Julio Humberto Grondona, vicepresidente de la FIFA, presidente de la AFA, ferretero de Sarandí. En 35 años al frente del fútbol argentino construyó un poderío único. Federico Bassahún, director de la revista “Don Julio”, sintetiza en cuatro escenas la vida de un hombre que disfrutaba de dar vuelta una elección en Zúrich a favor de Blatter y también de negociar con dirigentes del ascenso en una estación de servicio de Avellaneda.



Julio Grondona paseaba por los jardines iluminados del Palacio de Versalles. Alzó la vista para contemplar las estrellas pero se encegueció con una luz, tropezó y cayó de cabeza en una fuente. Avergonzado, se levantó como pudo. “No sabía dónde meterme, todos me miraban”, le confió en 2011 a la revista colombiana Soho. Grondona estaba empapado, y exigió que se lo llevara de vuelta a su hotel, para cambiarse la ropa y volver. “Era imprescindible que estuviera en esa cena, porque era el alma máter de la reunión”, le explicó en 2006 a la revista El Gráfico. Ese 7 de junio de 1998, el presidente de la AFA debía convencer a los dirigentes que todavía no estaban convencidos de votar al día siguiente a Joseph Blatter para la presidencia de la FIFA. Blatter le ganaría 111 a 80 a Lennart Johansson y retribuiría el favor a Grondona con la continuidad en la vicepresidencia de la FIFA. O “la vicepresidencia del mundo”, como la llamaba Grondona. 

 

Grondona presidía la Asociación del Fútbol Argentino desde 1979, cuando el gobierno militar de Videla así lo consintió. “Como vicepresidente de la FIFA, tengo más poder que cualquier político argentino”, se jactó en 2002. A la FIFA llegó de la mano del almirante Carlos Alberto Lacoste. Sobrevivió en el cargo a la dictadura y a los gobiernos democráticos de los últimos 30 años. “Es que ellos nunca se han entrometido en nuestra casa”, le explicó al diario Perfil en 2006. Nuestra casa, la AFA, a la que presidió cual Luis XIV – L’État, c’est moi– sin oposición: en 35 años, apenas una vez se presentó un candidato, Teodoro Nitti, un ex árbitro ya fallecido, que compitió con él (es un decir) hace 22 años y perdió 39-1. 

 

“El socialismo con dinero” que practicaba Grondona era la causa de su eternización en el cargo: la AFA, y no los clubes, es hasta hoy la que negocia los contratos televisivos, y él, a discreción, era quien distribuía el dinero. Grondona no necesitaba pedirles a los presidentes de los clubes que lo votaran cada cuatro años: la AFA era (y es) su principal acreedor.

 

A Grondona no le molestaba que lo apodaran Don Julio. Muy por el contrario: le resultaba hasta halagüeño, como una muestra de respeto. Lógico: Grondona fue al cine por última vez en 1956, cuando vio Lo que el viento se llevó, y El Padrino se estrenaría recién en 1972. Grondona era un personaje corleonesco: atendía a los dirigentes de los clubes en una de sus estaciones de servicio en Avellaneda. Tenía un cuartito de tres metros por tres, con una mesita y dos sillas. Los dirigentes –de la A, la B, la C, la D– le pedían, sentados en el cuartito, dinero o que un árbitro no los dirigiera (porque Grondona era hasta julio del año pasado el presidente del Colegio de Árbitros), y él los sacaba de aprietos. Los dirigentes apenas si le tenían que explicar la problemática que los aquejaba. 

 

Grondona no entendía una palabra de inglés. Se quedaba dormido en las reuniones de la FIFA. De economía entendía poco: apenas si sacaba cuentas con una calculadora. No importaba: presidía la Comisión de Finanzas de la FIFA. 

 

En Argentina manejaba todos los resortes del fútbol, desde la A hasta la D. Se dormía todos los días a las dos de la mañana mientras escuchaba un programa radial del ascenso. 

 

Apenas dos reproches se hizo Grondona en los últimos años: no haber sido más severo con los dirigentes que malgastaban el dinero que él les daba, y no haber podido (él decía podido, intentado le habría sentado mejor) combatir la violencia en el fútbol que, desde su asunción en 1979, contabilizó 182 muertos, según calcula la ONG Salvemos al Fútbol. Pero, por ejemplo, la reventa de las entradas para los partidos de Argentina en el Mundial de Alemania, en 2006, la hacían los barrabravas a la vuelta del hotel en que se alojaba. Grondona en persona enviaba a los hinchas a comprarlas allí. En Brasil, la policía investigó a la AFA por reventa de entradas, e incluso su hijo, Humberto, fue acusado de revender las entradas que le había dado la FIFA.

 

En fin, Grondona ya había avisado que en 2015 iba a tener 84 años y no se iba a presentar para su novena reelección. Lo mismo había anunciado en 2007 y 2011. Él soñaba, en definitiva, con vivir hasta los 102 años, como su mamá, Julia.


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