En el cementerio de La Plata, a muy pocos metros de distancia, aún hay dos sepulturas con el mismo nombre. Una repetición que oculta una oscura historia de la capital bonaerense: el ocultamiento de las víctimas de la inundación de 2013. A cuatro años de aquella noche trágica, la cronista Marcela Repossi reconstruye la investigación realizada por una especialista en informática a partir de un llamado inquietante y que ayudó a la justicia a destapar el escándalo.



—Enterré a mi papá dos veces.

 

Al otro lado de la línea a Soledad le costó entender lo que escuchaba. Unos minutos antes había recibido un mensaje de un amigo: “Llamá urgente a este número. Tienen datos sobre otro muerto”.

 

Cuando Soledad lo hizo trabajaba en la computadora de su casa. Siempre le avisaban de algún otro muerto de la inundación del 2 de abril del 2013. Licenciada en informática, aprovechaba todas las herramientas de su profesión para investigar sobre el tema. Lo hizo durante meses, estaba obsesionada. Sabía que los muertos en La Plata no eran los 52 declarados oficialmente. Sabía que eran muchos más. Y lo quería probar. Y, de nuevo, le estaban pasando un dato. Resuelta, agarró el teléfono y llamó. Cuando escuchó esa enigmática frase contestó:

 

—¿Qué me decís? ¿Estás segura?

—Sí. Enterré a mi papá dos veces.

 

***

Por sus piernas largas y su delgadez a Isla el apodo le sentaba bien: era el Flaco Isla o sólo El Flaco. Había tenido dos hijos: Álvaro y Gabriela. Gaby tiene poco más de 50 años y no recuerda nada del tiempo que vivió con su padre. Pero aunque no lo recuerda, lo sabe porque su madre se lo contó. Sabía que cuando El Flaco llegaba de trabajar estaba borracho. Era así todos los días. También sabe que era entonces cuando a su madre la molía a palos hasta dejarla en el piso y con la cara rota. Gaby tenía 4 años cuando su mamá se fue de la casa con ella y su hermano. Se mudaron a lo de la abuela. Vivieron un tiempo ahí hasta que pudieron comprar una casa.

 

—¡Papá! No me llamaste para mi cumpleaños.

—Y, si no me avisás…

 

Durante la adolescencia de Gabriela esa escena se repetía una y otra vez. “Mis compañeros de la Secundaria creían que yo no tenía padre. Como nunca lo conocieron y nunca lo nombraba…pensaban que estaba muerto.”

 

*** 

Aquel abril de 2013, cuando el agua empezó a bajar Soledad subía a su auto para recorrer La Plata. Como tantos otros en esos días se dedicó a ayudar a los inundados. Barrio por barrio hablaba con los vecinos, le daban nombres de conocidos de quienes ya no sabían nada. Les contaban de ancianos, de jóvenes, de niños. De muchas personas, muchas más de las 52 que aparecían en la lista presentada por Ricardo Casal, el Ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires. “No puede ser –se decía. No puede ser”.

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Ningún platense tiene memoria de una inundación parecida a la de esa noche del 2 abril. Soledad se pasó los días posteriores recorriendo la ciudad, hablando con empleados de hospitales y de comisarías, buscaba pistas en todas partes. Ella sabe cómo investigar: trabajó en el Ministerio de Seguridad entre 2011 y 2013 cuando Nilda Garré estuvo al frente. En ese lugar informatizó sistemas; ahí dio los primeros pasos para especializarse en el análisis de datos masivos; luego lo siguió haciendo desde la Procuraduría General de Buenos Aires a cargo de María del Carmen Falbo, trabajo que hace hasta hoy.

 

Soledad se dedicó a sumar cada vez más muertos en sus recorridos por los barrios. Anota nombres, graba las conversaciones con su celular que esconde en el bolsillo de la campera. Imprime el listado oficial y agrega más nombres. Son muchos más que 52.

***

El niño Luis Arias no sueña con ser abogado, prefiere la guitarra. “Nada de guitarrita, no quiero otro bohemio como tu padre. ¡A estudiar, Luis!”—le dice su abuela que ayuda con la crianza mientras la madre trabaja. Unos años después, Luis ya es un pre-adolescente y se queda sólo en su casa del barrio El Churrasco, se junta con la barriada y aprende a tocar de oído. Lo que más le gusta son las zambas y las chacareras. De aquel tiempo recuerda que su abuela ganó la partida: cuando llegó el momento de terminar el secundario y empezó Derecho en la Universidad de La Plata. Una vez graduado, concursa por un puesto en Tribunales. Hoy es el doctor Luis Federico Arias, juez en lo contencioso administrativo de La Plata, 51 años, estatura media, pelo enrulado y barba. Nunca estudió guitarra, pero tampoco la dejó: el folclore sigue siendo su música preferida, ya grabó dos discos y, de vez en cuando, canta en alguna peña.

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La Plata está inundada. Es 3 de abril de 2013 y el juez Arias recibe llamadas en su celular, le hablan de muertos. De muchos muertos. Una de las llamadas que más lo alarma es la de Julián Axat, defensor en el fuero penal juvenil de Buenos Aires, aficionado escritor de poesía. Se conocen hace tiempo, tal vez el gusto de Arias por la música y de Axat por la poesía favorece la relación. Se reúnen. A Axat los vecinos le avisan que vieron a jóvenes ahogarse; en la lista de Casal no hay ningún menor. Mientras resuelven como investigar y charlan con la gente, Arias recibe el llamado de Soledad Escobar, a quien aún no conoce.

 

—Estuve en comisarías y hospitales, grabé todo con mi celular, me llevé el listado y sumé más nombres. Le aseguro doctor Arias, no son 52.

—Vení a mi oficina, por favor—responde él.

*** 

Juan Carlos García no está en el listado presentado por Casal; si está en la lista de Soledad. Paola, su hija, le cuenta cómo murió y lo denuncia: certificaron su muerte como paro cardiorrespiratorio no traumático; y el paro fue causado por inmersión. A partir de este caso el fiscal Juan Cruz Condomí Alcorta, a cargo de la investigación, es denunciado por encubrimiento agravado e incumplimiento de los deberes de funcionario público.

 

—Soledad se puso la causa al hombro—reflexionó Arias un frío mediodía de invierno desde su oficina céntrica en La Plata.

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Pocos días después de la primera visita, a Soledad la nombran amicus curiae en la causa caratulada como “Rodríguez Sandra Edith contra el Poder Ejecutivo de la provincia de Buenos Aires sobre Habeas Data”, a cargo del juez Luis Federico Arias. La causa es promovida por una ONG defensora de Derechos Humanos, la técnica en informática desde aquel momento colaborará con el tribunal voluntariamente.

***

No había día en el que El Flaco Isla se sentaba en la barra del Caminante, un bar de la esquina de su casa. Frente al póster de León Gieco, a la mañana y a la tarde, tomaba un par de medidas de Etiqueta negra y se iba. A veces se llevaba el almuerzo, otras lo pedía por teléfono y Santiago, uno de los mozos, se lo llevaba.

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—Raúl era buen tipo. Pero pobre, estaba solo, tenía hijos que no le daban ni bola. No lo visitaban nunca.
Cuando Santiago hacía la media cuadra que separa al Caminante de la casa del Flaco para llevarle la comida tenía que esperar unos minutos antes de que le abriera la puerta. El Flaco se apoyaba en un bastón, tenía el andar lento de un hombre de 85 años.

—Si estaba la chica que limpiaba abría más rápido, pero Raúl vivía solo, casi siempre tenía que esperar. 

A los 82 el Flaco se casó por tercera vez.

—Se casó para dejarle la pensión y parte de la casa –Gabriela está segura de eso.

 

Angélica, la mujer del Flaco Isla, era casi 35 años menor. Nunca convivieron, ella limpiaba la casa algunos días a la semana y seguía viviendo en otro lugar con el padre de sus tres hijos. Hasta la nuera del Flaco sabía que tomar tranquilizantes con alcohol no le hace bien a nadie.

 

—Raúl tomaba las pastillas que le daba Angélica y después tomaba alcohol –dijo la nuera por teléfono desde su casa de Salto.

—Un día Angélica llamó y nos dijo que cuando llegó a la casa había encontrado a Raúl tirado en el piso. Estaba muerto. Álvaro viajó para el velorio. Cuando los hermanos se encontraron en La Plata, él le dijo a Gabriela: “La última vez que lo vi a papá estaba muy flaco”. Le contó también de la mezcla de tranquilizantes con alcohol. Estaban llenos de dudas. Pidieron hacer una autopsia.

*** 

En noviembre de 2012, unos días después de la muerte del Flaco, el resultado de la autopsia anunció el fallecimiento por paro cardiorrespiratorio. Tenía 1.6 milímetros de alcohol en sangre, si Isla hubiera manejado un auto en ese momento se habría excedido 1.1 del límite que permite la ley.

 

Los Isla querían cremar el cuerpo del padre, pero el protocolo indica que luego de un pedido de autopsia por averiguación de causa de muerte no se lo puede incinerar hasta al menos seis meses después. Álvaro ya se había vuelto a Salto, donde vive con su familia, y Gaby decidió dejar el cuerpo en la morgue mientras se cumplía el plazo. La semana siguiente sonó el teléfono en la casa de Gabriela, era Pocha la hermana menor del Flaco que, en ese momento, tenía 83 años.

 

—Hay que hacer algo con tu papá, no puede quedarse ahí. En mi familia todos tuvieron cristiana sepultura—le dijo a su sobrina.

—Tía, Álvaro y yo decidimos cremarlo y para eso tenemos que esperar varios meses, que se quede ahí hasta que sea el momento—respondió.

—¡Con vos no se puede hablar! Si al final sos igual que tu madre.

 

Pocha colgó el teléfono.

 

Cuatro meses después Gabriela escuchó las denuncias de Luis Arias, de Julián Axat y de los familiares de las víctimas de la inundación “No son 52, son muchos más”,—decían. Gabriela pensó: “Papá está en la morgue, no vaya a ser que desaparezca en medio de los muertos que se quieren sacar de encima”. Intranquila comenzó los trámites para que le dieran el cuerpo y poder cremarlo. “Tiene que solicitarlo la esposa”—le respondieron. “Imposible—se dijo- ni Álvaro ni yo hablamos con Angélica”. Decidió no darle más vueltas al asunto y enterrarlo. Luego de ir y venir durante meses con trámites judiciales y policiales le dieron el féretro del Flaco. Un año después de su muerte lo enterró en el cementerio de La Plata.

***

Gabriela y Álvaro Isla no hablan muy seguido. Es noviembre de 2013, pasó casi un año de la muerte del Flaco, y Gabriela llama a su hermano a Salto.

 

–Hola Álvaro. Te quería avisar que enterré a papá.

–¿Cómo que lo enterraste? ¡Si la tía Pocha lo enterró en enero!

–¿Queeeee? ¿Pero entonces a quién enterré?

 

En la sepultura 16 de la sección 47 tablón “C” del Cementerio de La Plata hay una lápida cuidada y flores. La cerámica gris que la recubre casi no tiene polvo. De vez en cuando la visitan. En una cruz blanca en un extremo dice: Raúl Jaime Isla. Trescientos metros más allá sobre una tumba sin flores nadie lloró. Una cruz blanca en el extremo dice Raúl Jaime Isla. En la historia del Flaco un muerto puede tener dos tumbas. Parece ser el hombre que puede morir más de una vez.

*** 

—Sentí que tenía una granada en la mano. Uno de los muertos era mi papá, el otro uno de los inundados –pensó Gabriela.

 

Esa fue la primera sospecha de la hija del Flaco. En ese momento se contactó con Soledad, le contó que primero Pocha y Angélica enterraron a su padre y que luego ella recibió otro féretro que creyó que era su padre, Gaby le pasó las coordenadas para llegar a las dos tumbas.

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Al otro día, la licenciada en informática se subió de nuevo al auto y llegó a 131 y 74, en donde está el cementerio de La Plata. Compró flores en la entrada y fue a la sección 47, tablón “C” sepultura 16 y las dejó allí, sacó su celular y tomó fotos de la lápida. Después caminó hacia la sección 29 tablón “E” sepultura 31. Hizo lo mismo.

Unos días después Gabriela, acompañada por Soledad, presentó la denuncia al juez Arias. Al mes siguiente exhumaron las dos tumbas. Un análisis de ADN determinó que el primer cuerpo enterrado, el que sepultaron Pocha y Angélica, es el del Flaco Isla. Y el segundo, ¿de quién es?

*** 

El juez Arias y el defensor Axat van hacia la morgue policial. Es 9 de abril, pasó una semana de las inundaciones. Tienen una orden judicial para entrar. En otros ámbitos ellos son el cantor Arias y el poeta Axat, acá son dos tipos que vienen a arruinar todo. Arias imagina que tal vez no los dejen pasar. Piensa en aquel día de 2010 cuando llegó con la orden para impedir la demolición del asentamiento en Gorina y no pudo impedir que la Bonaerense, de todos modos, eche a la gente de sus casas y luego las prenda fuego. “Los vecinos del country, esa vez ganaron”, –se dice. Piensa en el largo derrotero que tiene con la fuerza. Piensa que tal vez ocurra lo mismo, pero va igual. Con un papel que dice “inspección ocular” intentará entrar a la morgue policial. Lo logra. Pide los registros y los lee junto a Axat. Piden entrar y el jefe de la morgue, el comisario inspector Sergio Marano, con el jefe de la policía científica de la departamental La Plata, comisario inspector Carlos Jaime, lo impiden.

 

La orden, supieron después, la había dado el comisario general Pablo Vázquez.

 

El diario local “El Día” del 10 de abril dirá “No hay ningún cadáver que se corresponda con el temporal” y en la foto de portada aparecerán Sergio Marano y Carlos Jaime, el juez Federico Atencio, el subsecretario de justicia y seguridad provincial César Albarracín y el subcomisario Javier Rosales. Pero Arias lo ignora. Desconfía, sabe que son capaces de cualquier maniobra.

 

“Si no nos dejan entrar hay algo extraño”, –supone. La hipótesis de la negación de los muertos se afianza, en ese momento se cruza una mirada con Axat y salen con los libros de ingreso en las manos, casi corriendo. Aprovechan que enfrente hay una escuela y es el horario de salida, se escabullen entre los padres que esperan a sus hijos, como si jugaran a la escondida. Así logran irse con los biblioratos de la morgue.

 

Unos días después Arias denuncia a Vázquez por desobediencia. Vázquez es sobreseído de esa causa y sigue en su cargo.

*** 

Es invierno y ya pasaron dos horas del mediodía, no hay pronóstico de lluvia en La Plata. Arias se acomoda atrás de su escritorio, se toca la barba y explica:

 

—Una de las formas que encontramos sobre cómo adulteran las muertes fue a través del Formulario 25.

 

Es un mecanismo que se usa en la provincia de Buenos Aires cuando a un cuerpo no se le conoce la identidad y no es posible identificarlo mediante huellas digitales o reconocimiento de rostro o rasgos físicos. Por ejemplo cuando alguien muere en un incendio: dos testigos que conocieron al muerto firman y dan fe de quien es. Soledad se suma al relato de Arias.

 

—Lo llamativo es que esos formularios 25 fueron firmados por empleados de la morgue. ¿Por qué? Porque si firmaban les pagaban horas-extra, me lo contó uno de los chicos que trabaja allí, dice.

 

Arias, amable, pide agua caliente para el mate a uno de los empleados del juzgado y, mientras espera, añade vehemente:

 

—La policía impide a un juez que investigue. Si a una persona la matan en la cárcel la pueden enterrar con una identidad cambiada. A un pibe que lo asesinan por gatillo fácil también.

 

Arias piensa en los cinco años que Luciano Arruga permaneció desaparecido, hace conjeturas. Piensa, también, en Jorge Julio López quien desapareció precisamente en esta misma ciudad hace ya diez años.

 

—¿Comprendés la gravedad del asunto? Esto sucede con la intervención de la justicia.

 

Luego de la exhumación de los dos cuerpos el juez Arias ordenó un allanamiento a la morgue policial.

 

*** 

Las moscas no resisten el frío. Buscan el calor, la luz, la comida o la podredumbre. Su presencia responde a una sencilla ecuación lógica: cuanto más calor y olor, más habrá.

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La Justicia ordenó un allanamiento a la morgue policial de La Plata. Habían pasado 90 días desde que Soledad había visto las dos tumbas que decían Raúl Jaime Isla. La sospecha siempre fue la misma: por ese lugar habían pasado los muertos que negaron en la inundación. Tres días más tarde de la orden, treinta gendarmes con sus médicos y peritos y Soledad Escobar, como amicus curiae de la causa, participaron del allanamiento. Las moscas verdes volaban en todo el ambiente. No era una cámara fría ni oscura. La morgue policial de La Plata funcionaba a temperatura ambiente. El olor penetraba el lugar y se sentía desde afuera. Era febrero y faltaba un mes para que terminara el verano.

 

Las muestras de las vísceras estaban en frascos de café. Ninguno estaba rotulado, había algunos apilados y con su contenido pudriéndose. Dentro de bolsas de residuos los cuerpos se iban convirtiendo en líquidos que se desparramaban por el suelo. Soledad gritó cuando sacaron la cabeza de un perro de una de esas bolsas. Los peritos y Soledad con una cámara filmadora, una máscara y dos algodones con vainillín en la nariz trabajan en el lugar. Ni en su peor pesadilla imaginó pasar un día entero viendo muertos.

*** 

Si Miguel Maldonado hubiese sido ginecólogo probablemente no tendría el renombre que tiene. Sus dedos gruesos y sus manos anchas se parecen más a las de un mecánico que a las de un médico forense. A esto último se dedica hace más de 45 años. Trabajó en el mediático caso Barreda. Desde hace años es consultado por Rosa Bru, la Presidenta de la Asociación que lleva el nombre de su hijo, Miguel, el joven estudiante de periodismo asesinado por la bonaerense que aún permanece desaparecido.

 

—Toda morgue, en particular los lugares de conservación de los cadáveres, deben estar refrigerados invierno y verano. También los lugares donde se guardan vísceras y demás “sub productos” de las autopsias. Naturalmente, se guardan el tiempo necesario para remitirlos a los laboratorios y hacer estudios químicos, toxicológicos y de patología forense.

 

En su oficina del microcentro porteño, a la que llega todos los días desde La Plata, Maldonado hace un ademán con sus manos gruesas y agrega: “La morgue debe ser un lugar limpio, ordenado, sin elementos que nada tengan que ver con su función específica”.

***

En la víspera del allanamiento, Soledad no comió. Sabía que el olor en la morgue sería insoportable y no quería vomitar. En las 24 horas que duró el peritaje no se detuvieron ni para comer ni dormir. Cuando volvió a su casa, después de haber visto más de 60 cadáveres en descomposición, se sacó la ropa y la metió en una bolsa, luego la lavó y desinfectó separada del resto. Las sandalias también las desinfectó. Se bañó, se puso champú cuatro o cinco veces y se pasó jabón por el cuerpo unas seis. El olor lo tenía impregnado en la nariz y no se fue con el agua de la ducha. Lo sintió un par de días más.

 

El 2 de marzo, después de casi cuatro días, Soledad pudo dormir. No se acuerda si soñó pero se despertó llorando. Se sentó en su computadora y escribió en diez líneas algo que después se reproduciría 254 veces en Facebook. Describía algunas de las cosas que había visto y sentido durante las horas del allanamiento. Nada que un ser humano esté preparado.

***

Gabriela tiene la tez blanquísima y los ojos claros. Es profesora en la Facultad de Artes de la Universidad de La Plata. Mide más de un metro setenta. En una foto de hace unos años se la ve con un micrófono y un jeans ajustado.

 

–¿Ves mis piernas juntas arriba y desde la rodilla para abajo abiertas? –dice. Bueno, igual son las de mi hermano y eran las de mi papá.

 

A los 70 años, el Flaco Isla estaba pelado y canoso. Seguía usando el bigote que usó toda su vida. Era 1998 y su nieto más grande –hijo de Gabriela—cumplía años. En una de las fotos el Flaco aparece en el fondo de un ambiente con el resto de los invitados. Tiene una campera clara y una bufanda atada al cuello, como un pañuelo, se lo ve firme y elegante. Mira de reojo con displicencia. Como en todas las fotos que guarda Gabriela de su padre, él aparece sólo de lejos.

 

—Mi papá tenía doble personalidad. Ni mis primos, ni familiares, ni ningún conocido se imaginaba que era un tipo golpeador.

***

La vida tiene olores que nos gustan y otros que no, en algunos lugares se respira el aroma de los jazmines y los azahares, en otros el de los tilos, los paraísos o los limones en flor. En el campo, antes de una lluvia, se huele a yuyos y a jarilla. En las ciudades, en cambio, el olor del asfalto húmedo se mezcla con el del gasoil quemado que tiran los autos. El olor de la muerte, sabe Soledad, no se puede tapar con algodones con vainillín y una máscara. Los cadáveres en descomposición, los líquidos que emanaban, las vísceras en frascos de café y los restos de animales conviviendo con los de humanos eran solo una parte de la morgue policial, le daban ese olor. El lugar tenía además archivos y papeles que avalaban el espanto. En una computadora había una carpeta llamada “Archivo Fantasma”:

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—Contenía un listado de 56 cuerpos inscriptos con formulario 25, había casos que tenían fecha 2006. En esa lista estaba Isla—explica Soledad.

 

Otra de las cosas halladas en la pericia fue el libro de ingreso: un cuaderno anillado sin numerar y sin foliar, vulnerable para suprimir con facilidad cualquier dato. En los sobres de papel madera que se usaban para poner el número, las características del cuerpo y las causas de muerte en caso de identidad desconocida, denominado en la jerga “número de óbito”, los papeles fueron cambiados “Los sobres estaban llenos de hongos y las hojas de adentro eran blancas, como recién impresas. Si hubiesen sido las originales al menos tendrían que haber estado amarillas por el tiempo transcurrido” —pensó Soledad al verlas.

 

El juez Arias ceba un mate en su oficina, levanta la mirada y precisa: “Inscribir la muerte de una persona dos veces es lo más fácil que hay. No existen formularios numerados”.

 

Soledad, sigue obstinada con el tema, en la oficina de Arias sostiene “este material debe ser investigado exhaustivamente por la justicia penal”.

 

***

Soledad cargó y procesó miles de datos. Tomó casos desde el 2006 al 2013. En total fueron 11.130 defunciones, todas en La Plata. Entre tanto entrecruzamiento apareció el caso de Cristian Alberto Madril, su cuerpo fue identificado en la morgue policial con nombre y apellido que no se informó ni a la fiscalía ni a la familia que lo buscaba desde hacía dos años. Otro caso que surgió de la investigación fue el de Batilón Amarilla, quien fue inscripto dos veces, primero en el partido de Presidente Perón y después en La Plata.

 

Ni Madril ni Amarilla murieron como consecuencia de las inundaciones pero sus casos demostraban que en la provincia de Buenos Aires es fácil vulnerar las causas de muerte y que a un cuerpo se lo puede ocultar durante años en una morgue o en el cementerio. O se lo puede inscribir más de una vez.

 

El descontrol en las morgues policiales existe, en los datos que analizó Soledad Escobar desde el 2006 al 2013 no sólo encontró los casos de Madril y Amarilla, halló muchas irregularidades más. “Si los sistemas de registro de muerte de personas estuvieran informatizados se podrían cruzar datos y no se podrían vulnerar las causas de muerte, las identidades y los lugares donde mueren”–asegura Soledad. “La policía no debe investigar, eso lo debe hacer la justicia”–piensa el juez Arias. Y, de todos modos, así lo contempla la ley. “Es gravísimo que haya morgues policiales, deben ser judiciales, y deben funcionar con protocolos”, asegura Miguel Maldonado.

 

***

En abril de 2014, la Justicia platense determinó que las víctimas de las inundaciones del año anterior eran 89 y no 52, como había afirmado primero Casal, ni 67 como lo había rectificado la fiscalía tiempo después. Sin embargo, la misma fiscalía apeló el fallo firmado por el juez Arias. Su fundamento fue objetar aspectos técnicos. En julio del mismo año, la Cámara en lo contencioso administrativo de La Plata determinó que el fallo de Arias sí tenía validez.

Soledad sintió alivio. Esa noche junto con el juez Arias y familiares de los muertos por la inundación fueron a comer a una parrilla. No fue exactamente una celebración, no se sentían felices; aunque en las fotos de esa noche se los ve sonrientes.

 

El cuerpo que le dieron a Gabriela sigue en la tumba 29 del tablón E sepultura 31 del Cementerio de La Plata. Sólo se sabe de él que pertenece a un hombre de 1.90 de estatura y de unos 70 años. Todavía se desconoce su nombre. No era su padre, aunque en la lápida aún dice: Raúl Jaime Isla.

 


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