Después de publicar un libro en el que revela cómo el sistema de alimentos está en crisis, la cronista Soledad Barruti recibió un mensaje de Facebook de un empleado de Monsanto. La empresa, conocida por no dar entrevistas, quería charlar con ella. Después de una conversación cordial, que no pudo ser grabada, Soledad siguió con su investigación. A los pocos días su foto con el logo de Monsanto en la frente se viralizaba en las redes sociales: el epígrafe la denunciaba como agente encubierto para colar mensajes de la compañía en la prensa. Días más tarde, luego de visitar un campamento de activistas en la ciudad de Malvinas Argentinas, recibió un mail del empleado: “No creo que en este asunto estés actuando como periodista sino más bien como activista. Que sigas bien”. Teorías conspirativas, boicots, escraches reales y muchas preguntas, en esta crónica que la autora escribió para Anfibia.



—Cuidate —me dijo una científica cuando le conté lo que me había pasado—. La táctica de Monsanto es siempre la misma: primero intentan con la seducción, si no funciona te difaman y si seguís molestándolos, te demandan.

 

Hacía un mes que mi libro, Malcomidos, estaba en la calle: en 465 páginas dice Monsanto sólo 27 veces. Sobre la empresa en particular no cuenta nada que no se haya contado antes: que la compañía ingresó a nuestro país hace 50 años como una empresa de plásticos y que en 1996, aprovechando la plataforma menemista de ensordecimiento público, se consolidó para instalar su experimento de cultivos transgénicos a campo abierto y en la comida de todos. Que logró la aprobación de sus productos sin siquiera traducir sus estudios, cuando (salvo Estados Unidos) ningún otro país parecía querer abrirle la puerta. Que los dos caballitos de batalla de la producción transgénica que impulsaban se habían ido cayendo a fuerza de realidad: ni había menos hambrientos en el mundo (la cifra coquetea año a año entre los 800 y mil millones), ni los cultivos eran menos tóxicos que los no transgénicos (se usan cada vez más plaguicidas para trabajar esos campos por la resistencia que ganan las malezas e insectos). Para escribir eso no necesitaba una entrevista con Monsanto. Además, estaba segura de que no me la habrían dado. La empresa no da entrevistas salvo a medios y periodistas aliados.

 

Y sin embargo, el mensaje.

 

“Hola Soledad. Quería contactarte y no encontré otro medio más que este. Trabajo en Monsanto. Me gustaría conversar con vos sobre transgénicos y agroquímicos. Intercambiar opiniones y fuentes. Simplemente eso. Muchas gracias”.

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Recibí este mensaje por Facebook, dos días antes de que un grupo de vecinos instalara un campamento frente a la planta que Monsanto estaba construyendo en el pueblo Malvinas Argentinas en Córdoba. La empresa nunca antes se había enfrentado a una acción como esa. Firmaba Pancho: Francisco Do Pico, gerente de relaciones gubernamentales de Monsanto. Un chico, según su foto de perfil, de treinta y pocos bastante parecido al príncipe William de Inglaterra.

 

Con cierta ansiedad angustiante le pasé mi teléfono y esperé.

 

Me llamó a la mañana siguiente.

 

— Nos gustaría invitarte a una charla acá en nuestras oficinas.

 

— Imagino que sabés lo que pienso: que no estoy de acuerdo con el modelo productivo que impulsa Monsanto.

 

— Sí, pero si hay algo que queremos en Monsanto es tener la posibilidad de generar un intercambio.

***

Hay hítos en la lucha antimonsanto que se repiten y se reescriben en el imaginario en todo el mundo. En India, la organización Vía Campesina incendió tres campos experimentales de Monsanto, y juntó en pocos días 10.000 firmas para que la empresa se fuera del país. En Haití, destrozada luego del terremoto de 2010, organizaciones campesinas marcharon al ministerio de Agricultura para oponerse a una donación de 475 toneladas de semillas híbridas que planeaba hacer la empresa, alegando que era un modo vil de terminar de enterrar al campesinado local: la presión fue tal que el gobierno admitió que no tenía modo de administrar y controlar organismos genéticamente modificados. En Hawaii, una mujer joven y hermosa de Molokai que vive con sus dos hijos junto a un campo de maíz transgénico de Monsanto empezó una cruzada luego de que su hijo menor enfermara por respirar una tormenta de polvo tóxica.

 

En Perú un movimiento colectivo liderado por campesinos desde el interior y cocineros como Gastón Acurio desde las ciudades, logró que no se cultivarán semillas transgénicas al menos por diez años. En México donde el maíz transgénico estaba contaminando los cultivos locales frenaron las siembras de Monsanto por fuerza popular. Europa se aferra a su principio precautorio (hasta que algo –una semilla transgénica o un agroquímico- no demuestre que no es dañino para la salud o el ambiente, no se usa) y desde su sociedad mantiene una guerra sin cuartel para que no ingresen más de lo que ya ingresaron. “Monsanto es la semilla del diablo”, dijo el presentador de HBO Bill Maher en uno de sus shows más vistos de 2012. Y así, en cada lugar del mundo.

 

Hay un Día Mundial Contra Monsanto (12 de octubre) del que en 2013 participaron 500 ciudades en 52 países marchando con disfraces de esqueletos, máscaras de la muerte, entre ollas populares de maíz de mil colores: ese maíz que amenaza con quedar devorado por el maíz BT.

 

Hasta en China las luchas sociales contra esa empresa se volvieron la expresión más rotunda contra los desmadres cada vez más groseros del capitalismo. Tal vez porque los problemas que devienen del accionar de Monsanto se sientan todos los días a la mesa: Monsanto es lo que comemos. La compañía de semillas más poderosa del mundo y la dueña del 90 por ciento de las semillas transgénicas que existen. Son sus granos transgénicos lo que comen los animales de cría industrial (gallinas, pollos, cerdos, vacas, salmón); es el 80 por ciento de la comida industrial que tiene entre sus ingredientes soja o maíz transgénico (galletitas, chocolate, vinagre, patitas de pollo, helados, aderezos), y es la comida real –que tiene cada vez menos espacio donde crecer y menos mercado- en franca desaparición (frutales, girasol, trigo, herbívoros alimentados con pasto).

 

En la Argentina, también. Aquí, si uno habla de Monsanto, tiene que hablar de Malvinas Argentinas.

***

Pensé en muchas formas de ir al encuentro de Monsanto. Con abogado, con grabador, con cámara. Pensé preguntas que haría, pensé preguntas que me harían, anoté cosas que buscaría mirar.

 

Pero había pasado un mes desde el primer llamado y de Monsanto no había vuelto a saber nada.

 

De los que sí había sabido en ese tiempo era de los acampantes de Malvinas Argentinas. Lo sabía por las redes sociales, por los medios en Córdoba y, cada tanto, por los diarios nacionales. Y lo sabía por algunos campantes que me escribían cada tanto.

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La movilización había empezado en otro pueblo cercano, en Ituzaigo, a mediados de 2012. Luego de 12 años de lucha, un grupo de vecinos cordobeses habían logrado llevar a jucio a un aplicador de agroquímicos (Edgardo Pancello) y a un productor sojero (Francisco Parra) por fumigación ilícita y contaminación dolosa. O sea, por arrojar químicos venenosos sobre sus casas, patios, veredas, tanques de agua; por volver tóxico el aire que respiraban cientos de familias. Con 169 casos de cáncer y 30 muertes por esa enfermedad asumidos por la justicia (los demandantes denunciaban el doble de casos), en el derrotero que atravesó durante esa década el caso de Ituzaingó se fue volviendo un emblema para el resto de los pueblos fumigados del país: hay aproximadamente 12 millones de personas que viven en zonas rurales.

 

El mismo día que el tribunal, en vez de mandarlos presos, inhabilitó por ocho y diez años a los acusados, Monsanto anunciaba, por teleconferencia desde Nueva York acompañados por la presidenta Cristina Fernández sus planes para Malvinas Argentinas: instalarían ahí la acopiadora de semillas más grande del mundo.

 

Ese anuncio fue lo que faltaba.

 

—Busqué en internet la mayor cantidad de información que pude y lo fui corroborando en la realidad: con mi marido íbamos a un campito que teníamos por acá cerca y veíamos como mes a mes había menos vida: ni animales, ni pájaros, ni bichos. Sólo soja y esos venenos que huelen agrio y lo matan todo —cuenta Beba, una abuela de cejas rubias, casi transparentes, que enciende sus ojos como rayitos negros cuando habla de la fuerza colectiva que sintió cuando se juntó con sus vecinos para alzarse contra el atropello.
Al principio eran 300 en contra de una inversión de $ 1.500 millones. Los 300 repetían lo mismo: para autorizar el proyecto no había habido evaluación interdisciplinaria de impacto ambiental a nivel provincial como exige la Constitución de esa provincia y que los venenos que se iban a usar estaban prohibidos en Europa.

 

En unos días había abuelos, padres, chicos, maestros, cocineros, talleristas, desocupados, hippies, universitarios, veganos, carnívoros, troskistas, idealistas y otros que buscaban cómo darle forma a la protesta. En un momento, el 18 de septiembre, estaban frente a la planta de Monsanto celebrando una primavera que no parecía primavera –“un día de viento norte furioso que te golpeaba en las piernas y en la cara –dice Beba– ese viento que se desata porque en Córdoba no han quedado ni árboles”- cuando alguien dijo: “¿Y si nos quedamos?”. Y se quedaron.

 

Virginia Basualdo es de una delgadez que alguien podría confundir con fragilidad y una esperanza que lo enciende todo. Apenas pasó los treinta años, es madre de dos chicos de cuatro y dos, a los que cría sola. “Como muchos en Córdoba, estoy harta de que nos pasen por encima. La secretaría de ambiente en esta provincia es un chiste: ha dejado que cualquier proyecto se concrete sin medir las consecuencias. Vivimos entre incendios, crisis hídricas, contaminación. Por eso cuando me enteré del bloqueo de Malvinas fui sin pensarlo. Por fin, dije. No me preguntes por qué, fue una especie de premoción. Y llegué y los vi, dije: acá me quedo. Si hay una batalla en el mundo que me interesa pelear es esta: Monsanto mata, contamina, envenena. Y yo los voy a frenar. Voy a frenarlos por mí pero sobre todo voy a frenarlos por mis hijos”.

 

El acampe lleva varios meses, pero los eventos más intensos ocurrieron, atomizados, en esa primera etapa. Ocho días de furor colectivo sostenidos en ganar los días esperando que no sucediera lo que intuían inminente: que los fueran a sacar. El jueves 26 de septiembre miembros de la UOCRA caminaron por el acampe, solo eso: una afrenta pasiva y temeraria. “Mandaron a los de la UOCRA a apretar”, me escribió Virginia, “no sabemos qué puede pasar pero ahí estaremos aguantando”. Tres días después la policía reprimió con palos, con gas, con balas de goma.

 

En lo que quedaba de septiembre y avanzaba octubre en el acampe pasó de todo: llegó el premio Nóbel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, llegaron los medios de todo el país, llegaron vecinos de otras provincias, los acampantes hicieron demandas judiciales y Monsanto siguió intentando sortear el piquete pero sin llamar más la atención.

 

La lucha se consolidó y llegó a Río Cuarto: allí, el intendente terminaría impidiendo la concreción de otro proyecto de la empresa.

***

Monsanto tiene un pasado fascinante que empieza en Missouri a comienzos del siglo XX con un joven químico, John Francis Queeny, casado con una tal Olga Monsanto. John quiere venderle sacarina al mundo y logra hacerlo cuando encuentra a un comprador perfecto, otra incipiente empresa norteamericana: Coca Cola. Desde el comienzo, Monsanto –nombre elegido por JFQ más como agradecimiento a la familia de su esposa por poner el capital inicial que como tributo amoroso– tiene éxito. Tanto que logra ubicarse en el epicentro de la floreciente industria química que exploró plásticos y sustancias de lo más diversas, hasta que le llegó el momento del verdadero éxito: ese que se armó con el mundo en guerra. Bayer, Dow Chemical, Monsanto: todas las empresas que están detrás de la agroindustria tienen un pasado de guerra sucia. Monsanto estuvo detrás de la fabricación del Agente Naranja, por ejemplo. En su acción civil fabricó y vendió el contaminante cancerígeno PCB (utilizado para enfriar generadores eléctricos en todo el mundo), ocultando los estudios que alertaban que se trataba de un contaminante cancerígeno, como fue demostrado en la demanda que iniciaron 3500 víctimas en Estados Unidos y que le costó a la empresa 700 millones de dólares.

 

“Muchas de las cosas que se dicen malas de nosotros vienen del pasado”, les dijo Francisco Do Pico a los vecinos del Valle del Conlara en San Luis en una reunión de “intercambio”. “Esa empresa no existe más. Lamentablemente en su momento no se cambió de nombre, la empresa se siguió llamando como se llamaba. Y todavía nos vinculan con muchas cosas que para nosotros es difícil explicar o hacernos cargo porque ni habíamos nacido en ese entonces”.

 

La Monsanto de hoy –la que vende semillas y agroquímicos y oculta ese pasado reciente–, señalan los directivos de Monsanto, es la que entró en escena en el momento histórico de “la guerra contra el hambre”, ésa que empezó en la Revolución Verde a fines de los 60 y se completó en los 90 con la Revolución transgénica: cuando lograron dar con plantas que sobrevivieran a los agroquímicos que querían vender. Monsanto fue pionera en la tecnología aplicada al agro, marcándole al planeta un rumbo trazado por un maíz que exuda su propio insecticida y plantas de soja que pueden ser bañadas en un herbicida sin morir: glifosato.

 

Con millones de dólares en publicidad, en campañas políticas, en ciencia aplicada a esa industria, Monsanto avanzó. Con eso y con un bufete de abogados que impuso contratos leoninos sobre los productores, tanto con sus clientes como con los que no querían serlo. Así, en todos los países que tuvieran leyes de patentes lograron cambiar las formas que habían regido a la agricultura desde siempre: los productores deben comprar las semillas cada vez que quieren sembrar, no puede guardarlas ni reutilizarlas ni mucho menos compartirlas. Violar ese contrato termina en demandas millonarias. En 2003 el Centro de Seguridad Alimentaria en Estados Unidos analizó la situación de los agricultores en ese país y dijo que Monsanto “ha usado investigaciones, mano dura y persecusiones despiadadas” contra ellos. Ni siquiera los que no son clientes de la empresa están a salvo de algo así. Percy Schmeiser es un productor canadiense que se hizo famoso porque Monsanto lo llevó a la corte y a la quiebra luego de que encontraran que sus cultivos habían sido contamiandos con transgénicos por los cultivos vecinos. Y ninguno de los pasos que ha dado la compañía últimamente hace pensar que vayan a suavizar la presión: unos meses atrás Monsanto compró Climate Corporation, una empresa con 200 científicos que generan 50 terabytes de datos sobre campos privados por hora. Qué hará Monsanto con esa información es todavía un misterio.

 

Ahora bien, aunque hay libros y documentales (el más famoso, El Mundo según Monsanto, de Marie-Monique Robin) dedicados a desentrañar los manejos non sanctos de la empresa, Monsanto invierte miles de millones de dólares en lobby y publicidad, dejando circunscripto el debate que le resulta incómodo lejos de los grandes de medios de comunicación.

 

Quien quiera profundizar en los costados más oscuros del negocio (el ahogo de los productores, los litigios, los debates científicos) deben andar a oscuras por las grietas filosas de la información que circula a raudales en espacios tan inciertos como internet.
Monsanto en Google tiene casi siete millones de entradas. Algunas son de información oficial, otras de estudios independientes, muchas de grupos de protesta y otras muchas de mitos e historias improbables que nadie sabe de dónde salen. Hay quienes afirman que Monsanto es la CIA, o la Otan, o el Geof. Otros arriesgan que la empresa es el plan final de una familia de judíos perversos y muy ricos y poderosos que quieren crear un nuevo orden mundial: los Rothschild. También hay quienes ven a Monsanto arrojando estelas químicas sobre la población para diezmarla. Y no faltan los que con la mente atraviesan la órbita terrestre hasta llegar a los aliens y dibujan en el cuello de Obama señales de un reptil comandado por Monsanto.

 

Y Monsanto escucha todo eso -la información seria y la inexplicable- y calla. Y así, resguardados en ese silencio ominoso despliegan su mejor estrategia: lograr que otros peleen o se rían en su nombre.

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“Hola Francisco me interesaría concretar esa charla que me habías propuesto. Tengo varias cosas que me gustaría preguntarles”, escribí unos días antes de viajar a Córdoba.

 

“Hola Soledad, no me olvidé de nuestra reunión, lo tengo re presente, pero el bloqueo a nuestra planta de Córdoba nos tiene ocupadísimos”, respondió enseguida. “¿Semana que viene?”.

 

“Dale. ¿Miércoles por la mañana? Tengo una serie de preguntas. ¿Puedo llevar grabador?”

 

“Preferiría que hagas llegar todo por escrito y nosotros te contestamos por escrito. Hablemos tranquilos igual. En off”.

 

Le aclaré que iría como periodista, que aunque no fuera con grabador, me interesaba utilizar la información para posibles artículos.
No me respondió entonces sino dos días después, también por mail: “Te paso aquí varias cosas que hacen a la otra campana.
“Tarea para el fin de semana. Realmente te sugiero que leas a Mark Lynas. Ex ambientalista convertido que a nosotros no nos quiere, pero que si quiere la biotecnología”, terminaba.

 

Conocía a Mark Lynas, un famoso activista contra el cambio climático, colaborador de medios como The Observer y Ecologist y creador de la película The age of Stupid, que intempestiva y sospechosamente a comienzos de 2013 empezó a dejar de defender lo que había defendido. “Lamento haber iniciado el movimiento anti-transgénico a mediados de los 90 ya que con ello ayudé a demonizar una importante opción tecnológica que puede utilizarse en beneficio del medio ambiente”, dijo, haciendo que uno se preguntara: ¿Qué hace que una persona que piensa A, de repente, empiece a decir “A es lo peor”?

 

Frente a la Plaza San Martín de Retiro, entre una tarjeta de crédito y una compañía de seguros, se despliegan los pisos de Monsanto en Capital Federal. El departamento de finanzas, de comunicación, de desarrollo, de legales. Paredes de ascensores ploteados de verde, gigantografías de maíz. Una especie de agro porn que un poco asusta. Sillones de un cuerpo armados, tapizados de un lila gastado que se funde con un marrón pálido. Una mesa ratona con revistas de negocios para el campo: problemas en el campo, soluciones para el campo. La recepcionista –pelo negro encrespado, ojos redondeados, sonrisa extática, y fervorosa simpatía—, la luz tenue, el silencio de un mundo de oficinas que se oculta tras una puerta de vidrio que muestra una pared de durlock verde pálido.

 

Según la consultora Great Place to Work, que tiene por cliente a Monsanto, Monsanto es una de las 10 mejores empresas para trabajar en Argentina.

 

Francisco Do Pico es alto, rubio, de ojos claros y dientes grandes. “Esto es Monsanto”, dice mientras me conduce por los pasillos asfixiantes –típico salón de mega empresa- hacia una oficina cerrada: “Reacomodamos el lugar y ahora se parece a las oficinas de Google”. Boxes con sus separadores que antes llegaban al techo serruchados a la mitad. Un lugar que empieza y termina en sí mismo como una cápsula de escritorios, donde ahora todos hacen lo que unos meses antes no: se ven las caras. 

 

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La oficina a la que me invita a pasar es una computadora, un escritorio, cuatro sillas, papeles. Una oficina genérica. Francisco se sienta de cara a la computadora. Yo me siento entre dos chicas: una rubia y una morocha que manejan la comunicación de la empresa hacia adentro y hacia afuera. Él estudió ciencias políticas y atiende los asuntos gubernamentales de Monsanto como hace poco atendía los de Siemmens. Ellas son periodistas: la morocha está aprendiendo, la rubia ya ama el agro. A los tres les faltan años para llegar a los 40. Sobre la mesa, portarretratos con fotos familiares. En la pared, dibujitos de los marcianos de Mi Villano Favorito.

 

Monsanto habla en off para decir lo mismo que en on y lo mismo que dicen de un modo u otro los doce documentos que me mandó Francisco como “tarea para el fin de semana”, además de la conferencia de Lynas. Explicaciones sobre la agricultura de avanzada. Sus métodos de superproducción que, aprendieron a comunicar, es el único modo de detener el hambre. Las ventajas del glifosato sobre otros químicos y los problemas agrícolas que devienen no de sus combos tecnológicos sino del mal uso que hacen de eso los productores. Una teoría cada vez más endeble: porque o los productores del mundo son todos inoperantes, o la naturaleza responde a pies juntillas a la teoría de la evolución y no hay forma –ya lo demostraron las cucarachas- de que la química sea la que ponga el punto final.

 

— Monsanto no fumiga —dice la rubia de saco rojo y camisa blanca— No podemos hacernos responsables del mal uso de la tecnología.
¿Y si es la tecnología, que no tiene en cuenta todo ese devenir natural del medioambiente la que falla?

 

No. Eso nunca sucede.

 

La charla se estanca en tecnicismos. Aburre.

 

Les pregunto qué se siente. Cuando van a un asado, en las reuniones escolares, entre amigos; si no les produce nada que los miren raro cuando dicen que trabajan en Monsanto.

 

La media sonrisa de Francisco, la mirada esquiva de la morocha, el ruido de la silla de la rubia. Sin hablar, cada uno a su modo parece decir que sí.

 

— Hay muchos mitos en torno a Monsanto —dice Francisco.

 

La oficina respira la misma ligereza que se respira en todas las oficinas corporativas: algo que hace que la vida parezca un poco un juego o una serie de televisión. La realidad –la del campo, la del acampe, la de los pueblos fumigados– parece del otro lado de un vidrio, algo de lo que acá se está a salvo, igual que se está a salvo de un embotellamiento o una manifestación desde el ventanal de un piso alto.

 

Me preguntan por qué no pedí una entrevista antes siendo que me interesan estos temas. Les respondo que ellos no dan entrevistas. Me aseguran que sí, ponen esta reunión como ejemplo. Les recuerdo que no estoy autorizada ni a grabar.

Ninguno parece querer entender lo absurdo del planteo.

 

Francisco me acompaña hasta abajo. Tomamos un ascensor cubierto de bolsas plásticas sucias de restos de escombros. Me cuenta: Monsanto crece, abre más oficinas en el mismo edificio y amplía su personal. Monsanto da trabajo. Monsanto muestra un mundo claro como no es claro el funcionamiento de los ambientalistas, dice Francisco y, ya en el palier frente a los molinetes que me devolverán a la calle, aprovecha las vueltas de la charla para comparar la transparencia de un trabajo formal como el que ahí se ofrece, a la reacción colectiva de un grupo que dedica su tiempo a luchar contra esta empresa. Lo de los asambleístas no puede ser gratis.

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—Nadie puede tener todo ese tiempo gratis, ¿viven del aire? —se pregunta—. No, el de los ambientalistas es un trabajo que alguien seguramente está pagando, deja entrever. Un alguien mucho más dudoso y oscuro. Multinacionales que navegan por las tinieblas del capitalismo verde construido para voltear al capitalismo de ley que ellos sostienen. O peor, la competencia. Hay una teoría muy difundida en torno a eso: los movimientos anti Monsanto estaría patrocinados por las otras químicas.

 

—Tenelo en cuenta —me dice antes de despedirnos—. Averiguá, preguntá, investigá ahí también.

 

Le digo que sí, que pierda cuidado. Pero insiste. Insiste y me recuerda que sabe que yo tenía intenciones de ir al acampe.

 

—Ya que te vas a juntar con ellos está bueno que lo hagas con el mapa de situación completo.

 

—Hay cosas que son re injustas —dice mirándome a los ojos.

 

—¿Por ejemplo?

 

— Por ejemplo que en el país hay más de 40 plantas iguales y de repente bloquean esta. ¿Por qué Monsanto? Eso es re injusto.
La lucha contra Monsanto tiene un alto componente emocional. Sobre todo en nuestro país donde los que lo enfrentan fueron víctimas del innegable aumento de índice de enfermedades que aparecieron en sus pueblos con las fumigaciones. Para ellos Monsanto es, sobre todo, un símbolo. Es el siglo XX intoxicado por el abuso de la química, la debilidad de los Estados frente a las corporaciones, o su alianza. Monocultivos que no alimentan personas sino animales y que se extienden sobre todo el planeta.

 

Para los empleados encargados de la imagen de Monsanto (que están ahí como podrían estar en Adidas o en Mac) parece ser difícil entender que son un símbolo pero, sobre todo, parece ser difícil convencer a alguien de otra cosa.

***

Mi libro habla de esto: de que nuestro sistema de producción de alimentos está en crisis. Expulsa agricultores y no produce alimentos sanos y de buena calidad que estén al alcance de todos. Tenemos el 57 por ciento de las tierras cultivables ocupadas por soja transgénica que se exporta en más del 90 por ciento para alimentar animales en China y generar biocombustibles. Nuestros alimentos están en franca desaparición. Alcanza con darse una vuelta por la verdulería: cada vez hay menos variedad y los precios parecen incontenibles. Pero en lugar de pensar en rediseñar la matriz para posibilitar el acceso a la comida, se está plantando soja hasta en La Matanza y muchas instituciones –entre las que se cuentan muchas universidades- parecen concentradas en alentar el modelo.
Una semana antes de llegar a Córdoba recibí un nuevo mail de Francisco Do Pico.

 

“Soledad: Quería compartir con vos lo que me pasó ayer.

 

Ojalá esto te sirva para abrir un poco tu mente, ya que tu libro sólo publica una campana de la realidad.

 

Yo soy un empleado, convencido de lo que hago, y no merezco haber sufrido lo que sufrí ayer y todavía padezco hoy.

 

Ojalá aproveches tu viaje a Córdoba para repudiar este acto”.

 

El mail estaba acompañado por un video en el que se lo veía dictando una charla para alumnos en la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad del Litoral, cuando un grupo de alumnos junto a Sofía Gatica, líder de las madres de Ituzaingó, ingresaba al aula donde ellos hablaban y con cánticos los hacía abandonar la sala. No se veían golpes ni escupitajos. Sí se escuchaban insultos, se sentía la encerrona. Sí era un escrache y como todo escrache, era una situación intimidante.

 

Le respondí que así como no compartía el trabajo de su empresa, no compartía ninguna forma de agresión.

 

“Espero que estés bien”, le dije.

 

Y luego no hablé más.

 

Es imposible establecer un correlato entre lo que sigue y el resto de las cosas pero así devinieron los días.

 

Acababa de imprimir los pasajes a Córdoba cuando me enviaron la foto: mi cara con el logo de Monsanto en fucsia estampado en la frente.

 

La foto conducía a una nota, escrita como una denuncia apurada que se titulaba: “Desenmascarando a Soledad Barruti”.

Allí explicaban que habían descubierto que yo no era periodista sino una especie de agente encubierto de Monsanto para colar los mensajes de la compañía en la prensa. De un modo solapado mi misión era generar una confusión colectiva de la que ya no se podría salir.

 

En sólo 24 horas la nota se había viralizado en Facebook y en cadenas de mail.

 

En 48 horas, llegaba a mi correo otra nota diciendo lo mismo con otras palabras en el mismo sitio (BWN). La primera estaba firmada por una tal Laura Cohen Star, la segunda por un tal Diego Ignacio Mur. Los insultos se propagaban en Twitter por una serie chicas –fotos de chicas lindas, violentas, y de origen alemán: Celeste Fassbined, Lessly Daecher, Violeta Amsel. “¿Te creés que nadie se cuenta?” “¿Cuánto te paga Lord Rothschild?”, preguntaban entre hashtags similares: #BWNPatagonia #FuckMonsanto #FuckRothschild #FuckSionism. O algo así. Había chicos escribiendo, con mismos hashtags pero con menos violencia. Un tal Agustín, un tal Carlos, Diego Mur que retuiteaba todo.

 

La primera reacción fue no prestarle atención. Pero la segunda nota, sumada al llamado de mi madre, asustada, ¿Viste esto que me mandaron por mail?, terminó en un llamado a Pablo Slonimski, abogado de la editorial Planeta, que publicó el libro, para que hiciera algo.

 

—¿Qué?

 

—Algo. Eso que hacen las personas cuando las difaman. Mandan cartas documento, esas cosas.

 

—No es tan fácil eso.

 

—¿Por qué no?

 

—Primero tenés que buscar un nombre, una dirección a donde mandarla y, por último, lograr que te den bola. Tené en cuenta que no sabés ni quién está haciendo esto ni por qué.

 

—¿Y qué hago?

 

—Primero averiguá.

 

Detrás de todos esos nombres no encontré más que una persona real: Diego Ignacio Mur. El resto parecían ser perfiles falsos manejados por él, con fotos tomadas de fotologs o páginas porno. De Mur no pude averiguar mucho: se trataba de un técnico en computación de poco más de 40 años que vivía en El Bolsón y mantenía un Blog (BWN o Bondwana Argentina). Ahí publicaba artículos de lo más diversos: anti vacunación, anti Greenpeace, anti marihuana, y, sobre todo, anti judíos. Entre la “información” aseguraba que el HIV es una enfermedad provocada por los antibióticos y las vacunas, el cáncer es un hongo o el único recurso que le queda al cuerpo para su supervivencia, y los transgénicos son un plan maestro de envenenamiento silencioso de la población para establecer un nuevo orden mundial.

 

“Monsanto es una corporación asesina, genocida, cancerígena y judía”, escriben diariamente cada uno de los presuntos avatares de Mur (todas esas chicas de twitter) mientras alientan una y otra vez el escrache público de cualquiera que trabaje ahí, empezando por el CEO de la compañía.

 

A pesar de la propaganda antisemita, el blog no fue prohibido sino que devino en diario –El Bolsón Web- y, entre notas de turismo y búsqueda de promotoras, cuenta con publicidades y (según datos de Mur) con cien mil visitas diarias.

 

Encontrarse de pronto frente a este universo despierta ante todo impotencia. No hay herramientas frente al absurdo como no hay armas que se puedan usar contra los fantasmas.

 

—Armemos un comunicado — me propusieron en la editorial.

 

Pero ante noticias como: “CFK obliga a las embarazadas a aplicarse una vacuna que puede producir abortos”, o “Niños vacunados padecen un 500% más de enfermedades que los no vacunados” o “Adolescente demuestra que el holocausto no existió y se saca un diez en el colegio”, cualquier respuesta parecía ridícula.

 

Sin dirección legal a la que responder, lo que más me preocupaba era saber con qué reacción me encontraría en el acampe. Porque en la página web de BWN, entre todas esas notas descabelladas había videos sobre y desde el acampe: entrevistas a Sofía Gatica, talleres sobre “medicina alternativa”, notas de apoyo, de aparente alianza. BWN era, de cara a sus lectores, un activista más. Y, de cara a los que apoyan Monsanto, la prueba cabal de que sus detractores son personas desinformadas y violentas.

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El acampe de Malvinas Argentinas empieza a la vera de la ruta, sobre una banquina ancha. Ya son cinco puestos cubriendo el perímetro de 36 hectáreas. En cada carpa desde hace meses los chicos duermen sobre el suelo, entre el calor, el frío, la lluvia y las bucólicas ganas de que esto funcione. El primer puesto –La escuelita– es el único que no da al camino. El puesto dos –La tranquera– tiene música y chicos con rastas que se depliegan por todo el espacio de cara al sol rabioso y seco que rebota desde la ruta. El tres –Amaranto– está a pocos metros de distancia y es ya una especie de ecoaldea: una casa de adobe con cocina, despensa para guardar las donaciones –de comida, de ropa, de agua– y huerta orgánica: gomas de auto en desuso que contienen la germinación de maíz, de tomate, de pimientos y de plantas de amaranto: una planta que para los productores de soja es maleza, pero que en algunas variedades da nutritivos cereales. El puesto cuatro –El Che Guevara– ostenta una donación tan útil como simbólica: la carpa que utilizaron durante todos sus años de lucha los asambleístas de Famatina que lograron expulsar a la minera Barrick Gold. Finalmente el cinco es una sola carpa adentro del predio de Monsanto, Vaca Muerta la llaman, en honor al animal que yace pudriéndose entre las moscas a escasos pasos de ahí.

 

El acampe cuenta con una asamblea –Malvinas lucha por la vida- que trabaja junto con las Madres de Ituzaingó. Pero también reciben el apoyo de recién llegados a la militancia, referentes emblemáticos de las luchas sociales, médicos, biólogos, universidades como la Universidad Nacional de Córdoba, laUniversidad Nacional de Río Cuarto  y Universidad Católica de Córdoba. El día a día se respira festivo pero también nervioso. Entre los vecinos del pueblo, todo es más difuso: de los cientos de locales que había al comienzo quedan cada vez menos, porque cuando empezaron los aprietes muchos se fueron para no volver. Algunos por miedo, otros porque empezaron a ver con malos ojos los problemas y al mismo tiempo a atender las promesas de Monsanto (trabajo, prosperidad, seguridad) y de la intendencia (planes sociales, canastas de comida, seguridad). En la asamblea también hubo varios desencuentros que se expandieron por las redes sociales: chispazos que nadie podría decir cómo empezaron pero que generaron quiebres difíciles de resolver.

“Acá resistimos lo que sea, de acá no nos vamos si no es en un cajón”, dice Sofía Gatica.

 

Ella no duerme en el acampe porque trabaja de administrativa en la ciudad pero está en cada asamblea, cada marcha, cada vez que puede. A pocas semanas de iniciado el acampe la amenazaron de muerte cuando estaba tomándose el colectivo para ir a trabajar y a los pocos días la agarraron a los golpes en una esquina. Está segura que el que la golpeó había estado en las marchas contra Monsanto, caminando a su lado, como un activista más.

 

—¿Sofía no vio lo de BWN?, le pregunto a Virginia cuando nos quedamos solas.

 

— ¿Lo que dicen de vos y Monsanto? No sé si lo vio con todo lo que pasó últimamente. Yo sí vi lo que escribieron, muchos lo vieron, pero yo leí tu libro y les dije: no se puede creer en esa gente. Están medio locos, ¿no?

 

Virginia me cuenta que los últimos días los malvinenses empezaron a recibir llamados invitándolos a participar de una encuesta telefónica. “Las preguntas que les hacían eran increíbles: ¿A quién reconoce como referente del acampe?, les preguntan. O: ¿Usted cree que hay que reprimir? Contra eso luchamos todo el tiempo”.

 

Por suerte, dice, a favor tiene miles de adhesiones que llegan de todo el mundo. Partidos de izquierda como el MST y el Partido Obrero, intelectuales como Maristella Svampa, Norma Giarracca y Miguel Teubal. Médicos y científicos que ya son emblema de estos movimientos: el biólogo molecular Andrés Carrasco, el neonatólogo Medardo Ávila Vázquez y el biólogo Raúl Montenegro.

 

También Pérez Esquivel,Manu Chao, y el cantante Axel que tuitea a su millón y medio de seguidores por qué es necesario seguir unidos contra esa empresa. O Botafogo, que les cantó en vivo por C5N.

 

Todo un espectáculo internacional que a Monsanto, quien finalmente reconoció públicamente que tiene problemas de imagen lo agarra malparado (“No hemos empleado lo necesario para hablar con los consumidores y los medios de comunicación” (que se oponen a la biotecnología) dijo Robert Fraley, vicepresidente de la compañía). En los últimos meses Monsanto rearmó su página web incluyendo preguntas y respuestas, contrató a empresas expertas en relaciones públicas y realizó cambios en su staff, incorporando personas más jóvenes, como Do Pico, en la sede local. El propósito: dejar claro que no son una empresa de temer sino un grupo de personas inteligentes y amigables destinado a dar de comer al mundo y, ahora también, hablar con periodistas, comunicar sus proyectos a la sociedad, oír y debatir con sus detractores.

 

Pero ¿qué es realmente Monsanto?

 

“Soledad: Sin ánimo de ofender, no creo que en este asunto estés actuando como periodista sino más bien como activista. Que sigas bien”, me escribió Francisco la mañana siguiente a que visité el acampe. En el correo, lamentaba que me hubiera sacado fotos con Sofía Gatica.

 

La misma mañana en BWN saldría una nueva nota diciendo que yo había salido de un casting de la compañía. Al lado de mi foto junto a Gatica había un epígrafe: a la izquierda, Soledad Barruti, de Monsanto, a la derecha Sofía Gatica.

 

¿Podría encontrar algún modo de hilvanar esos hechos?

 

Según el último reporte del Center for Corporate Policy (CCP) en Washington, uno de cada cuatro activistas en cualquier movimiento es en realidad un infiltrado para hacer espionaje (un espionaje de película con escuchas y operaciones y agentes de gobierno incluidos). Entre las empresas que harían inteligencia sobre sus detractores –activistas, periodistas, científicos—estaría Monsanto. El servicio de seguridad de elite llamado unos meses atrás Blackwater y ahora Academi, habría sido, según el informe, “el brazo de inteligencia de Monsanto; proveyendo agentes infiltrados”.

 

Le comento esto a Beba ya de vuelta en Buenos Aires y le pregunto si ella cree que entre ellos hay infiltrados, si no tienen miedo.
—No te quepa ninguna duda M´hija. Ya hemos descubierto a más de uno, y todo el tiempo nos quieren hacer pelear. Y algunos se enganchan en las peleas. Al mismo tiempo Monsanto aprovecha y está queriendo conquistar a los vecinos para que, cuando haya asamblea popular, voten a favor de la instalación de la planta. Pero en la Asamblea, la lucha por la vida es fuerte. No lo van a lograr.

 

 

Fotos: Soledad Barruti


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