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Jueves 17 de Mayo de 2012

El supremo anfibio

Zaffaroni tiene un particular mapa del mundo: en cada ciudad a la que viaja conoce al menos una pileta olímpica y elige los hoteles por su cercanía al agua. El juez de la Corte Suprema aprendió a nadar a los 55 y hoy, con 72, bracea 10 kilómetros por semana. Perfil del jurista más respetado y controversial de América Latina.

Agachado, remera, bermudas y zapatillas negras, medias blancas, Eugenio Raúl Zaffaroni busca un libro en su biblioteca. Uno de sus colaboradores acaba de descubrir, en el frente de cada estante, un papelito blanco con un número. Cuenta en voz alta: Treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve.
—Sí, los estantes están numerados —dice el ministro de la Corte Suprema de la Nación—. Pero con eso solo no alcanza.
Separada de la mansión del barrio de Flores por un jardín con plantas, helechos, una fuente y siete gatos callejeros atigrados e idénticos, la biblioteca es un gran salón lleno de diplomas, artesanías latinoamericanas, felicitaciones y plaquetas.
Los estantes cubiertos con vitrinas son muchos, demasiados. En total, estima el juez, entre 15 mil y 20 mil libros. En total, estima uno de sus asistentes, más de 30 mil. Una de las bibliotecas de derecho más importantes de la Argentina.
—Varias personas vinieron a ordenarla. Pero todos, sin excepción, propusieron hacer cosas complicadísimas.
En el salón principal, tres mesas cubiertas de libros, rebosantes. Arriba de la pila, El principito de Antoine de Saint Exupery, el libro del ex jefe de Gabinete Aníbal Fernández y uno de investigación periodística.
En otra mesa, más libros. Uno encima del otro.
La tercera, también repleta. Libros que fueron llegando, libros que le mandan colegas de otras partes del mundo, todavía desordenados, ensimismados, difusos.
—Nadie nos pudo dar una solución…
Pasando una puerta, un segundo ambiente. Dos pisos, más vitrinas.
—Son muchos. Habría que sacarlos. Ponerlos en el piso y contratar a algún empleado que ayudara. Yo definiría las palabras clave de cada uno y se los iría pasando.
Otello, uno de los dos perros Chow Chow del juez, husmea la alfombra blanca. Recorre el salón con expresión lejana y aire de dragón oriental, displicente.
—Contratando a dos personas, unas miles de horas, un par de meses, podríamos resolverlo.
La biblioteca está dividida por sectores. Abajo a la izquierda: filosofía y teología. Luego historia, sociología, procesal penal, menores. Arriba: constitucional y literatura política. Miles y miles de libros.
—El orden era regional. Más o menos sabía el lugar de cada uno. Pero desde hace un año, aproximadamente, se empezó a despelotar todo. Sé que algo está, pero no sé dónde.
Revisa, con la vista, las vitrinas.
—Y cuando comprás dos veces el mismo libro es porque tenés un quilombo importante.
Lo dice tranquilo. Como si, a fin de cuentas, no fuera un problema.
—Esta semana —dice el primero de sus colaboradores— voy a hablar con la bibliotecóloga de la Biblioteca Nacional. Ella tiene que saber cómo arreglarlo.
—Yo no necesito tanto —dice el juez—. Sólo necesito un tipo que sepa hacer eso en la computadora. Que ponga nombre, autor, número de estantes, dos o tres palabras básicas. Y nada más.
Buscan, sin encontrarlo, un libro que el juez (previa anotación de título y fecha en un cuaderno) les va a prestar a sus colaboradores.
—Es que hay muchos —comenta, resignado, el segundo.
—Tenías el de Brassé. Te estás olvidando de el de De Las Casas —dice el primero.
—No lo veo por ningún lado.
—Y si no tenés catálogo.
—Voy a tener que hacerlo yo mismo —dice Zaffaroni—. Con ficheros de papel y plumín de ganso.
Se ríen.

***

A los 55 años, el juez flotaba pero no sabía nadar.
Una tarde de 1994, en una playa de México, leía un libro de Derecho Penal cuando alguien propuso ir al agua. “Y yo pensé: qué estúpido que soy, no sé nadar”, dice Zaffaroni, diecisiete años después, vestido con guayabera y pantalón blanco, detrás del escritorio que usa en la Corte.
Volvió a Buenos Aires y esa misma semana fue al club del barrio. “Quiero aprender. Me miraron. ¿Para competición profesional? No, porque se me dio la gana. ¿Clase colectiva? Prefiero individual”. Comenzó al día siguiente. “Me asignaron una profesora que, al verme, debe haber pensado: ¿y este hipopótamo qué quiere hacer?”. Treinta minutos de brazadas y pataleos. “Volví a mi casa y me metí en la cama. No daba más. A los dos días se repitió exactamente lo mismo. Después de la clase tenía que dormir. Había sido sólo media hora pero necesitaba descansar. Y me asusté. Un susto grande. Dije: me estoy muriendo”.
Entonces continuó con las clases. “Vino el proceso de tragar agua, entrar a la pileta sentado por miedo a tirarme de cabeza. Las cosas que tienen que hacer los pibes yo las hice de boludo grande”. Aprendió a flotar mejor y luego se animó a nadar solo. “Cuando pude hacer un largo de veinte metros, sostenerme del otro lado, me sentí (José) Meolans”. Dos largos, tres, cuatro. A los seis meses llegó a los veinte. “Quedaba agotado, pero los hacía”.
Un día, en la pileta del colegio de abogados de Costa Rica, alguien lo salpicó desde el andarivel de al lado y el agua le entró en la nariz. Se ahogó; para recuperarse braceó más despacio. “Me di cuenta de que así no me cansaba, pasé los veinte largos y se produjo un efecto muy raro. Empecé a sentir una sensación impresionante. Nunca probé cocaína… Pero supongo… Era una euforia intensa”.

Sin darse cuenta, había sincronizado respiración y brazadas. Pudo nadar cincuenta, sesenta, setenta largos. Mejoró el estilo, levantó las piernas, empezó a respirar para los dos lados. Y viajó a San Pedro, donde un amigo le presentó a Agenor Almada, “el yacaré del Paraná”, la única persona que nadó cuatro veces de Rosario a Buenos Aires. “Me vio en una pileta y me preguntó: ¿No quiere nadar en el río? Venga, yo lo preparo”.
A los quince días, Zaffaroni estaba en el agua amarronada del Paraná, y Almada mirándolo desde el bote. “Solo no me hubiera metido ni loco”. Desde Vuelta de Obligado a San Pedro, quince kilómetros: tac, tac, respiración, tac, tac, respiración, tac, tac, respiración.
Y entre 2004 y 2009 se preparó para las aguas abiertas con un entrenador. Compitió en las maratones acuáticas de Baradero (nueve kilómetros), de San Pedro (siete kilómetros y medio) y de Ramallo (ocho kilómetros). En 2005 y 2007 salió tercero de su categoría en el cruce de la laguna de Chascomús.
A pesar de sus logros, con 72 años, se siente discriminado. Su categoría le molesta. “Para los organizadores, después de los 60 años todo da igual. ¿Por qué? Si tenés un tipo de 85: ¡dale una categoría! Pero no. Para ellos es todo lo mismo. Una única: la categoría descarte”.

***

Sólo sabiendo que no le gusta el ocio absoluto, que entiende las vacaciones como tiempo para pensar lejos de las computadoras, que a la noche lee y, luego, duerme unas cinco horas, se puede entender cómo Zaffaroni construyó su prestigio. Un currículum de más de ciento ochenta hojas que, telegráficamente, se podrían resumir como: abogado a los 22 años, un doctorado a los 24, juez de cámara a los 29, procurador general de la provincia de San Luis a los 33, juez nacional a los 35, ministro de la Corte Suprema a los 63, titular de la Comisión de Reforma del Código penal a los 72.
Dirigió un Instituto de Naciones Unidas, fue diputado de la Ciudad de Buenos Aires y presidente de la Comisión de Redacción de la Constitución. Escribió libros, muchos: dos tratados, uno de cinco tomos, diez manuales de Derecho Penal, más de 20 sobre temas específicos y colaboró de distintas formas en otros 100. En castellano y portugués. El Manual de direito penal brasileiro que escribió junto a José Enrique Pierangeli va por la novena edición: ya vendió más de 95 mil ejemplares.
Le dieron la Orden de Mérito del gobierno alemán, la orden de la estrella de la solidaridad italiana y, en 2009, un equivalente al Nóbel de criminología, el Premio Estocolmo, por un trabajo sobre crímenes de masas.
Es uno de los profesores con más Honoris Causa del mundo: ya recibió 32. Le hicieron una página de Facebook que le gusta a 21.920 personas. Tiene el título académico más alto al que se puede aspirar: profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires. Y discípulos en toda América Latina, algunos que ni siquiera conoce.
Zaffaroni podría decir: “Bueno, no escribo más, me voy a mi casa a cultivar plantitas”. Sin embargo, sigue produciendo como a los 30 años, cuando trabajaba en la provincia de San Luis y todas las semanas, los jueves, se tomaba un micro hasta Buenos Aires: trece horas en un micro sin baño, para dar clases en La Plata y pasar un día con su mamá. El domingo a la noche volvía.
Sus colaboradores dicen que es un popstar: lo paran para saludarlo, para pedirle un autógrafo o que firme libros. Ya no da clases regularmente, pero dicta cursos y conferencias.
Zaffaroni dice que a lo largo de los años formó una red de gente que conoce y que muchas veces, qué sé yo, rechazar invitaciones podría dar la sensación de decir: bueno, éste se considera el maestro supremo, se subió al caballo, ahora no da más pelota. Pero le da no sé qué hacer eso. Selecciona, claro, si no tendría que ser comisario de a bordo, explica antes de la carcajada.
— ¿Qué lo impulsa a seguir en la actividad académica?
—Yo nunca tuve como objetivo ser ministro de la Corte —sentado detrás del enorme escritorio, acaba de encender un angosto cigarrillo, el segundo de los cinco que fumará en la hora y media de la primera charla—. Me autopercibo más como un investigador que como un profesor, o como un juez. Cuando alguien me dice: usted es juez. No. Yo trabajo de juez. Este es un trabajo: un accidente político.

***

—La gente se sorprende —dice el bañero sin dejar de mirarlo—. Es uno de los pocos que se queda tanto tiempo yendo y viniendo, yendo y viniendo. Una vez incluso alguien me ha dicho: “Ese tipo no para nunca”.
Es jueves y la pileta de este club de barrio en Flores, veinte metros, una calurosa carpa blanca que la cubre, está dividida en dos. De un lado, diecinueve mujeres hacen gimnasia: se mueven lentas, por el agua, por la edad, agarradas a coloridos flotadores cilíndricos. Del otro lado, dos carriles.
—Nada con ritmo regular una hora seguida.
En el segundo carril, slip turquesa, gorra celeste, antiparras, reloj, ajeno a los comentarios que suelen rodearlo, el ministro de la Corte Suprema bracea. Va y viene sin detenerse, constante.
—La técnica tal vez no sea de lo más vistosa —dice el bañero, que lo sigue con la vista—, pero es efectiva. El brazo derecho no entra muy bien, lo abre demasiado, pero no lo afecta mucho porque el agarre se consigue y el ritmo se mantiene.
Según indica el termómetro, el agua de la pileta está a 28 grados. Se siente tibia, agradable, quizá por el contraste con este día de enero que abochorna, inclemente.
Zaffaroni casi no mueve los pies. Respira, a cada brazada, siempre por el lado izquierdo.
—Es grandote, largo: aprovecha la envergadura de sus brazos. Las piernas consumen el doble de oxígeno, por eso, como los fondistas, casi no patea. No importa la velocidad sino soportar el trayecto —dice el bañero.
Al llegar al borde, el ministro de la Corte Suprema se agarra con una mano e, impulsado por los pies, rebota en las venecitas celestes.
—Para ir y venir durante tanto tiempo, para soportar ese sufrimiento (porque en un punto hay sufrimiento), tiene que ser un hombre mentalmente muy fuerte.

***

Zaffaroni era un chico de barrio. Fue al colegio Mariano Moreno, en Flores. Estudiaba inglés con una profesora y dibujo en una escuela nocturna. Leía a Julio Verne, a Emilio Salgari. Quería tener un laboratorio, hacer experimentos químicos. Luego, en la secundaria, a mediados de los cincuenta, le gustó la historia, la filosofía, la política y, también, el derecho.
A los 18 años empezó a trabajar: estaba a cargo de los ficheros de presentismo de los barrenderos de la Ciudad de Buenos Aires. Después fue inspector de hospitales públicos. Verificaba que la carne que decía ser lomo no fuera cogote, que las enfermeras de la noche atendieran a los pacientes en vez de dormir, y así.
En 1960, su voz se oyó en todas las radios de la Ciudad de Buenos Aires. Hacía micros sobre salud, que se emitían durante la tanda publicitaria. Zaffaroni decía: señora, vacune a sus hijos. Señor, lávese bien los dientes. Coma frutas y, por lo menos dos veces por semana, también pescado.
Su papá, dueño de un negocio de crickets mecánicos para camiones, murió cuando él tenía 24 años. Raúl lo reemplazó en la fábrica. Trabajó un tiempo. Después, se fue a estudiar a México.
En 1968, a los 28 años, Zaffaroni daba clases en la Universidad de Veracruz. En diciembre, volvió a Buenos Aires para pasar Navidad. Cuando sonó el teléfono, se estaba bañando. La madre le avisó que lo llamaban. Después de secarse, fue a atender.
—Hola, ¿Zaffaroni? Un gusto. Soy el doctor Viale. Vengo de San Luis. Tenemos un problema, pero deberíamos hablarlo personalmente.
“Habrá matado a la mujer”, pensó Zaffaroni, aunque dijo:
—Cómo no, doctor.
— ¿Mañana le parece?
Al día siguiente, se encontró con Viale en el hotel Castelar.
—Tenemos un juez con un jury. Necesitamos un juez, pero el pueblo se dividió en dos y tenemos que traer a alguien de afuera. ¿A usted le interesaría?
Así, dice, empezó su carrera judicial. 

Continúa en la página 2

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  • Anfibia, Premio Quijote
  • Con este perfil, Federico Bianchini ganó el premio Don Quijote, un galardón que se presenta junto con los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España, convocados por la Agencia EFE y la Agencia Española de Cooperación Internacional y para el Desarrollo (AECID). El jurado indicó que Bianchini: "consigue con gran maestría y riqueza del lenguaje retratar a un personaje controvertido en sus múltiples facetas personales y profesionales, utilizando con brillantez técnicas periodísticas y literarias que hunden sus raíces en la mejor tradición del nuevo periodismo iberoamericano".
Anfibia
Universidad Nacional de San Martín