Cansada de los recortes presupuestarios y sin alternativas de financiamiento, la científica española Luisa María Botella concursó en el programa Atrapa un millón. No ganó tanto, pero al menos logró los euros para pagar el sueldo de un técnico de laboratorio durante un año. Una historia en la que la crisis, la ciencia y el azar se cruzan con un mercado que sólo invierte en medicamentos rentables.
—¡Atención que nos jugamos ciento quince mil euros!, ¿eh, parejita? —dice Carlos Sobera, el presentador de Atrapa un millón, el programa de TV donde muchos españoles, cada vez más, buscan llevarse fajos de euros apelando al saber y el azar.
La cámara desciende en picado. A la derecha, el conductor. A la izquierda, dos que se abrazan: los hermanos Luisa y Juan Botella. La parejita que busca llevarse más de cien mil euros. Él es periodista; ella, genetista. Se presentaron al programa con una misión: conseguir los euros necesarios para que Luisa pueda continuar pagando a su equipo de investigación.
Todo el estudio de televisión es un anfiteatro pastel: violáceo, azulado, rosa. Los protagonistas están de pie sobre una plataforma circular cercada por barandas. Sobre una mesa semicircular hay monitores que si responden mal se tragarán los billetes. En una esquina de esa mesa, un montón de billetes: veintitrés paquetes de cinco mil euros. De derecha a izquierda, del último al primero, estos letreros en cada uno de los monitores: “Jugar al baloncesto”, “Leer a Stephen King”, “Ponerse la vacuna del tétanos”, “Tatuarse a Piolín en el brazo”.
—¿Qué podía hacer una persona del siglo XIX? —dice el presentador, leyendo la pregunta en una pantalla más grande.
La respuesta es una de esas cuatro opciones: la boca de uno de esos monitores nunca se abrirá. Comienza a andar el cronómetro.
—A ver: leer a Stephen King no —dice el hermano Botella mientras camina hacia los monitores—. Jugar al baloncesto yo creo que tampoco.
—¿Tatuarse a Piolín en el brazo? Piolín no puede ser —interviene la hermana Botella con voz de mezzosoprano.
—¡Tétanos!
—Tétanos. Puede ser que fuera una de las primeras vacunas —razona ella—. Porque leer a Stephen King… Stephen King es de este siglo.
En 2012, el gobierno de Rajoy recortó un 35% el presupuesto para ciencia y convirtió al Ministerio de Ciencia e Innovación en una Secretaría de rango menor. Ya en 2010 la administración de Rodríguez Zapatero había reducido un 40% los contratos del personal de todos los grupos de investigación del Centro de Investigaciones Biomédicas. Allí trabaja Luisa. Por los recortes se quedó sin técnico de laboratorio. Luisa busca una cura para la telangiectasia (HHT), una alteración genética de las células de los vasos sanguíneos que hace sangrar mucho por la nariz a un millón doscientos mil personas en todo el mundo. La HHT es una enfermedad crónica. Y rara: afecta a cinco de cada diez mil.
Ahora están los dos hermanos repartiendo los fajos entre las pantallas sobre las que dudan menos, sobre las que esperan que no abran sus bocas. Es en lo que consiste todo: cuanto más apuesten al que se mantendrá cerrado, menos dinero perderán.
—¿Jugar al baloncesto? ¿Cuándo se inventó el baloncesto? —dice ella—. ¡Ponle algo al baloncesto!
El cronómetro corre, quedan diez segundos. Luisa, por si acaso, razona también sobre Piolín, hasta que Juan la interrumpe:
—¿Cuánto es lo mínimo para una investigación de la asociación?, pregunta con ambas manos sobre los billetes.
Ella le pasa dos fajos más.
Así han quedado entonces sus apuestas: veinte mil euros al baloncesto; noventa y cinco mil euros a la vacuna del tétanos.
Ella sigue la perorata: cree que sí, que una de las primeras vacunas del diecinueve fue la del tétanos, porque tatuajes, tatuajes han existido siempre, pero Piolín es de los años sesenta del siglo veinte.
La música de fondo incrementa la tensión. Un plano americano muestra a Carlos Sobera con los brazos cruzados y una mueca de cejas levantadas. El cronómetro se detiene en los dos ceros.
—¡Tiempo! —Sobera juega con la tensión—. Bueno, pues hemos hecho bien dividiendo, ¿no? Pero, ¿las vacunas ya existían en el siglo diecinueve?
—Sí, sí —responde Luisa—. Yo creo que las vacunas empezaron en el siglo diecinueve.
—Ahora, la del tétanos yo no lo sé. Tengo que confiar en mi hermana —dice Juan, mirando a Luisa.
—Bueno, tampoco es que sea mi fuerte —replica Luisa.
—¡Comprobamos! —eleva la voz Carlos Sobera.
La noche del 2 de agosto millones de españoles ven en sus televisores a los hermanos en pantalla partida: él con el puño en la boca; ella todavía murmurando. Otro plano cenital de los monitores: la mayoría de los billetes en los tétanos, el resto en el baloncesto.
Se abren las fauces del primer monitor, el de Piolín. Se van cero euros. Se abre la boca del tercero, el de Stephen King. Ningún billete. Luisa se tuerce los dedos.
—Que sea el tétanos. Que sea el tétanos —implora Juan.
Cuando le toca el turno al monitor de la vacuna, los hermanos lo ven tragarse noventa y cinco mil euros. “95.000 € SE VAN”, dice en el monitor.
—Era el baloncesto. Se inventaba en una escuela de Estados Unidos en el año de 1891, chicos, devela el presentador. Solo nos quedan veinte mil ¡Recogemos el dinero!
***
Luisa es vocal científico de la Asociación HHT española. Fue a Atrapa un millón con su hermano menor a buscar fondos para la investigación que sigue hace diez años en el Centro de Investigaciones Biológicas, adjunto al Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.
La crisis y las medidas de ajuste se llevaron puesto recursos de lo que en España abrevian como I +D: Investigación y Desarrollo. Los presupuestos generales del Estado de 2012 destinan a este renglón unos dos mil millones de euros menos que el año pasado, un recorte de veinticinco por ciento. El Consejo Superior del que depende el trabajo de Luisa Botella tiene previsto terminar el año con diecisiete millones de euros menos que en 2011.
Cuando en mayo de 2010, recortaron los contratos del personal de los Centros de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras, Luisa perdió a su técnico de laboratorio. Se quedó solo con una tesista doctoral que terminaría su trabajo este año.
Por eso fue al programa de televisión favorito de su madre.
La otra pregunta en la que fallaron los hermanos Botella fue una de sentido común: ¿Qué podemos pasar por el control de seguridad en un aeropuerto como equipaje de mano?
Esta vez fueron más cautelosos y pusieron solo un fajo en la opción de la cuchilla de afeitar, porque Juan recordó haber colado una en algún viaje. La respuesta correcta era el cortaúñas, a las que habían puesto los otros quince mil con los que al final se fueron.
Los euros alcanzan para recontratar a un técnico de laboratorio por un año, a partir de octubre.
—No me daban vergüenza ni el público ni las cámaras. Lo único que quería era que no nos fuéramos sin nada, la carga psicológica de decir: si voy a concursar para la asociación y la enfermedad, no quiero irme sin nada—recuerda un mes después, sentada en su despacho de Madrid, Luisa María Botella.
***
Veinte personas fundaron la Asociación HHT España en 2005. Hoy son casi seiscientos. Solo la mitad paga la cuota anual de 100 euros. No hay dinero que alcance.
La sede de la asociación es el laboratorio 109 del Centro de Investigaciones Biológicas. Cada seis meses sus miembros hacen las asambleas en la sala de visitas. El resto del contacto, por internet. Luisa pasa mucho tiempo aquí: escribe artículos especializados en los que explica los hallazgos genéticos y moleculares de la enfermedad y de sus tratamientos, y responde uno a uno a los pacientes que escriben en los foros de la página web de la asociación.
En el suelo del laboratorio 109 hay un par de pantuflas de recambio para cuando está mucho tiempo de pie. Pocos muebles y mbjetos de la experimentación científica: embudos, matraces, vasos, probetas, cajas, tapas, centrífugas, el símbolo de la radioactividad. Y microscopio, claro.
Solo se oye el péndulo de las básculas, hasta que Luisa irrumpe para hablarle a la becaria. Le dice “endoglina”, “KLC6”, “gen regulador”, mientras revisan los cultivos que han hecho hace quince días.
A veces –hoy no- hay jaulas con los ratones. Con ellos, la tesista doctoral hace sus experimentos sobre esa proteína. Esta mañana, en el laboratorio 109 están Luisa, dos tesistas doctorales y la becaria. Para estar muy bien, necesitarían al menos tres investigadores más, pero para eso no hay fondos, dice Luisa. Por lo pronto, la prioridad es la técnico.
Y para eso están los quince mil euros de Atrapa el millón.
Quince mil euros. La cifra por la que el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, demandó a un crítico de cine español por llamarlo “nazi portugués”. O lo mismo que cuesta el Elantra 2013, un auto con motor de cuatro cilindros, ciento cuarenta y ocho caballos de fuerza y seis velocidades. Quince mil euros al mes le paga la actriz Halle Berry a su ex marido tras el divorcio.