Mariana Eva Perez dice que es fácil recordar a los desaparecidos: se ven lindos, vintage, románticos. Mientras, busca palabras para homenajear a Marcelo, su primo, y hacerle un lugar en la construcción de la memoria colectiva. El era un pibe cuando los militares le dejaron a Mariana, de bebé, en los brazos. A su modo, le regaló una vida de cuento de hadas en medio el horror. Ella tan princesa montonera, él tan UCD, y los dos tan atravesados por la misma dictadura.



El 17 de enero se murió mi primo Marcelo. Éramos primos segundos, nietos de dos hermanas, Argentina y Francisca. Lo que nos unía de una manera especial iba más allá del parentesco lejano. Marcelo era “el que me recibió”. ¿Cuándo? Cuando “se los llevaron”. A ellos, a Jose y a Patricia, porque de mí nunca se dijo que me hubieran llevado. Al revés. A mí “me dejaron”. ¿Dónde? En la casa de Marcelo.

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Esa noche Marcelo estaba en su casa con dos amigos, la Francisca y su prima menor. Estaba esperando que regresaran los adultos del hospital donde operaban a su tío, que días después moriría de un cáncer de páncreas fulminante. Aún así, Marcelo iba a salir esa noche. Era viernes y tenía 17 años.

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Me gustaba ir a su casa los domingos, con mis abuelos. Vivía con sus padres y su abuela, y en la casa de al lado, sobre el mismo terreno indiviso, sus tíos y su prima la menor. Para Argentina “ir a Olivos” era sagrado, y ahora que lo pienso, en esos primeros años de aislamiento la familia de la Francisca era  casi toda la gente que veíamos.

 

Me gustaba quedarme sola en la pieza de Marcelo cuando él se bañaba y después, cuando salía con la novia o con amigos, a la tarde. No tenía permiso para usar el tocadisco, pero él me dejaba puesto un vinilo a elección antes de irse, que siempre era el de Jorge Schussheim o el de Fontova y sus sobrinos. En la ventana de su pieza, que daba al patio, había un sticker con la primera viñeta de Mafalda en la que aparece Libertad y dice: “Libertad”. Pero no había historietas. Ni libros. Había un velador hecho con una botella. La cama estaba siempre pulcra y estirada, como la de un conscripto, pero Marcelo no hizo la conscripción, porque era estrábico: a los tres años, un rayo de bicicleta se zafó y le entró en el ojo. En su casa había una foto de él antes del accidente y era precioso y parecía otro, un Marcelo que en una dimensión paralela siguió creciendo con el ojo normal.

 

Tuvo otra novia pero yo recuerdo sólo a Lucía. Con ellos dos aprendí a remontar barriletes, a hacer trenzas y a escurrir el saquito de té en la cuchara para que no moje el plato. El rato que me dedicaban los domingos rankeaba alto, junto a regar las plantas con More o jugar a manejar el FIAT Europa de Cholo. Tengo mil fotos con Marcelo y Lucía en su casamiento y en la fiesta me tocó una liga.

 

Cuando murió la Francisca, apenas días después que mi abuelo, me quedé a dormir en su casa. Era una casa de pareja joven sin hijos, con muebles modernos y funcionales, muy distinta a todo lo que yo conocía. Ahí vi la pequeña estatua-caricatura de Álvaro Alsogaray con los dedos en L y me contaron que eran de la Ucedé, que eran liberales, y que hacía poco habían ido a un acto impresionante en una cancha. Me dormí escuchando por primera vez una FM, consciente de no tener miedo a la oscuridad ni extrañar ni sentir ninguna otra cosa rara más que tristeza por la muerte de la tía Francisca, que era viejita y estaba perdida pero era cariñosa también, y la de mi abuelo que era tan reciente.

 

Sabía que Marcelo y Lucía me querían, pero también me sentía examinada. Con ellos, o más bien ante ellos, sentía que había algo inadecuado en mí, algo quizás relacionado con la crianza de mis abuelos, que no escuchaban FM ni escurrían el saquito de té atándolo con su propio hilo dentro de la cuchara ni eran liberales.

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Ese día, esa noche, mis abuelos tampoco estaban en su casa. En algún momento pasamos por ahí, Paty lo contó en la ESMA, ignoro los detalles. Ese día, esa noche, mis abuelos también estaban en el hospital donde operaban al sobrino.

 

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Corto con G. que acaba de darme la noticia de la muerte de Marcelo y me quedo en blanco mirando la pared del jardín por la que trepa la enredadera. Me pregunto a quién avisarle, me respondo que soy yo la última en enterarme, sin duda.

 

Llamo a Lili. Otra nieta de la Francisca, prima hermana de Marcelo, prima segunda mía. Hace años que no hablamos, diez años seguro, tal vez quince. Alguna vez que me sentí especialmente emigrada y huérfana de padre, la llamé desde Alemania, pero no la encontré. Hoy sí. Está en un micro, viajando de Entre Ríos a Buenos Aires. ¿Venís por lo de Marcelo?, le pregunto con prudencia, como si hubiera alguna chance de que no lo supiera. Claro que viene por eso. Entonces lloro. Me dejo llorar sin control, le lloro entre hipos, le hipo al oído, me la imagino de pie en el micro, no sé por qué, de pie y mirando por la ventanilla. Le hipo que Marcelo me salvó la vida, que era muy importante para mí, que si no fuera por él yo no estaría acá ni los milicos en la cárcel, que hace unos días lo invité a conocer a mi hija, ah, sí, tengo una beba, y no me dijo nada de ninguna operación. Sin que venga muy a cuento, aunque para mí sí, le digo que hace mucho que quiero hablar con ella, porque sé que ella quería mucho a mi papá. Pero también la acuso: desde que se murió Argentina nadie más de su familia me llamó, no vi a nadie más, como si se hubieran muerto todos. Excepto Marcelo. Lili me habla con calma y tristeza. Me dice que ahora ella está en otro momento, que está en una búsqueda espiritual. No entiendo de qué habla pero me aferro a la suavidad de su voz. Me promete que nos vemos mañana en Chacarita. Le preguntó a qué hora llega, dónde se queda, me responde pero no me invita.

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Cuando emprendí la primera búsqueda de Jose y Paty, a mis veinte, y rastreé compañeros de militancia y de cautiverio, amigos del barrio y ex novios, también me reuní con Marcelo. Ya no compartíamos las navidades ni mucho menos los domingos, como cuando vivía la Francisca. Él y Lucía se habían mudado a un departamento más grande, también en Núñez, con su perro, un viejo pastor inglés. Ese día, por primera vez, me contó cómo me había recibido cuando la patota que nos secuestró recaló en su casa de Olivos. 

 

No recuerdo nada de esa conversación. Sólo detalles del departamento, una alfombra, un equipo de audio caro y muchos discos, y el perro que se llamaba Magoo porque no veía.

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Viajo en subte a Chacarita abrazada a un cuaderno como si fuera un salvavidas. Sentada frente a mí, en diagonal, viaja una mujer de unos sesenta y cinco años que bien podría ser hermana de Argentina o de la Peti, la madre de Marcelo, no como es ahora, aunque no sé cómo es la Peti ahora, sino cuando tía y sobrina tenían esa edad, porque la Francisca era mucho mayor y Argentina tenía la edad de sus sobrinos. Pienso que Marcelo podría ser un libro, que su familia podría ser una novela, y tendría que ser una ficción, porque es mucho lo que conozco pero mucho más lo que no. Si la autoficción es un género noble, la ficcionalización de la saga familiar ajena es dilemática. En esa saga familiar, soy la hija que Marcelo nunca tuvo, que no pudo tener. Oh sí, la niña que recibió de manos de un militar, la que se comprometió a entregar a los abuelos, la que después siguió de cerca toda la infancia, una presencia sutil pero constante, porque en esta versión Marcelo y la niña no dejan de verse nunca, nunca se quedan sin tema de conversación, nunca sus mundos se bifurcan, por un lado los misteriosos emprendimientos de marketing de él, por el otro, la precoz militancia full time en derechos humanos de ella. Entonces cuando Marcelo le anuncia a aquella niña que recibió, ya adulta, que va a nombrarla su heredera, no es tan sorprendente como cuando el otro Marcelo me lo dice cuando nos reencontramos años después de la muerte de Argentina. Estas cosas escribo en el cuaderno, a una velocidad de locos y aturdida por el ruido del subte, como si pudiera escribirlo todo antes de llegar a Chacarita, su vida, la mía, la historia de nuestras abuelas, las muertes que se dieron de a pares en las dos familias, todo esto entre Ángel Gallardo y Federico Lacroze.

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Ya me olvidé quién contactó a quién por facebook. No descarto que haya sido yo, que antes de mudarme a Alemania tanteaba las posibilidades de impulsar un juicio por la desaparición de Paty y Jose. Marcelo era el único testigo del operativo que conocía. Nos encontramos en un café de franquicia en un barrio neutral. En palabras de Argentina, lo noté desmejorado. Tenía artrosis reumatoidea. Hay días que no me puedo levantar, me dijo. Pero no buscaba dar pena: me estaba explicando por qué se había borrado (otros escribirían que había desaparecido, pero yo no puedo) después de la muerte de Argentina. Fue cuando me dijo que quería que yo fuera su heredera, como si tuviera tanto para dejar, y dando por sentado que moriría después que su madre. Me conmovió descubrir que significaba tanto para él. Aún así, no lo invité a mi casamiento. No sabía cómo estar con él.

 

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Un año después, en mi primer viaje de vuelta, lo acompañé a declarar al juzgado de instrucción. Delante de otros, fui más consciente de que había algo extraño en él, en su forma de hablar o de pararse. Lo que primero llamaba la atención era el ojo, que le enrarecía la mirada. Pero también tenía algo rígido en el cuerpo, difícil de localizar, algo que hacía que las palabras salieran de su boca como mordidas. Para peor, la ironía de la juventud se le había convertido en algo indescriptible, un humor cínico un poco desubicado, un descreimiento generalizado con mucho de resentimiento, algo que se notaba que no quería ser agresivo pero que lo era. Así declaró. Como burlándose del hecho de que era la primera vez que la Justicia lo escuchaba contar cómo los milicos tocaron a su puerta para dejarle a la beba de su primo. La primera vez que declaró fue en dictadura y en una comisaría, porque en esa época la policía instruía las causas, como él recordó: fue más un interrogatorio que otra cosa, dijo, con ese asomo de sonrisa tan raro y la voz como tirada para atrás con fuerza, canchereando. Fumaba. Fumaba mucho. Argentina le llevaba siempre dos paquetes de Parissiens de regalo, creo que le gustaba comprárselos porque eran los que fumaba Jose. Con evidente necesidad de fumar contó por primera vez el operativo. Cuando empezó a enumerar los autos y camiones, los soldados apostados hasta en el muro del cementerio, a Patricia en un auto, ¡a Jose en un camión!, dudé, lo confieso. Siempre había imaginado un operativo más discreto, dos autos y ya, algo más acorde al fade out de las desapariciones que se verifica por esos años. El relato de Marcelo era increíble. Todo entró en una bruma. Ya no sabía qué era cierto y qué no, no entendía por qué exageraba todo, si acaso había alguna patología psiquiátrica que explicara eso extraño en él, porque sencillamente no podían ser reales tantos milicos, tantos vehículos. Hundidos en la bruma empezamos después a pasar las páginas del libro de fotos de personal de la Fuerza Aérea, sin nombres. Marcelo había hablado de un pelirrojo que parecía a cargo de esa parte del operativo y que estaba visiblemente nervioso, ansioso por terminar el trámite. Y en ese libro de retratos fotocopiados, en blanco y negro, Marcelo señaló la foto sin nombre de Vázquez Sarmiento y dijo: éste es el que estaba nervioso, el pelirrojo. La bruma se disipa en un instante, el aire se vuelve frío y cristalino, se abre paso el rayo de la Verdad, porque Vázquez Sarmiento es el Colo, el jefe inmediato de Gómez, que está prófugo. Las denuncias que me condujeron a G. hablaban del Colo, suboficial de la Aeronáutica que en 1977 se robó a un bebé nacido en la ESMA y que muy conforme con el experimento se lo hizo repetir un año después a su subordinado. Y entonces todo cae de nuevo en una bruma, pero una bruma distinta, la bruma espesa de saber que lo que cuenta Marcelo es cierto, que de verdad estuve metida en semejante operativo militar, todos esos autos y colimbas y armas largas para secuestrar a dos hombres que no se resistieron, a una embarazada y a una beba. No puede ser pero es, Marcelo reconoce a un pelirrojo en una fotocopia, se acuerda de todo, guardó estos años una foto mental de ese momento que no puede haber durado más de cinco minutos pero que desde entonces sucede sin pausa, para él y para mí.

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En la estación Lacroze hay un local de Todo Moda que tiene una promo de 2×1 en sombreros. Me pruebo una capelina con lentejuelas transparentes de brillos dorados. Hace calor y va a hacer más calor al atravesar el cementerio. Me vendría bien una capelina. Me pruebo varias. Miro el reloj: todavía es temprano.

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Cuando era chica, solía sentarme en los hombros de Marcelo. Me encantaba. Eran los únicos hombros familiares en los que podía sentarme. Hasta que en un cumpleaños sentenciamos que ya estaba demasiado grande, me alzó por última vez y nos sacamos una foto.

 

Después de su declaración testimonial, me llevé esa foto a Alemania y la tuve en mi escritorio hasta que volví del todo para el juicio oral. Una víspera de Navidad le escribí un mensaje muy sentido en el que le agradecía las navidades que habíamos pasado en su casa con Lucía y la familia de ella, una familia prestada que se esforzaba por hacernos sentir menos solas ese día, cuando ya habían muerto mi abuelo y la Francisca y las visitas a Olivos de Argentina se espaciaban y yo ya no iba.

 

Pero en los viajes que hice a Buenos Aires esos años no lo vi. No le avisé que estaba acá, no lo invité a conocer a mi primer hijo.

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En el año 2000 lo entrevistaron para un proyecto que era mi proyecto, mi mejor idea, mi bebé que hace tiempo que camina sin mí. En esa entrevista habló sobre su relación con Jose y sobre el procedimiento. Corre el año 2000 y Marcelo todavía dice que hasta no hace mucho tenía esperanzas de que lo de Jose hubiera sido un autosecuestro, o un secuestro de los Montoneros, y que Jose estuviera en España. Dice también que Jose quería abrirse de la organización y que además quería llevarse plata. Lo pienso hoy y me sonrío. Porque Jose cayó tratando de reengancharse, lo sé por compañeras, lo contó Paty en la ESMA, ella sí quería dejar de militar pero él no, él no sabía vivir sin militar y además le pesaba la guita que tenía de la organización, necesitaba devolverla, ponerla al servicio de la causa montonera. Si le dijo todo lo contrario a Marcelo fue para protegerlo. Pienso que nunca se lo dije, y se me borra la sonrisa.

 

En esa entrevista, Marcelo también hace un análisis de la situación política y económica que lo lleva a darle la razón a Jose, aunque no en los métodos, claro, siempre los famosos métodos.

 

Antes de morir discutió con G. en facebook: había escrito que las víctimas de la dictadura vivimos de subsidios del Estado, algo de ese orden, no sé, no lo leí, hacía años que había silenciado los posteos de Marcelo.

 

Entre una cosa y otra, el kirchnerismo. El kirchnerismo y su narrativa de la memoria que no supo incluir a gente como él. A él que no fue militante, que siempre rechazó la lucha armada, que en esa entrevista contaba con orgullo que tenía amigos hijos de militares y que estaba más cerca de la derecha que de la izquierda, y que aún así no dudó en reconocerme como la hija de su primo, tomarme en brazos, comprometerse a entregarme a mis abuelos. ¿Cuántos de nosotros admitiríamos ser familia de un delincuente subversivo ante semejante despliegue de las fuerzas de seguridad?

 

Quiero creer que el juicio oral reparó algo, pero no estoy segura de que él haya comprendido todo lo que se rompió ese día. Lo que sí sé es que yo no lo vi, que apenas lo vislumbro ahora, y que ya no puedo explicárselo. Tampoco llegué a contarle que empecé a cobrar una pensión por haber estado secuestrada ese día.

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Es fácil homenajear a los desaparecidos. Para empezar, son todos lindos. No sé cómo hacen. Se visten vintage. Son descaradamente jóvenes. Dieron su vida por el otro, por la revolución, por todo lo que es bueno y bello. No es tan fácil escribir sobre Marcelo. Y sin embargo su muerte prematura, sus prematuras enfermedades, me hacen preguntarme si él no  fue también eso que para simplificar llamamos “víctima de la dictadura” pero que tiene tantos matices como para desarrollarlos en un proyecto de postdoctorado. Empecé a pensarlo después de escuchar su testimonio en el juicio oral contra los milicos de la RIBA . Lo vi frágil, lo escuché mal. Quiso contar también algunos episodios que había sufrido antes y después del operativo del 6 de octubre de 1978, tipos que lo seguían, que le mandaban saludos a un perro que le había regalado Jose, el teléfono intervenido por un tal Horacio que le preguntaba si me había entregado a mis abuelos, si seguía con ellos. La primera vez que le oí contarle eso a Pablo, mi abogado, me asusté porque también me pareció inverosímil. Pablo no dijo nada. Lo repitió en la instrucción y en el juicio oral. Sonaba paranoico. Quizás lo fuera. Lo contaba como algo superado, algo que para él, para su fortaleza, no había significado nada. Hoy que él se murió y que su muerte me duele como algo físico, me pregunto por todo ese dolor reprimido por el secuestro del primo con el que discutían de música y política, lo suficientemente mayor para ser un poco admirado aunque en las antípodas ideológicas, y por el miedo, me pregunto por el miedo nunca asumido ni elaborado, por la necesidad permanente de demostrar suficiencia, y me pregunto por la debacle de su matrimonio y de su carrera que lo obligaron a volver a la casa de su madre a la edad que yo tengo ahora, y por su artrosis reumatoidea y su diabetes y los problemas de corazón que se lo llevaron a los cincuenta y seis de años.

 

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Yo fui durante décadas la víctima invisibilizada, la que no “se llevaron” sino que “la dejaron”, fíjense qué buenos los milicos, y más bueno aún mi primo, que “me recibió”. Un cuento de hadas en medio del horror. Fui la víctima invisiblizada y lo sigo siendo mientras no se instruya la investigación por las horas que pasé secuestrada no se sabe dónde ni cómo, aunque sí con quién, y en gran parte se sabe gracias a Marcelo. Si yo soy la víctima invisibilizada, él fue la víctima invisible.

***

En Año Nuevo nos saludamos. No puede ser que no conozcas a Norita, le dije, quiero que vengas a casa. Dale, arreglamos, me contestó él. No me contó que se tenía que operar del pie, no le gustaba quejarse y habrá pensado que era algo menor. Se murió después de la operación.

 

Ese día yo estaba leyendo Chicos de Varsovia, el libro de mi amiga Ana Wajszczuk. Y pensé en los polacos católicos que salvaron niños judíos. Algunos de ellos eran de derecha, profundamente nacionalistas, y no querían a los judíos en Polonia, pero la matanza de niños les pareció demasiado e hicieron lo que tenían que hacer, a riesgo de sus propias vidas.

 

Marcelo fue mi polaco católico, pensé.

 

En el cementerio no hubo amigos hijos de militares ni amigos de facebook, sólo la familia y dos amigas a las que en un momento oí hablar de mí. Muy bajito, una le dijo a la otra: “él la salvó”. Jamás lo escuché contarlo en esos términos. Ni en el juicio ni nunca. Yo sí se lo decía en los encuentros de los últimos años, se lo decía cada vez, cuando se acababa la charla casual y no sabía de qué hablar porque no teníamos casi en común más allá de esta historia. Vos me salvaste la vida, le decía. Me alivió enterarme de que él también lo sabía.

 

Marcelo Rubén Moreyra, mi polaco católico personal, que tu nombre sea inscripto por siempre entre los justos de mi nación imaginaria. 


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