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Jueves 24 de Mayo de 2012

El rico que se cree Steve Jobs

Gustavo Grobocopatel se presenta como el gran modernizador del campo argentino, un self made man que agradece crecer a pesar de que en su país no lo dejaron llegar hasta la multinacional. Retrato de un empresario astuto a quien su modelo sojero le deja mil millones dólares por año. Un rico tan austero que prefiere el pollo hervido a un buen asado.

Avanzamos por un camino de tierra en el que se pudría el cadáver de una gran mulita. Alguien dijo que era no era posible que ellos recorrieran ese camino cada vez que venían al campo; este era el camino para nosotros.
Ellos debían viajar en helicóptero –es lo que haríamos si fuéramos ellos.
Alguien más especuló con el extraordinario asado que nos esperaba.
Pero doblamos a la derecha en una encrucijada y nos perdimos. Había campo, campo y más campo hasta donde llegaba la vista. Era un desierto amarillento. Y en el costado, una laguna con garzas; debía ser un espejismo.
Al fin, el fotógrafo sugirió regresar y seguir, hacia la izquierda, el cableado eléctrico. Desembocamos en un jardín perfectamente llano y verde. Los árboles se agrupaban detrás de la casa, rústica, amplia, con una galería llena de sofás. Bajo los árboles descansaban una 4x4 Mercedes Benz y un par de autos estacionados. No se veía el helipuerto.
Salió a recibirnos un adolescente muy alto, de ojos inteligentes, amables; unos niños corrieron detrás y dos chicas adolescentes con actitud adolescente se recostaron en un mullido sofá de cuerina blanca en medio del jardín. Gustavo Grobocopatel y su esposa Paula nos dieron la bienvenida. Ella en hawaianas blancas, pantalón negro y un suéter blanco de hilo muy simple; él en jeans y una camisa a cuadros. Estábamos mejor vestidos nosotros.
Debíamos atravesar la casa para llegar al almuerzo. Los seguimos por habitaciones amplias, cómodas y sin lujos, con las paredes cubiertas de fotografías de parientes. En el quincho comían una suegra, su novio y unos primos. Los demás ya habían terminado.
No olía a asado.
Dos empleadas, con la ayuda de Paula, nos sirvieron pollo hervido, pescado hervido, zanahorias hervidas y calabaza hervida. Chequeamos: los demás comían lo mismo.
De postre, frutas.
-¿Alguien quiere café? -preguntó Paula.
Queríamos.
-Es instantáneo. Arlistán.
Ya no queríamos.
El remisero comía con decepción. La mandíbula se le cayó cuando, mientras examinaba la pata hervida en su plato, Grobocopatel contó que su empresa facturaba (neto) por año:
-Mil millones de dólares.
Con diplomacia, señalamos a Grobocopatel, que, habiendo crecido con un padre empresario, su vida debió ser próspera desde el inicio –habría comido (pensamos) algo mejor que esto.
-En mi familia, el ahorro es fundamental –replicó-.El que cuida lo poco, cuida lo mucho, decía mi viejo. Masticamos despacio la fruta.


***

La de millonario austero era, a todas luces, una imagen que Grobocopatel quiere transmitir.
Es un hombre grande y rubicundo, un metro noventa de piel rojiza, un hijo natural de la pampa gringa. Es carismático, campechano, directo; sabe cómo hacer sentir cómodos a los demás, cómo prestar atención a cada palabra. Es una de esas personas inteligentes que hacen muchas cosas bien, o están convencidas de que hacen bien muchas cosas: es empresario, fotógrafo, cantante de folclore y de música lírica, grabó discos. 

Es tan cordial y seductor (aunque no deja de combatir, sutilmente, por el control de la entrevista) que le preguntamos si acaso será una de esas personas de egos frágiles que necesitan agradar. Le preguntamos, en fin, si necesita que lo quieran.
-Tengo el tema de la autoestima sumamente fuerte. Tengo una madre judía, tres hermanas, mi mujer que es divina, mi maestra de música que es una mamma italiana. Tengo una autoestima fuerte.
¿Será esa la clave? Su familia ha sido una familia de chacareros, que en otras circunstancias, si el mercado mundial y la Argentina y sus ambiciones y talentos no se hubieran acomodado de un modo único hace ya veinte años, habría sido una más de la clase media acomodada del interior.
Vivió casi toda su vida en Carlos Casares, en una casa del centro de una ciudad con menos de 20.000 habitantes. Terminó el secundario en la escuela pública. “No teníamos restricciones” en la infancia, dice, pero tampoco lujos: en vacaciones, paraban en hoteles tres estrellas. Para tener su primera pelota de fútbol tuvo que completar un álbum de figuritas.
“Mi familia no era de las familias ricas de Casares. Había una aristocracia, de la que no éramos parte. Mi padre estuvo muy orgulloso cuando lo invitaron al Rotary Club. A la aristocracia local la veíamos con admiración. Era gente refinada, te invitaba a comer y comías con cuatro cubiertos. Era gente que pensaba distinto, valoraba cosas diferentes (…) En lo de mis padres no había fruta; cuando yo era chico, una manzana se repartía entre tres. La fruta era algo de lujo (…) Mi viejo, desde que lo conozco, está a punto de fundirse…. No está a punto de fundirse; yo creo que es un gran actor y que nos dice que nos vamos a fundir para que cuidemos la guita”.

***

Nos sube a su camioneta y nos lleva a recorrer la geografía que le dio origen: la vieja colonia judía Mauricio; la sinagoga de Moctezuma, hoy museo, cuyo guardián es su tío, un hombre hospitalario y modesto, acorde con el pueblo en que vive; Smith, el caserío de doscientos habitantes en que nació su padre; el cementerio judío de Algarrobos, donde su familia tiene un pequeño panteón --y los demás muertos, lápidas más o menos destruidas; algunas, muy destruidas.
Aunque habla del “schule” y “la bobe”, admite que no ha conservado ninguna tradición judía, que es agnóstico o ateo, lo mismo da; que se casó con una mujer no judía y que circuncidó a su hijo --“pero me arrepiento”.
En el trayecto, ofrece el show completo. Baja en medio del campo sembrado de soja, arranca una vaina seca, la abre y mastica una semilla.
-¿Alguna vez vieron soja? Acá tienen.

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