Gustavo Molfino es fotógrafo de represores. Les monta guardia hasta que los encuentra y los registra violando el régimen de prisión domiciliaria. Así, los saca de la oscuridad y del anonimato barrial, y aporta pruebas a la Justicia. Con un pasado de militante montonero, especializado en inteligencia y comunicaciones, Molfino es un sobreviviente de una familia que sufrió la persecución, el exilio y la muerte en la Dictadura. Perfil de un “cazador” que indaga con sus retratos en las identidades menos exploradas: las de los victimarios.



Fotos: Gustavo Molfino

 

En la mira

 

A las once de la mañana de un sábado de agosto de 2014, después de saludar al portero, un hombre canoso sale de un edificio de Barrio Norte, en la ciudad de Buenos Aires. El sol le da de lleno en su rostro arrugado. Sobre la calle Sánchez de Bustamante, agazapado adentro de auto gris de vidrios polarizados, Gustavo Molfino lo observa, lo mide, lo deja andar. Apaga el estéreo del auto para concentrarse mejor.

 

El señor canoso camina sin apuro. Lleva unas zapatillas deportivas, medias Dufour estiradas, short y remera grises. Su imagen ligeramente jorobada se refleja en la vidriera de la cafetería Esmeralda.

 

Molfino achina los ojos claros, casi transparentes, y enfoca la mira. El hombre ignora que está siendo observado y se frena en la puerta de la cafetería. Duda un segundo en entrar: podría saludar a los mozos, podría tomarse un café, podría leer el diario, podría darse ese pequeño placer. Molfino ruega que lo haga, mientras el canoso lo piensa pero, al cabo de un instante, desiste. Entonces Molfino le apunta. Y dispara.

 

Una, dos, tres veces.

 

El hombre canoso continúa su paseo matinal. Gustavo Molfino revisa las fotos del coronel Jorge Gerónimo Capitán, procesado por delitos de lesa humanidad con prisión domiciliaria, en el visor de su Nikon de lente de 500 milímetros. Y antes de que el coronel retirado se pierda de vista, prepara su próximo gatillar.

 

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 “Ojo, ahí va el coronel”

 

―Tengo como una obsesión…no, no es una obsesión, tengo una historia unida a mi profesión que me hace estar atento. Es una constante. Tengo cinco o seis nombres que sé que tienen domiciliarias y cada tanto me paso por el barrio. A veces me llega una información, a veces la suerte me ayuda.

 

Gustavo Molfino toma un café cortado en el patio del edificio del Congreso de la Nación Argentina. Es morrudo y de baja estatura, tiene el pelo corto y barba grisácea y viste una camisa leñadora azul, sobre una remera negra, y un jean. Un morral marrón claro le cruza el pecho. El morral de un fotógrafo es como la caja de herramientas de un plomero: de allí salen las lentes, las memorias, los artilugios para mirar y registrar. Está sentado junto a una mesa de hierro redonda y, cuando se cruza algún conocido que camina por el pasillo, inclina la cabeza en señal de diligencia. Lo rodean plantas en macetas anaranjadas con algunas colillas. Un flaco narigón fuma apoyado en una columna. Un grupo de palomas gorjean sobre el marco de las ventanas de las oficinas.

 

Molfino es fotógrafo de represores. Los saca de la oscuridad, del anonimato, del submundo turbio del pasado. Pero en su archivo no figura Videla o Massera, los rostros célebres de la dictadura. En sus fotos están los “otros” represores: los que están siendo investigados por ejecutar las órdenes, por empuñar la picana, los acusados de ser los asesinos anónimos, la mano de obra del terrorismo de Estado. 

 

―En el caso de Capitán honestamente buscaba a otro ―sonríe Molfino y esto, aunque parezca un detalle más, es fundamental: Molfino casi siempre sonríe―. Es una aguja en un pajar. Más allá de mi compromiso en los ‘70, tengo un compromiso con los juicios, de buscar la verdad, de visibilizar.

 

Capitán está procesado por violaciones a los derechos humanos en el marco del Operativo Independencia, en Tucumán. Al coronel retirado se le adjudicaron homicidios triplemente agravados, torturas, vejaciones y participación en secuestros.

 

―Para un juzgado, una foto sola no sirve. Tienen que ser varias fotos en distintos momentos, porque ellos presentan enseguida un certificado médico, que salieron a hacerse un chequeo y listo. Por eso lo seguí durante seis meses. Quería estar seguro.

 

La justicia federal de Tucumán le concedió a Capitán la domiciliaria en Buenos Aires, adjudicándole a su propia esposa como veedora, pero las imágenes de Molfino demostraron que violó sistemáticamente ese beneficio. Gracias a las fotografías, los jueces le quitaron la domiciliaria y lo enviaron al Complejo Penitenciario de Ezeiza.

 

―A veces jodemos con mis amigas, vemos un viejito con bastón y decimos: “Ojo, ahí va el coronel” ―dice entre sonrisas Molfino. De fondo se escucha el sonido de la televisión de la cafetería, prendida en Crónica TV―. Ya no podemos ver a ningún viejo en la calle sin sospechar.

 

Cuentos del Che en el Chaco

 

El trabajo de Molfino es solitario. Se encierra tres o cuatro horas en el auto, cámara en mano, a esperar que un pez gordo dé su próximo movimiento.

 

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Si los “escraches” fueron popularizados por la agrupación HIJOS durante los indultos del menemismo a comienzos de la década de 1990, hoy esa práctica colectiva ha menguado su poder de acción, en buena medida por el avance de los juicios de lesa humanidad impulsados por la política de derechos humanos del kirchnerismo.

 

En la antología del “escrache”, término argento exportado a otros países como España, debería haber un capítulo sobre la vez que HIJOS escrachó a Emilio Massera comiendo en un restaurante, violando su domiciliaria.

 

―Si los agarrás comiendo en un restaurant están hasta las bolas. Ahí no pueden decir que fueron al médico. Capitán pasaba todos los días por el Esmeralda, miraba siempre para adentro, siempre parecía que se iba a sentar, pero nunca se sentó. En ese sentido, era más disimulado que Massera ―dice Molfino.

 

Gustavo es el menor de seis hermanos nacidos y criados en Chaco. Su hermana Marcela militaba en Montoneros; su hermana Alejandra, en el sindicato docente CTERA; y su hermano, Miguel Ángel, en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Sus hermanos Lili y José Alberto también confluían en ese clima, aunque con menor participación en organizaciones.

 

―Cuando yo tenía ocho años, mi hermana Lili, escondida de mi vieja, me venía a leer a la cama la vida del Che, en vez de un cuentito de Pinocho. 

 

Con el golpe cívico-militar, la realidad de los Molfino cambió para siempre. En mayo del ‘76 la dictadura encarceló a Alejandra, que estuvo un año detenida en Devoto hasta que le dieron la opción de salir del país y se exilió en Francia. Mientras tanto, Marcela y su cuñado, Guillermo Amarilla, ambos militantes de Montoneros, eran perseguidos en el Chaco.

 

Al principio, en la búsqueda de la supervivencia, los Molfino vivieron como clandestinos en Buenos Aires, en un departamento ubicado en las avenidas Nazca y Rivadavia. Hasta que en el ‘77 también tuvieron que tomar el camino del exilio. Gustavo se fue a España junto a su madre, Noemí Esther Gianetti de Molfino, su hermana y su cuñado. Fue allí que Marcela le propuso ser parte de Montoneros.

 

Inteligencia monto

 

―Empecé en Montoneros estando en España. Mi participación no fue la de un militante de base o de barrios, sino que me comprometí desde la Estructura de Comunicaciones, que era enlace entre la conducción nacional y otros oficiales de rango menor ―dice Gustavo. Revuelve el café en el vaso de telgopor. En la mano derecha, entre el dedo gordo y el índice, lleva un tatuaje de un dragón.

 

A los 16 años, se hizo experto en documentación falsa y en “embutes”, término utilizado en la jerga montonera para esconder cosas de valor en improvisados embutidos. 

 

―Me volví importante dentro de la organización. Viajaba a Cuba, a Centroamérica, llevando y trayendo dinero, información, compraba paquetes de cigarrillos o juguetes para desarmarlos y adentro poner microfilms, dinero, cosas que trasladaba de un lado a otro.

 

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Su especialidad en el arte del embute era la fabricación de tableros de ajedrez. Compraba finas piezas de porcelana y en el tablero, compuesto por varias capas de madera pero hueco en el medio, guardaba dinero, pasaportes e información valiosa.

 

El periodista Raúl Cuestas fue creador de la radio de Montoneros en Costa Rica, Radio Noticias del Continente, que transmitía por onda corta a Argentina. La radio montonera, que funcionó del ´79 al ´81, tenía rebote en el eje Buenos Aires-Córdoba-Mendoza. En esos días, conoció a Molfino, que utilizaba el seudónimo “José”. Fue en Nicaragua, cuando el sandinismo abría una nueva brecha comunista en el Caribe. Era una situación paradójica, porque a pesar de que compartían la misma casa, los mismos asados en el calor de Managua, ninguno sabía realmente quién era el otro.

 

Cuestas también fue director del diario La Voz, periódico de Intransigencia y Movilización, una agrupación interna del peronismo. Con una voz pausada pero con tono marcial, desde Córdoba, Cuesta dice que Molfino era un convencido de que había que volver a la Argentina para iniciar un proceso revolucionario. A pesar del paso del tiempo y las distancias, la relación entre ambos perduró. A través de su experiencia periodística, Cuestas reconoce la evolución del trabajo fotográfico de Molfino.

 

―Gustavo ha trabajado muchísimo en la lucha por los derechos humanos ―dice Cuestas―. Ha esperado el momento oportuno en que un genocida estaba en la calle u oculto. Es un trabajo fundamental para desnudar los rostros, es un gesto para que el país no pierda la memoria.

 

El Gordo 1

 

El “Gordo 1” mira a la cámara sin querer. Lleva una chomba celeste marca Lacoste y una campera negra. Tiene el ceño fruncido, bigote negro con canas y una papada arrugada, como de tortuga. El “Gordo 1” era un auténtico pez gordo. Otros represores lo llamaban “El Doctor” o, al revés, “El Tordo”. Según los investigadores, era una eminencia en el “El Campito”, el principal centro clandestino que funcionó dentro de Campo de Mayo.

 

Desde tiempos de la CONADEP, el “Gordo 1” fue un misterio para la justicia. Los sobrevivientes contaban que era el más brutal de los torturadores, pero su verdadera identidad era desconocida. ¿Existía aquel profesional de la tortura? ¿Existía una persona que fuera capaz de encarnar todo el cinismo y la perversión de los centros clandestinos?

 

Molfino lo captura el 20 de noviembre de 2014, esposado y rodeado de efectivos de la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Y en su captura también hay una venganza sutil, un escrache casi poético. La imagen del “Doctor” es ahora la de un hombre derrotado: en las fotografías es simplemente Carlos Francisco Villanova.

 

“Si la vieras a la vieja limpiando las armas”

 

Según la estrategia de Montoneros, el período entre 1979 y 1980 era el indicado para voltear a la dictadura, el momento preciso para lanzar la Contraofensiva, conducir los conflictos de masas y derrotar al Proceso. Esta idea se apoyaba en la asfixiante situación social. El ‘79 había sido el año de mayor conflictividad, con alrededor de 1200 huelgas en fábricas. La conducción de Montoneros creía que las masas obreras se lanzarían decididamente a las calles. El objetivo era reunir a los altos mandos en Lima, Perú, para organizar la Contraofensiva y volver a Argentina con una estrategia concreta. 

 

―Un día mi jefa me dice: “Vas a hacer un viaje, es ultra secreto, vas a ir a Lima, tenes que alquilar dos casas, un auto, vas a empezar a recibir compañeros” ―cuenta Molfino. 

 

En la capital peruana Gustavo organizó el encuentro. Vivía en la misma casa con los jefes de Montoneros, mientras otros compañeros se hospedaban en distintos hoteles. La mayoría venía de México.

 

–Un día me dicen: “¿A qué no sabes quién viene mañana? Viene Mima”. ¿Mima? ¿Quién es Mima?, pensaba yo. Así fue que me enteré que así le decían a mi vieja. Fue un encuentro divino, pero ni yo le preguntaba a ella qué hacía, ni ella me preguntaba a mí. Estábamos en la misma casa, compartíamos la cena, el almuerzo, jugábamos a la escoba, al rummy. ¿Entendes? Esas cosas normales.

 

Desde el exilio, su madre, Noemí Esther Gianetti de Molfino, había protagonizado las denuncias que los militares denominaron “campaña anti-argentina”. Relató detalles de las prisiones y secuestros de sus hijos y participó en la Comisión de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU). De a poco, comenzó a involucrarse con Montoneros, hasta que formó parte de la Operación Contraofensiva.

 

―¿Nunca supiste que era parte de Montoneros?

―No, no. Igual te digo, cuando estuvimos viviendo clandestinos acá, en Nazca y Rivadavia, mi hermana me contaba: “Si la vieras a la vieja limpiando las armas”. Y en ese momento no tenía ningún compromiso fuerte. Ella los ayudaba, pero no tenía formación política. Si después la adquirió tuvo que ver con todo lo que fue pasando en la familia.

 

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El tiempo compartido junto a su madre en Lima duró lo que un suspiro. Gustavo vio, atónito, sin posibilidad de hacer absolutamente nada, cómo el 12 de junio de 1980 una redada militar rodeó la casa que compartía con su madre y otros compañeros.

 

―Me salvé por diez minutos, por no estar en la casa, vi todo el operativo en Perú.

 

Era de noche, Gustavo había salido y media cuadra antes de llegar vio unos tipos, armados, frente al edificio. Entonces siguió de largo, llamó a su madre desde un teléfono público y la alcanzó a escuchar por última vez: “Ya están acá, Gusti, ya entraron. Escápate ya, sos muy joven”. 

 

El operativo se dio en el marco del Plan Cóndor. Los militares peruanos detuvieron a varios militantes de Montoneros. Noemí Esther fue llevada a Bolivia y luego al centro de detención clandestino de Campo de Mayo. El 18 de julio de 1980 fue trasladada a un hotel de Madrid, donde fue asesinada por enviados de los militares argentinos.

 

―Mi vieja hacía tres meses había estado en Naciones Unidas en Ginebra denunciando la dictadura. Eso es lo que les jode a los milicos ―explica Gustavo―. Galtieri pide instrucciones a la CIA, tenemos los documentos desclasificados. El caso había tomado relevancia internacional. La CIA aconseja que la señora aparezca como de muerte natural en un país ajeno a Perú y de gran afluencia de exiliados. Por eso eligen España. Siniestro.

 

En julio de 2016, el legislador formoseño Luis Basterra, del Frente para la Victoria, presentó en la Cámara de Diputados un proyecto de resolución para reconocer a Noemí Molfino por haber enfrentado con “valentía, convicción y entrega” a la última dictadura.

 

La foto que más le impactó a Molfino en su vida es la foto del joven que acompañó a su madre a España. El hombre que, sospecha Molfino, quizás sea el que le dio una inyección o una pastilla para que tuviera una insuficiencia cardíaca. Esa foto es parte de la causa que investiga la muerte de Noemí.

 

―Ver la foto del tipo impresiona. Es un flaco de los ‘70, melenudo, bigotes, pantalones Oxford. Y ese tipo fue capaz de llevarla extorsionada. Estuvo dos días con ella, pidiéndose whiskies, un sándwich de jamón y queso, eso está en las órdenes del hotel, todo eso apareció después. Era un pibe más.

 

Cambio de piel

 

Un flaco alto, de pelo corto morocho y traje gris, saluda a Molfino desde el pasillo que da al patio del Congreso.

 

―¡El gran Molfino! ―dice a los gritos, y pregunta― ¿Cómo va a ser el viernes 24?

―Estamos viendo, yo voy a llevar la cámara seguramente. Después te tiro un mensaje.

 

El flaco  saluda y se va por un pasillo. Cuando se arremanga la camisa, Molfino deja ver un enorme escorpión tatuado en el brazo derecho. Ese tatuaje representa su regreso a la Argentina luego del exilio: una forma de reafirmar su identidad. Desde los 15 a los 23, Gustavo no tuvo una sola identidad, tuvo miles.

 

―A mí me siempre me gustaron los tatuajes, pero durante la clandestinidad era imposible tatuarse, porque te volvía muy identificable. Hay una cuestión psicológica muy fuerte ahí: en la etapa en que se reafirma la identidad, yo tenía la identidad que quisiera.

 

El dragón que tiene tatuado en su mano derecha se lo hizo para taparse un tatuaje anterior, una medialuna y una estrella roja, símbolo del islam. Se lo tapó porque muchos le preguntaban porqué tenía tatuado el símbolo del comunismo.

 

Con el regreso de la democracia en 1983, Molfino cambió las armas por la cámara de fotos. Su militancia se convirtió en una cacería de la imagen de militares y civiles vinculados a causas de lesa humanidad. Y, en su chaleco de fotógrafo, sobre el pecho, se prendió un pin con la estrella roja de ocho puntas de Montoneros.

 

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―Cuando llegué del exilio a los represores los tenías en la calle, tomando café como ese señor que está ahí ―dice mientras señala a un hombre enjuto en una mesa cercana―. En un primer momento tuve un momento de raye. Empecé a hacer un listado de todos esos, quizás con algún objetivo raro… ―piensa y, aunque parezca absolutamente banal, es inevitable recordar el listado de Arya Stark en Game of Thrones―. Pero después se me fue de la cabeza. Hoy hacerles las fotos a estos hijos de puta, para mí, es visibilizarlos. Nada más.

 

Perseguidores perseguidos

 

La bandera de la identidad es sinónimo de las luchas y búsquedas de las organizaciones como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Sin embargo, el relato fotográfico de Molfino indaga en otras identidades ignoradas: las identidades de los victimarios. Y así un hombre con una cámara en las manos revierte, aunque sea por un instante, el paradigma del poder. Los que eran perseguidores pasan a ser perseguidos.

 

―Tiene un valor enorme el trabajo que hace Gustavo. No se trata solamente de una tarea periodística, sino que ayuda a los abogados y a los organismos de derechos humanos para tener los rostros de estos personajes  ―dice Pablo Llonto, abogado en causas de lesa humanidad―. A veces tenemos los nombres, tenemos los números de documentos, pero nos faltan los rostros. Y eso permite que se les haga un reconocimiento de parte de las víctimas y, pese al paso de los años, identificarlos.

 

Llonto conoce en profundidad los juicios de “lesa”. Representa a familiares de desaparecidos en las causas de los principales centros de detención clandestino de la dictadura. Y es parte de la querella en la causa Contraofensiva, donde se investiga también la desaparición de Marcela Molfino y Guillermo Amarilla.

 

A 41 años del golpe, todavía hay muchas caras por conocer, aunque el factor tiempo juegue en contra. Según los cálculos de Llonto, apenas se hicieron entre un 10 y un 15% de los juicios vinculados a la dictadura.

 

Según datos de marzo de 2017 de la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad, dependiente del Ministerio Público Fiscal, desde la reapertura de los juicios en 2006 fueron sentenciadas 827 personas por crímenes de lesa humanidad, de las cuales 750 resultaron condenadas y 77 absueltas.

También estableció que en la actualidad es mayor el número de imputados en libertad que el de detenidos. Y, a su vez, más de la mitad de los detenidos está bajo prisión domiciliaria: de los 1044 detenidos, 518 están en sus casas.

 

―Nadie hace el trabajo de Gustavo. Se convirtió en algo sistemático. Está logrando un registro muy importante. También sirve que los vecinos reconozcan a los represores: eso es parte de la lucha por la justicia, que en el barrio sepan que estos tipos tienen un pasado vinculado a lo peor de la historia, al genocidio ―dice Llonto.

 

La recompensa

 

La última vez que Molfino vio a su hermana Marcela fue en un viaje relámpago a Buenos Aires, en días en que se desinflaba la Contraofensiva montonera.

 

―Nos encontramos en una galería de Plaza Flores, ella iba con su bebé en el carrito. Le habían dicho que se iba a encontrar con Benjamín. Era un código para que interpretara que era yo, el Benjamín de la familia. “¿Qué haces acá, pendejo?”, fue su primera reacción cuando me vio. “¿Vos me metiste en esto y ahora me estás cagando a pedos?”, le respondí.

 

Después fue un abrazo, la emoción del encuentro y un almuerzo donde se pusieron al día en los asuntos de la familia. Gustavo se enteró tiempo después, en un entrenamiento en el Líbano, que los militares habían secuestrado a su hermana y a su cuñado, quienes hoy continúan desaparecidos.

 

―En un momento en el campamento alguien contó que habían secuestrado a Marcela y Guillermo. Yo no pude ni llorar, no lo pude exteriorizar ―dice, ahora serio. Se le ponen los ojos vidriosos ―. Me mantuve en mis cabales para que mis compañeros no descubrieran quién era yo.

 

En el año 2010, gracias a la reactivación de la causas por delitos de lesa humanidad, una testigo sobreviviente dijo que Marcela Molfino había dado a luz en el hospital de Campo de Mayo durante su detención.

 

―Nosotros teníamos el dato de que mi hermana había muerto en el enfrentamiento con los militares. No sabíamos que había estado en Campo de Mayo. Y en el año 2010 aparece mi sobrino. Fue muy fuerte, muy fuerte ―Se queda callado unos segundos―. Porque no sabíamos que estaba embarazada. Por eso nunca buscamos a nadie, tampoco en Abuelas había ADN nuestro.

El sobrino de Gustavo es el nieto recuperado número 98: Martín Amarilla Molfino. Su padre apropiador había sido del Batallón de Inteligencia 601, su madre apropiadora tenía 50 años cuando supuestamente lo tuvo. Cuando Martín empezó a preguntar sobre su nacimiento, no había respuestas.

 

―Viendo Televisión por la Identidad se dio cuenta de que podía ser hijo de desaparecidos. Y va a Abuelas y le sacan sangre. Él nos busca, pero nosotros no ―explica Gustavo―. Hasta que en 2010 aparece el testimonio y nos piden a la familia sacarnos sangre. Y ahí nos avisan que tenemos un sobrino. Fue una cosa que no tiene precio: con los años la vida te recompensa.

 

En octubre de 2015, Gustavo publicó una columna de opinión en el diario Tiempo Argentino titulada “Burlas que son constantes”. La escribió dos días después de que se cumpliera el aniversario número 36 del secuestro de su hermana Marcela. La escribió bajo el impulso de la indigación: el genocida Carlos Blas Casuccio, procesado en la causa Contraofensiva Montonera, había sido beneficiado por una decisión judicial.

 

“Mi hermana estuvo cautiva durante nueve meses y dio a luz en la maternidad clandestina de Campo de Mayo. Su bebé, mi sobrino, fue entregado a un agente del Batallón de Inteligencia 601 del Ejército. Al ver a este sujeto, procesado y con prisión domiciliaria, haciendo las compras en un supermercado cercano a su vivienda, no hago más que pensar en la injusticia del sistema judicial. Estos tipos no sólo están detenidos en sus casas, sino que reciben permisos especiales para ¡salir de compras!”, escribió.

 

Una sanción social

 

La psicóloga Adriana Taboada es perito en causas de lesa humanidad y referente de la asociación Memoria, Verdad y Justicia de Zona Norte. Conoce el trabajo de Molfino a través de su militancia en derechos humanos.

 

―Hay una dificultad muy grande para identificar a los genocidas, sobre todo en las causas como la de Campo de Mayo, una trama represiva que involucra once municipios, cuatro centros clandestinos, cinco mil personas detenidas y casi ningún sobreviviente. En ese marco, las imágenes de Gustavo suponen un aporte muy importante.

 

Taboada dice que la desaparición de un ser querido obliga al aparato psíquico a enfrentar una situación para la cual no está preparada, porque plantea la incertidumbre permanente. En el duelo uno se despide de aquello que ha perdido y puede seguir la vida: en la desaparición el proceso de separación se ve obstaculizada.

 

―Es importante lo que uno hace con esa experiencia de vida y aportar a la lucha puede ser reparador. La pregunta es qué hace uno con la historia que le ha tocado. El trabajo de Molfino tiene un valor no solamente estético, sino también político, porque busca plantarse frente al olvido y promover una sanción social más que judicial.

 

Lindos abuelitos

 

Raúl Guillermo Pascual Muñoz, quien fuera intendente interventor de Florencio Varela, le saca la lengua a la cámara de Molfino. Fue el 15 de septiembre de 2015, en un día todavía invernal. Muñoz está llegando a declarar a los juzgados de San Martín. Está viejo, las ojeras profundas, lleva un saco azul sobre un buzo polar. En su gesto hay una pose cínica, burlona, el antes perseguidor ahora perseguido se muestra tal como es: un hombre mayor escoltado por una mujer que, bajo unos lentes finos, agacha la mirada avergonzada.

 

La dirección de Derechos Humanos de Florencio Varela salió a repudiar el gesto del represor en un comunicado. “Gracias al fotógrafo Gustavo Molfino tenemos las provocadoras fotos de Muñoz, sin custodia y riéndose, sacando la lengua, mofándose de la conciencia de los argentinos y de los varelenses que tienen sus heridas abiertas”, dice el texto.

 

Pascual Muñoz está imputado por 47 casos de lesa humanidad. Entre ellos, se lo acusa de participar de los crímenes ocurridos en la Contraofensiva Montonera, que involucran a la familia de Molfino. La foto de Muñoz sacando la lengua fue expuesta en la muestra de ARGRA (Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina) de 2016.

 

―Una vez estaba detrás de un represor, haciéndole guardias ―cuenta Gustavo―. Era un domingo que llovía mucho. De golpe abren la puerta, pero él no sale, sale un muchacho joven con su mujer y su beba. En el momento tuve el impulso de bajar del auto y decirles: “¿Vos sabes que ese abuelito violó mujeres, asesinó, torturó, cortó en pedazos a la gente, tiró del avión a muchos, tenes idea de eso? Tu papá no es un lindo abuelito, que pobrecito es víctima y está metido en una casa…” Eso sí a veces me da ganas de hacer. Pero como tengo otra cosa en mente, me guardo las ganas y espero la foto.

 

 “Siempre estuvimos jugados”

 

Miguel Ángel es el mayor de los hermanos Molfino. Militante del PRT, periodista y escritor, fue secuestrado en Buenos Aires en 1979, donde comenzó un largo periplo por prisiones y centros clandestinos, hasta que fue condenado por un Consejo de Guerra y legalizado. Lo liberaron recién en diciembre de 1983, en el inicio de la primavera alfonsinista.

 

―Gustavo siempre fue el mimado de la familia, el bebé favorito. Nuestra casa era como un fogón de energías políticas: éramos hermanos que militábamos, venían nuestras novias, nuestros amigos y hasta dirigentes. Gustavo se crió en el calor de ese fogón ―dice Miguel Ángel por teléfono, desde Chaco.

 

Aunque se vieron muy poco durante la clandestinidad, lejos de alejarlos, la distancia los anudó aún más.

 

―Yo lo admiro mucho a mi hermano, y esto se lo he dicho, como militante hay que tener muchos huevos para hacer las cosas que él hizo  ―continúa Miguel Ángel.

―¿Qué piensa del trabajo y las fotos de Gustavo?

―Nosotros venimos de militar en una época donde había olor a pólvora en la ropa. Entonces arrugar ahora es una tontería. Estoy de acuerdo con el trabajo que hace Gustavo. Estamos jugados, siempre estuvimos jugados y, ahora, con más razón menos hay que arrugar. Nadie nos dijo que pelear por un país mejor era fácil.

 

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El ojo de la memoria

 

Molfino fotografió a una veintena de represores con su Nikon. Entre sus fotos están los rostros de Eduardo José María Lance, Luis del Valle Arce y Delsis Ángel Malacalza, imputados en la investigación por los “vuelos de la muerte”. También aparecen en sus imágenes Omar Graffigna, ex jefe de Estado Mayor General de la Fuerza Aérea, y Luis Tomás Trillo, ex jefe de la Regional de Inteligencia de Buenos Aires, condenados a 25 años en el marco de la causa RIBA.

 

Las imágenes de Gustavo Molfino fueron exhibidas en la Cámara de Diputados de la Nación, donde trabaja desde el año 1999 en el área de prensa. A partir del 23 de marzo su muestra “El ojo de la memoria”, se exhibirá en la Universidad de General Sarmiento, en el Centro Cultural de la sede San Miguel, junto a dibujos de la nieta recuperada Catalina De Sanctis.

 

Ahora Molfino juega con su cámara Fujifilm en el patio del Congreso. La Fujifilm es su cámara para lo cotidiano, para tomas rápidas. En ese juego apunta al cielo, más allá del tercer piso del Palacio legislativo. Cuando no está persiguiendo represores, disfruta sacarles fotografías a las aves de la reserva ecológica de la Costanera, a los dibujos extraños de los relámpagos de una noche tormentosa, a su familia. 

 

―¿Cómo están los juicios que involucran a tus familiares?

―En este contexto de ahora, está todo muy raro. Vemos algunos problemas. Por ejemplo el Tribunal de San Martín, que llevan todos los juicios de Campo de Mayo, está saturado de juicios, entonces van muy lentos. El juicio que tiene que ver con mi familia está previsto para dentro de dos años, hay trece juicios en el medio.

―Claro, los tiempos de la justicia…

―Esto se venía reclamando también con el anterior gobierno ―dice Molfino, mientras apoya la cámara en la mesa―. La justicia tiene falencias, es el más complejo y el más poderoso de los poderes del Estado. Los organismos y familiares estamos movilizados desde ese punto de vista.

 

En marzo de 2015 la secuencia de fotos que logró obtener tras meses de seguir a Capitán, ilustraron la tapa del diario Tiempo Argentino. Muchas de sus imágenes también se publicaron en Página/12 o Infojus Noticias, medios con una amplia cobertura de los juicios de lesa humanidad. Hoy algunos de esos espacios de difusión parecen un recuerdo de época.

 

Tomás Eloy Martínez escribió sobre una foto del checo Josef Koudelka, tomada en una aldea gitana: “La foto ha suspendido el tiempo, pero nosotros somos el tiempo. Ha creado una historia, pero nosotros somos, de algún modo, esa historia”. Cada vez que gatilla una foto, Molfino está mirando su presente y su pasado a la vez. Y, al mismo tiempo, los espectadores de sus imágenes lo ven a él, ven su enfoque de cazador oculto, ven al represor siendo “cazado” en una calle gris, y en ese parpadeo caben los últimos cuarenta y un años de historia de los derechos humanos en la Argentina.

 

Fotografías en orden de aparición:

Foto de portada: represor Pascual Muñoz.

Foto 1: Gustavo Molfino en los años ’80.

Foto 2: represor Jorge Gerónimo Capitán.

Foto 3: escrache a Massera.

Foto 4: 1975,Buenos Aires. Última navidad de los Molfinos juntos.

Foto 5: Noemí Molfino, Marcela Molfino y Gustavo Amarilla, todos desaparecidos.

Foto 6: represor Carlos Villanova.

 


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