Río de Janeiro quiere verse bella y segura para el Mundial y los Juegos Olímpicos. Con el objetivo de bajar la violencia, el gobierno militarizó las favelas con las Unidades de Policía Pacificadoras. Además de combatir a los narcos, las UPP pretenden disciplinar a los bailes funks. Crónica desde el interior de las fiestas que mueven los cuerpos y la economía de los barrios más pobres de Brasil.



Fotos: Ricardo Fasanello

 

En la madrugada del día 19 de junio, Roberto se despertó con el ruido de helicópteros. Eran las cinco de la mañana cuando tres aeronaves comenzaron a sobrevolar su casa en el Morro de Mangueira. La invasión militar anunciaba los cambios que estaban por llegar y le abría camino a la instalación de una UPP (Unidad de Policía Pacificadora), que haría de la presencia policial, no una excepción aterrorizante, sino un constante en el cotidiano de la favela.

 

Invadir el morro de Mangueira es difícil, en parte por los mismos motivos que dificultan la circulación de colectivos, la instalación de una red de cloacas y la recolección de basura: desde el asfalto hasta lo alto del morro, es imposible subir en línea recta, mucho menos en auto, camión o en un patrullero.

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No era la primera y ni sería la última invasión, pero aquella vez era diferente. Con catorce blindados, cuatro helicópteros, colectivos, motos, camiones y setecientos cincuenta policías, la policía militar escenificaba, en la fecha y la hora convenida, una embestida decisiva contra el crimen organizado en la región. Para algunos vecinos, era el primer paso en dirección a la liberación del control territorial ejercido por el narcotráfico. Para otros, la amenaza de una intensificación de la opresión policial, los cacheos y las interdicciones simbólicas, como la prohibición de una de las más significativas afirmaciones de la autonomía cultural y económica de la favela: el baile funk de calle.

 

Para Roberto y los amigos, una pérdida inestimable. Para Ángela, treinta años mayor, era un alivio. Podría finalmente dormir sin ruidos ensordecedores bajo de su ventana. A pesar de haber estado casada con dos jefes del narcotráfico, no le deseaba aquella vida de riesgos a nadie. Sabía que la llegada de la policía no terminaría con las drogas ni con las armas. Pero al menos ya no serían sus hijos y sobrinos los encargados de operarlas.

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En el 2007, el Gobernador de Rio de Janeiro, Sérgio Cabral, viajó a Colombia para conocer el proyecto de seguridad Pública de Medellín y Bogotá, donde la baja del número de homicidios desde la ocupación policial de los territorios dominados por guerrilleros tal vez pudiera ofrecer soluciones aplicables a Brasil. La reconquista militar de las favelas tenía como objetivo el restablecimiento del acceso directo de la población a los recursos públicos, eliminando el protagonismo del tráfico en esta mediación.

 

Tomar el territorio enemigo, como se hace en una guerra, sería el primer gesto afirmativo del Estado. Enseguida, se construirían las bases para asegurar la permanencia de la policía y la represión sistemática de cualquier cosa que fuera considerada una celebración de la actividad criminal del tráfico, como el cierre del comercio en señal de luto por la muerte de algún traficante y los bailes funk. Pasar los días sentado en la puerta del morro respondiendo un radio -comportamiento común entre vecinos de la favela con trabajos informales- también pasó a ser visto con desconfianza por la policía, ya que, como ironiza Roberto, “el trabajador que es trabajador sale a las 7 de la mañana y vuelve a casa sólo de noche”.

 

Mascarón de proa de la política de Seguridad Pública de Rio de Janeiro, las UPPs debían ser exitosas, mostrar resultados rápidos. Al instalarse la UPP de Mangueira, la prensa celebró el “cierre del cordón de seguridad alrededor del Maracanã”, aludiendo a la metáfora creada por el Secretario de Seguridad José Mariano Beltrame. Electa como sede de la Copa del Mundo (2014) y de los Juegos Olímpicos (2016), Río de Janeiro necesitaba volverse bella y segura para recibir a sus invitados. También era necesaria una policía menos violenta, dado que cualquier acción de la Policía Pacificadora era solamente la transmisión de un gesto de la mano del Estado. Se creó una policía especial, con un mayor grado de escolaridad, con menor trabajo en combate y que fuese capaz de transmitir el discurso cuidadosamente elaborado por el equipo de marketing sobre los principios de diálogo y ciudadanía que orientan su actuación.  El odio y el terror de los vecinos de la favela por la policía debía mutar en un vínculo en el que no faltaran los “por favor” y los “muchas gracias” de una relación normal y pacífica. Claro que también una relación armada y asimétrica.

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Una tarde, Roberto volvía a casa en tren con su cara de favelado, bermuda y sandalias, y notó que la policía lo observaba. Llegando a la puerta de Buraco Quente, fue abordado por alguien. El policía tenía la misma edad, el mismo color y la misma altura que él, pero estaba uniformado: “Buenas tardes, señor. ¿Puedo revisarlo? Sé que es un trabajador pero yo también sólo estoy haciendo mi trabajo”. Mierda, fue lo que pensó Roberto, sin saber si por casualidad tenía un porro en el bolsillo. Por suerte, no tenía nada. Pasó por el cacheo y siguió en dirección a su casa con cara larga. Pasó el resto del día de mal humor.

 

El gobierno prometió que los caños y las cloacas a cielo abierto darían lugar a bocacalles destapadas y mejoras en el servicio de saneamiento básico. Garrafas de gas y medicamentos serían distribuidos como en el resto de la ciudad y no más por la red de servicios del tráfico. Se negoció un precio diferencial para que la distribución de la energía eléctrica volviera al dominio de las empresas y comenzara a ser cobrada. NET, previendo represalias al desmonte de “Gato Net”, red de cableado para la distribución “alternativa” de la señal de TV por cable, creó una “tarifa ciudadana” para la regularización del servicio. A Roberto no le gustó cuando notó que junto con la policía venían las empresas, los dueños de la plata. Pero sus compañeros de casa no querían quedarse sin cable para ver el UFC, entonces tuvo que adherirse y comenzar a pagar los R$30 reales por mes.

 

 

Un poco amargado, cuenta que con el enclave de la bandera del estado de Río de Janeiro por parte de los policías, que coronó el espectáculo de la ocupación, el Morro da Mangueira inmediatamente ganó outdoors de la empresa de telefonía celular VIVO y un ejemplar de “Casa e Vídeo”, la tienda popular en la que se puede comprar desde electrodomésticos a tuppers a crédito, con plazos que casi se pierden de vista. “La primera cosa que nos dieron fue la policía y la oportunidad de comprar cosas. Pero los postes de luz siguen de la misma manera, incendiándose todo el tiempo, y las bocacalles tapadas. ¿Por qué no arreglan todo antes para luego traer la policía y regularizar el baile?”

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Desde lo alto del tejado del quinto piso del edificio donde funciona un bar y un estudio, el funkero Roberto ve el movimiento pacato de los bares y veredas en la rua do Buraco Quente y recuerda: “Esto todo de aquí era nuestro, apenas podíamos caminar de una vereda a otra. Eran siete equipos de sonido, siete DJs diferentes y todos quicando”.

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No conocemos la expresión, pero las imágenes del requiebre funkero que mimetiza movimientos sexuales – la imposición pélvica y el meneo poseído de los traseros rápidamente tapan el agujero semántico de la frase sin que deba interrumpir el trance mnemónico de Roberto.

 

Las letras de los funkeros dicen cosas como “quica no piruzinho” (quicando en el pollito).  En el léxico funkero, quicar no describe genéricamente la danza sensual, sino un bamboleo específico que exige la habilidad de bajar hasta el piso, manteniendo el acucurramiento y el requiebre a la vez que se impulsa el culo hacia atrás y hacia arriba, de forma a que el movimiento, visto desde atrás, recuerde el rebotar de una pelota.  Se recomienda iniciarse en la práctica apoyándose contra la pared o atándose el pelo para un mejor equilibrio.  A los 129 bpm (pulsaciones por minuto) de la base rítmica conocida como tamborzão, el movimiento de bajada se repite hasta el agotamiento. La alternancia con otros pasos coreográficos es un mero procedimiento administrativo. Es necesario cuidar las rodillas para quicar hasta las 8 de la mañana, horario en el que empieza a cerrarse el baile.

 

No hay un registro específico que marque la inauguración de la cultura funk en Brasil. Las primeras noticias de la década del 70 cuentan sobre pilas de cajas de sonido que pasaban soul norteamericano para muchedumbres de hasta diez mil jóvenes por noche, en su mayoría negros, en la Zona Sur carioca. Faltaba un buen tiempo para que funk, entonces un ritmo totalmente extranjero, y favela se volvieran sinónimos.

 

La década (del 70?) marcó una crisis del espacio urbano en Río, con consecuencias que se arrastran hasta el día de hoy. En los 60 anterior, Cidade de Deus había sido inaugurada como un conjunto habitacional en la Zona Oeste para recibir las personas desalojadas por la política de remoción de favelas ubicadas en áreas con potencial especulativo. Para abrirle el camino al crecimiento en áreas escasas consideradas de alto nivel, los vecinos de 63 favelas fueron removidos a la distante Jacarepaguá, región donde se construirá la Villa Olímpica para el 2016.

 

También a finales de los años 60, el arquitecto y urbanista Lúcio Costa trabajaba en un plan revolucionario. Según los modelos de la capital federal de Brasilia, el proyecto de Barra da Tijuca fue presentado como alternativa para absorber el hinchamiento demográfico de Rio y atender la demanda por nuevas zonas de alto nivel.

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Su “plan piloto”, especie de ley orgánica para el ordenamiento urbano, fijaba reglas para asegurar el derecho de permanencia de las clases pobres en áreas centrales y bien abastecidas, protegiéndolas de futuras presiones especulativas. Según creían los adeptos de la vanguardia, el urbanismo era la ciencia del siglo XX que permitiría transponer los abismos de la desigualdad social y promover la convivencia pacífica entre ricos y pobres en el mismo espacio. No fue lo que pasó.

 

 

En 1980, Brasil vivía el fin de la dictadura militar, agobiado por la crisis generada por la deuda externa. La dificuldad de conseguir crédito, las altas tasas de interés y el compromiso con la deuda inviabilizaban las pocas iniciativas gubernamentales de acceso a la vivienda. Con la inviabilidad de los precios en el perímetro urbano y la falta de perspectivas habitacionales, ir a la favela fue la salida encontrada por muchas familias. En ese lugar no había regulaciones estatales para la ocupación del espacio y los servicios como el agua y la luz podían conseguirse “por izquierda”. Las favelas de Río crecieron al ritmo de la deuda.

 

Fue entonces cuando Glauber, nacido y criado en Mangueira, decidió transformarse en DJ. Estaba viciado en programas de música negra de la Rádio Manchete y se volvía loco con los equipamientos de mezcla de sonido. “En esa época los bailes sólo se hacían en junio, por la fiesta junina. Era cuando había autorización para festejar en la calle y nadie te embargaba. Pasaba el viernes, sábado y domingo, con pagode, samba y funk todo mezclado”. La comunidad crecía y era necesario agradar a todos. Sonriendo con los dientes separados bajo la gorra, Glauber cuenta que grababa a los locutores de la radio anunciando las canciones y las repetía hasta saber sus nombres de memoria. Era la única forma de reconocerlas si por una feliz casualidad el disco de vinilo aparecía adelante suyo. No era fácil conseguirlos; en 1980 eran importados y por eso raros y caros.

 

Glauber sabía que, cuando tuviera la oportunidad de manejar una pick-up, no habría tiempo para pensar entre un disco y otro. Tenía sacarla de una y pum, la canción debía sonar adentro de su cabeza. Fue la primera lección que aprendió observando a sus veteranos. Era esa intimidad con el repertorio, sumada a una comprensión profunda de las estructuras de tiempo, lo fundamental para maniobrar el sonido sin “perder la pista”. Nada era peor para un DJ de baile que un tropezón rítmico o una interrupción brusca. Un movimiento en falso y las personas paraban de bailar. Fue la segunda lección. Cuando tuvo la oportunidad de tocar por primera vez en Mangueira, casi se murió de nervios. Temblaba y movía los controles con el estómago en frío y los ojos cerrados de quien opera un detonador atómico sin conocer las consecuencias de la explosión. Concentrado en no perder la pista, ni se dio cuenta de que baile se llenaba. Consiguió su primer empleo en un equipo de sonido y nunca trabajó con otra cosa en su vida. Vio el funk carioca nacer y acompañó cada una de sus etapas. También vivió todas las prohibiciones, pero eligió no indignarse con ellas. Es un gordito tranquilo que habla alto, pero despacio, y cree que todo puede resolverse charlando.

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La primera “prohibición” del funk no fue un acto normativo y no veía al funk como objeto particular. Eran los precios prohibitivos de vivienda y la ideología de seguridad pública lo que empujaba al público hacia la Zona Norte. La transferencia de los bailes negros a esos espacios se asocia frecuentemente al pedido del “Canecão”, en la Zona Sur, para la realización de eventos más alineados con el gusto de la clase media. A los negros, pobres y jóvenes marcados como criminales por el prejuicio social y racial, les restaron las áreas periféricas.

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A la altura del 1702 de la avenida Visconde de Niterói, en la zona norte de Río, coexisten supervías, viaductos y morros donde se amontonan construcciones irregulares en ladrillo crudo y revoque expuesto.

 

Se especula que el Morro de Mangueira, entonces una elevación indistinta al borde de las vías de tren, haya recibido a sus primeros habitantes -trabajadores y descendientes de la esclavitud- a finales del siglo XIX. Las primeras construcciones en albañilería se levantaron con restos de demoliciones de principios el 1900, cuando un impulso modernizador y un coincidente incendio destruyeron las casuchas en el centro expulsaron a los trabajadores hacia áreas más lejanas de la ciudad. Allí nació una de las primeras agrupaciones de samba, uno de los más respetables linajes de compositores: Cartola, Carlos Cachaça y Nelson Cavaquinho.

 

También creció un enclave habitacional que se volvería un modelo desafiante para el pensamiento urbanístico contemporáneo. Allí se consolidó uno de los símbolos más concretos del proceso de segregación entre el desarrollo urbano oficial y la proliferación de las favelas, la diferenciación entre “morro” y “asfalto” como territorios en oposición: el de los invasores ilegales y el del progreso y el desarrollo.

 

Con 15 metros de altura y 60 de ancho, la fachada en verde y rosa de la cancha polideportiva del morro se parece a un regalo de navidad. Cubriendo la vista de la inclinación del morro, el Palácio do Samba oculta la precariedad de las casas y se abre como un regalo alegre para quien llega a la Avenida Visconde de Niterói. Allí ocurren las feijoadas y los ensayos de la escola de samba Estação Primeira de Mangueira, frecuentada por vecinos y turistas brasileños y extranjeros. Alrededor de la cancha, del otro lado de la calle, bajo la bifurcación del viaducto Agenor de Oliveira, porciones de comida y bebidas en general eran servidas en estructuras de albañilería con suministro eléctrico. Los trailers (como se llamaban esos locales) ofrecieron la acogida festiva de una feria popular y aseguraron que la fiesta no se terminaría por falta de provisiones. Toda la noche se ofrecían bocados, cerveza helada, gaseosas y sopas para curarse las borracheras. Los viernes, bailes funk; los sábados, samba; y los domingos, charm.

 

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A las vecinas del morro que operaban las cocinas y los freezers, las fiestas les garantizaban la presencia de consumidores. Gracias a este comercio bajo el puente podían pagar las cuotas del crédito de heladeras, televisores y teléfonos. Al revés del funk, esto le gustaba mucho a Ángela: llegar del trabajo a la una de la tarde del sábado y ponerse a bailar pagode en la calle sin tener que preocuparse por cocinar el almuerzo. Podía comprarle un churrasco con pan muy barato a sus vecinas dueñas de trailers, charlar y tomar cerveza hasta altas horas de la noche. A las nueve, diez, le gustaba tomarse un caldo verde, una sopa típica carioca hecha con papa, chorizos y hojas de acelga. “Después de tomarse unos tantos y bailar todo el día, el caldo verde bien caliente es la salvación. Te lo calentás, te bajás un poco el pedo, ¡después hasta podés seguir bebiendo!”

 

 

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La estructura del morro se revela de a poco. Antes de ramificarse en callejones, escaleras y pasillos que constituyen las vías de tránsito entre las casas, es necesario cruzar la rua del Buraco Quente, una calle de asfalto donde se concentra la vida pública de la comunidad. En el primer piso, las puertas se abren a un comercio que difícilmente descansa antes de las diez de la noche, con los televisores sintonizados en el noticiero policial. Sin embargo es en la intimidad vertical de las tiendas de entresuelo que la frontera porosa entre lo público y lo privado comienza a aparecer. Si por un lado las puertas y portones de acceso a los pisos superiores en la Rua do Buraco Quente están siempre abiertas, es necesario saber dónde se debe entrar y dónde no.

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Para residir en un lugar privilegiado como la Travessa Saião Lobato es necesario algún tipo de privilegio, como heredar la casa o tener buenas relaciones con el poder local. Como Ángela, una mujer con piernas fuertes de samba y los ojos preocupados de un jefe de familia. Al quedar embarazada de Ricardo Coração de Leão, recibió la casa junto con la responsabilidad de criar al heredero de uno de los traficantes más buscados de Río de Janeiro en los años 80.

 

Pero para vivir en Travessa Saião Lobato también es necesario ser temerario: la Rua do Buraco Quente es una de las pocas vías por las cuales es posible pasar en auto y es también el lugar más expuesto al ruido del baile funk y a las violentas invasiones policiales que las marcas de tiro en la pared recuerdan.

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Fue la emoción de sentir los graves del funk contra el pecho y las ganas de impresionar a la novia lo que hizo que Roberto venciera el miedo y fuese a un “baile de corredor”, fuera de Mangueira,  por primera vez:

 

- El baile era una novedad para mí, bicho. Yo era un guachi y solamente veía a mis tíos ponerse en esa de surtirse uno al otro en la cara y volver por las mañanas, sonriéndole a la vida.

 

Narra la historiografía del funk que, a lo largo de los años 90, decenas de colectivos alquilados volcaban en los bailes a centenares de personas que se organizaban, según la comunidad a la que pertenecían, en lados A y B. Por este lado, participantes de Mangueira, Manguinhos, Arará, Tuití. En el otro bando, Macacos, Andaraí, Barro Vermelho. Lo que distinguía a los grupos era tanto la identificación geográfica de donde provenían como la división territorial por zonas de influencia de organizaciones como Comando Vermelho y Terceiro Comando. En los “corredores”, el objetivo era simplemente reventarse a golpes, lado A contra lado B. También había espacio para enfrentamientos entre grupos diferentes pertenecientes al mismo bando, en el llamado “mano a mano”.

 

 

En general, el ala femenina reprobaba la práctica, prefiriendo el arrebato romántico del melody o el encuentro erótico en la danza funk “de putaria” antes que la violencia de corredor. Pero enfrentar el movimiento de una multitud contra el propio cuerpo es un insondable placer masculino. Quien ya se haya metido en una rueda punk o en una hinchada fanática es capaz de comprender la virilidad que impregna estos ambientes, más el olor a hombre sudado. Conciliador, Roberto narra episodios románticos vividos en los bailes. Declaraciones de amor sofocadas por el golpe del voltmix. Sobre todas las cosas, aquello era un lugar de encuentro entre la música, la ciudad, las rivalidades, los amores y las propias ansiedades de la juventud y el contexto de la periferia. De las heridas en la cara, el tiempo y las novias se encargaban después.

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En 1995, bajo amenazas de corte de abastecimiento de agua y luz en el morro Chapéu Mangueira (Zona Sur), la Liga Independente das Equipes de Som tuvo que ceder a la presión de la Secretaría de Seguridad y terminar con este tipo de bailes. Las normas exigían la prohibición del transporte de colectivos irregulares, el imposible aislamiento acústico del área y el fin de la violencia física. Fue también un pretexto para perseguir el baile sin corredor.

 

Para DJ Glauber, el principal recuerdo de la época es la llegada de un tanque del ejército a la puerta del baile en la cancha de la escuela de samba. Fue el fin. Por cinco años, no hubo un baile en Mangueira. Fue la primera de muchas acciones judiciales que buscaban el encasillamiento del funk en la ilegalidad; un intento de capturar, domesticar, incluir y civilizar un impulso que nacía en la contracara de la civilización.

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La persecución de los bailes funk tiene su costado legal. Como explica el profesor Carlos Palombini en el sitio proibidão.org: “El 3 de noviembre de 1999 la Resolución 182 de la Asamblea Legislativa del Estado de Rio de Janeiro instituye, por iniciativa del diputado Alberto Brizola (PFL), la Comissão Parlamentar de Inquérito (Comisión Parlamentaria de Indagación) “con la finalidad de investigar los ‘Bailes Funk’, con indicios de violencia, drogas y desvío de comportamiento del público infanto-juvenil” (art. 1º). La “CPI del Funk” resulta en la Ley 3410, promulgada el 29 de mayo del año 2000, responsabilizando por los bailes a presidentes, directores y gerentes de los locales en los que son realizados (art. 1º); obligándolos a instalar detectores de metales en la portería (art. 2º); exigiendo la presencia de la policía militar durante todo el evento (art. 3º); solicitando el permiso por escrito de la policia (art. 4º); autorizando la intervención de locales en los que se realicen actos de violencia incentivada, erotismo y pornografía, así como donde se verifique el llamado corredor de la muerte (art. 5º); prohibiendo la ejecución de canciones y procedimientos de apología al crimen (art. 6º); imponiendo a la autoridad policial la fiscalización de la venta de bebidas alcohólicas a menores (art. 7º)”.

 

Tal vez la principal consecuencia de la “Ley del Funk” haya sido la migración casi total de los bailes hacia las favelas, espacio donde el acceso del aparato policial se hacía (y todavía se hace) de forma diferencial en relación al resto de la ciudad por, entra outras coisas, las particularidades de su geografia y el alto potencial bélico.

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Si por un lado se buscó con la ley cerrar el cerco a los eventos de funk, otros intentaban, por las mismas vías, combatir la asociación directa entre el funk y el narcotráfico por el reconocimiento del movimiento como parte de la cultura. Era una disputa que ocurría lejos de los bailes, en reuniones y asambleas. De su posición de MC, Leonardo se indignaba. No podía seguir simplemente culpando a la policía, rebelarse contra “el sistema” escribiendo una letra combativa. Ya era un adulto. Sabía que si quería hacer algo, tendría que tragar saliva y entrar en el juego de la política oficial.

 

En el 2004, la Ley del Estado 4264 declaraba que el funk era una “actividad cultural de carácter popular”, dándole un importante paso a la problematización de la identidad asumida entre funk e ilegalidad y así desvincular el género de la Secretaria de Seguridad Pública do estado do Río de Janeiro. A pesar del avance, la ley todavía exigía el cumplimiento de las normas regulativas para la seguridad y la adecuación de los locales a las normas exigidas por la legislación anterior. Totalmente en desconocimiento de las disputas legales, Roberto y sus amigos bamboleaban sus cuerpos al son del batidão. Movidos a Bacardi con energizantes buscaban olvidarse que el lunes estaba por llegar y que las armas alrededor podrían ser mortales.  La ilegalidad no los asustaba. Sabían que tal vez perdieran la vida de esa manera. Un paso en falso, una amistad equivocada, un mal encuentro con la policía o una bala perdida. No es necesario ser un criminal para morir o ser tratado como uno.

 

El 19 de junio de 2008, exactamente 6 meses antes de la inauguración de la primera UPP de Rio de Janeiro, se dio un paso atrás. La derogación de la Ley 3410 abría espacio a la institución de la ley 5265 del diputado Álvaro Lins (PMDB), un ex jefe de la policía en el gobierno de Rosinha Garotinho (PR).

 

El texto instituía normas todavía más restrictivas para la realización de los bailes: un permiso escrito solicitado con 30 días de antelación; la presentación de varios documentos que comprobaran la adecuación del tratamiento acústico, la contratación de una empresa de seguridad autorizada por la Policía Federal, el servicio médico de emergencia y los dispositivos de registro de imágenes de seguridad. Los “empresarios” deberían, también, obtener la aprobación de 4 órganos legales diferentes (Comisaría, Batallón Militar, Cuerpo de Bomberos y Juzagado de Menores) sin plazo definido de respuesta y poner a disposición de la policía las imágenes de seguridad por seis meses. En caso de incumplimiento de estas determinaciones, la ley contemplaba  sanciones como la suspensión del evento, la prohibición del local y la aplicación de multas. Imposible. Los dispositivos de la ley de Álvaro Lins hacían que cualquier baile fuese ineludiblemente ilegal. El 2008 para él no fue un año fácil. En mayo, lo arrestaron en flagrante en su departamento en Copacabana, acusado de haber adquirido el inmueble con el dinero recibido ilegalmente cuando era jefe de policía. En diciembre, lo revocaron de sus funciones por recibir sobornos. Fue expulsado de la Asamblea Legislativa del Estado de Rio de Janeiro, tratando a los periodistas de “cerdos y perros” y a los policías federales de “sinvergüenzas”.

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Una investigación de la FGV realizada en el 2008 señala que el “mercado” de los bailes ponía en movimiento hasta diez millones de reales por mes en la ciudad. La investigación considera una cadena productiva que va desde la facturación de grandes empresas como Furacão 2000 a la recolección de latitas en bailes de la comunidad, pasando por MCs, DJs, técnicos en sonido y comerciantes informales.

 

En bailes con acceso controlado -como los realizados en clubes y canchas, con el cobro de entradas que llegan al máximo de R$5,00- es posible contabilizar los gastos y ganancias generales desde el punto de vista de la casa.  No es el caso en bailes de favela, realizados gratuitamente, donde prevalece la descentralización de las ganancias y la informalidad. En día de baile, la peluquería en la que trabaja la hija de Ángela, se llenaba. Escoba, hidratación, planchita y manicure se hacían como en una línea de producción y transformaban el salón pequeño en una estufa caliente con olor a shampoo, formol y esmalte. El marido, un delivery, también tenía un día de ganancias extra: pasaba la noche subiendo y bajando el morro con pasajeros en el asiento de su moto. Las pasajeras recién salidas del salón exigían una conducción cautelosa: se recusaban a usar el casco para no arruinarse el peinado. El freezer de Doña Creusa también funcionaba a full. Debía enfriar el triple de latas de cerveza en su bar para dar abasto a los portacervezas del hijo, que las vendía como ambulante entre los equipos de sonido y la multitud.  

 

 

Sentado en uno de los bares de la Av. Visconde de Niterói, Glauber cuenta que el baile del Buraco Quente no tenía jefe. Cada equipo era contratado por alguien diferente, y la oferta sonora variaba de acuerdo al gusto y el interés de los contratantes. “Cada equipo pasaba una cosa. Había proibidão, melody, funk de raíz. Hasta un local de música electrónica había”. La idea, según el DJ, era ofrecer la fiesta y ganar con la venta de bebidas. Cabía a cada grupo de comerciantes garantizar que donde estuviese su barra/tienda/bar habría música fuerte, agite y curtimiento. A los ambulantes les correspondían los espacios entre la muchedumbre y el anuncio a los gritos. Trabajar en la madrugada valía la pena. Según lo indica la investigación de FGV y los relatos de los comerciantes locales, la ganancia del funk llegaba al triple o al cuádruple de lo obtenido con el comercio fuera de los bailes.

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“Hay Halls, hay drops. Trident, chupetín. ¡Un real, un real, un real! ¡Gaseosa, cerveza, a tres por 5! Hay loló, loló, loló (en referencia al solvente Lanza Perfume) ¡Hay loló, loló, loló! ¡Cocaína, rica, hay de cinco, hay hay hay!”

 

Para los MCs, la ganancia con los bailes es indirecta. Los mejores cachés, que pueden llegar a R$ 5.000 reales, se pagan en fiestas fuera del estado o en casas de show. En presentaciones de bailes cerrados, el promedio es de R$1.500,00. Cantar en la favela significaba un caché reducido o inexistente. Al mismo tiempo, las presentaciones gratuitas en vivo eran la prueba de fuego para las nuevas composiciones. “Sólo hay dos formas de hacer que la canción explote. Las radios, que son caras y burocráticas, o las comunidades. Si pega, pega al toque. Todo el mundo la canta, se vuelve un refrán. Si eso no pasa, se corta la bocha. No pega”, dice Fred, el productor de eventos que también administra la carrera de MC Alexandre.

 

Criado en el complejo del Alemão, Fred nunca hizo música, pero dice ser un funkero nato. Con las cejas hechas, el pelo cuidadosamente pelado y domado con gel donde hay, el empresario tiene el tipo de físico de una máquina y tatuajes coloridos estirados por la hinchazón de los músculos del brazo. Exhibe un reloj caro, prefiere las camisetas extravagantes de la casa californiana Christian Audigier y tiene vocación para los negocios. “En el Shopping, una de estas cuesta 400, 500 reales” dice, apuntando a la camiseta con incrustaciones brillantes. “Pero si viene de Miami, como lo trae un amigo, sale 150. Él trae varias y las lleva directo a mi casa”.

 

Entusiasmado con la responsividad de la divulgación en redes sociales, cuya actualización de “likes” y “views” acompaña atento con su Nextel de última generación, Fred confía que en breve ni necesitarán más de las radios, donde son obligados a competir por espacios con grandes productores fonográficos del medio como VIA SHOW o FURACÃO 2000. “Hago el video, al toque lo mando al ‘Face’ y me congelo viendo los “megusta”, sonríe simpático con el aparato ortodóncico reluciente.

 

Las funciones de un empresario varían según la popularidad, la agenda y el grado de intimidad con el MC. Además de emprender grandes fiestas funkeiras a través de la periferia con inversiones altas y un retorno incierto, Fred todavía se dedica a agendar shows, producir videoclips, divulgar las composiciones de Alexandre y manejar hasta 500 km por noche entre una presentación y otra. El promedio de los fines de semana es de tres presentaciones por noche, pudiendo llegar a seis, más una gratis en la favela para el cierre. Por este trabajo, recibe el 50% de los cachés del MC. Por los eventos que produce, la ganancia es todo lo que entra menos los gastos y la parte del socio. En la mayor fiesta que produce, angustiado con la lentitud en la venta anticipada de los ingresos y la posibilidad de perder el valor de un coche en inversiones, todo sale bien. Ganó quince mil reales y cambió el coche por un modelo más nuevo, equipado con un aparato de DVD. Extraña los bailes de Mangueira, donde hasta a las 10 de la mañana se podía llegar. “Desde que, con las UPPs, se levantó un cerco para los bailes, todavía es más difícil poner en placa un hit”.

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En la madrugada del martes al jueves, el día 15 de mayo del 2010, Wallace Ferreira da Mota, MC Smith, no conseguía dormir. Giraba de un lado a otro en la cama de su casa en Vila da Penha. Se despertó con porrazos en la ventana y le dijo a su madre: “Abre, esta vez tienen papel”. Días antes, había recibido la visita de policías armados y sin identificación. Ellos alegaban que Smith estaba siendo investigado por relaciones con el tráfico y venían en busca de un flagrante por posesión de drogas. No había una orden. Se llevaron unos miles de reales que Smith guardaba en casa para comprar una moto. De esta visita no hubo noticias.

 

La segunda vez, la orden de allanamiento y aprensión enmarcaba a Smith en cuatro artículos de la ley penal por “incitación y apología al crimen”, “asociación al tráfico” y “asociación ilícita”.  Se trataba de una articulación de la Comisaría de Represión a los Crímenes de Informática (la “DRCI”), cuyas investigaciones se basaron en videos de presentaciones de MC publicados en internet. Smith es el intérprete de “Vida Bandida”, “funk de contexto” que narra el ascenso de un joven pobre que se viste con ropas prestadas a la cima de la jerarquía del Comando Vermelho, con mujeres, dinero, policía y armas a su disposición. Con uno de los estribillos más poderosos de la historia del género, el funk se volvió célebre y es cantado por jóvenes de adentro y de afuera de la favela: “Nuestra vida es bandida y nuestro juego es bruto/ Hoy somos fiesta, mañana seremos luto/ Calavera no me asustas/ No escapamos del conflicto,/ Pero igual nos blindamos con la sangre de Jesucristo”.

 

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El tono celebrativo de la canción sería suficiente para enmarcarla en el crimen de “apología”, para lo cual no cabe la pena de reclusión. Pero la mención directa a Fabiano Atanázio “FB”, uno de los traficantes más buscados en Rio de Janeiro, y el hecho de estar cantada en primera persona, bastaron para que se dibujara una “confraternización” entre el cantor y el traficante. Para este crimen, el artículo 35 de la Ley 11.343/06 prevé la sanción de 3 a 10 años de prisión más el pago de una multa de 1.000 a 1.500 reales. La misma acción arrestó a otros tres MCs: Frank, Ticão y Max. La noticia tuvo repercusión en la prensa nacional e internacional. Luego de vivir los peores nueve días de su vida, cantando para alejar la perspectiva de ser olvidado tras la rejas. Walace y sus colegas fueron liberados por la intervención de APAFUNK (Asociación de Profesionales y Amigos del Funk). 

 

APAFUNK surgió con la necesidad de transformar un asunto de policía en un asunto político. Con veinte años de carrera en el funk, MC Leonardo articuló la creación de la asociación a fin unificar la clase, defender sus derechos, su imagen y representarla políticamente.

 

Leonardo tiene la rutina de un político. Divide el tiempo entre el programa de radio diario que transmite por la radio nacional; la articulación y divulgación de eventos de la asociación, la familia; la atención a contingencias de clase (gente que necesita de un abogado, consejos, o protección); las llamadas que recibe en el celular y en su nextel; las negociaciones directas con las UPPs. 

Reclama que hay una tendencia “fascista” y normalizadora en curso en la política en lo relacionado al funk. “Escuchá al diputado hablá de funk te da gana de llorá”, ironiza, abriendo mucho la boca al pronunciar los “á”, habilidades rítmicas de MC. “Dicen que el funk tiene un gran potencial pacificador, que é la cultura.. Sí, tá bien, ¿pero en la praxis? ¿Dónde tá eso? Porque el favelado no conoce nada, eh. No sabe nada de ninguna legislación, ni una pija sabe. No sabe nada. Un sargento de la PM (Policía Militar) acaba con un baile funk tipo ese, sin papel, sin nada. Ni bien llega se termina.”

 

Leonardo no cree en el proyecto de las UPPs tal como se está realizando y cree en una vía de fortalecimiento civil y cultural y en la soberanía ciudadana de un favelado que conoce sus derechos y no se somete a los abusos por falta de información. A esta altura Leonardo ya no parece fastidiado como al principio de la conversación. Detrás de su mesa, sube el tono de su voz, acelera el ritmo y comienza a mover los brazos inquieto, abriendo siempre mucho la boca para hablar “¿La policía va a llegá acá, me va a arrestá por desacato y nadie me va a escuchá? Nadie escucha lo que pasa en la favela. Te llevan pa´ dentro de la comisaría, firmá un montón de cosas, dá tu versión de lo que pasó y la policía da la suya. En el caso de desacato a la autoridá de Rio de Janeiro, te meten en la comisaría y te dicen: ‘Pagá 15 canastas básica y si lo vas a tomar mal vas a tener que pagar 60’. Entonces el colega desinformado, para salir de esa, va y firma con miedo a la condena. Eso hace que el favelado esconda la cabeza. Llegamos al punto en que lá persona se ponen como subalterna de la policía.  “Mi patrón” por acá, “mi patrón” por allá. ¿Conmigo? No me jodas.

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En el 2007, el diputado de estado Marcelo Freixo y el diputado federal Chico Alencar prometieron a MC Leonardo que, juntos, escribirían una ley en defensa del funk. Con este instrumento ya no habría lugar para la hipocresía política del resentimiento. Con un proyecto de ley, la discusión podría alcanzar vías de realización.

 

 

Durante el desarrollo de la propuesta, Leonardo salió con la ley de Álvaro Lins bajo el brazo para, con una testigo de Jehová, buscar diputados puerta a puerta y convencerlos de la necesidad de creación de algo diferente a aquello. La respuesta patrón era que ninguna actividad cultural necesita de una ley, ya que Brasil es una democracia. Entonces Leonardo respiraba hondo y, con la generosidad de una profesora de alfabetización, recordaba a ellos  que ya existen otras leyes y que estas debían ser revisadas, ya que resultaban en persecución al funk.

 

El 23 de septiembre del 2009, la ley de Álvaro Lins fue revocada. El ala politizada de los funkeros y el Ministro de Cultura Juca Ferreira conmemoraron la sanción de la ley 5.544/09, que reconocía el funk como manifestación cultural. El funk pasaba de ser un asunto de competencia de la Secretaría de Cultura y no de la Secretaría de Seguridad. Cualquier tipo de discriminación o prejuicio, de naturaleza social, racial, cultural o administrativa, contra el movimiento funk o sus integrantes, estaba ahora prohibida.

***

Casi un año después, MC Leonardo y Renato Senna, capitán de la UPP del Morro dos Tabajaras, se daban un apretón de manos. Desde que se observara los principios de la “paz”, se dispusiera una hora de finalización y no se permitiera cualquier mención del proibidão, el baile tenía autorización para ocurrir adentro de la cancha, con una capacidad de hasta 500 personas. Junto a la prisión de los MCs, el “baile da paz” fue la principal noticia relacionada al funk en el 2010.  Así como las UPPs fueron diseñadas para ser la “máscara” del nuevo momento de la seguridad pública en Río de Janeiro, el baile de la paz debería ser ejemplo de la posibilidad de coexistir pacíficamente con la policía, sin prohibiciones, pero con regulaciones: con revisiones corporales, cobro de entrada y prohibición de ingreso de adolescentes.

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Como nada debía salir mal, en un día de lluvia, el DJ pedía encarecidamente: “¡Amigos, por favor, bailemos mucho, pero sin abrir el paraguas!”, ya que esto se remitía a la forma en que los fusiles eran empuñados durante el proibidão.  Nadie se opuso. El cierre, según lo combinado, fue puntalmente a las 3 de la madrugada, con protestas de los presentes. Leonardo todavía lucha para que las luces se empiecen a encender a las 4:30 para que el funkero no se quede en la calle esperando el colectivo, que recién empieza a pasar a las 5 de la mañana.

 

De allá para acá, con el apoyo de Apafunk (y más raramente a través de la articulación de los mismos vecinos con la UPP local), los bailes regulados consiguieron licencia para tener lugar en las favelas de Rocinha, de Salgueiro, de Tabajaras y Santa Marta. En el morro de Cantagalo, la reciente negociación para la autorización del baile se produjo en clima de fiesta. Mientras MC Leonardo y el comando de la UPP intercambiaban apretones de mano, una pequeña multitud bailaba al ritmo del tamborzão. En las próximas elecciones municipales, el MC será candidato a consejal por el partido del diputado Marcelo Freixo, el PSol.

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La secretaría de seguridad de Rio de Janeiro avanza, lento, en dirección al objetivo de derrumbar los índices de violencia en la ciudad. Con 3.122 policías en las 17 UPPs, los números oficiales apuntan, de 2008 a 2012, una disminución de 40% en los registros de asesinato; 35% en asaltos a transeúntes y un aumento de casi 50% en el número de arrestos. Al mismo tiempo, con la urgencia de remodelamiento de la ciudad para recibir los megaeventos conduce una política de remociones forzadas en favelas que contabiliza 135,000 familias en una lista de espera por reubicación y estima la necesidad de reubicar 170,000 personas para abrirle el camino a las obras. En la región del Maracanã, los trailers demolidos de Mangueira nunca llegaron a ser reemplazados por una infraestructura mejor, como lo habían prometido. El mismo rodillo demolió por completo una favela vecina, al otro lado de las vías del tren, para dar lugar al estacionamiento del estadio.

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Mientras tanto, la realización de bailes funk también logra sus avances en la nueva configuración territorial de la ciudad. Pero todavía hay una batalla legal por delante, la anulación de la resolución 013 de la Secretaría de Seguridad Pública, un decreto que le da a la policía el poder de vetar cualquier evento sin previo aviso, según un criterio genérico de “perturbación de la orden pública” o “que vaya contra las buenas costumbres”. El principal objetivo de las denuncias son los eventos en favelas -desde un asado hasta las fiestas de cumpleaños- en el que se pase funk a cielo abierto.

 

En cuanto a la afirmación hecha por el coronel Robson Rodrigues de que las UPPs no causarían la “migración del crimen a otras regiones”, es un poco más complicado. Marta, vecina de Mandela -una favela sin UPP en la región conocida como “Franja de Gaza” por la alta incidencia de tiroteos- relata que, con la pacificación de morros como el Alemão y Mangueira, notó la intensificación de tiroteos en enfrentamientos con la policía y un aumento en la frecuencia de visitas de traficantes de morros pacificados.

 

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Entre los edificios populares del barrio, donde ocurre el baile, Nathaly se ajusta la media calza encajada bajo el micro-short mientras explica cómo se hace un  “quadradinho”. Se trata de un requiebre de cuadril todavía arriba que puede o no anticipar una quicada, privilegiando un movimiento que acompañe el ritmo lleno de las aristas del retumbar. Con 14 años, Nathaly baila al ritmo de un montaje que celebra su demografía: “Las nuevitas de Mandela/ sacan la cola para quicar/ Quica a quica en el ganso/ Le agarro esa, le doy que pruebe de esta/ me agarra de la chota yo le toco la argolla”.

 

Mandela abriga hoy un típico “baile de comunidad” que se volvió la preferencia absoluta entre adultos y “nuevitas”  -chicas de más o menos 14 años que vuelven locos a los adultos con su desinhibición sexual- desde la prohibición del Buraco Quente. Al revés de lo que la intensificación de tiroteos pueda sugerir, no se trata de un evento bélico, mucho menos criminal. Es una gran fiesta que recibe a sus invitados con alegría, la intensidad y una cierta tensión característica del lugar donde pasan, no de la naturaleza del evento.

Nathaly dice que tiene “un poco” de miedo a las armas, pero cambia de asunto, para, entusiasmada, contar que pretende sacarse un registro de trabajo “de menor” y conseguir ochenta reales para grabar el primer funk de putaría de su autoría. Su sueño es ser cantora y bailarina, pero también abogada. Su actividad nocturna preferida es el baile funk.


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