Patricio Fernández tenía cuatro años cuando aviones Hawker Hunter bombardearon el palacio de La Moneda y el entonces presidente de Chile Salvador Allende se disparó en la cabeza con una metralleta. En este texto, publicado en el libro Crecer a golpes, crónicas y ensayos de América Latina, editado por Diego Fonseca, el cronista chileno hace un recorrido de su país, su vida y sus circunstancias.



Nací en Santiago de Chile en 1969, cuando el hombre pisó la luna, tal vez la efemérides más significativa en la historia humana. (En 1492 apenas conocimos otra esquina del jardín del mundo). Mientras el homo sapiens comenzaba a recorrer el universo, a mí me amamantaban en uno de los países más distantes del planeta. Salvo un avión que continúa a Australia, sobrevolando la tierra congelada por el sur, todos los demás retornan de aquí a alguna parte.

 

Yo tenía cuatro años cuando el 11 de septiembre de 1973, aviones Hawker Hunter bombardearon el palacio de La Moneda y Salvador Allende se disparó en la cabeza con una metralleta que le regaló su amigo Fidel Castro. Recorrí los 1.043 días que duró el gobierno socialista mucho más tarde, a punta de lectura y conversación. Algo de ese tiempo, sin embargo, ha quedado grabado en mí. La historia de un país también está en la vida de sus habitantes. Tengo poco más de cuarenta años: el Chile transcurrido en dicho período, perdón por la inmodestia, también soy yo. Yo y mis circunstancias, como diría Ortega y Gasset.

 

***

 

En 1973 Santiago era una capital de provincias, una ciudad gris y lenta sin mucho recuerdo de su pasado. Ya entonces costaba encontrar sus rastros coloniales; sus rascacielos no tenían más de diez pisos. A orillas del río Mapocho y hasta el centro mismo de la ciudad, convivían salpicones de arquitectura neoclásica francesa con familias en casas de cartón. En el país que recibió Salvador Allende, uno de cada cuatro niños estaba desnutrido. Durante los tres años del gobierno de la Unidad Popular (UP), sólo los reaccionarios hablaban de totalitarismo soviético para condenar a un Partido Comunista que suscribía las costumbres democráticas nacionales. Los artistas fueron el alma de la política. Allende apostaba por construir un socialismo a la chilena, “con sabor a empanada y vino tinto”.

 

Los vientos de la revolución que soplaban por América Latina despeinaron también a la izquierda chilena, que consiguió llegar al poder por las urnas en 1970. El mismísimo Salvador Allende, un político republicano, ex ministro y ex senador de traje y corbata, no pudo abstraerse de esa brisa. En un documental de aquellos años responde a las preguntas del joven revolucionario francés Jules Régis Debray con la torpe coquetería del que, para disimular su edad, renuncia a defender lo que sabe por viejo. Allende no pertenecía a esa estirpe de guerrilleros. Era vanidoso, coqueto, sibarita. Le encantaban las mujeres y seducía con facilidad: tuvo una esposa, una mejor amiga y varias amantes. El ex senador José Antonio Viera-Gallo dijo una vez que, antes de comenzar una reunión ministerial, Allende le quitó su chaqueta de gamuza. “Aquí nadie se viste mejor que el presidente”, dijo, y se la cambió por la suya. No consigo imaginar a aquel hombre con bigote y anteojos vistiendo un uniforme verde oliva.

 

La Unidad Popular alimentó una borrachera de esperanzas en una casa que chirriaba bajo el huracán de la Guerra Fría. En esos años las convicciones eran más fuertes que la política y la pasión más valorada que la templanza. Chile vivía en ambiente de asamblea. Los sindicatos, las federaciones estudiantiles, los curas, las asociaciones gremiales, las juntas de vecinos y hasta las putas discutían el futuro nacional. El gobierno de la UP debió litigar desde sus comienzos con la amenaza golpista y una economía que al poco andar empezó a descalabrarse. En junio de 1973, el coronel Roberto Souper, al mando del Regimiento Blindado No2, cercó con sus tanques el palacio de La Moneda. El gobierno consiguió neutralizar la maniobra, pero las cartas ya estaban echadas. La inflación volaba. El clima era de máxima inquietud. “Allende ordena robo de fábricas”, decía la revista SEPA. “Ejército y pueblo somos invencibles”, devolvía el diario El Clarín. “El golpe está vivo”, aseguraba en tapa la revista HOY. “En su puro tufo se afirma Allende. ¡Que renuncie!”, gritaba el periódico Tribuna.

 

Los últimos días del gobierno socialista no tuvieron la calma que antecede a las tormentas. El 23 de agosto de 1973, el general Carlos Prats dejó la comandancia de las Fuerzas Armadas en manos de Augusto Pinochet, un general de la completa confianza de Allende: la derecha lo consideraba un milico rojo. El 4 de septiembre, para el tercer aniversario del triunfo de la Unidad Popular, una muchedumbre de setecientas mil personas caminó junto a La Moneda. La congregación debiera haber servido para demostrar la fuerza de un gobierno todavía joven, pero exhibió la pena anticipada de su fin. “Un multitudinario desfile pasó frente a la tribuna, donde los dirigentes no pronunciaron ningún discurso,  porque ya nada tenían que decir a las masas. (…) La clase obrera se sentía derrotada siete días antes del golpe”, escribió el periodistaargentino Helios Prieto.

 

“El Chicho” —como llamaban a Allende sus seguidores— se autodefinía como revolucionario, pero fue Pinochet quien de verdad llevó a cabo una revolución. La UP no apareció de un día para el otro: fue la culminación de un proceso histórico en el cual las clases populares lograron un protagonismo inédito. El golpe, en cambio, cortó la historia en dos. La sociedad civil quedó huérfana. Los partidos políticos pasaron a la clandestinidad; se acabaron los sindicatos; cerraron los medios de comunicación que no fueran partidarios de la dictadura. En medio de ese silencio acrítico y sumisión casi absoluta, ocurrió la más profunda y radical transformación económica de Chile.

 

Mi abuelo Sergio fue director del Instituto Médico Legal de Chile. A fines de los años cincuenta, harto de escarbar muertos, partió con mi abuela Rosa a vivir a Melipilla, una ciudad rural de calles de tierra y casas bajas de adobe y madera, una hora al suroeste de  Santiago. De niño, lo visitaba a menudo. El tata solía comprarme helados de bocado y coco en El Cairo, frente a la Plaza de Armas del pueblo. Cuando colgó su cotona blanca de médico forense, tenía casi la misma edad que yo al escribir estas líneas: cuarenta años, el período que atraviesa mi niñez, Allende, la larga noche de Pinochet, y el presente, cuando ya nada es lo mismo.

 

El borde oriental de la Chacra Marín —como se llamaba el fundo de mis abuelos— lindaba con los extramuros de Melipilla. El portón de entrada al campo quedaba al final de la calle Manso, la última avenida del pueblo, mitad tierra, mitad pavimento y con una sola vereda donde se alineaban las talabarterías que vendían monturas, riendas y estribos, chupallas de paño y de paja. De la reja en adelante, la calle Manso era de nuestra propiedad. Tras el portal, a la derecha, estaba la casa patronal, donde pasé buena parte de los veranos y fines de semana de mi infancia con mis primos. La casa era de adobe y, cuando la levantaron, a comienzos del siglo XX, tenía forma de U, pero una de sus alas cayó con el terremoto de La Ligua, en 1965. Más adelante seguían la lechería, después el puente del canal y luego las viviendas de los inquilinos. Ahí vivían las familias de Lucho, el Lolo y don Cantalicio, los empleados del abuelo. Eran casas sin radié, con suelo de tierra apisonada y un pequeño huerto sembrado de hortalizas y frutales. Tras ellas, y al fondo de la calle Manso, “el patrón”, mi abuelo, tenía su criadero de conejos de Angora, una lana de moda hasta fines de los setenta. Los pequeños Angora son un puñado de algodón con dos gotas de sangre resplandeciente.

 

Al interior de la Chacra Marín vivíamos en un mundo aparte. Cuando había visitas, repartían un aperitivo de vainas dulces con espuma, charqui, aceitunas negras y quesos frescos. A los niños nos abrían una Coca-Cola de litro que servían en vasos diminutos, como se hace con un licor escaso. Mi abuela preparaba dulces —bollos, merengues y brazos de reina— mientras Brunilda, la cocinera de la casa, hacía manjar de leche y mantequillas con nata. En el patio del granero estaba la entrada a la lechería. Ahí, en una mazmorra oscura, el Lolo amarraba las vacas a los muros con cadenas de hierro y enlazaba sus patas traseras con cuerdas húmedas para que no lo pisaran mientras las ordeñaba. Cada mañana, antes del amanecer, yo lo acompañaba a buscar esas vacas negras con manchas blancas al potrero; las arreábamos junto a los novillos recién paridos, a los gritos y con la ayuda de una varilla.

 

En Melipilla, durante la Unidad Popular, muchos trabajadores protagonizaron luchas memorables, cara a cara con sus patrones de toda la vida. Sobrepasados por el entusiasmo, algunos invadieron fundos más pequeños que los presupuestados por el Comité de Reforma Agraria de Allende, que establecía como expropiables los predios de más de ochenta hectáreas. Los inquilinos de mi abuelo no hablaban de política: se supone que coexistíamos en perfecta armonía. Para nosotros, habían sido campesinos organizados de otros fundos quienes participaron en la socialización de las tierras, pero, a la distancia, es posible que aquella paz en la que vivíamos fuera sólo aparente y establecida por el miedo.

 

Mis recuerdos de la casa comienzan con Pinochet en el poder. Salíamos sólo los domingos, y a misa, en alguna de las cuatro iglesias del pueblo: La Catedral, La Sagrada Familia, Santa Teresa de Los Andes o Nuestra Señora de la Merced, la más señorial. Las mujeres asistían a la ceremonia con un pañuelo en la cabeza y, durante los cantos, imponían sus voces agudas como un lamento. A la salida, mis padres y los abuelos conversaban brevemente con los dueños de los fundos vecinos o con el cura, que se detenía en la puerta a saludar a sus benefactores. En ocasiones, el sacerdote iba a almorzar a nuestra chacra. El padre Luis era un misionero belga, partidario de la Teología de la Liberación. Inevitablemente, en algún momento de la velada, entre carnes y bollos, el cura se las arreglaba para comentar los sucesos horribles del país. Mi abuelo, un pinochetista sin mella, se encabritaba siempre: los militares habían salvado a Chile del comunismo ateo, ¿de qué diablos estaba hablando? En una oportunidad, cuando el sacerdote relató un allanamiento en la población de Alhué, donde los militares se ensañaron con unos campesinos viejos, mi abuela Rosa, que lo había escuchado con detenimiento, sentenció que esos campesinos podrían ser cualquier cosa, pero inocentes seguro que no. Nadie agregó mucho: si alguien hubiera apoyado al cura, la abuela habría ordenado que no se hablase más de política y que saliéramos, todos, al parrón.

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Terminado el almuerzo el abuelo Sergio comía un racimo de uvas mojadas, que desprendía e introducía en la boca a una velocidad impresionante, e invitaba a caminar. Las niñas se detenían a jugar con los conejos, pero nosotros lo seguíamos con la expectativa de encontrar algo más interesante en el camino al bosque. Junto al cerro que lindaba con el fundo solían entrenar unos soldados, posiblemente del asentamiento de Tejas Verdes, un regimiento cercano que se convirtió en uno de los primeros campos de detención de la dictadura. Hasta ahí llevaban en camiones frigoríficos a prisioneros de Santiago que depositaban en barracas de madera donde pasaban meses bajo tortura o, en el mejor de los casos, maltratados como perros. Pero nosotros no sabíamos nada de eso: los soldados eran una visita divertida para una banda de niños. En el cerro, los pelados montaban tiendas de campaña y pasaban el día arrastrándose en punta y codos, haciendo ejercicios de tiro y fingiendo combates. Más de una vez estallaron explosivos. Mis primos y yo los mirábamos a la distancia hasta que se marchaban. Entonces, sin que el abuelo nos viera, bajábamos corriendo a buscar los casquillos de fusiles y restos de la artillería.

 

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Para mi tata Sergio, el verdadero pecado del régimen militar parecía ser su poco celo burocrático: no declarar los muertos, ni siquiera entregarlos. “Con elaborar listas bastaba”, decía, “en toda guerra los muertos se declaran”. El viejo era un hombre bajo y calvo, cariñoso pero de pésimo carácter. Estallaba en gritos al más mínimo desarreglo y contradicción. Pertenecía a la estirpe más conservadora de Occidente, ésa para la cual el catolicismo es el único manual de comportamientos atendibles y todo aquel que lo  discuta, un enemigo acérrimo. Su guerra, como la de Pinochet, era contra el caos y el libertinaje. A medida que fue perdiendo sus fuerzas, como un toro cansado, se volvió más tolerante. Nunca, sin embargo, permitió que se sentaran a su mesa segundos matrimonios ni convivientes sin consagrar.

 

En un cajón de su dormitorio de Melipilla, el abuelo guardaba escopetas, rifles y pistolas. Alguna vez sugirió que tenía metralletas enterradas, pero bien pudo ser un cuento para su nieto fantasioso. Se supone que las armas las obtuvo mientras trabajó en el Instituto Médico Legal. Tal vez fueran evidencias enviadas para constatar si calzaban con las balas que sacaba de los asesinados, pero, a decir verdad, su antiguo empleo siempre estuvo rodeado de una  atmósfera misteriosa. En el escritorio, junto a su arsenal quirúrgico, atesoraba una colección de cráneos que pocas veces nos permitió ver. De no haberse jubilado a tiempo, el 11 de septiembre de 1973 mi tata habría presenciado un espectáculo aterrador. Tras el golpe, cientos de cadáveres de personas fusiladas en las calles cubrieron los pasillos de su Instituto Médico Legal. Incluso el cuerpo de Salvador Allende estuvo en la morgue, apenas mejor atendido que los restos de sus seguidores hallados a orillas del Mapocho. Durante meses, los oficiales del Servicio Médico Legal falsearon los certificados de autopsia para asegurar que aquellas personas habían caído en enfrentamientos. Mi tata jamás se refirió al asunto y yo aun no sé cómo hubiera reaccionado de haberle correspondido estar ahí. El viejo nunca consiguió entender que el voto de un campesino valiera lo mismo que el de un universitario.

 

En 1978, con la dictadura ya consolidada, una nueva línea de buses, los Ruta Bus, llegó a Melipilla. A diferencia de los antiguos transportes que paraban muchas veces en el camino y en los que solía viajarse de pie, los Ruta Bus no hacían escala, tenían televisor y repartían sándwiches y café. Para mi abuela se trató de una incontestable demostración del buen gobierno de Pinochet. Ese mismo año, lejos del país y nuestros buses con tentempiés de jamón y queso, la Asamblea de Naciones Unidas ignoraba la versión del embajador de Chile —según la cual quienes se hacían llamar “desaparecidos” no tenían existencia legal— y condenaba al país por violar los derechos humanos. Indignado, Pinochet convocó a una consulta nacional para desenmascarar la mentira. En la papeleta del voto, los propagandistas del régimen escribieron: “Frente a la agresión internacional desatada en contra de nuestra patria respaldo al presidente Pinochet en su defensa de la dignidad de Chile y reafirmo la legitimidad del Gobierno de la república para encabezar soberanamente el proceso de institucionalidad del país”. La ira de la dictadura era tal que no se permitía la pausa de una coma. Más aun, quien votaba por respaldar al gobierno debía marcar “sí” sobre una bandera de Chile, a quien estaba en contra lo hacían marcar el “no” sobre el dibujo de una bandera negra. El “sí” ganó con más del 75% de los sufragios. Años más tarde, escuché a la hermana mayor de mi padre contar, entre ataques de risa, que ella misma se había llevado a su casa bolsas llenas de votos opositores.

 

En noviembre de aquel 1978, a meses de esa consulta fraudulenta y mientras la economía experimentaba un repunte vertiginoso siguiendo a sangre y fuego los consejos de Milton Friedman, ocurrió el primer hallazgo masivo de cuerpos de detenidos-desaparecidos en una zona próxima a Melipilla. Fue al interior de unos hornos de cal en Lonquén, a pocos kilómetros de la ciudad y del fundo familiar. “Trozos de cráneos amarillentos, con huellas de cuero cabelludo; pelos sueltos, negros; ropas desgarradas en las que se reconoce un blue jean, un chaleco de hombre”, escribió Abraham Santibáñez, un periodista que presenció la excavación. En ese montón estaban los cadáveres de Sergio Maureira y sus cuatro hijos. Treinta y cinco años después, en un programa sobre las cuatro décadas del golpe militar, Corina Maureira lloró una vez más frente a las cámaras al recordar el descubrimiento de los cuerpos de su padre y hermanos: “Los mataron a sangre fría. Los tiraron vivos ahí”.

 

En el campo, como lo había comprobado el padre Luis, no se hablaba de esas cosas. Con mis abuelos cercanos al pinochetismo, en la Chacra Marín todos debían moverse bajo el mandato silencioso del régimen, como ganado manso. Por eso en los días del hallazgo de los cadáveres la noticia verdaderamente importante fue el arribo de las ordeñadoras eléctricas y de cierta máquina que permitía enfriar la leche y evitar su descomposición. En la Melipilla de mi infancia y en el fundo familiar, no entraba la gran historia. Para mis abuelos, la derrota del comunismo bien valía unos cuantos muertos. Casi treinta años más tarde le preguntaron a Manuel Contreras, el jefe máximo de los órganos represivos de Pinochet, si acaso se arrepentía de algo. Contestó que sí: “De no haber matado más marxistas”. Cuando comenzaron los juicios a los militares, mi abuela se quejó de lo mismo. “El problema”, decía, “fue dejar a tantos vivos”.

 

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En 1983, con una década bajo Pinochet y mientras al otro lado de la cordillera Argentina salía del espanto de la dictadura y la guerrade las Malvinas y recuperaba la democracia, en Chile comenzaban las protestas callejeras. Los movilizados convocaban con panfletos que convertían a muchas calles en periódicos; las noticias volaban cuando corrían los automóviles. Cundían las imprentas clandestinas que, con el tiempo, cuando desapareció su función combativa, se transformaron en editoras de libros piratas. Las parroquias eran los principales lugares de encuentro y discusión. A medida que las antiguas dirigencias dispersas comenzaron a regresar del exilio, el país recuperó su organización social. Producto de la crisis económica —la cesantía llegó a cerca del 40%—, en las ollas comunes de las poblaciones los vecinos cocinaban las verduras recogidas de los contenedores de basura de los supermercados que ya comenzaban a reemplazar a los pequeños almacenes de barrio.

 

Fue en esos tiempos, cuando la dictadura empezaba a resquebrajarse, que Melipilla se partió. A las 5:45 p.m. del 3 de marzo de 1985 terminábamos las vacaciones del verano y un terremoto con epicentro en las costas de Valparaíso sacudió el centro de Chile. A la mañana siguiente, entre muchas noticias que tropezaban, en la radio dijeron que Melipilla estaba gravemente afectada. Mi abuelo, con quien estábamos en la playa, quiso ir allá, y mi padre, en lugar de detenerlo, me subió al auto como su compañía. Tenía quince años, y aquel fue mi primer terremoto.

 

Entramos a los territorios rurales rodeados de pequeñas casas desmoronadas a orillas del camino, con el abuelo Sergio y la abuela Rosa en silencio. En Melipilla, el torreón de la catedral y los tres campanarios de las iglesias madres estaban por los suelos. Las casas pareadas de las calles Serrano y Manso eran cúmulos de tierra; también la nuestra. El salón de la casona familiar quedó resumido en un cerro de escombros. Mi abuela se agarró la cabeza con las manos —sólo dijo, “¡Qué horror!”, y calló. Mi abuelo sostenía las lágrimas y preguntaba por la gente: todos estaban bien pero sin viviendas habitables. En el gallinero, los pollos deambulaban alrededor de sus madres. Durante la reconstrucción, algunas de sus jaulas terminaron convertidas en bodegas. En una de ellas guardaron arrumbados los libros que antes estaban bajo llave en los viejos armarios del living. Esa jaula fue mi primera biblioteca personal.

 

El terremoto de 1985 marcó el fin de una era. Los inquilinos dejaron de ver la telenovela de las tardes en la televisión que el abuelo había instalado para ellos al final de la galería. Muchos compraron sus propios aparatos. Cantalicio me contó, con una resignación imposible, que su hijo mayor se había mudado a Santiago, para estudiar ballet. Nada podía resultar más extraño a ese hombre que había envejecido con ojotas, arando a la siga de los caballos y destapando acequias con una pala. El pueblo quedó mocho, al menos hasta la década siguiente, cuando comenzaron a instalarse las cadenas comerciales y, entre las construcciones de adobe parchado con zinc y otros materiales modernos, crecieron edificios de concreto de dimensiones desconocidas. El aire campestre se perdió rápido. Por las calles ya no circulaban paisanos a caballo. Una cadena de multitiendas levantó un monstruo de concreto entre las casas bajas de barro y frente a la plaza ahora había un banco más grande que la catedral.

 

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El 5 de octubre de 1988, un plebiscito terminó con la dictadura. Hasta las dos de la madrugada del jueves 6, los datos oficiales daban por ganador a Pinochet. A esa hora, el subsecretario Alberto Cardemil leyó los cómputos finales, donde el “NO” obtenía la mayoría. Mientras en las calles comenzaba una borrachera que duraría días, cuentan que la hija mayor del dictador le dio una bofetada al ministro del Interior, culpándolo por la derrota de su padre. Chile no tiene carnaval, pero esa semana lo tuvo. Yo acababa de cumplir diecinueve años y viví días fundidos en un solo instante de felicidad. El país había abierto unos postigos por largo tiempo cerrados, como si al cabo de una larga noche, amaneciera.

 

El final de la dictadura coincidió con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética. La mayor parte de la izquierda chilena había vivido un proceso de revisión durante el exilio y los socialistas, ahora, eran “socialistas renovados” que ya no calificaban las formas democráticas de “burguesas”. Un año después del plebiscito asumió la presidencia Patricio Aylwin, un demócrata-cristiano que fue partidario del golpe, ahora a la cabeza de las fuerzas de oposición. Los militares dejaron La Moneda con el negocio amarrado. Un Consejo de Seguridad de generales tenía atribuciones para pronunciarse contra casi cualquier cosa. Los partidos marxistas seguían proscritos por un artículo transitorio de la Constitución. El general Contreras, patrón de los centros de tortura, permaneció libre hasta 2005. Pinochet siguió de comandante en jefe del Ejército y, como un emperador romano, se hizo nombrar senador vitalicio.

 

La justicia avanzó lento. Mientras los familiares de los casi tres mil detenidos-desaparecidos reclamaban su ejercicio a voz en cuello, Aylwin la prometía “en la medida de lo posible”. La frase acabó como lema de la transición democrática. Para algunos significó la renuncia adelantada a realizar los cambios que el país requería; para otros, una máxima insoslayable de la responsabilidad política. Chile caminaría largo tiempo sobre cáscaras de huevo. La enorme herida moral de los detenidos-desaparecidos  convivió con la legitimación democrática de un sistema económico que adoraba el crecimiento por encima de todo. Y el país, efectivamente, crecería, y como nunca. Los pequeños boliches fueron reemplazados por negocios a gran escala. Irrumpió una nueva casta de millonarios que con el paso de los años compró y abrió comercios en media América Latina. El rentable negocio del crédito permeó también la educación y los padres comenzaron a endeudarse para cambiar el destino de sus hijos. Se consolidó una inédita y masiva clase media, ya no de profesionales que aspiraban al buen vivir y a la cultura como antaño, sino de consumidores ansiosos por acceder a los bienes de la modernidad. Las grandes pantallas de televisión, los teléfonos celulares, los automóviles admirables nos consolaron del pasado irresuelto. Bajo Eduardo Frei, el sucesor de Aylwin, Chile decidió sacudirse las formas provincianas del pasado, miró a menos a su vecindario y salió al mundo a gritar que era el “jaguar de América Latina”. Sobre espantosos abusos sin resolver, Santiago se convirtió en una “gran ciudad”.

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Durante los años noventa, sólo fui a Melipilla para las cada vez menos frecuentes fiestas familiares. La vida de campo no se lleva bien con las aspiraciones de un veinteañero. La sobriedad monacal de la casa, por su parte, había sido reemplazada por una especie de abandono. La decoración no fue nunca una preocupación de mis abuelos, pero ahora incluso los espacios habían perdido la dignidad patronal que poseían antes del terremoto. El salón donde ellos rezaban el rosario por las tardes ya no tenía ventanas. El piano de cola estaba cerrado y su cubierta repleta de revistas viejas; la chimenea, que jamás se volvió a prender, semejaba el respiradero de un subterráneo. Fue durante esos años que Cantalicio, el peón, murió de cirrosis. La noticia me impactó porque, a decir verdad, lo había visto borracho apenas una vez, durante una celebración de Santa Rosa, el onomástico de mi abuela. Ahora que lo pienso, fueron muchas las cosas que no vi.

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En noviembre de 1998, de improviso, el senador vitalicio Augusto Pinochet Ugarte es detenido en Londres. Su amiga Margaret Thatcher lo había convencido de operarse una hernia en una buena clínica británica y fue en su habitación hospitalaria donde lo encontraron unos bobbys de cucalón. Los policías le leyeron los derechos con cerrado acento inglés ante su desconcierto. La escena es poderosamente sintética: el hombre que durante casi veinte años había decidido el sentido último de todas las palabras no entendía qué diablos le decían sus captores al recitar la ley.

 

Los fanáticos de Pinochet enloquecieron. Evelyn Matthei, quien quince años más tarde sería candidata a la presidencia de la república, llamó a no consumir productos ingleses, pero en Chile el único producto inglés que de verdad se consume es el whisky, el trago preferido de los pinochetistas, de modo que fracasó. El alcalde de Providencia, un ex coronel de inteligencia, decidió que no recogería la basura de las casas hasta conseguir la liberación de su general, y la comuna, una de las más ricas de Santiago, se llenó de  restos podridos.

 

Para la mayor parte de los ciudadanos, sin embargo, la captura produjo esa estupefacción que genera la caída de los intocables. Pinochet era una presencia aún muy poderosa y nadie imaginaba que llegaría a ser juzgado. Los familiares de los desaparecidos se manifestaban a diario, pero tengo la impresión de que ni siquiera ellos guardaban grandes esperanzas: Pinochet encarnaba el miedo. Era el miedo. Verlo durante todo un año, sometido y degradándose físicamente, con incontinencia urinaria y babeando, objeto de la mirada y el juicio internacional como personificación de lo inaceptable, tuvo un efecto sanador. El mundo cultural del Chile  de los noventa exigía mayores horizontes, tolerancia y diversidad, pues en el país todavía imperaba la censura cinematográfica y la apertura a las discusiones del mundo civilizado era mínima. Llegó a debatirse públicamente la moralidad de las relaciones sexuales prematrimoniales y hasta el arzobispo de Santiago escribió una carta pastoral para condenar la liberalidad sexual galopante.

 

La detención de Pinochet coincidió con el lanzamiento de la campaña de Ricardo Lagos, el primer candidato socialista desde el golpe de Estado, que representó —y condujo bien— ese hartazgo. Eduardo Frei había salido en viaje de negocios por el mundo a firmar tratados de libre comercio y Lagos le sumó espesor cultural a la cruzada. Concesionó las carreteras, troncales y ramales, y mucho de lo que estaba lejos, se acercó. Los izquierdistas alharacos aseguran que Lagos fue un presidente “entreguista”, amigo del máximo dirigente de los empresarios. En ese Chile desapareció la lucha de clases, al menos en un sentido literal, y lo despreciado se confundió con lo pretendido. Vivíamos un modesto “destape” donde lo prohibido era, por definición, mejor que lo autorizado. La gran mayoría de la población seguía mejorando su nivel de vida con más acceso a bienes de consumo. Estábamos todos más ricos —algunos demasiado más que otros— pero a costa de deudas acumuladas, inseguridades sociales y una falta de cohesión comunitaria más propia de animales en pugna que de país en desarrollo.

 

Después de Lagos arribó la primera presidente mujer de nuestra historia. Antes que Angela Merkel, Cristina Fernández de Kirchner y Dilma Rousseff, Michelle Bachelet llegó al gobierno cargada de simbolismos: hija de un general asesinado tras el golpe, ex presa política que pasó por campos de tortura y luego el exilio, socialista, atea, madre de hijos de distintos padres, soltera. Bachelet estaba lejos de la imagen que la tradicional sociedad chilena tenía de una familia gobernante. El día de su triunfo, miles de señoras del pueblo salieron a la calle vestidas con la banda presidencial. Una actriz, Malucha Pinto, subió a la tribuna de los festejos y dijo que con Michelle terminaba la patria y comenzaba la “matria”.

 

Al concluir su período de cuatro años —con una increíble popularidad que bordeaba el 80% del apoyo ciudadano—, la Concertación perdió la elección. El conglomerado ya poseía sus propios vicios y de progresista guardaba apenas un olor lejano y dormido. Con Sebastián Piñera a la cabeza, la derecha alcanzaba el poder democráticamente por primera vez en medio siglo. Piñera, un empresario multimillonario, asumió la presidencia, también, en medio de símbolos. Chile volvía a temblar. El 11 de marzo de  2010, el día del cambio de mando, el país seguía bajo las réplicas de uno de los terremotos más poderoso que recuerde la humanidad. Los 8,8 grados en la escala de Richter del cataclismo del 27 de febrero demolieron villas enteras. Un maremoto de tres olas gigantescas arrasó con varios poblados del litoral continental y con las viviendas de la isla de Juan Fernández, donde vivió Robinson Crusoe. Los cadáveres salieron a la superficie en el cementerio de Lolol, mientras en Concepción lo que afloró fueron saqueos a supermercados y grandes tiendas. Al día siguiente del tsunami, los sobrevivientes deambulaban por encima de sus casas arrancadas de cuajo con la vista perdida y en silencio. Si asegurar que una era terminaba es muy estridente, no lo es decir que una trizadura se instaló en la aparente normalidad conseguida por Chile.

 

Dije antes que el golpe de estado de 1973 significó un corte radical en nuestra historia. De hecho, las administraciones democráticas ajustaron pero nunca contradijeron el modelo económico y social de Pinochet. Como resultado, en 2011 los chilenos salieron  a la calle en cerca de cuarenta marchas, algunas con más de cien mil manifestantes. No fueron movilizaciones por una crisis, pues el país aun crecía a ritmo vigoroso. Desfilaron los ecologistas en reclamo por desarrollo sustentable, los homosexuales pidiendo matrimonio igualitario, los marihuaneros para que se aplique la misma ley al consumo de alcohol que al de maconha, los habitantes de las provincias demandando mayores niveles de autonomía, los mapuches reivindicando su derecho al autogobierno. Los estudiantes —los reyes de la fiesta— protestaron contra una educación segregacionista donde los ricos estudian con los ricos y los pobres con los que pueden mientras los dueños de las universidades hacen fortunas a costa de familias que se desangran para que sus hijos tengan un título mediocre. El movimiento estudiantil, compuesto por jóvenes nacidos en democracia, constituyó un sacudón y una vuelta a las preguntas esenciales. El cierre de un largo ciclo que comenzó con el paso del sueño socialista al autoritarismo militar, y que al cabo de cuarenta años, tras experimentar el vértigo de la riqueza y la gloria del emprendimiento individual, volvía a poner a los chilenos ante la interrogante sobre el tipo de sociedad que prefieren.

 

Joseph Conrad sostenía en su novela Nostromo, que a diferencia de Europa, el drama de América Latina era creer que, para conseguir la felicidad, debíamos refundar el mundo todo el tiempo. Tiendo a pensar que, esta vez, no se trata de comenzar de nuevo. Al cabo de tantas pasiones conviviendo con el espanto, quiero creerlo, algo —no sé qué— habremos aprendido.

 

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En 2010, un mes antes del terremoto que dio la bienvenida al presidente Piñera, detuvieron al párroco de Santa Teresa, una de las iglesias de Melipilla adonde concurrían mis abuelos. Ricardo Muñoz, el cura, fue acusado de pedofilia. Por años había convencido a los fieles que veían sus paseos con muchachas, que ése no era él sino su hermano gemelo. En una parcela vecina a esa misma zona donde crecí bajo una perfecta calma y orden, en 2007 la Comisión Presidencial de Derechos Humanos había hallado dieciséis cuerpos de personas asesinadas en Paine, caserío que ostenta el nada apetecible título de ser el lugar con más desaparecidos del país. Melipilla, Paine y Lonquén dibujan en el mapa un triángulo escabroso dentro del cual tienen fundos algunas de las fortunas más grandes de Chile, incluido un ex director de la policía secreta de Augusto Pinochet.

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La Chacra Marín de mis abuelos cerró definitivamente sus puertas tras aquel terremoto de febrero de 2010. Su último cuarto de siglo fue de progresiva decadencia, al menos en lo que al mundo de mi tata Sergio respecta. Primero desaparecieron los conejos de Angora: el negocio de la lana a pequeña escala no tenía competencia en terrenos que adquirían valor urbano. Poco a poco, los antiguos potreros donde corría con mis primos se fueron llenando de complejos habitacionales. El primero de todos brotó a cien metros del huerto del fundo familiar, a comienzos de los noventa, poco después del plebiscito que desalojó a Pinochet. Los adolescentes que habitaron esas primeras viviendas sociales saltaban las panderetas para robar la siembra, y mi abuelo, enfurecido, salía a corretearlos con su escopeta. Pero eso duró poco: prontamente su mal carácter, así como el antiguo orden que defendía, terminaron por derrumbarse. Mi papá negoció la venta progresiva de las tierras. Donde antaño crecía el maíz, brotaron poblaciones de clase media.

 

Antes de trasladarse definitivamente a la capital, mi abuelo se encargó de comprar casa y tumbas para sus inquilinos, que paulatinamente se iban extinguiendo. La vida de acá, según sus creencias, no valía más que la eterna, de modo que para desentenderse de ellos el viejo debía dejarles ambas viviendas arregladas. Ya moribundo, el anciano don Sergio apenas podía hablar, pero aún lograba comunicarse a punta de ruidos y gestos fingidamente enérgicos. Así me reprendió hasta el último minuto por no casarme por la Iglesia. Felizmente no alcanzó a saber de mi separación, ni mucho menos en qué consistía mi democrática vida sexual. Todavía no existía ley de divorcio en Chile para el cambio de milenio cuando el tata perdió la voz y el oído. Para terminar la vejez, había comprado con la abuela Rosa un departamento frente a la parroquia El Bosque. Allí administraba la comunión Fernando Karadima, un cura adorado por los ultraconservadores santiaguinos, devoto de la Virgen María y, al menos en sus prédicas, tan severo como ellos. La abuela todavía respiraba cuando revelaron que el sacerdote de sus amores era una loca perdida que toqueteaba a los adolescentes en el confesionario y que con los dineros del culto había montado un nada despreciable negocio personal.

 

Mi abuelo murió en noviembre de 2009, convencido de que Chile se había podrido. Cuanto veía en televisión era indignante; ya ni siquiera los políticos de derecha defendían sus valores. Sólo el diario El Mercurio le parecía respetable, aunque incluso ahí reconocía los signos de la degradación. Hasta el día de su muerte, el abuelo Sergio no se permitió ningún lujo y ni aun en su silla de ruedas dejó de ser un cascarrabias. Era un viejo mañoso, pero dulce en el fondo. Supo camuflar bien una picardía que sólo mostró a la postre con las enfermeras que le cuidaron el Alzheimer. A una de ellas, tal vez su último amor, le entregó parte de su dinero a escondidas. Nunca supimos qué le dio ella a cambio. Lo quise.

 

Melipilla se convirtió en una ciudad satélite de Santiago, un dormitorio. La carretera que va de centro a centro ya no es de una vía sino una autopista de alta velocidad con dos carriles por lado. En la berma ya no aparecen ratones por la noche. Las ruinas de la Chacra Marín ahora sirven a jóvenes de las poblaciones vecinas como escondite para fumar pasta base y aspirar neoprén. Parece que también inhalan combustible en una zona cercana al que fuera el dormitorio de mi abuelo, por donde ayer se debía pasar despacio para no hacerlo rabiar durante la hora de la siesta. Desaparecieron las talabarterías del pueblo y hay que salir del radio urbano para encontrar huasos cabalgando. Melipilla ahora tiene mucho de esos barrios con mercados baratos que abundan en torno a las estaciones de trenes en ciertas capitales del continente. De la estación Melipilla del tren sólo sobreviven las sobras de unos muros sin techo.

 

El hijo bailarín de Cantalicio se hizo activista del movimiento gay. El Taco, sobrino nieto de la Brunilda, la cocinera solterona, estudió ingeniería en una universidad privada. Yo no volví jamás a Melipilla: a partir de cierto momento, como Gulliver, salí a recorrer los mares. Mis primeros viajes tuvieron como puerto de zarpe esa jaula del gallinero convertida en bodega de libros abandonados. Ahí estaban las novelas de Melville, Chesterton y Flaubert, junto a una ruma de Selecciones del Reader’s Digest. Kilos de ejemplares de ese compendio de curiosidades y avatares del siglo XX, que el doctor Sergio Fernández coleccionó por décadas aplicadamente, acabaron humedecidos en ese rincón del campo —así como en Chile, una de las esquinas mejor aisladas del planeta, vimos volar las plumas de las grandes ideologías.

 

El día del entierro de la abuela Rosa, casi tres años después de la muerte del tata, sacamos el cajón de la iglesia y el sol primaveral se escondió: comenzó a granizar. Mis familiares encontraron todo tipo de explicaciones dulzonas al fenómeno. Que los ángeles; que los santos; que los antepasados la recibían con challas. Alguien dijo que el cielo se congeló cuando la sintió entrar. En medio de la concurrencia que especulaba, con su chaqueta estirada sobre la cabeza, estaba el Lolo, naturalmente más viejo y más cojo que en mi infancia, cuando arreábamos juntos el ganado. Allí, en la puerta de la iglesia El Bosque, entre autos modelo 2013 que bocinaban sin culpa para que el cortejo se mueva, le pregunté por las vacas. “De todo eso queda poco y nada”, me dijo, y nos abrazamos por última vez.


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