“Los entrenadores –dijo el italiano Giovanni Trapattoni- son como el pescado: pasado un tiempo, empiezan a oler mal”. No importa si el campeonato es corto, largo o superliga: los directores técnicos son los fusibles que saltan cuando el equipo pierde. En cuatro meses, trece DT de Primera dejaron su cargo. Alejandro Wall habló con entrenadores de todas las categorías para entender cómo es vivir sometido al estrés permanente de ser despedido.



Hay un día que es el día del director técnico. Se festeja el 13 de noviembre. Chacarita saludó para esa fecha a Walter Coyette con un tuit. “¡Feliz día, Gastón!”, le escribieron desde la cuenta del club en un flyer sobre su figura. Quince días después, Coyette anunció que dejaba el cargo desde sus redes sociales. Chacarita había perdido el séptimo partido del torneo, en el que sólo ganó uno y empató tres. Los dirigentes habían dicho que lo apoyaban, querían que siguiera. Coyette les agradeció, pero dijo que se iba. Sin saberlo, es probable que su decisión haya sido un homenaje a un aforismo de Alfredo Davicce, el ex presidente de River: “Mi obligación es respaldar al técnico hasta cinco minutos antes de echarlo”. 

 

Los entrenadores de fútbol manejan el joystick de nuestro humor. Son los administradores de la angustia ajena. Una vez, durante una cena, un grupo de amigos le reprochó a un periodista deportivo que reclamara con tanta vehemencia la renuncia de un técnico de la selección: que jugaba con el trabajo del otro, que no estaba bien, hay familias que viven de eso, le decían. Lo trataron de buchón. “¿Saben qué pasa? –frenó el periodista a sus inquisidores- Que no es un trabajador como cualquiera, tiene que armar un equipo, laburar para la felicidad de los demás. Si no puede hacerlo, se tiene que ir por el bien de todos”.

 

Esa respuesta vive en la base del imaginario social sobre los técnicos; es la razón por la que se trata del oficio con más reclamos colectivos de renuncia, quizá después de los funcionarios públicos, bajo la noción tribunera de que con algunas cosas no se jode y el fútbol es una de ellas. Un andate permanente. Hay que sacar a los árbitros, que cumplen el rol del villano necesario. Los técnicos, a diferencia de esos hombres, también construyen cariño, pueden convertirse en ídolos, son llevados en andas, les hacen monumentos, y les dedican cantitos y banderas. Pero todo pasa. “Los entrenadores –dijo una vez el italiano Giovanni Trapattoni- son como el pescado: pasado un tiempo, empiezan a oler mal”.

 

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En el fútbol, no hay tarea más inestable que la de dirigir a un equipo. En 2015, el canal DeporTV publicó un informe sobre la duración de los técnicos en el fútbol argentino. Se analizó lo que había ocurrido durante los cinco años previos en los equipos de Primera División: en promedio, un entrenador dura 45 partidos en un equipo. Como toda estadística despersonalizada, no refleja los absurdos. Sólo en la primera parte de lo que se llama Superliga, se fueron trece técnicos, uno por fecha. Nelson Vivas renunció a Defensa y Justicia a los cinco partidos –cuatro por torneo y uno por Copa Sudamericana- después de una pelea con los dirigentes. El uruguayo Gustavo Matosas se fue de Estudiantes después de siete partidos. Sebastián Méndez duró seis meses en Belgrano de Córdoba. El torneo que llegaba para formar a los Alex Ferguson del futuro también escupió a Diego Aguirre de San Lorenzo, a Mario Sciaqua de Olimpo, a Diego Cocca de Racing, a Paolo Montero de Rosario Central, a Omar De Felippe de Vélez, a Gustavo Álvarez de Temperley y a Mauricio Larriera de Godoy Cruz. A Coyette de Chacarita. Y al mismísimo Humbertito Grondona de su casa, Arsenal de Sarandí. Sumemos a Ricardo Caruso Lombardi, que presupuestó su huída de Tigre dos fechas antes. El caso de Jorge Almirón podría ser el decimotercero si no fuera porque tuvo una salida ordenada, después de dos años, con un título de Primera, una Supercopa y una Copa Bicentenario, además de haber llegado a la final de la Copa Libertadores.

 

—El entrenador —dice Ángel Cappa— es el más vulnerable. Y lo curioso es que no depende ni de su capacidad, ni de su trabajo, ni de lo que aporte en el mejoramiento de los jugadores. Sólo del resultado del próximo partido, cosa que no depende sólo de él sino de todo el grupo, aunque sea el principal responsable.

 

El técnico es lo que sobresale. Es el que arma el equipo, el que hace los cambios, el que enfrenta a la prensa antes y después de los partidos, el que se para en el corralito de cal, el que enfoca la cámara cuando hay un gol rival, el que tiene a un periodista a un costado para decir cuándo grita, cuándo está tranquilo, cuándo da una indicación, cuándo mira a sus suplentes. El nombre del entrenador está resaltado con fibrón fluorescente, es lo primero que detecta la ira del resto.

 

—Tenés que tener la piel muy dura para ser técnico —dice Roberto Saporiti, que a los 78 años, después de una carrera de cuatro décadas como entrenador, dirige a la UAI Urquiza en la Primera B Metropolitana—. Porque el técnico siempre queda solo. Está en medio de un círculo. Quiere salir para un lado y están los dirigentes, quiere salir para el otro y está el periodismo, los jugadores, la hinchada.

 

—Marcelo Marquez, el psicólogo deportivo con el que trabajamos muchos años, realizó un estudio y determinó que la del entrenador es una de las tres profesiones más estresantes del mundo —cuenta Mariano Soso, entrenador de Gimnasia—. Pero no quiero ser dramático, porque también está el privilegio de hacer lo que nos gusta y no quiero ser injusto con el laburante que pone el cuerpo y sus manos para un dueño, que luego se lleva lo que el hace. Es una profesión compleja, pertenecemos a un medio donde el entrenador en cuanto gana es reconocido y puede cotizarse, y en cuanto a sus equipos no alcanzan el triunfo se devalua y pierde reconocmiento. Es la lógica que impera en un fútbol mercantilizado, pero hay una contracultura dentro del mismo medio y cada vez son más los entrenadores que intentar batallar y dar pelea reinvidicando otros valores que no están asociados al exitismo.

 

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—Mucha gente trabaja de lo que puede y yo trabajo de lo quiero, no todos tienen el privilegio de hacerlo —dice Gustavo Alfaro, entrenador de Huracán—. Me moviliza una pasion y una profesion que elegí habiendo dejado de lado otra. Mi vida tomó otro camino.

 

Alfaro jugó sólo tres años como profesional en Atlético Rafaela. Estudiaba ingeniería química cuando decidió dejar la carrera para ser entrenador de fútbol. Le faltaban diez materias para recibirse. Tenía treinta años cuando debutó en el banco del mismo equipo en el que había sido futbolista.

 

—Quise ser como entrenador lo que no había podido ser como jugador. Fue una decisión difícil, pero la tomé porque seguí lo que quería. Y desde hace veinte años, mi lucha es por la dignificación del jugador y del entrenador.

 

Para Cappa, se trata de un oficio más que de una profesión. Y se dice “entrenador” más que “director técnico”.

 

—El entrenador —explica— prepara a un equipo para juegue. O sea, lo entrena. Por eso, es más preciso llamarse entrenador que director técnico. A la vez, yo siempre viví el fútbol con un sentimiento amateur, por lo que me resulta más apropiado decir que es un oficio más que una profesión.

 

—Somos entrenadores —coincide Soso—. Tenemos el ejercicio de entrenar un equipo, de conducirlo, de liderarlo.

***

La asociación que los reúne, creada el 12 noviembre de 1963, se llama Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino (AFTA). De esa organización gremial nació en 1971 el Convenio Colectivo. Pero las discusiones, en su inicio, eran otras. “Este Consejo Directivo –dice un acta de 1964- destaca y aplaude los gestos de los asociados Luis Ferreyra, Néstor Rossi y Antonio Faldutti, quienes han preferido renunciar a sus cargos en las respectivas instituciones antes que permitir cualquier interferencia de terceros en sus tareas específicas, hechos que concuerdan y robustecen los principios de la  ATFA en cuanto a jerarquizar y dignificar nuestra profesión”. La AFTA es la única institución que entrega el título oficial, el requisito para salir a la cancha con un equipo además de que te contrate un club. El curso dura dos años y se puede hacer online.

 

Uno de los que puso el nombre de AFTA sobre la mesa fue Ricardo Caruso Lombardi, el año pasado, cuando le reprochó en un programa de polémicas al secretario general, Victorio Cocco, que no lo hubiera defendido al intentar cobrar un contrato con Arsenal. Cocco hace más de veinte años que ocupa ese cargo. Ahora, según contó el periodista Matías Muzio, un grupo de entrenadores entre los que está Julio Falcioni, Omar De Felippe y Caruso Lombardi quiere desbancarlo o armar un sindicato paralelo.

 

—Lo hablamos con un grupo de entrenadores cuando estalló la crisis un tiempo atrás y no teníamos una representación gremial como la que tienen los jugadores con Agremiados —dice Alfaro.

 

El ejemplo es siempre el mismo: cuando un jugador tiene deudas, Agremiados presenta una inhibición contra el club, que no puede contratar refuerzos ni vender jugadores. Esa herramienta le permite presionar a los dirigentes en épocas de mercado de pases, además de tomar medidas de fuerzas, como el paro que retrasó el inicio del torneo a principios de año. La única herramienta del entrenador es el juicio laboral.

 

—El entrenador está totalmente desamparado —sostiene Cappa—. Inclusive aunque lo respalden y apoyen todos sus jugadores, hay muchos intereses a su alrededor que esperan su caída. Más todavía si se trata de un entrenador honesto que no entra en corruptelas desgraciadamente habituales.

 

—El periodismo juega un papel fundamental —dice Saporiti—, no sólo en la Argentina, pero no creo que haya en el mundo un país con tantos programas de fútbol. Me pone contento porque son fuentes de trabajo, acompaño eso, pero el mensaje que mandan tiene incidencia en el día a día de los técnicos.

 

—La prensa, salvo excepciones, que las hay, manipula el pensamiento del hincha para convertirlo en un consumidor. Y lamentablemente en ese sentido tiene mucho éxito —agrega Cappa.

 

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***

A algunos los llaman defensivos y a otros líricos, a unos les hicieron fama de sacapuntos y otros se ganaron que los llamen vendehumo; están los tacticistas, los obsesivos, los motivadores, los ultraofensivos, los jugadoristas, los gritones, los reflexivos, los tecnológicos y los bohemios; están los que admiran la escuela holandesa y los que crecieron bajo el sistema de riego bielsista, en general rosarinos. Aunque ningún muro en el fútbol argentino se levantó tan grande como el que separó a las repúblicas menottistas y bilardistas, una nomenclatura que todavía se utiliza para establecer estilos. Pero cuando se barren esas diferencias, lo que queda es lo mismo, casi un consenso: un sistema que sube y baja entrenadores sin otra variable más que la del resultado, y siempre inmediato, nunca de largo aliento.

 

—Es muy delgada la línea divisoria entre el éxito y el fracaso, pero tenés que trabajar no pensando en la inmediatez —dice Alfaro—. Siempre es más sencillo prescindir de un entrenador. Arrancamos con el cien por ciento de apoyo y morimos enterrados sin crédito en el medio de la cancha. Lo vas viviendo en carne propia, pero hay algo importante: no tenés que sentirte mal cuando las cosas no salen.

 

—Nunca le presté atención a esas presiones –apunta Cappa-. Siempre trabajé con vistas al partido venidero, tratando de que el equipo pueda jugar lo mejor posible. Como si me fuera a quedar toda la vida en ese club, aunque supiera, lógicamente, que dependía exclusivamente de los resultados inmediatos. Pero mis decisiones nunca estuvieron contaminadas por esas presiones.

 

—Forma parte de una lógica y de una dinámica que está planteada de esa manera —agrega Soso—. Por otro lado, refuerza una cultura de la inmediatez. Hay mucha intolerancia al tiempo como una plataforma que permita la construcción. Como sujetos, estamos muy atravesados por esto de que hay que conseguirlo ya sino no sirve, no vale.

 

Ser entrenador implica ser echado muchas veces y ser echado, incluso, después de unos pocos partidos.

 

—La única vez que me pasó algo así fue en Boca —recuerda Saporiti—. Duré seis fechas. Pero tuve la suerte de encontrarme con dos caballeros como Antonio Alegre y Carlos Heller, grandes personas. Me quisieron pagar parte del contrato y no se lo acepté. Cobré hasta el último día en que trabajé.

 

No todos los técnicos que se quedan sin trabajo pueden volver a sus casas sin cobrar todo el contrato, con la tranquilidad de esperar a lo que vendrá. Sin irse tan abajo en la escala social, en el proletariado del Ascenso, por ejemplo, hay historias más relacionadas con llegar a fin de mes.

 

—Siempre tuve un trabajo aparte —cuenta Néstor Ferraresi, con una larga carrera como jugador en el Ascenso y que trabaja como entrenador desde hace veinte años—. Pero hay momentos en que es complicado. En la B Nacional viajás mucho. En la B Metropolitana también se te complica.

 

Ferraresi trabajaba como tornero en el taller de su padre, en Caseros, cuando en 2006 consiguió el ascenso con Deportivo Merlo, un equipo que además era elogiado por su buen juego. Era entrenador por la mañana y obrero por la tarde. Ese trabajo extra le permitió, muchas veces, que la posibilidad de perder el sueldo del fútbol no fuera un condicionante si consideraba que tenía que dejar un club o, como les pasa a tantos, ser despedidos.

 

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—Quedarse sin trabajo es parte del oficio del entrenador. Está naturalizado, lamentablemente. Uno aprende a convivir con eso. Yo me he ido un montón de veces de clubes. Otras me echaron. Pero nunca tuve que bancarme cosas que no me gustaran para no quedarme sin trabajo. Uno tiene que tener dignidad y dignificar lo que uno hace. Yo amo el fútbol y nunca traicioné mis principios.

 

Alguna vez, Ferraresi tuvo que pedirle a los jugadores que llevaran pelotas para un entrenamiento. Con esas limitaciones se lidia en el Ascenso.

 

—Si terminara todo en un 4-4-2 o un 4-3-3 sería todo más fácil. Pero es un trabajo más profundo. Hay días en los que vas en el auto al entrenamiento y no sabés con qué te vas a encontrar: problemas con la infraestructura, jugadores que trabajan, que tienen problemas en la casa, que no cobran. Siempre te falta algo. Y tu tarea es también hacer un poco de contención a muchos chicos, casi como si fuera unas maestro, porque la realidad social está brava. En el Ascenso se ven cosas que no se ven en la Primera División.

***

En la otra punta de la estructura del fútbol está el entrenador de la Selección, que tuvo su récord cuando Edgardo Bauza se fue 252 días de haber asumido, el período más breve de un técnico en ese cargo durante los últimos 43 años. Bauza también es un caso antólogico, un freelance del fútbol que dirigió tres selecciones en 2017: Argentina, Emiratos Árabes y Arabia Saudita, a la que sólo comandó en cinco amistosos. En algún momento, dentro de los últimos cuarenta años, ser técnico de la selección fue una tarea estable que podía durar hasta ocho años. Pasó con César Luis Menotti, pasó con Carlos Bilardo, ambos campeones del mundo, pero también pudo pasar con Marcelo Bielsa, que renovó su contrato después de haber quedado afuera en primera ronda de Corea-Japón 2002, aunque renunció dos años antes de terminar su segundo mandato. A Julio Grondona le gustaba administrar ese juguete sin sacudones.

 

Dirigir a una selección –ser seleccionador- tiene características particulares. Hasta parece otro oficio, acaso menos vertiginoso y más análitico, con una abundancia de recursos que en estos tiempos implica, por ejemplo, tener a Lionel Messi. Sin embargo, hay un trabajo cotidiano que no se ve, un backstage que, salvo para el técnico y sus colaboradores, para el resto de los humanos es una espera. Jorge Sampaoli llega todos los días a Ezeiza a las 7.30. Se va a las 16. ¿Qué hace un técnico de la selección cuando no hay partidos? Hace análisis y diplomacia. Los colaboradores de Sampaoli reúnen material de estudio. Sampoli busca en ese material aspectos más concretos. Un lateral que tenga ataque interno, otro que vaya mejor por afuera, que se asocie a los wines. Y mira fútbol, mucho fútbol, incluso a equipos a los que podría copiarle ideas. Alguna vez lo dijo Pep Guardiola: “Las ideas son de todo el mundo, yo he robado lo máximo posible”.

 

Pero la otra parte del trabajo de Sampaoli es más política, una diplomacia interna, la administración de las relaciones de fuerza con los dirigentes y también con los empresarios. Hay que lidiar con la AFA, hablar todos los días con su presidente, Chiqui Tapia, pero también cada tanto con los hombres de negocios, los que arman amistosos, sea Torneos o Word Eleven, la compañía de Guillermo Tofoni. Y están los medios de comunicación, la prensa que te requiere pero también que juega su partido para esos dirigentes y esos empresarios.

 

—La AFA es un Ministerio —dice un conocedor de ese país a escala—. El predio de Ezeiza es como una pequeña Municipalidad. Hay encargados en cada área. Hay personajes en cada recoveco. Todos tienen información. Todos producen información. Todos dan información. Tener de tu lado a toda la Municipalidad o elegir a quién tenés cerca y a quién no, es un arte.

 

En ese equilibrio, el entrenador en Primera, en el Ascenso o en la Selección, no está solo. A su alrededor hay una estructura sostenida de su trabajo, de su nombre. Una especie de PyME del fútbol en la que hay ayudantes de campo, preparadores físicos, psicólogos, a veces entrenadores de arqueros y ahora visualizadores y analistas de videos.

 

—Yo sé que tengo que mantener a cinco familias más además de la mía. Lo tengo claro —dice Alfaro—. Cuando decido irme, a ellos los dejo sin trabajo. Y a mi se me pueden abrir otras puertas, pero a ellos no.

 

El lado B del oficio es también que un técnico que acumula derrotas, que hilvana experiencia sin resultados, es capaz de volver conseguir trabajo.

 

—No todos —aclara Cappa—. Si responde al pensamiento dominante, si habla de esfuerzo, de trabajar, de luchar, de que lo único que vale es ganar, seguro que tiene mas posibilidades de trabajo que otros, que los que apuestan por el buen juego y tienen la osadía de proclamarlo.

 

Hay también ahí un juego de representantes, de marketing y lobby mediático. No son pocas las veces en las que un entrenador tiene reemplazante antes de dejar el puesto. Es una carrera sin reglas en las que en ocasiones lo que impera es el individualismo, una lucha sin cuartel para ocupar el cargo del otro, casi mirando con el rabillo del ojo el lugar de ese técnico que está a punto de caer.

 

—Cada entrenador cesado es una posibilidad de trabajo para muchos que esperan. Es el gremio menos solidario que se pueda pedir —dice Cappa.

 

—Es más complicado el tema, vos sabés que cuando estás dirigiendo hay gente afuera esperando que te vaya mal para tener posibilidades de trabajar. Más que con tu cuerpo técnico, estás solo —explica Ferraresi.

 

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—Ese individualismo te lo va forjando el medio —agrega Alfaro—. No es que apostás al fracaso del otro pero te vas encerrando más. No lo veo con una visión conspirativa. Yo dirijo hace veinticuatro años, calculá la cantidad de entrenadores que se recibieron en ese tiempo, y hace trece años que estoy en una de las ligas más importantes del mundo. No estoy pensando en que alguien espera que me vaya mal. Pero el medio nos ha transformado en individualistas y en hombres solitarios.

***

Los entrenadores adquirieron un protagonismo desmesurado en las últimas décadas. Si se hurga en la historia del fútbol, el primer equipo identificado con un técnico quizá haya sido el Racing del ‘66 y ‘67, que llevaba la marca de Juan José Pizutti, el “Racing de José”. Antes de eso, el entrenador se mantenía casi en el anonimato. No era un personaje de tapas de diarios y revistas, vivía bajo la sombra de los jugadores.

 

—Si me pongo el casette, te digo que lo más importante son los jugadores. Pero la verdad es que un cuerpo técnico es fundamental, es la base. Que me digan que los jugadores se van a dirigir solos. Entonces el técnico tiene una tarea fundamental, siempre respetando a los que juegan —dice Saporiti.

 

—Los comportamientos de los equipos —agrega Soso, el técnico de Gimnasia— están vinculados y asociados a la capacidad del entrenador de verter sus argumentos, de que su personablidad se vea reflejada y derramada en sus futbolistas. El entrenador ofrece una idea, un modelo, lo va construyendo, y debe contar con virtudes para que el jugador pueda llevar a cabo la idea. Somos generadores de contextos para que ese futbolista pueda expresarse con argumentos, y también somos responsables de las interacciones que se dan en el juego. El papel preponderante lo tiene el futbolista para poner de manifiesto la idea del entrenador, pero nosotros somos responsables de diseñar esa idea.

 

—El entrenador prepara al jugador, pero es el jugador el que decide en los partidos —dice Cappa—. Por lo tanto, es tan responsable el entrenador como el jugador. Si la idea no es la apropiada y la preparación tampoco, los jugadores no podrán rendir. Y si los jugadores no tienen la capacidad adecuada, el equipo difícilmente conseguirá los objetivos. Ahora los entrenadores son mucho más necesarios que hace años. Porque antes había mas jugadores que sabían jugar y ahora la mayoría de los jugadores no saben jugar y se acomodan al esfuerzo físico porque saben que por ahí no serán criticados. Tienen poco interés en entender el juego y en aprender. Son seducidos más por la fama y el dinero que pueden ganar, que por el juego. Por supuesto, siempre hay algunos que mantienen el gusto y el placer de jugar y se preocupan por aprender y mejorar.

 

Alfaro dice que estos son sus últimos años como entrenador. ¿Cuándo debe retirarse un entrenador? Está claro en un jugador, no en un técnico. Angel Zof dirigió hasta los 78 años. Carlos Griguol lo hizo hasta los 70. Saporiti, con 78, conduce la UAI Urquiza.

 

—Estoy hace dos años, me gusta ser curioso, estar aggiornado, me metí en las redes sociales, mis hijas y mi nieto me ayudaron, y les entró por ahí también a los muchachos —dice Saporiti.

 

—Te tenés que ir adaptando a los cambios que hay. Yo tengo la suerte de tener un hijo joven, estoy todo el tiempo con los amigos de mi hijo, y trato con jugadores que tienen la edad de mi hijo. Pero la teconología cambia, la crianza no es la misma, todos esos cambios se ven, se notan —agrega Ferraresi, que está a punto de cumplir 55 años.

 

Alfaro tiene 55 años. Marcelo Gallardo, su colega de River, 41. Guillermo Barros Schelotto dirige Boca con 44. Diego Cocca, el último técnico de Racing, tiene 45. Por encima de Alfaro, Ariel Holan tiene 57. Y está Claudio Biaggio, con 50. Pero lo que se impone, dicen, son los entrenadores más jóvenes. Una modernidad del oficio.

 

—La Argentina futbolística es espasmódica, vamos por modas, por costumbres, por hábitos, se instaló que con los jugadores hay una diferencia generacional, pero tenemos demasiados prejuicios. Los jóvenes también cometen errores, a veces por falta de experiencia. Pero siempre vamos de banquina a banquina, ahora con el tema de la edad —dice Alfaro.

 

Soso tiene 36 años, una edad en la que todavía podría ser futbolista. Y sabe que el oficio implica un compromiso que a veces no conoce de tiempos libres. Sin que eso, aclara, se convierta en un fundamentalismo. Hay otros espacios donde aprender. El cine, la música y el teatro son algunos.

 

—Una vez, en Sporting Cristal, el psicólogo con el que trabajábamos me preguntó qué estaba haciendo para ser mejor entrenador —cuenta Soso—. Me preguntó, entonces, cuál había sido el último libro que había leído, el último disco que había escuchado, la última película que había visto. Estábamos en medio del campo de juego por empezar el entrenamiento. Eso me puso en el ejercicio de pensarme. Ahora en la máquina tengo para ver Newell’s-Racing, pero también sé que podemos aprender de una película o un libro.

 

Ser entrenador también es eso. Sampaoli, cuentan, se enganchó con Merlí, una serie catalana sobre un profesor de filosofía y un particular método de enseñanza. Pero no todo es tan idílico en ese oficio tan deseado. “Entrenador hoy en día es ir a la guerra nuclear, no hay ganadores sino supervivientes”, dijo una vez el técnico escocés Tommy Docherty. Fue en 1992. ¿Hoy será peor? “Los pintores no ganan dinero hasta que están muertos, y lo mismo ocurre con los entrenadores. Nadie reconoce su trabajo hasta que dejan este mundo”, dijo el inglés Bobby Robson.

 

Cuando José Pekerman manejaba su taxi en ese paréntesis con el fútbol, Ricardo Trigilli, que dirigía a Estudiantes de Buenos Aires, le pedía que dejara el auto. Pekerman era su espía en los ratos libres. Trigilli insistía con que se dedicara al fútbol. Pero Pekerman le respondía que no. “El fútbol es medio traicionero –le decía- y a veces se cobra tarde”. El tiempo pasó. Trigilli llegó a Argentinos Juniors. Pekerman lo acompañó. Hasta que un día, como siempre en la vida de los técnicos, todo se terminó. A Trigilli lo despidieron y Pekerman quiso irse con él. Si echaban al técnico, él no podía seguir. Pero Trigilli lo paró: “Vos no te vas ¿Querés volver al taxi?”. Y ya se sabe cómo siguió esa historia.


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