Cuando deseamos ser madres, ¿cómo sobrevivimos al maltrato y la violencia? ¿Cómo recuperamos el protagonismo? La medicina tiene poder para decidir sobre el cuerpo de las mujeres con cesáreas innecesarias e intervenciones rutinarias. A veces el personal de salud no recuerda nuestros nombres y nos llama mamá o mamita. En la semana del parto respetado contamos algunas historias que buscan desnaturalizar la violencia obstétrica.



Voy por la semana 37 de embarazo. Acabo de entrar en la sala de preparto. La partera me hace el tacto más doloroso del mundo. Sufro en silencio, se me caen las lágrimas.

 

- Está verde. Puedo ponerte el goteo pero podemos seguir 24 horas así. Y no te aseguro que dilates.

 

Siento pánico. Llama al obstetra y le avisa que estamos listas para ir al quirófano. Ella estará lista, yo no. Caminamos juntas, yo con mi bata de hospital, ella con su ambo azul. Son 20 o 30 metros. Tiemblo. Me da la mano, me la dará durante todo el proceso.


Abrimos la puerta. La sala es impoluta, blanca radiante, llena de luces. Hace frío. Es la segunda vez que estoy en un quirófano. Un año atrás el mismo médico me operó un mioma subseroso más grande que mi útero: creció con las hormonas de un embarazo perdido en la semana 9 y había que sacarlo antes de intentar otra vez. Llegué a él por recomendación de una amiga. Era el quinto médico al que iba: ninguno me había parecido comprensivo ni me había explicado suficiente. En una de esas consultas, un ginecólogo mediático que milita a favor del derecho al aborto me dijo:

 

- A mí todo tu deseo de ser mamá y lo triste que estás no me importa. Yo te voy a explicar lo que pasa de acá hasta acá.

 

Y dibujó algo que simulaba ser un cuerpo femenino: una raya por encima del estómago, otra sobre los cuádriceps. En el medio, la parte que a él le importaba: el órgano reproductor.

 

 

Otra vez me tocó uno que apenas escuchó el relato puso fecha para la operación. Nunca me preguntó cómo estaba ni se acordó cómo me llamaba. Menos intentó explicarme que uno de cada cinco embarazos no continúan.

 

 

Elegí al médico que me operó casi por cansancio, un poco por temor. La intervención fue en diciembre, antes de las fiestas. Anestesia completa, dos días de internación, hotelería de lujo, sin lugar para muchas preguntas.Tuve que llamar al médico por teléfono para que me diera el alta.

 

 

En la primera operación llegué al quirófano acostada, ahora entro caminando. Me subo a la camilla sola, me acuesto.

 

- La cosa es así: tenes que apoyar los brazos en los estribos y si te movés te vamos a tener que atar. ¿Está claro?

 

¿Atar? ¿De verdad me están diciendo eso? El anestesista me interrumpe el pensamiento.

 

Me incorporo, me explica que si me muevo no me hará efecto la peridural. No reconozco ese estado, me siento una muñeca de trapo. ¿Así era parir? Después todo pasa muy rápido. Me untan con pervinox, hacen pasar a mi compañero -la partera le dice que mire de costado porque estoy desnuda en la camilla con la luz encandilando mi cuerpo dormido y pintado de una sustancia oscura-. Él hace caso, creo. Ya no siento desde la cintura para abajo. Solo percibo que mi cuerpo se mueve para un lado y para el otro, como los autos cuando el mecánico prueba si funciona la suspensión. En esa distracción estoy cuando el anestesista, un hombre robusto de cuarenta y tantos, se me sube encima y me aprieta la panza desde arriba hacia abajo. ¿Qué es esto?

 

Después pierdo la concentración en el bebé y escucho el ruido de los instrumentos quirúrgicos, el movimiento de las por lo menos seis o siete personas que están del otro lado de la cortina que divide mi cuerpo en dos. Recuerdo apretarle la mano fuerte a la partera, el calor de los brazos de mi compañero sobre mi cabeza.

 

 

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***

Hay experiencias mucho peores. La cesárea impuesta por comodidad del obstetra, la falta de respeto por el tiempo del embarazo, la prohibición de tocar al bebé cuando nace, la sala impoluta con luces de interrogatorio apuntando, las conversaciones ajenas sobre temas diversos, el anestesista subido a la panza. Las escenas se repiten en los relatos de las decenas de mujeres que entrevisté. A Carolina le confundieron el nombre durante el parto y la llamaron mamá, mamita, mami, gorda. A V. le rompieron la bolsa sin necesidad. A Natalia le hicieron una cesárea innecesaria (la Organización Mundial de la Salud sugiere un 15 por ciento, en hospitales públicos llega a más del 30 y en privados a más del 70). La episiotomía es rutina (la OMS recomienda no hacerlas de manera rutinaria, en Argentina la cifra llega al 60 por ciento en primerizas). Y escasea la información: no te explican los procedimientos, deciden por vos, te dejan sola. La ley 25.929 de Parto Respetado sancionada en 2004 establece que las mujeres pueden atravesar el preparto, parto y posparto acompañadas. Pero según el Observatorio de Violencia Obstétrica de Las Casildas, una de cada cuatro mujeres lo hace en soledad.

 

 

El primer hijo de Malena nació por cesárea. El bebé venía de cola y no hubo médico que se animara a intentar un parto vaginal. Ella fue la primeras de su grupo de amigas en quedar embarazada y la información que consiguió fue a través del obstetra y de un grupo de maternidad respetada. Después de la operación quedó golpeada, como si hubiera tenido la culpa de no poder parir, como si no hubiera querido.

 

Dos años y dos meses después le pasó lo mismo con el segundo hijo: el bebé estaba en posición podálica. Pero esta vez la obstetra la esperó hasta la semana 40 y el parto se desencadenó con contracciones. Cuando ya estaba todo listo para la cesárea, en el quirófano del Sanatorio Anchorena, el anestesista la pinchó:

 

- Todavía siento las piernas – dijo ella.

 

- Estás asustada – le respondió.

 

La obstetra empezó a cortar y Malena pegó el grito de su vida. La entubaron y durmió durante el nacimiento de su segundo hijo.

 

Tres años después volvió a quedar embarazada. Ya no tenía expectativas: en Argentina dos cesáreas son una condena perpetua, aun cuando la OMS dice que no hay pruebas que lo justifiquen y recomienda intentar partos vaginales (PVDC). En los grupos de Facebook sobre maternidad las mujeres se incentivan unas a otras para lograr partos que respeten los tiempos fisiológicos de los cuerpos de mamás y bebés. Eso incluye el parto vaginal, la no inducción sin justificación, la no ruptura de bolsa sin necesidad y muy especialmente la elección de la posición durante el trabajo de parto y parto y el respeto por la hora sagrada. “Ningún procedimiento de observación del bebé justifica la separación de su madre”, dice la OMS. Cada parto después de una cesárea es un logro compartido y celebrado con cientos de comentarios y me gustas.

 

En las últimas semanas de embarazo la beba de Malena se colocó en el canal de parto. Si quería parir había que hacer el trabajo en casa y llegar justo a la clínica. La segunda noche de contracciones, la partera la visitó:

 

- Tenés ocho de dilatación. Si querés tener un parto natural, podés.

 

Malena lloró.

 

Dos horas y un par de pujos después nació su tercera hija.

 

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El parto como hecho político

 

María entró en el hospital y quedó conectada al suero, Sabrina peleó porque no quería tener puesto el monitoreo del bebé ni estar acostada. Desde esa posición el médico tiene la vista privilegiada en el momento del nacimiento y nos ordena qué hacer. Estamos embarazadas pero nos tratan como enfermas. Las mujeres que parimos sabemos que los avances científicos disminuyeron la mortalidad materna a cifras impensadas hace apenas cien años aún sin alcanzar las cifras que exige la ONU. La tecnología que usan los neonatólogos también redujo la mortalidad infantil.

 

Bárbara tenía fecha de parto para el 25 de diciembre. La obstetra, que fue su ginecóloga de toda la vida, la esperó hasta la semana 41. Durante los monitoreos previos ella no dilataba ni sentía dolor. La beba se movía, la panza se puso dura pero nunca llegaron las contracciones de parto. El 28 la médica le dio un ultimátum: el fin de semana se iba de vacaciones. Le hizo tacto y apenas tenía dos centímetros de dilatación.

 

- Te recomiendo que te vengas a internar mañana y hacemos una inducción. El bebé está para parto y sino vamos a entrar en riesgo.

 

Bárbara le creyó: es la mejor opción, se dijo. La idea del riesgo asusta. Recién después del parto, ya con la beba en casa, pensó “¿y si hubiese esperado unos días más? Por ahí ese no era el momento”. Pero la voz autorizada es de la médica. La familia que esperaba al primer nieto y al primer sobrino también presionaba: “¡Es la semana 40!”, decían todos. Bárbara y su compañero sintieron que eran ellos los que estaban decidiendo y el 29 de diciembre llegaron a la Maternidad Suizo Argentina.

Nadie les explicó cómo es el proceso de inducción. Entraron en una sala que le parecía un quirófano, “un lugar horrible”, frío, con luces blancas, gente con barbijos. “¿Acá voy a parir?”, pensó Bárbara.

 

- Desvestite y ponete la bata – le dijo una partera desconocida; la del curso estaba de vacaciones.

 

Cuando deseamos ser madres, ¿cómo sobrevivimos al maltrato y la violencia? ¿Cómo recuperamos el protagonismo?

 

Bárbara obedeció la orden y se acostó. El equipo médico puso en marcha el listado de procedimientos de un parto intervenido:  le conectaron la oxitocina y el suero, le pusieron el monitoreo para controlar las contracciones y corazón del bebé. Después le pincharon la bolsa para acelerar. Le pusieron la pelela para hacer pis. La peridural llegó con ocho de dilatación, una hora antes del nacimiento.

 

Durante las seis horas que duró el trabajo de parto la obstetra iba y venía de la sala, la revisaron varios médicos, escuchó conversaciones sobre otros temas: se enteró que alguien se había olvidado el cargador del celular, que otro se iba de vacaciones en enero y que un tercero era aficionado al buceo.

 

Antes de que llegue el anestesista, la obstetra dijo:

 

- Mirá, falta un poco porque no terminó de bajar pero yo quiero que sea parto, esto va a ser parto. Yo ahora me voy a hacer una cesárea y cuando vuelva vemos.

Bárbara lo vivió como un ultimátum. Después ya nadie le explicó, ella fue adivinando mientras le daban órdenes. “Ahora empezá a pujar. Cada vez que sientas la panza dura, pujá”. Cuatro o cinco veces alcanzaron para que nazca la beba. Por las dudas le hicieron una episiotomía de rutina.

 

“Mientras me cosían, entraba y salía gente. Yo estaba contenta porque había salido todo bien, estaba sana, la beba también. Estaba eufórica. Después pensándolo me pregunto ¿qué onda? No tiene por qué ser así”, dice.

 

Al final, antes de ir a la habitación, la obstetra la miró y le dijo:

 

- Te felicito, yo sabía que ibas a poder tener parto porque hay algunas que no quieren ni pujar.

 

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*

Cuándo empezamos a parir acostadas, cuándo fuimos a tener hijos a una institución, cuándo cambiamos las parteras y matronas por los obstetras, cuándo nos sometimos al poder médico, cuándo decidimos acatar órdenes, cuándo naturalizamos la violencia. Desde cuándo necesitamos leyes y protocolos para combatir la violencia contra las mujeres dentro de la sala de partos.

 

Violeta parió a su primera hija en Colombia. Fue una cesárea de apuro: no por riesgo de vida sino porque el médico se iba de viaje. Las cicatrices sobre el cuerpo pesan como sellos que no se borran y marcan los destinos de muchas mujeres. A Violeta le costó recuperarse, más que de la cesárea, del primer encuentro con su beba. “Recuerdo estar en la habitación mirándola y diciéndome “ok, ésta es mi hija”. Era como tener que poner racionalidad y cultura donde tendría que haber instintos”. Ahí, justo después del atropello, comenzó para ella la militancia por el parto respetado. Y seis años después parió a su segunda hija en su casa. No hubo corridas ni intervenciones, sino una mujer y su compañero varón (que es partero) haciendo lo que soñaban. Nadie le puso un dedo encima, no hubo ruptura ni rareza en el encuentro. Fue como haber estado siempre ahí.

 

Violeta canaliza su experiencia en Las Casildas y Fortaleza 85, los espacios en los que lucha para que las mujeres puedan tomar sus propias decisiones. “Ingresaste en la institución caminando pero estás en una silla de ruedas. Y te enchufan un suero: eso ya muestra el poder simbólico, es el cordón umbilical que te ata a la institución. De la misma manera que la vida de tu bebé depende de tí, a través del cordón umbilical, tú de aquí en adelante dependes de la institución. Y ahí quedaste. Luego te acuestan, te restringen el movimiento, estás mirando para arriba mientras los otros trabajan sobre tí. Lo que está pasando no tiene nada que ver contigo”, dice.

 

El rey Luis XIV de Francia quería presenciar el parto de sus hijos y ordenó a su esposa María Teresa de Austria que se acostara: sin saber que esa postura dificulta los movimientos, armó el escenario para tener una vista privilegiada. La aparición de obstetras profesionales desplazó a las parteras y desechó los saberes transmitidos por otras mujeres: los médicos estudian para salvarnos la vida. Las políticas higienistas de los Estados de fines del siglo XIX y principios del XX construyeron una forma “correcta” para los nacimientos. “El parto intervenido, medicalizado, es sólo un aspecto de la nueva concepción fuertemente biologista de la reproducción humana y de la salud humana en general. Y son las instituciones de la salud espacios en los cuales estos procesos encuentran su lugar”, explica la filósofa Laura Belli en La violencia obstétrica: otra forma de violación a los derechos humanos. No es casual, para ella, que la aparición de la obstetricia como disciplina hace que las mujeres nos subordinemos al saber médico. La experiencia del nacimiento cambia de territorio: de la casa en las que las mujeres estaba rodeadas de otras mujeres, se pasa a las instituciones de salud, donde hay profesionales, personas extrañas a la parturienta y una “idea de asepsia que se enfrenta” a la posibilidad de compañía.

 

La partera Raquel Schallman explicó el cambio: “hace 70 años las mujeres parían en su casa o en la de la partera, eso de los partos institucionales apareció después. El parto era una instancia fisiológica, como hacer el amor, como menstruar, así que ir al hospital no tenía ningún sentido. En la institución se diluye todo: el deseo, el amor, el placer. Diluyendo eso, la institución te garantiza que si hay un ‘quilombo’, entre todos se van a ocupar de hacerlo desaparecer”.

 

Si pensáramos en una genealogía del parto, necesitaríamos entender “cómo un hecho sano, fisiológico y que respondía a la vida íntima y familiar de esa mujer de pronto pasa a ser asunto de los cirujanos. Porque los obstetras son cirujanos y se forman en las universidades como héroes que salvan vidas”, explica Violeta Osorio.

 

Para el sistema médico hegemónico la salud equivale a que la mamá y el bebé tengan signos vitales: “lo que les importa es que no perdiste una pierna en el camino y que tu hijo está respirando. No tienen en cuenta ni la parte emocional, ni psicológica aún si saliste destrozada emocionalmente”.

 

**

Tengo miedo. Escucho conversaciones pero no sé de qué hablan. Apreto más fuerte la mano de la partera, levanto la mirada y mi compañero sigue ahí. La luz del quirófano encandila la escena: mi vida está a punto de cambiar.

 

- Es un rubio – dice el obstetra y alcanzo a ver la cabecita de F. saliendo de la panza.

 

Me lo apoyan por diez segundos y otra vez me advierten que no mueva los brazos ni lo agarre. Apenas pego mis labios a sus cachetes y se lo llevan. Siento las lágrimas caer por las mejillas pero no puedo secarlas. Partera y papá van detrás del bebé con una enfermera y el neonatólogo. Es parte de la rutina pero pido: “no le saques los ojos de encima”.

 

Yo sigo en la camilla, no siento la mitad del cuerpo. No sé cuánto duró lo que pasó después ni quién más está con el médico mientras me cose. Cada tanto el obstetra levanta la cabeza por encima de la cortina blanca y parece recordar que sigo ahí:

 

- Está todo bien, Leila.

 

Y vuelve a una conversación que recuerdo por el tono deportivo. ¿Hablaban de los cuatro goles de Messi contra el Osasuna o la victoria de Djokovic en el Abierto de Australia?

 

La única certeza es que me sentí sola.

 

 

 


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