El 9 de noviembre los catalanes votarán, en un referéndum no convalidado por la Justicia, si quieren vivir en un estado independiente. Tradición, cultura y crisis económica son el trasfondo de un debate que pasó de la calle a las urnas. Jóvenes indignados de Barcelona, profesionales que imaginan una nueva Yugoslavia, viejos militantes, operadores por el voto “No” e inmigrantes musulmanes se cruzan en una ciudad dominada por el clima de una elección que conmueve a toda España.



Rosa de les Neus Marco Palau tiene 27 años y es parte de la Generación Sí-Sí: jóvenes catalanes que responderán que Sí a las dos preguntas oficiales de la consulta del 9N: “¿Quiere que Cataluña sea un Estado?” y “En caso afirmativo, ¿quiere que este Estado sea independiente?”. Rosa dedica tiempo completo a la causa catalanista, organiza encuentros en centros culturales y bares. Nació en Tarragona, estudió filología catalana y germánica, vivió una temporada en París y ahora suele viajar a Bremen, Alemania, para trabajar con su tesis de doctorado sobre el tratamiento que los medios alemanes dan al proceso independentista catalán.

 

En el territorio catalán viven 7,5 millones de personas, sobre un total de 47 millones que tiene toda España. El 9N habrá unos 1200 locales de votación repartidos en 938 municipios –de un total de 947- de toda Catalunya. Como el gobierno de Rajoy logró que el Tribunal Constitucional no convalidara la votación, la consulta será alternativa, sin consecuencias legales, pero con la potencia política de un movimiento que ha crecido con los años.

 

—En las condiciones actuales de España los jóvenes no tenemos futuro. Hay casi un 50 por ciento de paro juvenil.

 

Para un joven con ganas de estudiar, dice Rosa, las tasas universitarias son altas, las becas pocas y los masters carísimos. Ella habla de fuga de cerebros: catalanes altamente calificados que emigran.

 

Rosa toma café en el bar del patio de la Universitat Pompeu Fabra, un edificio que todavía mantiene dos torres de la antigua fábrica. El resto fue restaurado. Todas las aulas tienen su proyector y su sistema de luces inteligentes que se encienden solas al detectar la presencia humana. De los pisos superiores, cuelgan banderas de Catalunya y otros emblemas de agrupaciones políticas. No se les permite colocar sus mesas en el hall de la entrada ni en ninguno de los pasillos del edificio.

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—Tener un estado no garantiza que el futuro sea maravilloso, pero sí que es una oportunidad para cambiar cosas que ahora no funcionan.

 

El edificio de la Pompeu Fabra se levanta detrás de la Ciutadella, una antigua una fortaleza que, junto con el Castillo del Montjuic, servía para vigilar y castigar intentos de sublevaciones en Barcelona. La estructura fue demolida hace años y hoy el predio funciona como un parque con árboles, lagos, senderos empedrados y el zoológico donde vivía el gorila albino superstar Copito de Nieve. Sólo se conservó el sector del antiguo arsenal de la fortaleza, que hoy es la sede del Parlamento catalán, donde se votan por mayoría y desde hace varios meses todas las instancias de cara al 9N.

 

Rosa dice que en el proceso que vive Catalunya fue la sociedad la que empujó a los políticos en una dirección. Y también que el referéndum no tiene valor “legal” pero sí tiene una validez simbólica, emotiva, personal.

 

Rosa usa gafas desde la adolescencia. Cuando volvía del colegio se pasaba horas leyendo los periódicos o escuchando las historias de sus abuelos sobre el franquismo. Trataba de imaginarse cómo sería su calle de Tarragona, la escuela y los comercios del barrio con toda la cartelería escrita en castellano. Le aterraba la idea del catalán como lengua muerta.

 

—Parece que el estado español no quisiera ser plurinacional y plurilingüístico, sino al contrario.

 

Verborrágica, Rosa encuentra en la comparación con el referéndum en Escocia (18 de septiembre de este año) la mejor forma de definir lo que sienten cientos de miles de catalanes:

 

—Para que Escocia se quedase, Londres les decía: queremos que os quedéis y estar con vosotros, sois nuestros amigos. En cambio, aquí no recibimos esto. Recibimos: sois nuestros enemigos, queremos que continuéis con esta situación económica. Se han publicado estadísticas con los adjetivos que se aplican a Catalunya desde otras comunidades autónomas y todos son bastantes negativos: gente materialista, separatista, individualista, egoísta. Aquí no hay ningún feedback positivo.


 

Las calles, los balcones, las vidrieras, los autos, todos en Barcelona tiene su bandera. Bastones rojos y amarillos, el triángulo azul, la estrella blanca. Los turistas le sacan fotos y el ojo de Google Earth no puede evitar registrarlas en cualquier imagen panorámica. La “estelada” –llamada así por su estrella- fue diseñada por Vincenç Ballester, un masón que regresó de Cuba en 1908 y se inspiró en la bandera de la última colonia española en América. Fue el primer ícono de la versión moderna del nacionalismo catalán, que emergió casi 200 años después de la fecha en que festejan su día como un exorcismo.

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Después de semanas de asedio, el 11 de septiembre de 1714 las tropas de la Francia borbónica entraban triunfales en Barcelona, la capital del Reino de Aragón, subordinando a la región al Reino de Castilla y derivando, décadas más tarde, en Catalunya como comunidad autónoma perteneciente hasta hoy al Reino de España.

 

Recién en el inicio del siglo XX, con el crecimiento de la burguesía catalana, muchos empezaron a pensar en prescindir de los españoles. Sant Jordi peleando contra el dragón es el símbolo de esos años. Una figura recurrente en algunos palacetes del Paseo de Gracia de Barcelona, la avenida de las familias de nuevos ricos que fueron los mecenas de los arquitectos modernistas catalanes, entre los que estaba el heterodoxo Antoni Gaudí.

 

Décadas más tarde, Catalunya se declaró independiente en un sueño que duró una semana: del 1 al 6 de octubre de 1934. Los catalanes tuvieron que abortar la misión para evitar el amotinamiento de los sectores nacionalistas españoles que, apenas 2 años después, comenzarían una guerra civil que acabarían ganando.

 

La actual Constitución Nacional de España fue aprobada en 1978, en plena Transición. Reconoce las diferentes nacionalidades dentro del Reino e impide cualquier intento legal de escisión. Tanto Catalunya como el País Vasco y Galicia han intentado, desde entonces, vías alternativas para conseguir una mayor autonomía.

 

En 2005, el Parlament catalán aprobó un Estatut que fue refrendado con los ciudadanos mediante una consulta popular. La comunidad autónoma entera esperó años el fallo del Tribunal Constitucional, que recién llegó en 2010 y con 14 puntos derogados. Los más conflictivos, los que pedían, entre otras cosas, que los catalanes manejaran por sí mismos la recaudación de su dinero y que el estado español reconociera a la lengua catalana como la oficial en la región. Más de un millón de personas salieron, indignadas, a las calles de Barcelona.

 

Ese mismo año, Artur Mas fue elegido presidente de la Generalitat, con un discurso independentista de coyuntura. Tras el fracaso en las negociaciones por un pacto fiscal con el gobierno de Mariano Rajoy, jugó al año siguiente una carta arriesgada: llamar a elecciones anticipadas con el objetivo de ganar y convocar a un referéndum para que toda Catalunya decida sobre su independencia. Y ganó.

 

Después de idas y vueltas, la consulta tuvo que cambiar su nombre a “proceso de participación ciudadana” debido a otro fallo del Tribunal, aterrado por los intentos secesionistas. Ahora, a tan sólo 2 días de celebrarse, los puestos de souvenirs del Barrio Gótico barcelonés han reforzado su stock de encendedores, camisetas, abanicos y otras baratijas estampadas con la estelada. En los restaurantes de paellas de varios pueblos en la Costa Brava, la estelada se acompaña con carteles en inglés explicando a los visitantes las motivaciones del proceso: “Catalunya is not Spain” o “A meter closer to Independence”.


 

Leo tiene cuatro años y es el primogénito de un italiano y una polaca. Hace la escuela en catalán y castellano, mientras en su casa alterna con las lenguas materna y paterna. Barcelona está llena chicos de cuatro años creciendo en cuatro idiomas. Son los primeros hijos del último modelo de familia tipo en la capital catalana.

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Su padre, Davide Tonón, sube y baja cada mañana los 360 escalones que separan la casa del colegio. Pasa por la Fundación Joan Miró, atraviesa un bosque y recorre los jardines con un teatro griego. En el barrio Poble Sec, a los pies del Montjuic, el monte que encabeza la zona portuaria, un castillo militar construido tras el sitio de 1714 para vigilar la ciudad (sus cañones no apuntan al mar sino a Barcelona) convive con estadios, museos y monumentos creados para los Juegos Olímpicos de 1992.

 

Los italianos en Barcelona, como Davide, son la comunidad de inmigrantes más numerosa desde 2010, nutrida por cientos de argentinos que entraron con doble pasaporte. Davide llegó hace 15 años, bastante antes de que la indignación de los jóvenes italianos, hartos de la berlusconización, estallara en una diáspora masiva.

 

—No estoy ni a favor ni en contra, ni del referéndum ni de la independencia. Creo que es un espejismo. La gente no cree casi en nada y en un momento dado ¿a qué se agarra? A su identidad. Y cada uno reconstruye las arqueologías que quiere.

 

Davide dice que no quiere desmerecer los argumentos culturales e históricos de la independencia catalán, pero, según él, no alcanzan.

 

—Yo también puedo decirte que esto era el Imperio de Roma.

 

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Ni bien llegó de Venecia, montó una ONG de educación no formal para jóvenes, pese a que desde el Ayuntamiento le dijeron que ya no había espacio para otra organización así. Lleva 15 años viviendo de este proyecto, viajando por África y América Latina con otros formadores belgas, alemanes, griegos, italianos y catalanes. Le gusta Barcelona, la considera una ciudad abierta y acogedora. Aprendió catalán en un curso con compañeros, en su mayoría, catalanes que habían hecho la escuela durante el franquismo y que no sabían la gramática de su propia lengua materna, prohibida durante la dictadura hasta para hablarla en la calle.

 

Davide vivió siempre en Poble Sec, un barrio lleno de fábricas en el siglo XIX que ahora ha tomado la fisonomía de un pequeño pueblo dentro de la ciudad: muy familiar, con bares de vermut y pisos baratos. Le encanta tomar cerveza en la Plaza del Surtidor. Vaso en mano, dice:

 

—Nunca he sentido de vivir en España. Nunca. Cuando voy a Zaragoza o a donde sea me preparo para ir a otro país. Escucho gente que cree que cuando tengamos la independencia, todo cambiará. La crisis desaparece de golpe y somos todos buenos. Me parece un cuento de hadas.

 

Todos los martes Davide juega al fútbol en una canchita de Poblenou, el otro barrio de galpones fabriles; algunos puro óxido, otros reconvertidos en edificios tecnológicos para oficinas y los menos en casas okupas de inmigrantes africanos. En el corazón de esta distopía urbana, Davide se calza los guantes de arquero en un equipo llamado Drinkers United en el que también juegan un director de teatro, un empleado de banco, un corredor de bolsa, un detective privado y, hasta hace muy poco, un sobrino del escritor Enrique Vila-Matas.

 

Después del partido, y cuando ya quedan pocos días para el referéndum, Davide dice:

 

—Lo que estamos sembrando es el odio por todas partes. Yo nunca hubiera pensado que Yugoslavia se rompería así. Y lo tenía muy cerca, casi que me he criado ahí. No es un vaticinio, pero nunca puedes decir hasta dónde va el límite tampoco. El carácter catalán es más negociador, son más comerciantes y menos guerreros, pero el discurso del odio es una cosa que creas con el tiempo. Y a veces las cosas no estallan enseguida.

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Lo interrumpe una mujer japonesa, madre de un de un compañero de colegio de Leo, el hijo de Davide. La chica está casada con un vasco. Se repite la tetralogía idiomática: ese niño habla japonés, euskera, castellano y catalán.


 

—La España que nos quieren vender Artur Mas ya no existe, se acabó con la Transición. Y la Catalunya que nos quieren vender nunca existió, porque Catalunya es plural, bilingüe y mixta.

 

Juanjo Rastrollo busca entre sus argumentos un punto medio en el debate mientras come patatas bravas y espárragos trigueros en el Roure, un viejo bar del barrio de Gracia. Cruzando la calle está el colegio secundario donde da clases de Lengua Castellana y de Latín.

 

—La idea del independentismo es una idea romántica. Si yo ahora tuviera 16 años, sería independentista. ¿Quién no va a serlo a los 16? ¿Qué le vas a contar a un chaval de una Constitución que no votó y que ni siquiera votaron sus padres?

 

Juanjo tiene su cuenta de Facebook con un seudónimo, para evitar filtraciones con sus alumnos. Es una práctica muy común entre profesores jóvenes españoles, llamarse Lim Chu o Gross Jackson o Cris R. en las redes sociales. Esta mesura hace que también evite las discusiones políticas en sus clases.

 

El barrio de Gracia está en el centro exacto de Barcelona. Fue bombardeado con insistencia por las tropas franquistas en los años previos a su llegada al poder. Hoy lo habitan familias catalanas progres de clase media, algunos latinoamericanos que se dedican al teatro o a la música y etnias gitanas que hablan el caló, un dialecto del catalán. Algunos de los hijos de estas familias son los alumnos de Juanjo, chicos de entre 12 y 18 años que suelen hacer huelgas acompañadas con movilizaciones custodiadas siempre muy de cerca por más de 20 camionetas de los Mossos d’Esquadra, la policía autonómica catalana.

 

—Han mamado el independentismo desde niños. Tienen una idea muy clara de lo que quieren y por qué luchan. Yo tengo un montón de chicos que llevan las camisetas con la estelada. La mayoría quiere la independencia y cuando hacen huelga y alguno viene a clases, ese que vino queda un poco relegado y marginado.

Juanjo es ancho y fuerte, torso enorme, erguido, barba y voz gruesa: el estereotipo del macho ibérico. Anda en bicicleta y carga siempre una mochila y caramelos de menta. Llegó a Barcelona por amor en 2000, desde Alicante, una de las principales ciudades de la Comunidad Valenciana, donde se habla el valencià. Para los catalanes, un dialecto del catalán. Para los valencianos, su lengua oficial propia. Una disputa lingüística –y política- de décadas.

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Los catalanistas reivindican (y dibujan en muchos mapas) lo que llaman los Països Catalans, o sea, todas las regiones en las que se habla la lengua: Catalunya, Valencia, Islas Baleares, Andorra, la isla de Alguer en Cerdeña y una zona del sur de Francia llamada el Roussillon. Pero la mayoría de valencianos no quieren saber nada con los catalanes y así lo demuestran en las urnas: Valencia es el reducto más fuerte del Partido Popular.

 

—Que se diga “valenciano” es una cuestión política: la lengua es el catalán. El valenciano sabe que habla catalán pero nunca dice que habla catalán.

 

La Ley Wert de Educación, un proyecto nacional que propone el castellano como lengua principal para la enseñanza pública en España, fue frenada en Catalunya por otra ley aprobada por el parlamento catalán. De manera que hoy, el docente puede elegir en qué idioma dar sus clases, aunque para entrar en el circuito académico es necesario el Nivel C de catalán, el más alto de todos.

Juanjo es de la generación del Destape. Cuando empezó a conocer la noche, las calles españolas rebosaban de gays, gente trendy que compraba compulsivamente ropa de importación, adictos a la heroína y skinheads con grupos de rock que pedían la vuelta del imperio español. España se abría al mundo después de décadas de oscuridad.

 

—Yo quiero independizarme del PP, claro que sí. Pero identificar España con PP es una de las perversiones de este movimiento. Artur Mas, cuando sale en televisión habla de España, en ningún momento habla del gobierno español. España no nos permite votar, nos impide y nos roba. Eso es muy peligroso. Y después del caso Pujol, hay que tener cojones para decir que España nos roba.

 

Lo que Raúl Alfonsín significa, para muchos, en la vida democrática argentina, lo representa (o representaba) Jordi Pujol para muchos independentistas. Y como España está en un nuevo Destape, pero de casos de corrupción de funcionarios públicos, se ha descubierto que el ex presidente de la Generalitat de Catalunya venía quedándose con dinero estatal desde hacía más de 30 años y su estafa prolongada podría llegar a superar los 1.000 millones de euros.

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Lo que a muchos los tomó de sorpresa, a otros les ratificó su desconfianza hacia otro referente de Convergència Democràtica de Catalunya, el actual presidente Artur Mas, quien tras asumir en 2010 ordenó recortes en sanidad, educación y cultura del mismo talante de los de Mariano Rajoy en toda España. En este trajín, Juanjo dejó de recibir el aguinaldo y su escuela estuvo a punto de no poder pagar la luz en varias oportunidades.

 

—Yo soy catalanista, pero no independentista. Mi abuelo siempre lo dice: cuando hay banderas en los balcones es un mal augurio.


 

El Servicio Meteorológico de Catalunya hizo una predicción especial y anticipada para el domingo 9 de noviembre de 2014. El 24 de octubre pronosticó una baja probabilidad de lluvia y temperaturas de entre 13 y 18 grados. Un día perfecto para ir a votar en familia. En su comunicado oficial, aseguraron haber analizado datos de 22 series climáticas diarias desde 1948 a 2013. El equivalente a toda la franja vital de Francesc Regás, un jubilado de 66 años, que con su chaleco militante amarillo fluo, sentado en un terraplén de la Plaza Universitat, mira a los adolescentes montados en skates.

 

—Me empecé a enterar cuando tenía unos 14 años, en los campamentos de Boy Scouts donde conocí a mucha gente de izquierdas. Ahí empecé a repartir panfletos y a meterme en manifestaciones. Alguna vez me he comido hostias de la policía nacional, los grises que los llamaban en esa época.

 

La lengua catalana nunca estuvo tan de moda como en estos últimos años. No siempre fue así. Durante la niñez y adolescencia de Francesc, en plena prohibición, buena parte de la clase alta (y la clase media, como furgón de cola) decidió que era vulgar, que era la lengua de los pagesos del campo. Entonces, hablaban un catalán castellanizado, casi vergonzoso, de puertas adentro.

 

Francesc se crió en una familia de clase media del Eixample barcelonés, un barrio construido en plena industrialización de Catalunya, entre finales del siglo XIX y principios del XX. Donde se concentra la mayor cantidad de palacetes modernistas. En plena guerra civil, el padre de Francesc se refugió en Francia primero y luego se fue a Burgos, a unirse con los nacionales. Era franquista. Cada vez que Franco iba a Barcelona colgaba del balcón la bandera española con el águila imperial. Con Franco muerto, el hombre cambió de bando y empezó a colgar de su casa banderas catalanas.

 

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—El independentismo, tal como se está enfocando, sólo beneficia a los que están en el poder. Nos están utilizando. El hecho de que haya enfrentamientos entre nosotros y el resto de España, provoca que no haya una unión en el pueblo. Y lo importante es que el pueblo esté unido, me da lo mismo que sea catalán, gallego, madrileño o andaluz. ¡Es igual! Esta cosa del referéndum no la veo como algo que haya salido del pueblo. Por eso no iré a votar.

 

Por largos años Francesc se despertó a las 6 de la mañana para sentarse en una oficina del Banco de Sabadell. Lo entusiasmaba más la actividad sindical. Iba camino a una jubilación tranquila cuando el movimiento 15M y los indignados le sacudieron la modorra. Francesc, como muchos de su generación, veían como los jóvenes acampaban en las plazas, mostraban su descontento general con la crisis y recibían palazos de la policía. Se sintieron en la obligación moral de hacer algo también.

 

Así nacieron los Iaioflautas, un grupo de ancianos y ancianas que se calzan unos chalecos amarillos fluo y salen a la calle a apoyar protestas contra desahucios, recortes, despidos o violación de derechos humanos.

 

En los Iaioflautas hay catalanistas, nacionalistas, indecisos y todas las variantes con respecto al tema de la independencia. No tienen postura unificada ni quieren tenerla. Su nombre remite a los hippies, que en España se les dice “perroflautas”, pero más que nada a las declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid durante 2011, Esperanza Aguirre, quien en plena acampada del 15M en la Plaza del Sol le restó importancia a la situación diciendo que eran sólo un montón de perroflautas.


 

Al Raval de Barcelona muchos le suelen llamar Ravalistán, no sólo por ser un enclave de inmigración musulmana, sobre todo de Pakistán, sino también por su supuesta tendencia a los ghettos. El trabajo de Mohammad Iqbal Chaudhry es, justamente, romper ese tópico.

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Le encanta hablar catalán. Camina por las calles angostas del casco antiguo con saco oscuro y camisa blanca sin corbata. Lo saludan desde una carnicería halal, entra en la peluquería de Mustaphá, el panadero de las baklavas lo detiene unos segundos para preguntarle algo. Lo llaman cada 10 minutos. Mohammad siempre atiende el teléfono. Se mueve como un patriarca.

 

—Cuando uno se siente de aquí, estas cosas lo afectan ¿no? Nosotros pagamos impuestos y, en cambio, no nos beneficiamos de esos impuestos. Desde arcas públicas españolas nos devuelven pocas cosas. Y uno dice ¡Hostias! ¿Y mi autonomía? Si yo pago mis impuestos, quiero mi educación mejor, mi salario mejor, mi prestación por desempleo mejor. La solución mejor, a mi modo de ver, es un estado federal y una Hacienda propia en Catalunya. Con eso ya sería suficiente.

 

El Centro Islámico Camino de la Paz es un oratorio musulmán al que asisten pakistaníes y fieles de otros países. Desde este lugar, Mohammad trata de que contener a los inmigrantes asiáticos, (pakistaníes, marroquíes, filipinos, indios): se reza, se les buscan trabajos, se los asiste.

Cuando se rompe el ayuno por el último día del Ramadán, Mohammad junta voluntades con parroquias católicas para organizan una cena pública en las Ramblas del Raval. La idea es romper el ghetto, que los templos religiosos abran sus puertas y que la gente salga a la calle a compartir su comida con el resto de los vecinos. Durante esa noche, creyentes y no creyentes devoran sopas especiadas, dátiles y pasteles con almíbar.

 

—Yo no estoy en favor de la ruptura de España con Catalunya. Estoy en favor de una Unión Europea potente y fuerte.

 

Arc del Teatre es una de las últimas calles del Raval antes de llegar al Puerto Viejo de Barcelona. A medida que avanza, se ensancha y se vuelve más oscura, hasta llegar a una plazoleta con tres locales pegados, uno al lado del otro, que pertenecen a tres mundos diferentes: un bar indie-pop, un restaurante africano de Gambia y otro pakistaní atendido por un imán. Mohammad entra en el último. Pide un té con menta.

 

—Hay muchos amigos que piensan que yo soy pro-independencia. Una cosa es lo que yo piense y otra cosa es mi compromiso como ciudadano, el día que juré. Mi caso es distinto al de una persona haya nacido aquí, que es ciudadano por raíces. Yo soy ciudadano por opción y, por lo tanto, tengo que respetar mi jura.

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Mohammad es ciudadano español desde 2006. Llegó a Barcelona hace 25 años, cuando recién cumplía 24, después de recorrer varias ciudades europeas y decidir que la capital catalana era la más apropiada para vivir, trabajar y formar una familia. Fue parte de la primera oleada de la inmigración masiva musulmana en la Península Ibérica y hoy es uno de los 23 mil pakistaníes residentes en Barcelona.

 

Según un estudio de la Unión de Comunidades Islámicas de España, el 30 por ciento de los musulmanes (más de medio millón de personas) son ciudadanos españoles. Unos 465.000 viven en Catalunya, la comunidad autónoma que concentra el mayor número de población musulmana. Y un tercio del total de la población musulmana de España (casi 293.000 personas) vive en Barcelona.

 

—No nos conviene tensar la situación, sino suavizar las tensiones. Ceder un poco y conseguir un poco. Nosotros desde la comunidad no hacemos campaña ni en pro ni en contra. Y eso ya le tengo dicho muy claramente a mis amigos de una banda y de otra.


 

A principios de año, cuando salía de dar sus clases de Derecho Internacional, Susana Beltrán se tomaba un café en el bar de la Universidad Autónoma de Barcelona con otros profesores. El tema de la independencia dominaba las conversaciones. Ella escuchaba e intentaba entender la postura de la mayoría: la necesidad de que los catalanes decidan su futuro político. Pero no conseguía compartir la misma opinión. Era la oveja descarriada de su entorno catalanista. Hasta que se cansó y decidió hacer públicas esas diferencias. Abrió un blog y comenzó a postear artículos contrarios a la independencia. En pocos días, recibió decenas de comentarios y llamadas de teléfono de gente que pensaba como ella. Y pasó de escribir artículos en revistas académicas, a dar entrevistas en los noticieros y a publicar sus columnas en el diario El País.

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—Somos una asociación que actúa por reacción. Entre nuestros colaboradores hay gente que nunca se había planteado qué identidad tenía. Y, de repente, te ves abocado a un proceso de secesión que te arrastra. Si no te arrastrara uno podría vivir feliz, total, son ellos y ya está. Pero en el momento en que te incluyen en el grupo y esto puede tener consecuencias, te obligan incluso a preguntarte a ti mismo qué eres. Cuando para muchos de nosotros esta identidad no era algo importante en nuestras vidas.

 

Societat Civil Catalana nació oficialmente el 23 abril de este año con un acto en un teatro del centro barcelonés. Después, celebraron el Día de Catalunya, sin atisbos independentistas, el 11 de septiembre en Tarragona. Luego, el 12 de octubre (lo que aquí se llama Día de la Hispanidad) colmaron la Plaza Catalunya de Barcelona para decir que son catalanes pero en la España de todos.

 

Susana cuestiona que el referéndum haya sido convocado para que la gente vaya y vote a favor. No le parece democrático.

 

—No respeta los derechos fundamentales de las personas ni el Estado de Derecho. Y por lo tanto no vamos a participar.

 

Susana pasa buena parte de sus días en una oficina montada de apuro. Hay sillas y mesas nuevas, cajas de cartón vacías esparcidas en el suelo, una pizarra y ningún cuadro en la pared. Apenas tiene tiempo para su hijo de 10 años: va de la Universidad a esta oficina y de aquí a un canal de TV y del canal a una reunión. Tiene los ojos azules cansados y líquidos. El domingo 9 de noviembre, el 9N, cumplirá 48 años.

 

El grupo de militancia de Susana sostiene que la soberanía, entendida como la capacidad de decisión de cambiar las normas si no nos gustan, pertenece a todos los ciudadanos españoles.

 

—Pero en los últimos años, ha venido un grupo con aspiraciones colectivas que ha sabido vender muy bien un mensaje de ilusión, de vamos a tener un país nuevo para cambiarlo todo. Hay muchos catalanes que están convencidos de que la independencia es cuestión de meses. Pero a este mensaje le hacen falta argumentos.

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Empresarios, publicistas, académicos, periodistas, gentes en el paro, estudiantes, amas y amos de casa son, más o menos, los perfiles que integran la asociación. También militantes de los partidos políticos contrarios a la independencia que operan en Catalunya: Partido Popular, Ciutadans y Partido de los Socialistas de Catalunya (la versión catalán oficial del PSOE). A pesar de estas estructuras, carecen de capacidad de movilización. Los dos actos públicos de Societat Civil no han sido ni de cerca masivos. Los catalanistas les vienen ganando por varios miles de personas en la maratón de convocatorias.

 

—Nosotros tratamos de explicar que no es tan simple, que hay una parte del movimiento secesionista que sí o sí quiere la independencia y que, además, llena las calles, logrando que sólo haya una imagen de los catalanes. Pero no son todos.

 

A la vuelta del búnker de Societat Civil, está la tienda de ropa Catalunya Freedom, creada por un matrimonio que decidió prescindir del sudeste asiático y fabricar sus prendas en talleres catalanes. Los diseños y los precios recuerdan a los de La Martina, la marca de ropa argentina de alto target. Pero las camperas, pulóveres y cascos para motos de Catalunya Freedom no están estampados con caballos ni jugadores de polo, sino con la estelada catalana y escudo de la armada de los almogàvers, un ejército medieval de mercenarios que expulsaron a los moros y que fueron contratados por el rey catalán más querido, Jaume I, el gran conquistador. El que le puso nombre a la plaza más antigua de Barcelona, la que divide el edificio del Ayuntamiento del de la Generalitat de Catalunya. La plaza en donde ahora cuelga un enorme cartel electrónico con un cronómetro que cuenta los días, horas, minutos y segundos que faltan para el 9N.

 


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