El deporte argentino tiene un dios sucio, un superpibe formateado en catalán y una colección de estrellas con pies de barro. Ninguno nos convence del todo. Excepto Ginóbili, un veterano que brilla en la liga más galáctica, un tótem sin contraindicaciones, un héroe de la corrección política. Un hombre de clase media que no conquistó a Nueva York sino a San Antonio, que no lidera a los gritos sino por consenso: nuestro ídolo mundano.



Para anotar las coordenadas del lugar en el que está parado Emanuel Ginóbili habría que irse hasta el 31 de octubre de 2000, la noche en que Juan Ignacio Sánchez, con Philadelphia Sixers, y Rubén Wolkowyski, con Seattle Supersonics, se convirtieron en los primeros argentinos en jugar en la NBA, la liga más galáctica del mundo. Para las estadísticas, Pepe Sánchez fue el primero. Wolkowyski entró unos minutos después, pero su historia simbolizaba lo extraordinario: a diferencia de Sánchez, que llegaba desde el básquet universitario de Estados Unidos, Wolkowyski aparecía como un producto de la Liga Nacional. “Era más fácil decir que me iba a jugar a la Luna que decir que iba a jugar en la NBA”, contó una vez. Son esos días en los que los diarios acostumbran a titular como históricos. La NBA era el Everest del básquet. Ningún argentino la había podido escalar. Hasta que en 2002 Ginóbili llegó a San Antonio Spurs.

 

Más de quince años después, una montaña de retuits con el hashtag #NBAVote y el nombre y la imagen de Ginóbili circuló por Twitter a modo de plegaria. Fue una forma de traccionar para que Ginóbili, 40 años, tres hijos, cuatro anillos con los Spurs, un subcampeonato mundial y un oro y un bronce olímpicos con la Selección argentina, tuviera un locker en los vestuarios del Juego de las Estrellas, el lugar que ya habitó en 2005 y 2011. También pudo ser una manera de interrumpirle las vacaciones, el período de descanso que entrega una liga de agenda apretada y que para un padre de tres chicos debe estar marcado con fibra roja. Después de que los Spurs derrotaran a Phoenix durante un partido en el que convirtió veintiún puntos, le preguntaron a Ginóbili cuál había sido la clave para haber obtenido su mejor marca en la temporada. Ginóbili no les habló de ninguna preparación especial. Su respuesta fue un ensayo sobre la vida doméstica: “Pude dormir nueve horas, no pasa seguido en una familia con tres chicos”.

 

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En una liga de superstars, donde mandan la extravagancia y el show y es moneda corriente el escándalo mediático, Manu Ginóbili es un ídolo mundano. Nuestro ídolo mundano: una apología del hombre común, incluso con su calvicie y su nariz de águila. A diferencia de otros humanos talentosos, Ginóbili no parece un extraterreste. Aunque robe pelotas con la pericia de un carterista, vuele para la tapa como un Superman sin capa, vuelque la pelota venciendo la ley de gravedad y enceste desde el más allá, Ginóbili mantiene su physique du rol de clase media, el tipo de hombre que llegó a la ciudad de San Antonio, estado de Texas, casi una prolongación de Nuevo México, para cumplir con el círculo del American Dream. No hay argentino más popular en Estados Unidos, con tanta idolatría interna, y sin embargo Ginóbili siempre parece estar a punto de tirarse a ver televisión en el sillón de su casa.

 

Ni siquiera en Bahía Blanca, vivero del básquetbol argentino, era un chico extraordinario. En El cielo con las manos, el periodista Daniel Frescó cuenta que a los quince años, Ginóbili medía 1,72 metros y pesaba 50 kilos, una contextura que no alcanzaba para un deporte de gigantes. Desde niño, un médico visitaba la casa con la altura como única obsesión. En una familia cuyo árbol genealógico está compuesto por jugadores de básquet, Ginóbili era muy bajo. La comparación se hacía con la altura que habían tenido a su edad los hermanos mayores, Sebastián y Leandro. “Era tan pequeño, tan frágil -le contó Pepe Sánchez, otro producto de Bahía Blanca, al periodista Zach Lowe-. Había quince chicos mejores que él en la ciudad”. Ginóbili crecía, pero ese crecimiento resultaba muy lento. Entonces, consultó a un bioquímico, que como reveló Diego Morini en El Héroe, le armó una dieta con batidos de hígado, huevo y banana para que ayudara a estirar su cuerpo, que hoy llega a 1,98 metros.

 

A esa biografía terrenal hay que sumarle su inicio adolescente en Bahiense del Norte, un club familiar -su padre Jorge fue el primer presidente-, y un exilio en Andino de La Rioja: “No sé si este Ginóbili está para la Liga”, dijo un comentarista durante su debut. Las mejores profecías se anuncian como una fatalidad.

 

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No pudo haber Ginóbili sin Liga Nacional, una creación de León Najnudel, acompañado por Osvaldo Orcasitas, ORO, desde El Gráfico, la revista que Torneos acaba de cerrar. La Liga cambió el rumbo del básquet argentino. No pudo haber Generación Dorada sin Liga Nacional. Pero tanto la acumulación de argentinos en la NBA y Europa como los triunfos de la Selección pasaron por arriba a la Liga, que nunca se subió al tren más allá del prestigio conseguido. El básquet argentino atraviesa un estado transicional mientras ve cómo se alejan el grupo de jugadores forjado en el oro olímpico. Más allá de varios talentos –uno de ellos, Nicolás Brussino, que pasó por Dallas Mavericks, Atlanta Hawks y hoy está en Gran Canaria, en la Liga ABC de España-, después de Luis Scola, Andrés Nocioni, y Ginóbili, ¿qué hay? ¿Quiénes vienen? Lo que se ve, por ahora, es tabla rasa.

 

Ahora tiene cuarenta años pero una vez Ginóbili tuvo veinticinco y le tocó entrar a una cancha para debutar frente a Los Ángeles Lakers, el 29 de octubre de 2002. No iba a ser la única vez que estuviera frente a Kobe Bryant. En uno de los primeros partidos contra ese equipo, Bryant quiso saber más sobre él, así que se acercó a Bruce Bowen, compañero de Ginóbili, y le preguntó: “¿Qué tal ese chico blanco?”. Bowen le respondió una contraseña: “Vas a ver, no es blanco”. Ginóbili había llegado desde Europa a una franquicia que mantenía un statu quo desde hacía seis años, cuando Greg Popovich, un hijo de padre serbio y madre croata, con un Máster en Educación Física y Ciencias Deportivas de la Universidad de Denver, puso la máquina en operación. San Antonio ganó la liga por primera vez en la temporada 98-99 con el comando interno de Tim Duncan y David Robinson, apodados como las Torres Gemelas de San Antonio hasta que a las Torres Gemelas de Nueva York las derribaron dos aviones. Lo que seguiría, con otras formaciones, fueron cuatro nuevos anillos, en los que Ginóbili tendría cada vez más protagonismo.

 

Una forma de entender a Ginóbili es bucear en el interior de ese equipo, cuyas capas geológicas estuvieron siempre dispuestas para que todo funcione en armonia. Un sistema operativo que llegó a su climax cuando se juntaron Duncan y Ginóbili con Tony Parker. En 2012, la revista New Yorker tituló un artículo sobre San Antonio con lo que podría ser un oxímoron para el espectáculo deportivo: “El equipo más aburrido de la NBA, y el mejor”. “Parker nunca se marea -escribió Reeves Wiedeman-. Ginóbili la vuelca, pero sólo en raras ocasiones. Cuando Duncan la vuelca, simplemente deja caer la pelota en la canasta, luego se da vuelta para descubrir dónde debería estar en defensa. No hay nada que ver aquí, amigos”. Se trató de un elogio de la modestia. Lo que en la cultura futbolera algunos llaman bilardismo. Pero es básquet, no es fútbol.

 

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A Popovich le gusta contar que Ginóbili lo cambió. Que sus jugadores lo hicieron mejor entrenador. Cuando lo eligió junto al gerente de la franquicia, R.C. Buford , en la segunda vuelta del draft de 1999, la Selección argentina todavía no le había ganado al Dream Team en el Mundial de Indianápolis 2002 y a Ginóbili le faltaba mucho para hacer su doble mítico frente a Serbia y Montenegro. Pero ya era un jugador con títulos en Europa. “Tuvimos suerte”, dijo Buford sobre la elección.

 

Tres años después, Ginóbili llegó a las primeras prácticas sin maquillaje: se mostraba tal cual era, casi salvaje, lanzando con mucha anticipación al reloj, en una velocidad que podía resultar descoordinada con el resto del equipo, algo que a Popovich lo enfurecía, aunque se tranquilizaba cuando recordaba por qué estaba ahí. “Nadie en Estados Unidos sabe lo bueno que es”, le comentó a Duncan. Primero, Popovich intentó domarlo. Después, se resignó a comprenderlo y aceptar su juego de caos controlado.

 

En una ocasión, durante los primeros entrenamientos, luego de un movimiento arriesgado de Ginóbili, Popovich frenó la práctica para señalarle al resto que ese chico argentino quería salir a ganar más que ningún otro. Hay un documental que ESPN emitió después del título de 2014 que expone a ese Ginóbili. Con el trofeo en el centro, Popovich, Parker, Duncan y Ginóbili dialogan sobre la derrota en las finales de 2013 frente a Miami Heat. “Nos fallamos entre nosotros. Yo no sólo me sentí mal por mí porque tuve dificultades. Pero también me sentía mal porque lo decepcioné a él”, dice Ginóbili mientras señala a Popovich. Y entonces lo mira a Duncan: “Y porque te decepcioné a vos. Realmente no podía mirarte a la cara después de ese juego”. Si no fuera porque estaba siendo filmado, podría ser un momento de instrospección, como el que siguió durante la caída en las semifinales de la Conferencia Oeste de 2006, cuando Ginóbili decidió encerrarse en su casa. Zach Lowe contó en un perfil que escribió para ESPN que Duncan se preocupó tanto aquella vez que le pidió a Malik Rose, un ex compañero de los Spurs y amigo de Ginóbili, que llamara para saber cómo estaba. Otros jugadores hacían lo mismo, intentaban no dejarlo solo. Ginóbili trasladó el espíritu cófrade de la Generación Dorada argentina a los Spurs, una complicidad basada en altos niveles de confianza; en preguntarle al otro cómo está su familia, si todo está bien en la casa, una cotidianeidad de oficinistas más que de mega estrellas, donde también entran las bromas y los juegos.

 

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Ginóbili les llevaba a sus compañeros los problemas matemáticos que aprendía con su amigo Adrián Paenza. Un 23 de diciembre de 2011, Paenza recibió un mensaje de texto de Ginóbili. “Tengo un problema muy bueno para pensar –le decía-. No sé cómo se hace, pero no te quiero decir nada ahora porque tengo miedo de que me lo arruines contándome la respuesta”. Paenza estaba en una pequeña ciudad de Illinois. Ginóbili estaba en San Antonio. Al rato, envió el problema por mail. Se trataba de un hombre que todos los días debía tomar dos pastillas distintas pero iguales en todas sus características. Una A y otra B que retiraba de diferentes pastilleros bien marcados. Pero en una ocasión, de uno de los pastilleros salieron dos. Tenía tres pastillas idénticas. ¿Cómo hacía para tomar una de cada una sin tomarse dos iguales? Unos días después, Ginóbili le contó a Paenza, con cierto fastidio, que su compañero Matt Bonner tuvo la solución en diez minutos.

 

“Siempre trató de ser un tipo culto. Y es muy inquiero intelectualmente, le gusta la informática y aprender todas las cuestiones relacionadas a las nuevas tecnologías”, dice el periodista Alejandro Pérez. Esa relación que tiene con las redes sociales, de la que es parte como usuario y meme, como tuitero y como hashtag, también habla de su época, en una interacción sin intermediarios que lo hace más cercano al resto de los terrestres. Ginóbili vive en San Antonio, una ciudad plana a la que le desconocen grandes atractivos turísticos. No es Nueva York, no es Los Ángeles, no es Miami, destinos más glamorosos. San Antonio es una ciudad a la medida de un equipo de perfil bajo. “Es México con estilo gringo –dice Pérez. Hay una mayoría latina. Y todo va en armonía con la comunidad. Parker pudo haberse casado con una actriz. Pero Kawhi Leonard no abre la boca. LaMarcus Aldridge tampoco se asoma demasiado. Es una filosofía que armaron Buford y Popovich. Y Ginóbili cuajó perfecto en esa organización”. Los Spurs son una franquicia silenciosa. Sólo hay que ver cómo Duncan, su máxima estrella, se retiró en fade out. Y compararlo con la gira de homenaje que tuvo Kobe Bryant durante una temporada.

 

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Ginóbili es Manu, la contraseña de su popularidad. Su padre temía que lo llamaran Manolo, pero la posmodernidad le entregó otro apodo, el apócope de Emanuel, que es otro símbolo de la cercanía. A los grandes ídolos les basta el nombre de pila. Diego y Leo. Ahí entra Manu, en un olimpo que muchos le hacen compartir con deportistas de apellido, tal vez más fríos y lejanos, no sólo por el paso del tiempo, como Fangio y Vilas, sino también por sus episodios finales, como Monzón. Muchos olvidan a Sabatini, que es Gaby. Si el básquet está en una transición, también lo está la industria de los ídolos globales que aporta la Argentina. Está Messi y está Ginóbili. Está Juan Martín Del Potro, en una escala menor. El boxeo ya no da algo así desde la fugacidad de Maravilla Martínez. Fuimos contemporáneos de todo eso, lo que resta es la incertidumbre, la espera de otra aparición.

 

Ginóbili ingresó a ese panteón incluso antes de decidir su retiro de la selección, pero este bonus track, a los cuarenta años, le entregó otro estatus. En la Argentina y en San Antonio. “A esa generación –escribió en mayo del año pasado el periodista David Roth- había que buscarle un halo de leyenda para cincelarla en mármol. Es el cambio de estafeta para entregarle el equipo a Kahwi Leonard”. Todavía se creía que no jugaría otra temporada.

 

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“Y no veo razón por la cual no pueda continuar jugando más allá de esta temporada –dice Tom Osborn, cronista del diario San Antonio Express News-. Los Spurs ciertamente quieren que se quede y no muestra signos de desaceleración. Se mantiene en excelente forma y el entrenador Gregg Popovich hace un trabajo tremendo al administrar sus minutos y darle una noche libre aquí y allá para rejuvenecer sus piernas”.

 

A los cuarenta años, Ginóbili es el hombre decisivo en los momentos decisivos del equipo. Osborn pone como ejemplo el partido contra Dallas Mavericks a mediados de diciembre. Faltaban veintitres segundos por jugarse cuando Ginóbili forzó un cambio en una jugada de Wesley Matthews. En la siguiente posesión, pasó por delante de Matthews y anotó con la zurda. Faltaban tres segundos. Los Spurs ganaron 98-96. El instante se viralizó como estallido. “Esa secuencia –dice Osborn- encapsuló el valor de Ginóbili para los Spurs”. Aunque el valor menos visible para el público sea su política de gestos, la forma de ejercer un liderazgo que no perturbe, como le enseñó Duncan, de quien aprendió a no decir mucho, más bien a mostrar. “Seguir el ejemplo de Duncan –dice Osborn- es una gran muestra de humildad de Manu”.

 

El deporte argentino tiene a un dios sucio, a un superpibe formateado en catalán y a ídolos con pies de barro. Todos tienen completas varias páginas del libro de quejas. Ginóbili, en cambio, es un tótem sin contraindicaciones, un héroe de la corrección política. A diferencia de los grandes mitos, su medida es el consenso. No hay relaciones conflictivas, peleas mediáticas, declaraciones polémicas o discusiones con la prensa. Hay que rascar en el fondo de la olla -un litigio con la comunidad mapuche, una renuncia a la selección- para encontrarle una astilla. Puede ser el resultado de una disciplina como el básquet. Aunque se sabe que la NBA tiene otros códigos. En Ginóbili no hay heridas de la grieta, tal vez porque se trata, como apunta Alejandro Pérez, de una figura global, una personalidad internacional, la distancia exacta para la idealización.

 

La veteranía, esa vitalidad a lo Cocoon, también otorga una empatía. Un respeto transversal y un asombro. Ginóbili lo sabe: “Me celebran todo porque soy un viejo de cuarenta”. Aunque los cuarenta sean los nuevos treinta, él lo llevó al extremo: tampoco creíamos que era para verlo volar como contra los Clippers. ¿Qué clase de pócima está tomando?, nos preguntamos. La prensa nunca falla. Los secretos de Ginóbili para ser este maduro con alas tuvieron sus clicks en Google. Una dieta paleo, una serie de elongaciones nocturnas, el primo fisioterapeuta que lo acompaña en San Antonio marcaron tendencia. Pero también una de las primeras cosas que le dijo a su primo cuando le propuso dejar las harinas: “Yo las pastas no las voy a dejar”. En eso también es como nosotros.

 

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