¿Entonces, realmente, estamos en riesgo de morir así?, se preguntan los parisinos después de los atentados del viernes. Pascale Cognet, traductora de Anfibia al francés, cuenta la extraña sensación de escuchar por primera vez el ruido de las armas entre sus vecinos y cómo es vivir con la sensación de que los ataques pueden volver a repetirse.



Después de una noche sin dormir, escuchamos sin cesar la radio para tratar de convencernos de que es verdad lo que pasó. Mientras intentamos empezar de nuevo, nos damos cuenta de lo afortunados que fuimos por no haber estado en el lugar equivocado en el momento equivocado. Porque, esta vez, no han sido atacados los símbolos. Nosotros, que somos vecinos del Canal Saint Martin, que a veces vamos a algún concierto en el Bataclan, que solemos comer en los pequeños restaurantes de los barrios X o XI, la noche del horror, la del viernes 13, hicimos por casualidad otra elección.

 

Al principio, nos enteramos de que eran 18 los muertos. Ya eran muchos. Parecía que podía ser peor mientras atravesábamos París a las diez de la noche y buscábamos llegar a casa, manejando, con la ansiedad apretando el estómago, entre patrulleros y cientos de sirenas. Ahí nos enteramos de que eran 80 las personas muertas en un tiroteo en el Bataclan. Todo es más grave de lo imaginado, incluso para los parisinos que, en masa, salimos al barrio Republique después de los ataques de enero al semanario Charlie Hebdo.

 

Esta vez no tenemos la sensación de que fue contra alguien en particular; el ataque es a todo el mundo. Dicen que es contra la cultura francesa, pero es contra la juventud, los aficionados al fútbol, los ​transeúntes, los amigos de nuestros hijos, nuestros hijos… Todo cambió. Durante el sábado recibimos mensajes desde todas partes del mundo expresando su preocupación por nosotros. Por mensajes directos, por las redes sociales, por donde pueden. Son de Chile, Colombia, Quebec, Argentina, Estados Unidos, la isla de la Reunión. Aparecen primos con quienes no hemos hablado hace tiempo, gente con quienes perdimos el contacto. Es todo tan extraño como el sentimiento y la pregunta que surge en cada uno: ¿entonces, realmente, estamos en riesgo de morir así?

 

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Por lo general, enviamos soldados para defender “nuestros intereses” y cuando los matan, básicamente, creemos que es su trabajo, que lo han elegido y olvidamos la noticia en dos días. Es en esos momentos cuando se habla de la guerra. Sabemos que Francia está presente en África, en Siria, pero ¿por qué nunca pensamos que vivimos en guerra? Porque, también, hay personas que mueren en estas guerras.

 

Este es el estado de ánimo de esta mañana de domingo, cuando todavía no han pasado 48 horas de los atentados en los que han muerto 132 personas. Cuando se intenta empezar de nuevo y se entiende que esto no es un juego. Cuando al levantarme miro por la ventana, como lo hacen otros vecinos del distrito norte de París, y percibo que el barco en el que vivo, aún está ahí; que la vida parece la misma que antes; que los corredores siguen trotando al costado del canal; que los pescadores también están ahí; que los judíos van a la sinagoga; que hay gente paseando en bicicleta; que la tienda de comestibles de los árabes está abierta. La vida continúa. ¿Cómo será mañana, lunes, volver al subte?

 

El sábado había levantado el teléfono para preguntar si íbamos a hacer la obra de teatro programada para esa noche de todas maneras. Me respondieron que “sí”, que no vamos a ceder al chantaje. “Acaso, ¿no es eso lo que quieren?”. Para evitar el transporte público, cruzo París en coche de norte a sur, con una pequeña sensación de culpa, ¿será prudente? Antes, intercambié algunas ideas con mis vecinos que expresaban su rabia e incomprensión. “Estamos en París, la ciudad de las letras, los derechos humanos y creíamos que los actos de los bárbaros habían sido cometidos contra los miembros de Charlie Hebdo, porque ellos habían jugado con fuego con sus caricaturas”. En aquel momento, hace apenas diez meses, se dijo también con firmeza que no nos iban a intimidar.

 

Recorro París en un tiempo récord, no hay casi nadie a la hora del almuerzo en este fin de semana. Algunos turistas un poco perdidos por aquí, otros por allá. Sobre el Puente del Alma se los ve un poco desamparados. Hay policías y militares. También me cruzo con un puesto de apoyo psicológico. Mientras conduzco, escucho en la radio a un joven musulmán francés que expresa su ansiedad porque teme volver a vivir la época que le siguió a los acontecimientos de Charlie Hebdo: lo estigmatizaron a tal punto que los clientes -en su trabajo- evitaban dirigirse a él. Pienso en mis muchos amigos musulmanes que se sienten obligados a justificarse a ellos mismos y hacen circular versículos del Corán que prueban que el Islam no es eso. Yo los entiendo.

Alguien cuenta en la misma emisora que los jóvenes que murieron en la trampa mortífera en la que se transformó el Bataclan primero pensaron que los tiros eran petardos, parte de la actuación. Fueron segundos fatales, en los que muchos no lograron darse cuenta de que no eran efectos especiales sino armas verdaderas. Que no era un juego, que era el horror. Tengo la piel de gallina, nunca habíamos oído esto: el ruido de las armas.

 

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En la radio hablan de la necesidad de instaurar una especie de servicio cívico-militar para aprender tácticas mínimas. Nueva discusión con mis compañeros del teatro. Una joven estudiante latinoamericana dice que no entiende y que después del ataque a Charlie Hebdo pensaba que iba a ser difícil empezar de nuevo y que ahora se pregunta qué pasará después. Otra persona dice que se quedó sin palabras, que su cerebro está anestesiado. Tuvo que acompañar a un familiar al hospital Pitié Salpêtrière el sábado después del ataque y ahora cree que todo es diferente. Se cruzó con tres jóvenes que habían estado en el Bataclan y que se habían salvado porque el cuerpo de una de las víctimas fue su escudo. La rabia nos invade, me dice. “Los jóvenes sobrevivientes me contaron que los asaltantes actuaron a cara descubierta”.

 

También evoca el contexto de las elecciones regionales y la nueva oportunidad que tendrá Marine Le Pen para infundir más odio contra los inmigrantes y los refugiados. Todo es confusión. Todo se mezcla. Otra compañera, que creció en los barrios de las afueras, teme que los jóvenes, muchos hijos de inmigrantes, sean estigmatizados nuevamente. Habla de inseguridad, de miedo. Teme que los terroristas vuelvan a “terminar el trabajo”. Compara los acontecimientos del viernes con los terremotos a los que le siguen las réplicas. Para ella, los ataques no son contra símbolos de Francia sino contra gente al azar.

 

Para otra persona, es asco, impotencia. “No se puede entender, somos demasiado diferentes a estas personas”, explica. Cuenta que apoyó las intervenciones a otros países, pero que ahora cree que fueron un error, que hay que cambiar de estrategia. Tengo una larga conversación con un joven estudiante chileno. Me dice que tiene la sensación de haber vivido un momento histórico, que quería ir a la calle para ver y que lo hizo. No esperaba encontrarse con nadie, pero lo sorprendió cruzarse con sus vecinos.

 

Por otra parte, nos sorprende -aunque no del todo- que esta vez no hubo un deseo espontáneo de marchar hasta la Plaza de la République, como sucedió después del ataque a Charlie Hebdo. Hubo gente que se acercó a los lugares de los ataques, pero nadie propuso hacer una manifestación: todos piensan que el peligro aún está muy presente.


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