género soñó con el documento. Fue con Delfina a tramitarlo. Delfina era la guía que necesitaba para ese camino. Toda trans se deja amadrinar por una más experimentada. Aún en el confín austral Marcela tenía a su mai, como les dicen en la calle salteña a las que inician a decenas de jovencitas, muchas veces replicando la lógica de explotación de los viejos fiolos, pero entre falsas perlas y maquillajes. No era el caso de Delfina. En ella tenía una compinche que la incitaba a la libertad y a la autonomía. Al poco tiempo se mudó con ella. Le mintió a sus hermanas: les dijo que se iba a vivir con un novio.

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El 10 de agosto, día de la virgen de Urkupiña, la casa de su hermana Laura, donde Marcela Chocobar había vivido al llegar a Río Gallegos, se llenó de moscas negras en pleno invierno. Devotas, las Chocobar no pueden evitar la creencia, la lectura de las señales que les marcan el camino. Gabriela vive en dos piezas pequeñas a las que el orden y la limpieza hacen lucir más grandes. Allí suele rezarle a su hermana muerta, sobre todo desde esa mañana, quince días después de su desaparición, cuando un llamado las alertó sobre el hallazgo de un cráneo y algunas ropas de mujer. Por esos días soñó que llegaba a su pieza, en el fondo de esa casa, a despedirse.

 

 

—Siempre te venís a despedir tarde de mí —le dijo Gabriela.

—Vos nunca estás —le reclamó Marcela.

Gabi la vio irse por un camino de basural. Por detrás de Marcela se veía un auto blanco con vidrios polarizados, a un hombre en el volante, y se sentía la música a todo dar. —Tené cuidado nena —le dijo su hermana mayor.

 

Marcela saludaba con una mano y se bamboleaba perdiéndose en el basural.

 

Después de un año Gabriela sostiene ese lazo invisible con su hermana en las oraciones a la virgen, en los sueños, en las consultas que la familia cada tanto le hace a una bruja. La mujer les ha dicho que Marcela estuvo en una cabaña solitaria, que estuvo en manos de un hombre, que quiso escapar pero no pudo. Y cada vez que el fantasma de Marcela la estremece vuelve a cuestionarse.

 

—El último año sentía que podría haberla cuidado más. No sé en qué andaba: ella me juraba y me re juraba que no corría peligro. Yo le decía: “Tené cuidado. Si vos decís que son gente que se maneja con poder te pueden hacer cualquier cosa”.

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En las fotos que él mismo subió a su Facebook, Angel Azzolini es un chico malo. Moreno, de pelo largo atado en cola de caballo, en una de ellas posa mirando fijo a la cámara con una katana en las manos, al modo de un samurai. En la otra tiene un cuchillo con el que también se podría cortar una cabeza. Las imágenes inquietaron a la jueza Rosana Suárez y a sus investigadores. Desde que su auto fue detectado, al morocho y a sus dos mejores amigos los tenían en la mira. Él, Oscar Biott y Adrián Fioramonti, que no vivía con ellos pero solía sumarse a fumar marihuana, compartir cervezas, dejar que el tiempo patagónico pasara más veloz. Fioramonti fue detenido, pero luego quedó libre por falta de mérito: le creyeron que la noche del crimen estuvo junto a su mujer, empleada del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Santa Cruz. A Azzolini y Biott los procesaron por homicidio simple. El día que se cumplió un año del crimen la familia Chocobar, acompañada por el secretario de Derechos Humanos de la provincia de Santa Cruz, Horacio Pietragalla, se reunió con la jueza Suárez: le pidieron que caratulara la causa como femicidio. Suárez se negó. 

 

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Ángel Azzolini trabajaba como empleado municipal en el área “Ornamentaciones”, su padre era el puntero de una unidad básica barrial. A él y a Oscar Biott les intervinieron los teléfonos celulares: mantenían contacto a pesar de que hacía algunos meses que Ángel había dejado el lugar en el que vivieron durante un año y medio, la cabaña de Martín Báez. Fue Fioramonti, quien declaró después, que los escuchó decir una frase que los alertó más que las armas japonesas: “Che, no hay novedad del perro desaparecido”.

 

Sentado en esa silla burocrática de los tribunales de Río Gallegos, arrinconado por el poco espacio del despacho, vestido con un jeans que le queda grande, con el pelo mal cortado, flaco, ojeroso, luce como un chico desguarnecido. El tamaño, la curva de su espalda, los hombros caídos, nada dicen de la actitud guerrera de las fotos del Face. Los peritos revisaron la katana y el cuchillo y en ellos no hay rastros de sangre ni ADN. Es lógico pensar que si los usó, los limpió. Lo que lo mantiene procesado por homicidio simple y por encubrimiento -al mismo tiempo- es su propia declaración indagatoria. Y el estudio pormenorizado sobre el coche rojo en el que levantaron a Marcela aquella noche. Ángel Azzolini es la piedra basal de la acusación en el caso Chocobar. Ni siquiera su propio defensor comprende por qué este pibe de barrio, golpeado por la vida, un fumón más de Río Gallegos, se hundió en el pantano de los culpables sin que nadie se lo pidiera. Pero lo hizo. Y por eso puede pasar los próximos 25 años preso.

 

—Mi madre era una desquiciada.

 

Intenta resumir su infancia a pasos de los cabarets de Las Casitas, donde vivió con ella hasta los doce años.

 

—Con mi madre éramos pobres. A los ocho años salía a vender empanadas, cosas dulces, arrollados, era de encarar y vender como sea. Ella me vivía pegando con maderas, con lo que encontraba. Fue teniendo otros hijos, una nena de 14 que el padre se borró. Un nene de 13 que el padre se hizo cargo pero después se terminó colgando en su propia carnicería.

 

A Ángel Azzolini lo rescató su padre biológico. Logró la tenencia cuando el niño tenía 12 años. Llegó a los 18 con las herramientas suficientes para salir a trabajar: como a muchos otros en Río Gallegos, un contacto con la política lo volvió empleado municipal. Hace tres años le avisaron que su madre estaba grave, internada. Había vuelto a quedar embarazada y durante la cesárea tuvo un paro cardíaco. Ángel llegó al hospital justo cuando buscaban a un familiar que quisiera vestir el cadáver. Él lo hizo. Y luego sostuvo el ataúd de su madre hasta la tumba.

 

Al poco tiempo conoció a Oscar Biott, el escalador.

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El cuerpo ya intervenido de Delfina era todo un incentivo para Marcela. Deseaba tener una cola como la de su amiga. Y ambicionaba una nariz de actriz de cine; la buscaba en las revistas. El camino estaba claro, Delfina lo define con una máxima de mundo trans: “primero hay que hacerse la cola, porque la cola te da las tetas, la cola y las tetas de dan la nariz y todas juntas te dan la cara”. La fórmula resume el creciente valor de mercado de un cuerpo exuberante que ingresa en el circuito del sexo pago cobrando por sus atributos a medida que los obtiene, cada uno a su precio. Para la cola debieron traer desde Tucumán a una trans dedicada a inyectar silicona a pedido, de manera clandestina. Delfina cuidaba que durante esos quince días en que deben pasar el tiempo acostadas boca abajo evitando que no se desparrame la silicona, la ansiosa Marcela no se levantara. Si hubiera sido por ella salía a los pocos días a la calle.

 

Las lolas fueron una inversión hecha directamente en Tucumán: viajaron juntas a pasar las fiestas y un médico la operó antes de Navidad. En carnavales ya estaría de visita en Orán, estrenando en Tropicalísima. Las fotos la muestran en varias escenas familiares, rodeada de su madre y sus sobrinas, con la harina del carnaval rociada en la cara. Sólo faltaba la nariz. Regresó a Río Gallegos con la seguridad de que su tarifa había subido. Y enseguida el Facebook, su Whatsapp, su celular, sonaron como nunca antes: turnos de 40 minutos. Los clientes se multiplicaban. Comenzó a trabajar también de día. Pronto ahorró lo necesario para la nariz. Decidió operarse con un médico conocido entre las trans, en Rosario. Volvió a Gallegos en junio; ya no pudo parar.

 

Delfina la secundaba en sus incursiones a fiestas privadas en las que podía hacer más dinero que con un solo cliente. A veces lo hacían de a dos, con Cindy Morena. Una rubia, la otra morena. Marcela abrió otro Face, como Estefi. El marketing digital también ayudaba.

 

—Atendía en su casa o iba a una fiesta, a veces con más de un cliente —dice Delfina—. Era por cantidad de personas y por tiempo. Cuarenta minutos, 600 pesos. Hubo una vez que estuvieron con 24 varones. Fueron ocho mil pesos para las dos. Cuando se iba a estos lugares me pasaba el contacto, la patente del auto y el lugar. Yo cuidaba que estuvieran bien, que no fuera riesgoso. Eran clubs de fútbol, de empresas, de todo. Los últimos meses su cliente fuerte era un político pero no era ninguno de los Báez, sino un político.

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—A Biott lo conocí por un grupo de Whatsapp que organizaba juntadas para cagarse de risa. Ese día llevé marihuana.

 

Ángel Azzolini lo dice todo como quien habla con un amigo. No pareciera restringirse, acomplejarse. Reconoce que Oscar Biott lo impresionó como un pibe bien, porque había “tenido una vida diferente en todo” a la de él. Biott le contó que había terminado el secundario, que tenía un hermano, una madre a la que quería y con la que solían pelearse, que había estado un año en el Ejército y que había hecho tres de la carrera de Derecho; le dijo que tenía una nena en Caleta Olivia, de donde era. Pero lo que más lo sedujo es cómo Oscar hablaba de su pasión por los deportes extremos: largarse en kayak por ríos correntosos, volar en parapente, escalar los filos de la cordillera. 

 

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En su muro de Facebook Biott construyó una imagen diáfana de sí mismo. Allí abundan los cielos con soles poderosos emergiendo desde el infinito, atravesando las nubes; los atardeceres, las montañas, las frases hechas del new age básico. Y algún que otro mensaje en fechas posteriores al crimen donde parece querer dejar atrás un pasado que lo atormenta. Nada como una katana o un cuchillo ceremonial. Los que lo conocen por su vida de escalador lo han visto liderar un grupo en el cerro cercano a la Laguna Azul, a poco de El Chaltén. Un joven y casual turista que lo cruzó en un camping la noche anterior a una escalada lo describe como un tipo lleno de frases holísticas pero al mismo tiempo agresivo para mandar a los que lo secundaban, mano férrea en el ascenso y capaz de tomarse un litro de whisky durante la noche y casi sin dormir salir de excursión a las alturas. Sorprendido por la noticia de su detención, por la brutalidad del crimen, el incauto piensa: “Es extraño que esa misma persona que pudo haber matado de una manera tan espantosa haya sido el que subía la montaña y nos aseguraba la vida a los que veníamos atrás. Porque era Oscar el que clavaba la estaca para atar la soga de la que los demás nos agarrábamos para trepar, de la que dependía la vida de todos los demás”.

 

Cierta condición piadosa le reconoce Ángel Azzolini, que es quien lo inculpa, su principal acusador en la causa judicial. Cuando Biott vio esa pieza invadida por una plaga de cucarachas en la que vivía Ángel, le ofreció compartir la cabaña. Sólo pagás los gastos de comida, le dijo. No era un mal acuerdo, teniendo en cuenta que él sólo tenía una computadora y “unos tachos con todo lo de escalar, nada más”. En cambio el municipal con salario fijo que era Azzolini había conseguido una heladera, una mesa, sillas, un colchón dos plazas, un placard, una cama: toda una fortuna al lado de su amigo abrazado a la naturaleza como todo capital. Lo bueno era que ninguno de los dos tenía que pagar alquiler por la casita de Avenida Gregores en el predio de Kank y Costilla.

 

—Se lo prestaba Martín Báez a Biott. Entonces ya tenían una buena amistad ellos. Biott le daba clases en un muro en el gimnasio del Cepard. Una vuelta habían organizado un viaje a la Laguna Azul para enseñarle a escalar. Biott me enseñaba a mí también, pero yo dejo por la política, para ayudar a mi papá en la unidad básica. Lo que nunca dejábamos de hacer es salir juntos a la noche. Con Biott yo empecé a conocer la noche de Río Gallegos.

***

Ese sábado Ángel Azzolini tenía que trabajar pero pidió franco porque era el cumpleaños de su amigo Oscar. Aunque ninguno de los dos tenía un peso, Oscar había prometido conseguir algo para los tragos. Ángel recuerda que esa noche, cerca de las diez, un amigo de Biott le fue a dejar dinero por una changa que estaba haciéndole en una casa prefabricada. Se llamaba Lucas y era contador. Le dejó unos 500 pesos, dice. Con eso salieron a comprar algo para comer, y una botella de tequila. En el placard de la cabaña habían armado una plantación de marihuana, pero era temprano para cosechar, todavía no había florecido. Cerca de medianoche salieron a dar vueltas en el auto por La Ría. Un pibe les dijo que podían conseguir faso en la puerta de una escuela, la EG19, pero cuando llegaron había una matiné, y custodiaba la policía. Pasaron de largo. Buscaron un pool, el antro ideal para hacer tiempo mientras se calienta la noche.

 

Azzolini, sentado en la oficina de tribunales, dice que estuvieron en Bola8, un pool de seis mesas sobre la avenida Néstor Kirchner, liderado por su dueño, un sesentón que también prepara buenos lomos completos y otras minutas clásicas. En su declaración ante la policía dijo que estuvieron en Nautilus. A Nautilus se sube desde la avenida por una escalera hacia un primer piso, donde suena el golpeteo de las bolas de billar sobre el fondo de una cumbia gastada. Allí recalan los “manyines” que aprecian el juego, la birra y el faso, alguno que otro con prontuario, más de un recién iniciado ladronzuelo, prostitutas que pasan los cincuenta.

 

—¿Qué ropa tenía puesta esa noche Biott?

—Biott tenía un saco marrón, una camisa, zapatos.

 

En el pool, cuenta Azzolini, se encontraron con otro amigo de Oscar Biott, José Ramón Lazza, un hippie de rastas y canoso con el que habían escalado en la montaña. Con él se jugaron varias fichas, se tomaron más de tres cervezas, y decidieron volver a la cabaña a escuchar música. “De todo, menos cumbia, la aborrezco”, dice Ángel en su encierro.

 

Biott le dijo a Lazza que se quedara a dormir. Era un hombre mayor, dice Ángel. Cerca de las cinco y media salieron otra vez los dos hacia La Ría. Cuando paseaban en el auto tomando de la botella, pasadas las seis, Oscar Biott le dijo:

 

—Vamos a Russia que ahora están por salir.

***

En la pista de Russia la temperatura de ese sábado era tropical. Afuera golpeaban cortas pero certeras ráfagas de brisa que venían desde La Ría, esa ribera ociosa sobre el costado de la ciudad. La Ría era el lugar elegido por las parejas para instalar los coches un kilómetro más abajo, en villa cariño. La Ría es la forma de nombrar de los locales al estuario del Río Gallegos, el curso de agua que corre hacia el mar sin producir en el camino ni vegetación ni playa, sólo la estepa que lo rodea todo en este sur; y los pájaros que eligen el estuario porque sus aguas son bajas y en ellas crece el alimento: el ostrero austral, el espartillero, el macá, la gaviota cocinera, el escuá, el cormorán imperial, el chorlito ceniciento.

 

Cuando Marcela Chocobar y su amiga Cindy Morena cruzaron la puerta de Russia el frío austral las golpeó: 0,4 grados. Caminaron juntas hasta la vereda. El DJ del boliche le propuso que la llevaba a su casa junto a Cindy, como había hecho la noche anterior. Marcela le dijo que prefería quedarse trabajando. Cindy se alejó en el coche de su amigo. Marcela caminó sobre sus largas y altas botas blancas hacia la esquina. Dejó que varios autos desde donde la piropeaban pasaran de largo. Cuando el Renault 9 rojo se puso a su lado, escuchó y después de unos segundos, subió.

***

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—Nunca la había visto antes a ella. Pasamos una vez. Parecía una mujer en pinta, bien vestida. Tenía un vestido negro y botas negras o blancas y una cartera.

 

La memoria de Ángel Azzolini avanza rápido por esa noche crucial, pero se detiene en algunos detalles sorprendentes, que recuerda como si hubiera sido ayer aunque ha pasado un año: el diálogo antes de subir al auto, por ejemplo, aunque a esa hora se habían tomado casi un litro de tequila más todas las cervezas que pudieron en el pool.

 

—Bajá el vidrio, hablale —le decía Oscar.

 

Ángel dice que es tímido, que no le daba para encarar.

 

—Hablale vos.

—Hola, qué bombón que sos. ¿Vamos a festejar mi cumpleaños?

 

Al comienzo, dice Azzolini, Marcela se negaba, pero enseguida subió al auto. Hay dos afirmaciones de Azzolini que no le cierran a nadie: ni a los investigadores, ni a la familia, ni a cualquiera que haya conocido a Marcela. Azzolini jura que él y su amigo Biott no sabían, no se habían dado cuenta que Marcela era transexual, y que tampoco sabían que se prostituía.

 

Según su versión, arriba del auto se negoció.

 

—¿Vos cobrás?

—A vos te cobro dos mil.

—Dos mil los dos.

—No, con los dos no voy a estar, voy a estar con uno.

—¿Tenés forros?

—No.

—¿Me aguantás? Voy a buscar la plata y los forros.

—¿A dónde vamos a ir?

—Vamos a mi casa y ahí vemos.

 

“Cuando llegamos a la cabaña yo no me podía mantener parado”, dice Ángel Azzolini, el único testigo de esa noche además de Biott, que continúa a resguardo en el más decidido silencio. En su relato él entró en la cabaña y en el auto quedaron Marcela y Biott. A los pocos minutos Biott entró, buscó algo entre su ropa, y volvió a salir. Azzolini pensó, ¿bajarán? Y se preguntó si ella sabía que dentro de la cabaña había un tercer hombre, Lazza, el viejo de rastas que dormía en la habitación. Entonces escuchó gritos, de los dos. Se paró y fue a la puerta, que da a un pequeño garage sin techo en el que Biott había metido el auto. Pero se estaban yendo, pensó que “a dar una vuelta”. Se tiró en un puff, su cama estaba ocupada por el hippie. Se durmió.

***

Desde que Marcela regresó de Rosario con su nariz respingada, el rostro adelgazado por el efecto anguloso que le daba a sus pómulos, el pelo cada vez más largo y más rubio, todo fue vertiginoso. Y cada una de sus hermanas, y de sus amigas, vieron cómo el cambio la volvía un tanto más esquiva, más misteriosa y más ambiciosa. La naif Marcela que pensaba en cómo arreglárselas para algún día ser madre iba desapareciendo tras la exuberancia de su cuerpo nuevo y la intensidad de su trabajo: no tenía tiempo para dar más turnos, su agenda se llenaba de pedidos. En la causa judicial por su homicidio, la mitad de uno de los 25 cuerpos de cien fojas que tiene el expediente está lleno de teléfonos de sus clientes, eran muchos. Durante los últimos meses también hacía viajes para trabajar con clientes que la querían en otras ciudades. Estuvo en Río Grande, en Ushuaia y al menos dos veces en Calafate.

 

Su ex compañera de colegio, Mónica, la vio para el día del amigo de ese invierno. Se había acostumbrado que cuando Marcela recibía un mensaje de cualquier hombre lo comentara, contara las pavadas que le decían, cómo la seducían para que fuera a un encuentro. Se reían juntas de esa otra vida que llevaba. “Para julio ya se reservaba algunas cosas. Se quedaba callada de pronto. A mí me dio la impresión de que estaba preocupada por algo”, dice Mónica. 

 

—Tengo ganas de poner una peluquería Ami —le dijo a Mónica—. ¡O un spa! Tengo un amigo que es contador que puede ser mi socio.

—Tené cuidado Choco, a medias no sirven las cosas —le advirtió Mónica.

Al rato vio que recibía un mensaje, lo miraba y guardaba el celular. 

—Chicas, me tengo que ir —les dijo a las amigas que festejaban el cumple.

—Choco, no te vayas así —le pidieron.

—Pero antes hagamos una foto, las tres para el recuerdo. 

***

Las hermanas Chocobar son del color de la tierra salteña y tienen esos ojos grandes y negros, expresivos, como los de Marcela. Ninguna de ellas se cuida en las comidas, son robustas y es posible imaginar que si quieren, de un solo zarpazo bajan a un enemigo fiero. Han trabajado desde niñas como empleadas domésticas en Orán, y ahora cumplen turnos en las empresas de limpieza que las tienen como empleadas destacadas. Cada una de ellas tiene su propia personalidad. Gabriela, que vive sola y no tiene hijos, es la más espiritual. Laura, la madre de varios nenes que eran los mimados de Marcela, a quienes cuidó desde bebés, es la más verborrágica y suele dar las entrevistas en los medios locales. Edith es una de las más calladas. Judith es la más terrenal, y la que concentra toda la información judicial con una memoria prodigiosa. Es la que lleva la relación con la abogada Avalos y con el juzgado. Todas cocinan unas empanadas deliciosas. Y tienen un humor inteligente con el que combaten las lágrimas que a menudo les surcan el rostro norteño.

 

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Cada una tenía una relación profunda con su hermana muerta. Cada una tenía conversaciones cotidianas con Marcela. Se llamaban. Se visitaban. La cuidaban como la menor que era. Y cada una le advirtió que no fuera tan confiada, que sospechara de los hombres. Todas eran conscientes de la discriminación, de la transfobia, de la violencia solapada en los juegos de seducción. “Cuando le decíamos que tuviera cuidado ella decía, nada me va a pasar chicas. Quién va a querer matar a un puto, nadie se va a querer manchar las manos. A una mujer sí, a mí no me va a pasar nada decía”, cuenta Gabriela. Laura Chobocar sabía que iba a fiestas en chacras fuera de la ciudad, que desde que paraba en Russia sus clientes eran empresarios y políticos.

 

—¿Vos estás participando de las fiestas locas, de las fiestas VIP? —le preguntó poco antes de su muerte.

—Sí.

—¿No estarás consumiendo vos, no?

—No, ni loca.

—Cuidate porque mirá que cuando te peguen no te van a ver como mujer, te van a ver como hombre.

 

La comunidad trans de Río Gallegos no es tan numerosa: son unas quince. Entre ellas hay todo tipo de internas, como suele ocurrir cuando se disputan novios, territorios, amores, protagónicos. Pero en un asunto todas tienen el mismo tipo de miedo: mejor no hablar con sus nombres del caso Chocobar; varias acceden pero escondidas de todo, sin dar señales. Solo Delfina Brizuela, que es funcionaria en la Secretaría de Derechos Humanos de la Gobernación provincial, habla sin problemas y sentada ante su jefa, la coordinadora del área de Diversidad. “Para ella haberse subido al auto o conocía a las personas o le mostraron mucho dinero —dice—. Marcela era muy llamativa, cualquier persona por más que no fuera del ambiente se daba cuenta de que era trans. Para levantarla frente a Russia se ve que esperan a que Cindy se fuera, porque cuando la encaran ella ya estaba sola”. Y repite lo que las hermanas Chocobar tienen claro: “Ella en varias ocasiones fue a una chacra en la zona de San Benito de los Báez. La primera vez que iba no sabía donde la estaban llevando”.

 

Gabriela era un oído especial para Marcela. A ella le confesaba algunas escenas que a las demás no.

 

—Yo lo conozco a Báez —decía ella.

—Qué vas a conocer a Báez, ¡vos!

—Sí, yo lo conozco —insistía.

 

“Después cuando desapareció fuimos a la casa de Cindy, y ella nos contó que un auto venía a buscarla y después la traía de la chacra de Báez”, dice Gabriela. La misma Cindy dijo que en una de esas fiestas Marcela le escribió un mensaje en el que le avisaba que se sentía incómoda porque había demasiados hombres, “muy pasados”. Esa noche prefirió salir del lugar.

***

Para migrantes como las hermanas Chocobar el apellido Báez primero significó empleo. Miles de personas llegaron del norte a buscar una vida mejor a Santa Cruz trabajando en las obras públicas que ejecutaban las empresas de Lázaro Báez, ahora procesado por lavado de dinero e investigado como supuesto testaferro de los ex presidentes Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. Cuando en 2015 Marcela Chocobar hablaba de sus visitas a la chacra de los Báez la fama del apellido ya emanaba del rancio aroma de la corrupción y no sólo de su ímpetu como constructores. En ese vaivén entre un padre todopoderoso que se volvió en 15 años el hombre más rico de la comarca y el hombre investigado por la Justicia y perseguido por los medios se definieron los destinos de sus hijos, vinculados a medida que crecieron, como directores, socios, presidentes o firmantes en las empresas del padre.

 

De los cuatro hijos, dos mujeres y dos varones, Martín Báez es el mayor. A los 35 años es el que más vínculos con los negocios familiares tuvo. Entre otras diez empresas, fue puesto al frente de Kank y Costilla, dedicada a la construcción desde hace ya unos 30 años. Kank y Costilla fueron otros apellidos poderosos de la región hasta que debieron venderle a los exitosos Baez. Con un predio en el que se guardan maquinarias y materiales sobre la Avenida Gregores, en plena Río Gallegos, la base de Kank y Costilla sigue allí. Se nota poco movimiento desde la calle, como si de pronto se le hubiera apagado el motor inmenso a una fábrica que supo funcionar como un portento en épocas mejores: los portones de rejas negras cerrados, un perro flaco dando vueltas sobre sí, el viento que sopla entre los camiones y las máquinas quietos, pedazos de nylon de obra rotos. Y al costado, hacia la derecha, las casitas donde en otros tiempos vivieron los obreros calificados recién llegados a Gallegos. La del medio, sobre la que han dibujado un grafiti, es la que ocupaban Oscar Biott y Ángel Azzolini. Ese garage vacío, donde Biott estacionó el auto rojo la noche del crimen.

 

La fama de Martín Báez -su nuevo bigote negro, la raya al costado, el traje nada preciso- no llegó por su rol como director de las empresas paternas, sino por esa escena inolvidable: él, y otros tres jóvenes, con el aplomo de bancarios acostumbrados, contando millones de dólares en la financiera SGI de Puerto Madero. Esa escena partiría su vida en dos, no sólo porque complicó judicialmente la de su padre, que terminó preso, sino porque Martín y sus hermanos quedaron atrapados en la maraña de negocios y acusaciones; sobre todo él, que ahora vive encerrado en un departamento de Belgrano junto a su mujer y su hijo de dos años. Al intentar entrevistarlo sólo se consigue hablar con uno de sus colaboradores más cercanos, que accede, en off the record, a consultar a Martín. “Biott lo llamó después de que cayó preso para pedirle ayuda pero Martín le dijo que no podía hacer nada porque él mismo está lleno de problemas y si bien está libre es como si estuviera preso”, contó.

 

El amigo de Martín Báez habla con tranquilidad: “Martín tiene el vicio de la escalada hace un montón. Acá en Gallegos había una palestra del CEPARD, él lo conoce ahí a Oscar Biott, que había venido a la ciudad a presentar un proyecto ante la Secretaría de Deportes. Un día le planteó que no tenía dónde vivir. Los otros tipos que hacen palestra con Martín le dijeron que lo ayudara. Martín le permitió ocupar la casita que tenía en el predio de la calle Gregores que pertenece a Kank y Costilla”. Y desgrana explicaciones con sentido común: Supieron del caso Chocobar cuando Biott y Azzolini fueron detenidos. No conocían a Marcela Chocobar. No hacían fiestas en la chacra, más que los asados familiares de fin de semana o los cumpleaños de los chicos, los nietos de Lázaro. Martín no es amigo de Biott, fue sólo su alumno de escalada. La chacra no está escondida, se la muestra en los medios como una fortaleza porque filman el gran portón negro, pero todo el perímetro está cercado solo con una media sombra. No se puede hacer nada ahí porque además están los caseros. No es un tugurio. No es un aguantadero. Y lo que suena más lógico: desde que comenzaron los problemas judiciales de la familia, en el año 2013, ese sitio es público. “Es el último lugar donde a alguien se le podría ocurrir hacer una fiesta así. Como creen que allí están enterrados millones de dólares debe ser uno de los lugares más controlados de Gallegos”, dice.

 

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El colaborador de Báez es tajante para definir a su jefe: como casi todos en la familia le encantan los deportes, así como escalaba, corría, andaba en bicicleta. Es un hombre de familia, de bajo perfil, que no participa en fiestas Vip con prostitutas. Cultiva un orden inclaudicable hasta para comer: combina la carne, el pescado y la verdura con obsesión.

 

—Pero Martín tiene un hermano menor…

—Sí, Leandro, que es lo opuesto. Es el que protagonizó un choque contra una casa de electrodomésticos en Gallegos. Sí. Pero no es un delincuente, ni un asesino.

 

El abogado de Leandro Báez, Santiago Viola, accedió a consultar a su cliente sobre el caso Chocobar. No vuelve a responder los llamados.

 

El abogado de Martín Báez, no contestó a los llamados. Un empleado de su estudio dijo que “el doctor no da entrevistas pero le transmitiremos el pedido”.

***

En los tribunales de Río Gallegos el sindicato ha decretado un paro para pedir que les paguen el aguinaldo de invierno. En las oficinas del juzgado que investiga el crimen de Marcela apenas se escuchan los pasos y el murmullo de algunos. En un rincón lleno de expedientes una fuente judicial, en estricto off the record, reconoce que tienen la versión. “Los amigos cuentan que ella se sentía incómoda en una fiesta en una chacra y se fue por eso. Pero analizamos la conducta de los sospechosos y no eran clientes de ella”, asegura. “Se trataron de cruzar las llamadas telefónicas del último tiempo para ver si había una relación previa, pero no hay nada que la conecte a Marcela con esas personas”, abunda la fuente, siempre sin mencionar a los famosos apellidos locales. “Ella era extrovertida y osada. No tomaba muchos recaudos. Era temeraria. Sus amigas eran de tomar más medidas en pro de su seguridad”, dice, sobre la víctima. Natalia Avalos, la abogada de la familia Chocobar, es consciente de que en el expediente judicial no hay pruebas que lleven a un autor intelectual tras los ejecutores que serían Azzolini y Biott. “No quita que ella haya sido contratada por alguien más, por un intermediario como el que la iba a buscar,  y no por ellos directamente  -dice-. Y que en esa fiesta o en otras haya estado esta gente”.

 

Para Gabriela Chocobar la explicación está en el poder que manejaban quienes podrían estar tras el crimen de su hermana.

 

—El caso es tan resguardado porque tenía muchos clientes políticos, hijos de. Sé que ella andaba con concejales, diputados y que hacía cosas que ellos pedían que les hiciera. Gente que pedía otros tipos, o que se quedara horas y horas con ellos mientras consumían cocaína, o que le pedía cosas más raras como sadomasoquismo.

***

En su declaración judicial Ángel Azzolini dijo que el domingo a la mañana, al despertar, volvió a ver a Oscar Biott: aseguró que estaba con una remera ensangrentada. Sentado en los tribunales de Río Gallegos cuatro meses después de esa indagatoria dice:

 

“De la nada siento que me pegan. Ahí lo veo a Biott cambiado de ropa, Biott en pánico con los ojos llenos de lágrimas. Se había puesto una remera azul, jeans y zapatillas. Y dijo:

 

—La verdad yo no sé cómo contarte esto, no sé si lo maté o no.

—¿Cómo que no sabés? ¡Tenés que saber!”

 

Desde este punto en adelante el relato de lo que habría ocurrido lo gobierna Azzolini. Mientras Biott permanezca en silencio es imposible chequearlo con otra versión. José Ramón Lazza, el rasta que dormía en su casa esa noche estuvo indetectable hasta hace pocas semanas: ahora se espera que declare, pero aún así, Azzolini dice que cuando ellos llegaron pasadas las seis de la mañana el invitado dormía, y que por la mañana, cuando Biott llegó, ya se había ido. 

 

—Biott me cuenta: “La llevé para un barrio, que había un terreno, que había un montículo de tierra”.

 

Entonces aparece la versión de Biott, siempre de boca de Azzolini. En ella hay tres secuencias. La primera: Biott baja a buscar algo a su cabaña y al regresar ve que Marcela le está revisando la billetera, por eso discuten y se escuchan gritos. Entonces él le dice, vamos a tu casa, pero sin embargo van hacia el barrio San Benito, a unos 20 minutos de la Avenida Gregores. La segunda secuencia en el relato a veces es San Benito, a veces al barrio vecino, Bicentenario I y II. Son barrios periféricos a los que se llega por un camino de asfalto que pasa junto a una laguna.

 

El lugar es un páramo apenas sembrado por construcciones nuevas aquí y allá, cada media cuadra, cada una cuadra, cada dos cuadras. Hay zonas en las que se juntan varias casitas pequeñas, a medio hacer, y otras en las que un cerco perimetral protege una casona de dos pisos con garage y la pretensión de un country. Cualquier esfuerzo por darle un color, un jardín, un árbol a los nuevos patios se desvanece ante la piedra y la tierra gris. Las calles de tierra se internan en el horizonte patagónico como si la ciudad se perdiera en el desierto.

 

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En la tercera secuencia Biott y Marcela “se pelean” en un punto indeterminado de ese desierto suburbano. “Ella le tira un piedrazo al auto -dice Azzolini–. Le da al parabrisas del lado del conductor. Cuando terminan de forcejear ella cae en el piso. Biott dice que no sabe si queda inconsciente. Como no reaccionaba, se va”.

 

Entre dormido Azzolini vio que Biott “tenía el cuello arañado como por un gato”. “Eran entre las diez y las doce del mediodía. 

 

—¿Pero sabés dónde la dejaste?

—No, era un terreno cercado y con un montículo de tierra y tenía madera y chapa.

—¿Era una trava?

—Sí, la vimos vestida de mujer. Pero cuando forcejee tenía fuerza y pegaba fuerte.

—Bueno, calmate un poco, dejame que desayune. Bajá la preocupación. Respirá hondo. Contame. Preparo unos mates”.

 

En el relato de Azzolini todo parece ser de una normalidad exasperante aun cuando se habla de un asesinato. Con el mismo tono con el que cuenta los maltratos de su madre narra ese domingo de septiembre. “Me tenía que preparar para la semana, tenía que ir a la básica”, dice.

 

–Hay que hacer desaparecer todo tipo de huella. Hay que hacer desaparecer el auto.

–No, si el auto es mío y yo no te voy a mandar al frente.

 

Entonces, cuenta Azzolini, su amigo Biott “pasó de melancólico a eufórico” y lo puso “contra la pared”.

 

—Yo no tengo nada que ver, vos te fuiste con el auto sin pedirme permiso.

—A mí no me importa, vos me ayudás o te voy a matar a vos y a tu viejo.

 

Azzolini dice que le prometió ayuda y con eso lo calmó. A la tarde les dio hambre. Biott cocinó un guiso de papas y fideos con lo que encontró en la cabaña. “Quería hacer desaparecer las cosas, la funda del auto por las dudas haya quedado un pelo de ella”.

 

—¿Cuándo sabés exactamente lo que le había pasado a Marcela?

—Yo me entero después de la noticia de que la chica había sido descuartizada y que la habían decapitado. En ese momento él no dijo que la íbamos a descuartizar.

 

Azzolini nunca pudo haber leído una noticia sobre un descuartizamiento.

 

Azzolini dice que desde el domingo y hasta el martes Biott lo obligó a acompañarlo tres veces a dar vueltas por el barrio Bicentenario en busca del cadáver de Marcela Chocobar. “El domingo a la noche fuimos al terreno, pero nunca ví nada. Eso es campo pelado, casi no hay edificaciones”. El lunes Azzolini volvió a tener un despertar complicado. Su amigo le avisó que el Renault 9 se le había quedado porque se le recalentó el radiador. Estaba junto a Adrián Fioramonti. En su declaración, Fioramonti dijo que ese día aún no sabía que los otros dos habían estado con Marcela Chocobar. Que le vio a Biott las marcas en el cuello, pero que sólo le dijo que había peleado con una travesti. “Después el lunes nos tomamos un colectivo para ir al barrio. Estuvimos tres o cuatro horas caminando. No encontramos nada. Él rodeaba algunos terrenos y siempre pasó por afuera”.

 

La historia de un joven obligado a ayudar a un amigo a ocultar un cadáver que no encuentran está más cerca de un guión bizarro que de un relato policial verosímil. Pero Ángel Azzolini abunda en detalles sobre esa búsqueda infructuosa. Al día siguiente regresaron al barrio, esta vez en bicicleta. Esta vez, dice, llevaban una mochila en la que Biott había metido un cuchillo y una botella con nafta. Como se cansó, Azzolini dejó que su amigo vagara por los descampados y se refugió en una vieja garita de colectivos. “Me quedo solo. Miro el paisaje, la ruta, los autos, los camiones. Volvió a los 45 minutos y nada. Después nos sentamos arriba de una prefabricada para ver si se veía algo, nada. Entonces le dije: loco, ya está, me quiero ir a casa, estoy cagado de frío. Si te mandaste la cagada por lo menos acordate dónde la dejaste”.

 

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Cuando se dieron por vencidos, mientras volvían a la cabaña de Báez, Azzolini dice que los dos pensaron: “Ojalá que se la hayan encontrado y se la hayan comido los perros o los chanchos”.

 

Los animales aparecen en el final de esta historia. Los investigadores también se preguntaron si para desaparecer cualquier rastro los asesinos arrojaron los restos de la víctima en una de las chancherías que abundan en la zona. O si lo perros de los barrios desérticos pudieron haberlos consumido. También creen que una solución final para los homicidas pudo haber sido tirarlos en el vaciadero municipal, donde existe una sección para las sobras de los animales faenados en los frigoríficos de la región. Si es así es prácticamente imposible que aparezcan: son toneladas de huesos, montañas sanguinolentas que pueden ocultarlo todo. Una mujer del barrio se presentó ante la jueza Suárez una mañana poco después de la detención de los amigos. Contó que Azzolini conocía bien al jefe del basurero, un tal Castillo. Cuando lo fueron a buscar el hombre había pedido una licencia sin goce de sueldo en su empleo de años en la Municipalidad. No hay rastros de él. Nadie ha podido ubicarlo. Como el cuerpo de Marcela Chocobar, también está desaparecido.

 

***

Esta investigación fue realizada por Cristian Alarcón para Chequeado.com y se publica en forma conjunto con Revista Anfibia. Chequeado es una organización dedicada a la verificación del discurso que busca mejorar la calidad del debate público en la Argentina.

Este artículo forma parte del proyecto “Investigación y datos: Chequeado sin corsé”, que incluye más de 12 producciones a publicarse antes de fines de 2016 en el sitio especial “Chequeado Investigación”, y que fueron financiadas gracias al apoyo de Open Society Foundations (OSF).

 


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