Los refugiados comenzaron a poblar el Distrito 19 de París en julio. Llegaron a ser más de 3.800 en 1.500 metros y sin ningún tipo de asistencia estatal. Parecían haber caído desde los árboles de la calle, contó una vecina. La solidaridad surgió, al principio, en gestos aislados y luego en una red fuera de toda estructura. ¿Cómo se transforma un barrio ante una emergencia humanitaria? Una historia que pocos medios reflejaron.



Traducción: Pascale Cognet

Fotos: Colectivo P’tit Dej à Flandres

 

 

“Vengo de Darfur…

Vienes de Darfur…

Él (o ella) viene de Darfur…

Venimos de Darfur…”

 

Son las seis y cae una densa y húmeda noche en la rotonda de Stalingrado, en el Distrito 19 de París. Como un coro improvisado sobre las tres escaleras empinadas decenas de migrantes sudaneses y eritreos repiten un diálogo:

 -¿Cómo estás?

-Estoy bien…

-Y vos, ¿cómo estás?

-Yo estoy bien…

 

Lo hacen con un cuaderno o una simple hoja sobre las rodillas, el gorro atornillado en la cabeza, una bufanda alrededor del cuello frente a un par de “profesores”. Dos son estudiantes jóvenes que se empeñan en enseñar las conjugaciones; después está Pierre, de pelo canoso, quien lucha con el uso del participio pasado. La escena conmueve a los transeúntes que al verla se detienen y esbozan una sonrisa. Es una especie de asamblea estudiosa y motivada que varía en su número según la época del año. Son decenas a la mitad del otoño y varios centenares cuando llega el verano. La imagen de los migrantes que se complacen en la miseria o que representan una amenaza desde los televisores se disuelve en estas escalinatas.

 

Pierre no se da cuenta que empiezan a caer las primeras gotas. Está demasiado concentrado en las conjugaciones.  

 

- ¡Está  llover! ¡Está llover!, gritan desde las escalinatas. Después llega el repliegue estratégico, cuadernos empapados y manos heladas. La cita es para el otro día a la misma hora, mismo lugar. En la primera fila, Yacine, un sudanés llegado hace algunos meses a París, cierra su anorak y regresa a Sarcelles, en las afueras de la ciudad, donde se concentra la mayoría de los inmigrantes. Mientras, bajo la lluvia fina, Baptiste Pelletan conversa con el pequeño equipo de profesores voluntarios. Es un ex estudiante del Centro Nacional de Investigación Científica y del Museo de Historia Natural y un precursor de estas clases al aire libre. No se trata de una idea nueva, pero fue desarrollada con una notable eficacia por Baptiste y algunos voluntarios en el seno del BAAM, la Oficina de Acogida y de Acompañamiento a los Migrantes, una pequeña asociación nacida el año pasado tras la ocupación por varios centenares de refugiados del Instituto Jean Quarré, en el Distrito 20, al norte de París. En un año, el BAAM multiplicó por decenas las clases de francés tanto en Stalingrado como en todo París. Usan las plazas, las bibliotecas, las mediatecas o las asociaciones.

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 Y a Baptiste no le faltan voluntarios. Consulta su Smartphone, revisa los cuadros Excel y dice: “Entre el 17 de octubre y el 10 de noviembre, 262 voluntarios se anotaron para dar clases”. El 95% es mujer. La página Facebook de BAAM y sus casi 10.000  “Me gusta” también refleja la feminización de la solidaridad hacia los migrantes. Una constante que también se repite en Stalingrado: desde las clases de francés hasta la repartición de comidas, la movilización es mayoritariamente femenina.

 

 Viernes 4 de noviembre, seis de la mañana. La evacuación por 600 policías y carabineros en directo (“la puesta al abrigo” según la jerga de la Jefatura de Policía de París) de unos 4.000 inmigrantes durmiendo en el suelo entre el Canal San Martín y la Rotonda de Stalingrado y la Avenida de Flandres tuvo mucho eco en la prensa nacional. Desde entonces quedó el silencio y el terreno libre asegurado por furgonetas de carabineros estacionadas cerca del canal del Ourcq o del Boulevar de la Villette, frente al café el  “Todo va mejor”.

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 El arriate central de la avenida de Flandres fue enrejado como las inmediaciones del metro. Las carpas fueron reemplazadas por mesas de ping-pong, redes de voley, árboles y puestos de una feria de Navidad. ¿Qué quedará de esta movilización formidable de vecinos que desde el verano distribuyeron miles de desayunos, comidas, ropas, sacos de dormir, medicinas, productos de higiene, zapatos y tarjetas telefónicas? Aparentemente, poca cosa. Sin embargo, en la calle Muelle del Sena, en el paseo Signoret-Montand, algunas decenas de menores de edad  y adultos se pasean a orillas del canal, las manos en los bolsillos, en dirección a las mesas puestas al lado de la escultura monumental de hierro, la bien nombrada “Horizontes suspendidos”.

 

Antes de la evacuación. Son las 8 de la mañana, el equipo de los “P’tit Dej à Flandre” [NdT: abreviación de Desayunos en Flandres] sigue con su puesto de distribución: té, pan, mermelada, crema de avellanas. Ya no es la oleada de septiembre cuando el dantesco campamento ocupaba la mitad de la Avenida de Flandres y llegó a tener 3.800 inmigrantes en 1.500 metros de calle. Sólo quedan los recién llegados.

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A mediados de noviembre, Claire Peslerbe no podía disimular su agotamiento. Hacía tres meses estaba en la calle ayudando a los inmigrantes del campamento. Había empezado sola, vive sobre la avenida de Flandres y, a la vuelta de sus vacaciones, no soportó tener que andar saltando por encima de los cuerpos “algunos envueltos en sábanas, otros con sacos de dormir. Parecían que habían caído desde los nidos de los árboles”. Claire recuerda aquel verano como un torbellino, una aventura humana extraordinaria de la que aparentemente aún no se recuperó. ″Al principio, sentís consternación impotencia. ¿Qué hacer?, te preguntás. Hice de tripas corazón y me acerqué. Era julio. Primero me puse a conversar con las mujeres. La mayoría era de Eritreas y Somalía. Eran unas pocas palabras en inglés. Las invité a mi casa para que tomen una ducha, para que laven su ropa. Ellas no querían incomodarme, se sentaban en un rincón del sofá. ¿Cómo apoyarlas, orientarlas? Les enseñé un mapa de París, me di cuenta de que no tenían ninguna noción de las distancias, una de ellas sólo conocía ‘Calais’”. [NdT: Calais es una ciudad del norte de Francia donde estuvo el mayor campamento de inmigrantes. Fue evacuado por las autoridades el 26 de octubre pasado].

 

Claire les enseñó videos para mostrarles cuan peligroso era atravesar el Canal de la Mancha, ellas creían que desde Calais era fácil llegar a Gran Bretaña en barcazas. “Totalmente inútil –dice- no les daba ningún miedo”. Como se había quedado sin ideas, les preguntó qué es lo que más les hacía falta. Sin dudarlo, me contestaron: ¡Música! Nos conectamos a Internet, escuchamos canciones, encontramos recetas de cocina de sus países. Había mucha alegría ¡Estaban súper felices!

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Principios de agosto, la lavadora de Claire funciona a toda marcha. Imitando lo que daba resultados en el muelle de Jemmapes [NdT: en el Distrito 10 de París] con los afganos, decide servir un desayuno cada mañana en el banco frente a su casa. Durante dos semanas baja un cubo de té, pan y frascos de mermelada que va repartiendo durante una hora o dos antes de irse al trabajo. Los migrantes la ayudan: cortan el pan. Otros vecinos la empiezan a acompañar. Ella gasta treinta euros al día. ¡No podía hacer más!”, dice. Fue en aquel entonces como surgió  el milagro de los Ptits dej’ à Flandres. Tal vez algún día un sociólogo estudie cómo nacen  estas cadenas de solidaridad, fuera de cualquier asociación constituida, fuera de cualquier red organizada. De la iniciativa solitaria de Claire nació una red de 170 personas. Voluntarios del barrio que se organizaron a través de las redes sociales para despertarse de madrugada a fin de repartir miles de desayunos. Fue así hasta el desalojo del 4 de noviembre.

 

Jérôme Musseau, joven profesor de Biología y uno de los soportes de aquel movimiento espontáneo, organizó la página Facebook y “una vaquita” on line, que recaudó 10.000 euros en algunas semanas. ″No nací bueno, pero un día eso pasa delante de mi casa. Pensás: ‘me joden la vida, tengo otra cosa qué hacer’. Pero luego te cae la ficha, te atrapa el movimiento, es como una droga.”

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Laurent, Fabienne, Jean Baptiste, Eric… Todos compartieron más o menos esa dulce euforia, llevados por la solidaridad del vecindario, un sentimiento comparable con lo que se vive en una lucha social o sindical. Todos reaccionan: el panadero de la calle Curial y una decena de colegas ofrecen panes; el supermercado del barrio abrió sus puertas para una colecta de mercancías; un restaurante se ocupó del suministro de termos de agua y de dar sus depósitos para almacenar la mercancía; en los patios de los edificios se lavaban las carpas.

 

“La geografía humana y afectiva de tu barrio es la que se transforma. Los vecinos se redescubren. Desde la evacuación del 4 de noviembre, Jérôme  evoca, medio bromeando, su “refugiados blues”. Claire dice más o menos lo mismo: “Al principio, frente a este desamparo, uno siente inhibición. Es normal. Cuando logra superarlo, decís: pero ¿por qué no lo hice antes?”.


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