La herencia de Carlos Mugica está en el trabajo barrial de los curas villeros. Para confirmar, desmentir o complejizar esa verdad gastada de tanto repetirse, Anfibia convocó a pensar, reportear y escribir a María Sucarrat, biógrafa del cura asesinado hace 40 años por la Triple A, y al filósofo Flavio Rapisardi, convertido al cristianismo y miembro de una comunidad eclesial. Del Mugica nacido del cruce entre marxismo, peronismo y cristianismo a los curas que trabajan con los más pobres y hoy tienen diálogo directo con el Papa y reivindican la independencia partidaria para ganar en universalidad.



Yo había llegado desde Bolivia. Fui a parar a la villa 31. Allí lo conocí a Mugica. Iba a la canchita de fútbol donde jugaban mis hermanos y lo veía. Una tarde me habló. Me invitó a una reunión y fui. Entré al dispensario de la capilla. Había otros de mis hermanos. Mugica se alegró de verme. Nos repartió un pilón de papelitos.

El que habla es Carmelo Sardinas Ullpu, un colaborador de Carlos Mugica en la villa 31. Un amigo hermano boliviano enorme de tamaño y duro como la piedra.

“Ahora salen y reparten todos estos papelitos –nos dijo Mugica-. Y no se demoren ni un minuto. Porque en ese minuto se puede perder la revolución. Vayan. Con convicción. Ustedes van a poder”.

Salí de la sala. Estaba anocheciendo. Con la luz del único farol de la calle miré los papelitos me había dado. Estaban escritos de un lado.

“Luche y vuelve”, decían.

En una cafetería de Chacharita, el Negro rememora sus días con Mugica. Dice que era un chico cuando llegó a la villa, que no sabía ni cruzar la calle. Venía del corazón de Bolivia, donde la vegetación todavía protege al suelo de la mano del hombre. Dice que Mugica lo empoderó. Que le enseñó a pelear por el derecho a la tierra, a la vivienda y a la dignidad: “Soy andino, soy originario. No me callo. Gracias a Carlos, soy jetón. Él se preocupó porque descubriéramos los villeros que nosotros mismos, sin distinción de color o de nacionalidad, podíamos dar la pelea por nuestros ideales como hijos de esta creencia que tenemos en el corazón”.

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El cura Mugica vivió en Barrio Norte. Y hace rato cumplió con la revancha de todas las noches de los últimos años de su vida en los que se cuestionó no haberse quedaba a dormir en la villa. Su restos, lo que quedó de su cuerpo después de que los asesinos de la Triple A vaciaran los cargadores de subfusiles Ingram MC-10, descansan en la eternidad de un barrio de la 31. Los reclamos de los villeros por el derecho a la tierra, a la vivienda y a la dignidad siguen sin consagrarse pero Mugica desde allí sabe, como si fuera un extraño polen, desparramarse y florecer por todo el país.

Leonardo Boff, religioso brasileño de la Teología de la Liberación, llamado al silencio por el conservadurismo sin fisuras de Juan Pablo II, da un alerta: “Jesús predicó el Reino, pero en su lugar llegó la Iglesia”. Red de moles de estilos varios a pequeñas capillas de chapa y cartón, esta institucionalidad sigue, en su mayoría, pegada a ritos repetidos como un mantra, que de pronto se gastan, se vacían de sentido y se convierten en un zumbar meramente tranquilizador. Hoy de la mano de Francisco, la Iglesia parece renacer. Hay misas más abundantes en cantidades y retórica, despertares religiosos vía curial u órdenes varias.

Sin embargo, como sostiene Néstor Borri del Centro Nueva Tierra (lo que antes era el Servicio de Intelectuales católicos y que hoy congrega a parte de la progresía católica) “hay menos curas -y quizás sea algo para alegrarse- pero, quien sabe, hay más cristianos y más comprometidos solidariamente que de manera confesional. Dios no necesita la palabra Dios para salvar ni para brillar”. Mientras prepara una muestra de arte político sobre Múgica, buscando fotos, pensando frases, cortando dibujos, Borri dice que es posible que haya menos cristianos, ni hablar menos católicos. Que conviven remeras con la cara de Mugica y otras con la cara de Bergoglio. “Hay pechos encendidos por la solidaridad y hay más voces de profecía. No es que sean suficientes, no es que sean muchas, pero lo primero nunca sucede y lo segundo nunca fue necesario y difícilmente sea posible”.

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La dialéctica entre lo real y lo posible en los ’70 era otra. Revolución o Reino se encontraron como figuras de un futuro venturoso posible. Marxismo, peronismo y cristianismo se articularon en un no lugar siempre activo: el de un futuro utópico que actúa hoy. Esa experiencia conciliatoria fue y es una construcción voluntarista, tan contraria al espíritu progresista, que espera y confía.

Raúl Vila pasa los 80 años. Vive en el barrio El Pericón de Merlo Sur, en el segundo cordón del conurbano bonaerense. Cuando llegó, el municipio tenía 5.000 habitantes. Hoy tiene 620.000. Vila tiene algo que lo ancla en El Pericón: una vocación tercermundista que compartió con Mugica y una guardería. “Del ’70 que estoy acá como cura. No es normal eso pero yo tengo algo que me ata. Es la guardería y no la quiere nadie. Es un negocio a pérdida. Nadie nunca agarró viaje”. A unas cuadras de allí, en el barrio Isla Soledad, también tiene un comedor. Hoy se sientan 300 chicos a almorzar. Y Vila, oriundo de América, se declara peronista desde 1944, cuando su padre era concejal del pueblo y él, con ocho años, lo acompañaba a hacer campaña arriba de un Ford T. “Yo no tomo ninguna medida con los chicos del comedor porque tengo miedo a equivocarme. Siempre es mejor que coman todos, ¿no? Eso sí, vienen muy bien vestidos. Y eso, para mí, es la Asignación Universal por Hijo. Las mamás los mandan lindos y limpitos”. El cura vive en una casa sencilla con dos perros bravos que lo cuidan. Hasta hace un año, se dedicaba a la miel que vendía para solventar el comedor. Pero por un problema cardíaco, el médico le prohibió levantar los panales, que llegan a pesar hasta 50 kilos, y chau miel, chau dinero para el comedor. Como Mugica, parece un loco, tratando de sostener lo insostenible en el medio de la nada.

Vila representa en su barrio, en su guardería, en su comedor y en su casa humilde de ladrillo, chapa y durloc lo que el docente, investigador y periodista Washington Uranga dice de Carlos Múgica: “Él encarnó en su vida el sentido evangélico del amor por los pobres, Y lo hizo de manera radical: hasta entregar su vida de forma martirial. Como sacerdote hizo suyas las enseñanzas del Concilio Vaticano II que abrió las ventanas de la Iglesia para permitir el ingreso del “aire fresco” de la renovación, pero sobre todo demandó a los cristianos salir al encuentro de los más pobres y restablecer el diálogo con la sociedad. Por eso Mugica abrazó con convicción la militancia política como también lo hicieron sus compañeros del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Con su testimonio de vida permitió también que muchos católicos, especialmente jóvenes, se “reconciliaran” si no con la Iglesia, sí con la fe y con el mensaje del Evangelio encarnado en la práctica de la fraternidad y la justicia”.

¿Pero qué relación existe entre aquella “reconciliación” setentista, que se hizo en un arco en el que una Biblia podía ser apoyabrazos de un fúsil al devenir intertexto El Capital con la Biblia, con el renacimiento católico bergogliano que llama a “hacer lío”, así, a secas? “Lío” es un término corto, confuso cuando es disparado desde un púlpito caliente. Lío hubo en la Revolución Francesa, la barricadas del ’48, la Revolución Rusa, el 17 de octubre y resistencias varias. Pero también hubo lío en las persecuciones de la Liga Patriótica, cuando los comandos civiles, salieron a voltear a Perón o en manos de la derecha peronista. Algunos podrán decir que frente a una Iglesia enclaustrada en la prieta sonrisa germana de Benedicto, el “lío” sea un llamado a voltear el cerco de una contención labio-rabiosa. Por ahora, la duda. Francisco es, en este sentido, fiel a la enseñanza de San Ignacio: “Tener todos el mismo sentir y decir todos lo mismo, en cuanto sea posible”. Lo que sí queda claro que beatificando a un Santo anticomunista como Karol Wojtyla y a un Papa también anticomunista, pero no antimodernista como Ángelo Giuseppe Roncalli, la alegría que se respira en capillas, catedrales y altarcitos apenas toma nota de esa izquierda cristiana que se gestó en los ‘60. Cosa distinta será si la potencia de esas sonrisas papales sean reapropiadas por experiencias pastorales y eclesiales que no son claramente las del la jerarquía. Algo de lo que pasa en la Argentina con la creación del Vicariato Villero, pero en el mundo entero.

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La alegría, como el polen, sale de la única tumba que hay en la 31 y se desparrama por los barrios y las villas de la Argentina. Y la austeridad, acaso también. Las herencias de Mugica. Pepe Di Paola sube a su Duna hecho pelota. Es blanco y tiene tres esténciles del Gauchito Gil en rojo, en las puertas delanteras y en el capot. Antes de sentarse hay que mirar bien porque Pepe lleva de todo. El auto trepa el puente de la avenida Juan Manuel de Rosas, en José León Suárez. Es el mirador villero. Hasta donde da, la vista se llena con los barrios: 13 de Julio, Independencia, La Cárcova, Villa Curita. Todo pertenece a la diócesis de San Martín y Pepe atiende él solo. Con su Duna y su bicicleta.

Ahora, las cinco de la tarde del lunes 6 de mayo, como todos los lunes y jueves del año, a la misma hora, el cura va a la capilla de Itatí a dar una misa. En la capilla no hay techo. Es por eso que las mujeres que lo esperan han rezado en la mañana para que no llueva. El altarcito con la virgen, al aire libre, está enclavado en lo que llaman en el barrio “La manzana de las Luces”. Es una edificación, quizás la única, con fino prolijo y pintura blanca que aparece en el medio de la villa. Ahí funciona la escuela, el jardín, el centro de salud y en un pedacito de pasto, una parecita desde la que asoma una virgen celeste y blanca llena de joyas doradas y flores de colores. Será difícil volver porque las calles no tienen nombre.

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La misa es sencilla. Felicitas, una vecina rubia y de cabello corto, lee de pie a su lado la parábola de Esteban. El cura la explica luego. La hermana Patricia toca la guitarra. Hay cancionero, como en todas las Iglesias aunque esta no tenga techo. La celebración de Pepe podría haber sido igual en La Redonda de Belgrano. Sin embargo, su tono de voz, vuelve al cotidiano cuando llega la hora de los avisos. “El domingo es la fiesta de Carlos. Nos vamos en micro a la Iglesia grande. Allá las van a esperar con empanadas y pastelitos light”. Las mujeres se ríen. La despedida es larga. Pepe abraza a cada una de ellas y a las niñas. No hay hombres allí. Dicen que están trabajando.  

“Trabajar desde abajo”, decía Mugica el mismo día de la fundación del Movimiento Villero Peronista. “Trabajar para que el trabajador villero se constituya en protagonista del quehacer nacional ya que dentro del movimiento peronista, la clase trabajadora es la columna vertebral. Pensamos que los trabajadores villeros piensan ellos mismos. Tienen sus ideas sobre cómo enfrentar el problema de las villas y transformarlas en barrios obreros”.

¿Qué quedó de ese “trabajar desde abajo” en los herederos de Mugica? El trabajo en las villas porteñas devino “Vicaría”. Y cuando la cosa se pone fea se apela a Francisco con un mail, una carta o un llamado para que desde arriba alinee tropas varias. Cuando en la Ciudad de Buenos Aires surge un conflicto, un legislador porteño propone poner a “Jorge” al teléfono. Si el Reino predicado será de sujetos en amor e igualdad, el reino perseguido por los sacerdotes del Tercer Mundo fue una opción pastoral que no temió “embarrarse” desde abajo, con fórmulas y siglas partidarias que laburaban en y con los lacerados.   

El Padre Mugica no tuvo miedo de decir “Yo sé por el Evangelio, por la actitud de Cristo, que tengo que mirar la historia desde los pobres. Y en la Argentina la mayoría de los pobres son peronistas, para decirlo de manera muy simple”.

El Nazareno dijo de sí mismo ser “signo de contradicción”. Eso se lo recordó Monseñor Romero a Juan Pablo II cuando era amenazado de muerte por la derecha salvadoreña y el polaco lo retó y no le aceptó el carpetón de denuncias sobre masacres en El Salvador. ¿Qué queda de esa “contradicción” en tiempos de llamados a las “conciliaciones”? Algunos seguidores de Mugica se relajan en el doble movimiento ignaciano de la dupla canonizada, haciendo foco, mirando con un ojo, la santidad de Juan XXIII, impulsor del Concilio Vaticano II, y en gestualidades varias como un par de zapatos gastados, una cruz de latón y en las, por ahora, promesas de reformas limitadas a dar hostias a las divorciadas vueltas a casar.

La proporcionalidad de la utopía es clara. La Buena Nueva tenía en las décadas del 60 y el 70 mayores pretensiones que lo hecho y propuesto en los nuevos tiempos. Como el Cristo “signo de contradicción” aquellas religiosas y religiosos pusieron su cuerpo: y su carne fue perforada, lacerada, en una horrorosa escena paradojal de defender los valores cristianos en manos de quienes se decían defensores del Catolicismo.

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Carlos Saracini, cura párroco de la Iglesia de la Santa Cruz, miembro de la Orden Pasionista, tiene el altar al revés. Si se supone que al entrar a la Iglesia, el altar es una construcción clara y distinta que se ubica en posición opuesta a la puerta principal pues en la Santa Cruz está al costado. Y el costado es el izquierdo.

La imagen que lo distingue es una pintura de Pérez Esquivel en la que Jesús está retratado en corte originario. Delante de él, Sarracini da la misa. Los bancos no están alineados sino en semicírculo. Los sacramentos, las bendiciones, las dan los miembros de la comunidad. Esa mañana, los fieles bautizan a una bebé que sostiene en alto el cura. La figura del sacerdote como sujeto supuesto del saber es compartida en la Santa Cruz. “Soy un discípulo de Jesús. Me siento inspirado por Mugica, por Angelelli, Alice Dumont como vertientes de mi espiritualidad personal. ¿Si soy un sujeto político? Por supuesto que sí. Pero no soy peronista. No me interesa definirme partidariamente”.

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En la Santa Cruz prima lo social, lo colectivo, lo comunitario. Y sobre esas bases se despliega un partido que no tiene banderas políticas y que es tan compacto como si las tuviera. “Hay algo en lo que tomo partido y es en hacerme cargo de la herencia de la Iglesia de la Santa Cruz, de los 30.000 desparecidos. En la comunidad definimos bajo qué consigna salimos, por ejemplo, en la marcha del 24 de marzo. Históricamente tenemos una definición y es que salimos con la bandera de las Madres, línea fundadora”. Sin embargo, a pesar de afirmar que no es partidario, Saracini arroja una frase inquietante: “Articulamos pero no nos diluimos”.

Cada 8 de diciembre, en la Santa Cruz se da una discusión por la política y por lo partidario. En los encuentros, la comunidad discute. Y discute fuerte. Hasta que finalmente se pone de acuerdo y busca una narración que tenga símbolos y palabras aceptadas por consenso. De la misma manera, se pelea para tener una plaza en Boedo, se pelea para conseguir y repartir el café que piden los cartoneros, se pelea por un espacio para charlar con ellos y acompañarlos, como antes se acompañó a los trabajadores del Hospital Francés y de la fábrica recuperada Bruckman. “Peleamos mucho por la causa indígena -dice el cura-. En lo personal hice mucho para que Félix Díaz, de la comunidad qom La Primavera, vaya a hablar con el Papa, junto a Adolfo Pérez Esquivel. Cuando recibo los mail de los Curas en Opción por los Pobres, yo los leo. Pero hay distintas posturas”.

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Eduardo de la Serna es coordinador del Grupo de Curas en Opción por los Pobres y párroco en San Francisco Solano, partido de Quilmes. Conoció a Mugica. Sus primeros pasos en la pasión por el otro, los dio junto a él en la Villa 31. Hoy hace ese mismo trabajo en la profundidad del conurbano. Quizás porque todos – y vale remarcar el todos- sus amigos fueron perseguidos, asesinados, detenidos desaparecidos, es que hoy abraza la democracia y está convencido de que lo que se ha ganado hay que defenderlo. “Cuando camino por el barrio, veo cómo la gente ha mejorado sus casas con piso de material, con una reja bonita adelante. Las cloacas, los tanques de agua, la gente en el barrio está mejor”.

En el verano pasado, De la Serna se fue tres días de vacaciones a Mar del Plata. Fue todo su descanso estival. En esas 72 horas se la pasó recorriendo supermercados para revisar si las góndolas tenían los productos de Precios Cuidados. No solamente revisó: sacó fotos de los productos y las mandó por correo. “Eduardo por favor, dejá de fiscalizar y descansá”, le decían. “Los tiempos de Carlos son ciertamente distintos aunque en los últimos años hay elementos con algunas semejanzas. El ‘idealismo’, al que Mugica alude en ocasiones, no parece ser algo tan importante hoy donde parece que han ‘muerto los relatos’. Pero hay ámbitos y espacios políticos donde se puede ver esa interrelación entre lo político y lo religioso”. De la Serna dice que en algunos casos es necesario e imprescindible una cierta independencia partidaria para ganar en universalidad. Pero que eso no impide que en otros casos sea importante, o necesario, una mayor concentración en lo partidario.

“Evidentemente en las tareas que Mugica realizaba y lo que los curas hacemos hoy hay un abismo. Abismo marcado por las personas, las realidades políticas, y la misma Iglesia es distinta. De hecho en tiempos de Carlos se hablaba de “primavera eclesial” y en nuestros tiempos estamos en una grave situación de “invierno eclesial”: todavía es demasiado pronto para afirmar que con Francisco ese invierno ha terminado, y no que estamos en el “veranito de san Juan”).

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De la Serna marca un diferencia concreta entre ambos tiempos: “La conflictividad que Carlos provocaba, en lo social y en lo intraeclesial, la voz clara y comprometida, la denuncia indiscutible ante aquello que veía contrario al bienestar de los pobres, la encarnadura política, la voz profética, por ejemplo no se ven hoy –o yo no las veo- en los llamados “curas villeros”. Para De la Serna, Mugica no era un cura villero: ni siquiera vivía en la villa. “Trabajó con estudiantes, daba clases, celebraba misa en Mataderos y en el Instituto de cultura Religiosa superior, escribía artículos y notas periodísticas. Nada de eso encaja con el perfil de “cura villero”.

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El Concilio Vaticano II, la teología de la liberación, no solo alcanzó a los curas, sino también a las hermanas. Una de ellas, Susana Ramos es una monja de la congregación de las “azules” y colabora con el Centro Nueva Tierra. Habladora, simpática y de una retórica exquisita, en su discurso nunca falta lugar para el humor, la reflexión y marcar contradicciones como signo de que toda charla es tan finita como la creación. ¿La herencia de Mugica, del Concilio II, está en las mujeres? “A mis Hermanas les gusta decir que ya antes del Concilio se iba gestando un ambiente que anunciaba que en esos moldes ya no se podía vivir más, y mucho menos sentirse en sintonía con el Evangelio”.

Ramos dice que la recepción del Concilio que hicieron las mujeres religiosas supuso mucho esfuerzo, compromiso y hasta rupturas institucionales. Es que verdaderamente dejaron los conventos, los templos y los grandes colegios “para ir a vivir en medio de los pobres”. Hay prácticas sociales de aquellos años que aún tienen vigencia: la educación popular, las cooperativas de productos artesanales, de vivienda, comunicación barrial, de lectura popular, comunidades eclesiales de base; organizaciones vecinales, clubes, bibliotecas, guarderías, sindicatos de empleadas domésticas. “En los inicios estaban ellas acompañando, provocando, promoviendo. Muchas están bien vivas y lúcidas, y siguen creyendo y están comprometidas con los sectores populares. Si bien había mucha práctica y reflexión de la práctica, pues estaban organizadas en Crimpo (Comunidades religiosas insertas en medios populares), podríamos decir que el soporte teológico que sostenía la espiritualidad de la inserción y el compromiso con los más pobres, provenía en gran parte de la teología de la liberación.” 

La estructura patriarcal no fue socavada en esos tiempos efervescentes y hoy Roma reprende a la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas (LCWR) a partir de un informe elaborado por el Obispo de Toledo, Ohio, Leonard Blaire, de acuerdo con el cual las monjas estadounidenses están en una “situación doctrinal y pastoral grave” por su acercamiento a los movimientos de diversidad sexo-genérica y afirmaciones positivas sobre el feminismo.

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Mugica tenía un megáfono. Con él, le hablaba a los villeros. A veces subido a la tolva de un camión, a veces desde una escalera. Otras desde el piso. “Compañeros, conseguimos garrafas a precio oficial. Por favor, los que tienen negocio no se pongan en la fila porque no se las vamos a vender. Las ventas son para personas con necesidad, por favor se los pido”. La falta de la gente estaba primera en su orden del día. Las garrafas ya no son un problema pero sí el barro en los pasillos, que es muy parecido al de hoy. Mugica decía entonces: “Los compañeros se han organizado para hacer la cola. Porque siempre hay un vivo que se cuela. La venta de estas garrafas a este precio es una obligación estricta del gobierno del pueblo de atender estas necesidades apremiantes”.

Hoy la búsqueda cotidiana del Estado para llegar al corazón de las villas no tiene forma de garrafa. “Hay muchas personas que piensan que su vida vale dos pesos”, dijo hace unas semanas la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner que se metió así en el corazón de la villa. Sucede que muchas veces, las noticias no llegan al barrio. Es difícil pensar a un habitante de La Cárcova intentando acceder a beneficios o facilidades a los que precede la información, algo que, aunque ha cambiado mucho en la última década, tiene todavía más que ver con la urbanidad. El Estado, por ejemplo, llega hoy a los barrios en forma de justicia.

La justicia es una problemática viva en los barrios. En los dos pesos que vale su vida para alguno, no hay ni un centavo que la represente. “Llevar la justicia a los barrios es una manera de justicia social. Nosotros nos vemos en la obligación de entenderlo de esa manera”, explica Florencia Carignano, subsecretaria de Acceso a la Justicia del Ministerio de Justicia de la Nación, un área creada a pedido de la Presidenta para fortalecer la presencia del Estado en las villas y trabajar en conjunto, y en el terreno, con las parroquias.

La dinámica es simple. En cada uno de los llamados “Hogar de Cristo”, en los que se atiende a las personas con adicciones día y noche, el Estado acompaña con un pequeño Centro de Acceso a la Justicia. En cada uno de los 50 que hay en el país, los habitantes de los barrios, hacen consultas, tramitan los DNI, buscan contención, información sobre diferentes obligaciones, planes, beneficios. Los centros están dentro de las iglesias. La gente confía en su sacerdote y por lo tanto puede confiar en la justicia que va al barro a ocuparse de la inclusión y la integración. Las soluciones para las familias deben ser milimétricamente ingeniosas. Abogados, psicólogos y asistentes sociales trabajan en los problemas vinculares.

Una herramienta estrenada no hace mucho, y que funciona de maravillas, es la mediación comunitaria a través de la cual las personas pueden elegir sentarse a hablar de sus problemas ante una autoridad. ¿Cómo se arreglarían si no los conflictos de una medianera entre dos vecinos que ni siquiera tienen el título de propiedad de sus terrenos? ¿O la situación de una madre cuyo esposo se fue de la casa y no le pasa dinero para sostener a sus hijos?

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Mugica como pastor de la zurda fue algo más que un emergente. Eso obliga a revisar la vetusta categoría pasiva de reflejo de una época. Mugica fue un cruce de caminos, un personaje de una trama y debates políticos en que marxismo, peronismo y cristianismo se enroscaban atrayéndose, repeliéndose o logrando síntesis tan inestables como toda política posible.

No hay más que revisar los debates de la época para ver el contenido de las discusiones. O que prestar atención al espacio donde política como lucha hegemónica y cristianismo se tematizaban sin las elipsis de las homilías domingueras. A fines de los años ‘50 y principios de los ‘60, en el Partido Demócrata Cristiano (PDC) triunfa la “Línea de Apertura” llevando a la dirección de partido, para ser más exactos a las filas de la Juventud Demócrata Cristiana, a un grupo de nombres que luego engrosarían las filas de las FAR y Montoneros: Domingo Razzoti, Norberto Habegger, Raul Magario, Jorge Méndez, Martín Gras, entre otros, para sumarse luego Jorge Bernetti y José Octavio Bordón.

La derecha cristiana de aquellos años repetía una frase del Papa Pio XI: “No se puede ser un buen católico y, a la vez, un verdadero socialista”. La paradoja se imprimía en los combates políticos y una década después tendría a cuerpos, personas, como superficies de lo irresoluble, materializando con formas del horror lo que ni el pragmatismo de San Ignacio hubiera podido saldar.

Será en esta dimensión de praxis libertarias que el cristianismo comenzará a “contaminarse” con la izquierda y el peronismo. Y así, el Partido Demócrata Cristiano, ese partido gorila surgido en 1954 para enfrentar al peronismo también se “paradojiza”, se divide, se fisura frente a la contundencia de un movimiento político (el más grande de occidente) que en la proscripción devenía lo que Ernesto Laclau denominó como “significante vacío”: hasta en el nombre de Perón, los cristianos se santiguaban.

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Esta repolitización del cristianismo hacia posiciones menos conservadoras o claramente populares y de izquierda en Argentina fue también una interpretación y una respuesta a la interpelación del Concilio Vaticano II convocado el 25 de enero de 1959, iniciado el 11 de octubre de 1962 y culminado el 8 de diciembre de 1965.

Del norte de Suramérica llegó la noticia de Camilo Torres, el cura guerrillero que murió enfrentando a la oligarquía de Colombia: América Latina no solo se hacía eco intensificado del Concilio Vaticano II, sino que interpretó literalmente la Encíclica Popularum Progressio de Paulo VI que en su artículo 31 reza: “la insurrección revolucionaria -salvo en caso de tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente contra los derechos fundamentales de las personas y damnificase peligrosamente el bien común del país engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas”.

El intertexto con los movimientos de liberación se tramó: La Biblia y El Capital no eran ya antónimos. De esta densa trama emergió el Padre Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe.

Hoy, mientras el cuerpo de Mugica descansa en la capilla Cristo Obrero, aplastado el mausoleo por una autopista que parece se le viene encima, el cura Guillermo Torre, junto a otros dos sacerdotes atiende Güemes, YPF, Comunicaciones, Cristo Obrero, el Playón y San Martín, todos los barrios que conforman la Villa 31 en la que hoy viven unas 40.000 personas. El método para llegar hasta la capilla no es el mismo que existía en tiempos de Mugica. Alguien esperará en los márgenes y acompañará a los foráneos hasta el punto. “Es que los males llegan al barrio, no salen de él”, dirá Torre.

La capilla que Alejandro Mugica construyó a pedido de su hermano Carlos, sólo tiene el techo nuevo. Los agujeros que dejó el último granizo, apuró la chapa. En ella hay lo que Guillermo llama reliquias. Un pedacito del pantalón que Carlos llevaba en el momento en que le dispararon aquel 11 de mayo de 1974 y la ropa, convertida en cuadro, que vestía para dar misa allí. Sus fotos recorren una de las paredes. Al lado del altar una mesita con iconografía eclesial revolucionaria, coronada con una foto de Francisco sonriente. Como el domingo hay fiesta, latas de pinturas, baldes y pinceles ocupan una parte del lugar. El barrio se viste de colores para celebrar la memoria del cura Mugica, para honrar su memoria.

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“Los que trabajamos en el barrio siempre decimos que heredamos esa historia de Mugica y de Ricciardelli, Vernazza, Goñi, y otros más. Seguimos peleando, después de 40 años, para que los más humildes no queden marginados del sistema y puedan tener una vida distinta”. Guillermo habla bajito, como pidiendo permiso. Pero tiene una potencia estremecedora. “El nuevo desafío es la inclusión social. Los jóvenes y los viejos. Ellos son los que tienen menos posibilidades. No porque no haya nada para ellos sino porque faltan oportunidades de acceder”.

Guillermo va al punto. Va a la sociedad civil. Así como al Padre Pepe Di Paola lo desvela la prevención, porque en los barrios del conurbano las adicciones detonan a los jóvenes, el cura de la 31 pelea por la inclusión. Y lo interesante en su discurso es que habla de la sociedad civil. “Los jóvenes salen a buscar trabajo pero cuando anotan en la planilla que viven en la 31, ya no los toman. La gente tiene prejuicios. Le falta información. Es la sociedad la que le cierra las puertas por eso la inclusión es una tarea de todos, no sólo del que le toca gobernar sino de la sociedad que es la que pone las trabas”.

Integrar los barrios a la Ciudad de Buenos Aires es el desafío de este cura villero. Algo que hoy parece imposible. “La gente tiene que conocer la riqueza que hay en los barrios. Acá se conservan un montón de valores que en nuestra sociedad individualista se fueron perdiendo. Esta gente tiene mucho para darle a la de la Ciudad. No negamos los problemas que existen pero que están en todas partes”.

Para Guillermo es claro. En los ’70, la Iglesia estaba cambiando y las democracias eran débiles. La única forma de conquistarlas y mantenerlas era la política partidaria. La cosa cambió por estos tiempos. La democracia fue defendida y con ella los valores que trajo y trae aparejados. Por eso, quizás, se piensa en otras cuestiones: justicia, derechos, dignidad. La igualdad fue la búsqueda de Carlos Mugica y lo es la de quienes eligieron seguir su camino. Curas, laicos, hombres, mujeres, religiosos o no. Ya nadie espera un cambio en la Iglesia. Porque el cambio ya se dio, con el Concilio Vaticano II. Mugica murió de 14 tiros de ametralladora por sostenerlo. Y lo hace hasta hoy.


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