Es difícil que el cambio climático aparezca en los principales titulares de los medios y en el debate público. El escritor italiano Bruno Arpaia rescata el tema para advertir que el desastre ecológico está demasiado cerca. Adelanto de “Algo, ahí fuera”, un libro editado por Alianza Literaria que acaba de publicarse en castellano.



Ya nadie recordaba con exactitud cuándo había comenzado todo. Quizá porque no había existido un verdadero comienzo, porque se había tratado de una alianza lenta e implacable de acontecimientos imperceptibles, de alteraciones mínimas que, al menos en apariencia, cambiaban poco o nada, hasta que, casi  de golpe, se encontraron con el desastre. Teoría de las catástrofes: una teoría de finales del siglo xx sobre los cambios imprevistos causados en un sistema por ciertas alteraciones peque­ñas y sucesivas, como el paso de una larva a mariposa o un nubarrón que se convierte bruscamente en lluvia, pero también la ruina a la que se había precipitado el mundo casi sin darse cuenta.

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Livio Delmastro, en cambio, recordaba. Se acordaba perfectamente de cuando, siendo niño, vio la famosa imagen del oso polar atrapado en un trozo de banquisa a la deriva entre los hielos del Ártico que comenzaban a fundirse. El mundo rico se estremeció. Delante de aquella foto, millones de personas con la barriga llena experimentaron miedo, indignación, pánico al apocalipsis que se avecinaba… Y luego, inmediatamente después, se pusieron a pensar en otra cosa. Sí, la historia bien pudo comenzar ahí. Livio conservaba en los oídos las precipitadas discusiones que siguieron, las charlas sobre las bombillas de bajo consumo y la necesidad de utilizar menos el coche que escuchaba continuamente a los adultos y en la televisión. Recordaba haber oído que en el año 2015, en París, ciento noventa y cinco países suscribieron por primera vez un acuerdo global sobre el clima. A muchos les pareció un giro, una auténtica revolución, pero, en realidad, el compromiso de las naciones para reducir las emisiones causantes del efecto invernadero, en sí mismo insuficiente, era solo voluntario. Para colmo, no existía ningún organismo con poder suficiente para hacerlo respetar.

 

Así fue como la revolución acabó en fracaso. Ahora todo el mundo sabía que las advertencias y los acuerdos solo sirvieron sobre su destino, pero no bastaban; más aún, eran completamente inútiles. En el fondo, la humanidad continuaba creyendo que podría reparar la fisura del muro sin comprender que tal vez ya era tarde: la hendidura de la pared se estaba agrandando y antes o después el edificio se vendría abajo.

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En aquella época Livio era solo un niño. Vivía en Nápoles, cursaba el primer año de bachiller, se volvía loco con la música wak, era un fanático de la salud y, como todos sus compañeros, se preocupaba mucho por el ambiente por eso daba la matraca a sus padres para que dejaran de fumar o para que le dieran un dinero que pretendía enviar a una de tantas organizaciones ecologistas empeñadas en salvar a los osos polares o al ornitorrinco. Cuando se matriculó en la universidad, a los dieciocho años, fumaba ya una cajetilla diaria y había comprendido que el problema no se limitaba a los osos polares que atacaban a los delfines o recurrían al canibalismo para no morirse de hambre, ni siquiera al hecho de tener que aguantar veranos más cálidos o algún que otro tifón caribeño hasta en las costas de la Europa occidental. Había daños mucho más graves, pero el mundo estaba ocupado con otros problemas, aunque todos, políticos incluidos, se decían ambientalistas, al menos de palabra, porque ser «verde» no costaba casi nada y ganaba votos.

 

En realidad, solo unos pocos se habían olido la enormidad de lo que acechaba a la vuelta de la esquina. Hasta los expertos de la ONU y los del IPCC, siglas en inglés del Grupo Intergubernamental de Expertos en el Cambio Climático, que habían comenzado a publicar informes regulares sobre la situación del planeta, lanzaban advertencias preocupantes y fijaban límites insuperables a las emisiones de gases causantes del efecto invernadero, pero fueron incapaces de introducir en sus esquemas la retroalimentación que posiblemente estaba influyendo ya en el clima y subestimaron muchos factores de riesgo. Lo cierto es que aún no sabían calcularlos. Hablaban de reducir en un cincuenta por ciento las emisiones contaminantes, de no superar en la atmósfera las cuatrocientas cincuenta partes por millón de dióxido de carbono y de no sobrepasar los dos grados de aumento de la temperatura mundial, pero solo unos cuantos científicos independientes y aguerridos seguían repitiendo que aquellas medidas eran insuficientes y que se requerían métodos más drásticos para evitar lo peor, si es que aún podía evitarse.

 

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Livio recordaba que en aquella época el debate giraba en torno al llamado «punto de no retorno»: ¿a cuántos grados de aumento de la temperatura media de la Tierra, a cuántas partes por millón de dióxido de carbono en la atmósfera se sobrepasaría ese punto? ¿Y en qué año ocurriría, si el mundo no adoptaba medidas para impedirlo? En la época no se sabía con certeza. Se conocía, eso sí, que una vez superado el umbral, probablemente más de dos o tres grados de incremento de la temperatura media, el calor fundiría los hielos de agua dulce de Groenlandia y del Antártico occidental, lo que produciría un ascenso de los mares y, para colmo, la pérdida de una amplia superficie reflectante que hasta entonces devolvía una parte del calor solar; incluso el permafrost, el territorio eternamente helado en las latitudes más septentrionales, comenzaría a fundirse y a liberar hidrato de metano, un agente calórico veintidós veces peor que el dióxido de carbono, con un efecto combinado cada día más potente. En ese momento el calentamiento mundial se habría convertido en un proceso capaz de alimentarse a sí mismo: llegaría un día en que los mecanismos disparados por el aumento de la temperatura, por el deshielo de la tundra y la fusión de los casquetes árticos escaparían a toda posibilidad de control y ellos solos volverían a crear el

mundo sin el permiso de la humanidad.

 

Por eso se hizo activista.

 

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