En noviembre de 2002, un año después del fallecimiento de su madre, Lemebel estaba contento: había vuelto a escribir. El director de Anfibia Cristian Alarcón le pidió una entrevista. El fundador de Las Yeguas del Apocalipsis aceptó y lo recibió en Santiago. Hablaron de literatura, el arte de la crónica, los amantes nómades, la dictadura de Pinochet y los taxi boys argentinos. Hoy, en el homenaje de Anfibia al escritor chileno recuperamos este texto publicado originalmente en Radar.



Foto: Sebastián Tapia Brandes

 

Pedro Lemebel prefiere la vereda del bar El Toro, en el extremo gay prostibulario del viejo barrio de Bellavista, a metros del río Mapocho, cuyo torrente se puede escuchar como el temporal incesante atravesando los puentes santiaguinos. Bajo una carpa de nylon atemperada por una estufa a gas, pero que por imperio de lo alternativo suele poblarse de figuras y figurillas de la escena cultural chilena, Pedro sonríe; parece exultante con un saco blanco largo, especie de turbante cubriéndole la cabeza, y en las piernas delgadas unas botas de descarne beige que le llegan a la rodilla. Fuma, toma Coca-Cola, agita las manos como cortas aspas y cuenta que está feliz porque ha vuelto a escribir después de tanto tiempo. Un año entero le duró la tristeza y la aridez literaria tras la muerte de su madre. Un año entero lleva en la casa que está a la vuelta de El Toro viviendo sin ser capaz de agregarle un adorno, de quitar los viejos muebles de una modista que quedaron como herencia en la casona. 

 

Pero Pedro Lemebel, el escritor que hace sonar los cascabeles de la crítica mundial por textos irredentos de la literatura chilena como los de su Loco afán: crónicas de sidario, ha vuelto a escribir. Por eso por momentos parece eufórico. Por eso apenas se sienta y cumple con la cortesía de preguntar qué es lo que el otro anda escribiendo, pasa a su relato, el que dejó todavía tibio en la pequeña máquina de escribir sobre una mesa ratona donde construye, entre vírgenes, santos y ángeles regalados, las crónicas de un Chile desgajado por sus historias punzantes, filosas y barrocas. Entre el bar y esa intimidad se hizo esta entrevista. Entre el relato oral de una crónica (quizás un cuento) maravillosa sobre un hombre del sur al que le decían el Puma, un amante migrante que nutrirá un libro venidero y la escritura de esa misma historia, leída bajo luces tenues, con el terciopelo grave y coliza de su voz, que sería una manera lemebeliana de describirlo.

 

Una marica de pelos ralos, pocos dientes, enamoradiza y entrada en los años en que toda tersura retrocede, se enamora de Carlos, un militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez disfrazado con su propia piel de tierno estudiante universitario que busca hacer el bien a los pobres. La Loca del Frente –así la llaman los vecinos y así la conoce el lector– atraviesa 1986, el año del atentado a Pinochet, en ascuas por ese hombre esquivo que la lleva, como dándose cuenta pero no, a esconder, cubiertas de fundas floreadas, con volados, bordadas, las armas que se usarán en el fallido atentado al ex dictador.

 

Este amor entre coliza (la palabra más chilena para definir al “puto” latinoamericano) y joven de izquierdas es un modelo relacional visitado por otros autores canónicos como Manuel Puig. Sin embargo, la pasión inconclusa que narra Lemebel en Tengo miedo torero, el libro que por estos días se distribuye en Buenos Aires, no termina en el amor sufrido de la loca ni en la locura grotesca con que retrata al dictador y su mujer en ridículos y justicieros diálogos íntimos. Lemebel, la ex Yegua del Apocalipsis, ese grupo periférico de intervenciones culturales que marcó la resistencia de la década del ochenta, entona con su primera novela un bolero que navega el amor coqueteando con lo cursi, pero a salvo del paso del tiempo por alcanzar –con un barroco más pulido que el de sus crónicas– la tensión de un relato que se lee como historia política e historia de amor.

 

¿Cuál fue el caldo de cultivo de Tengo miedo torero?


–Es posible que en este primer intento de novela existan algunas citas a otras novelas que cruzan el romance homosexual con la ilusión política, pero no me habría bastado solamente la referencia homo-literaria como impulso. Creo que fue mucho más pulchinela la vivencia que tuve con los hechos, especialmente en el atentado al dictador. Eso motivó el síntoma novelesco del libro; primero mucha rabia, después el miedo y por último eldulce fracaso, todo esto encapuchado en la frágil burbuja del amor. El resto lo puso la crispada escenografía de la dictadura chilena, donde no estuvo ausente la música que amortigua la trama con su texto amoroso. 

Quizás desde el título, que es el nombre de una canción de Sara Montilla… 


–Yo no conocí esa canción y una travesti me la cantó una noche de copas. Me encantó lo indefinido del nombre: quién le tiene miedo a qué, me pregunté. Me fascinó esa premonición de arrobador susto.

 

¿Cómo ha sido la búsqueda de lo que llamas lo “colírico”, rozando en ese camino con los rastros machos de lo chileno, sin dejar de ser nunca chileno?


–Creo que esas palabras surgen de la urgencia de decir dos cosas al mismo tiempo. No se trata de algo espontáneo. Me parece que vienen de un imaginario marica que antecede estas fusiones. Yo digo y escribo “coliza”, “mariquilla” y otras palabras signadas por la homofobia, pero, al usarlas yo, en ese cambio de contexto se descargan de su agresión. Lo “colírico” puede entenderse como el verso que usan algunas maricas poetas para conquistar taxi boys sin pagarles.

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Sarita Montiel mira a Pedro Lemebel desde la tapa del disco de El último cuplé clavada en la vieja puerta de su cuarto mientras, acompañado de un amigo de años que “no tuvo que escribir porque fue siempre hermoso”, el escritor consagrado con papeles que tienen apenas unas horas se estira, vestido entero de plush negro y con botas al tono, contra los pequeños almohadones de su cama, en la antigua casa nueva, a la vuelta de El Toro. De su vida, de su mínimo pero inabarcable territorio en la Santiago inundada del final del otoño, se desprenden señales así de reiteradas, confirmaciones barrocas del estilo. En Lemebel, las marcas de lo propio y de su escritura pueden comenzar en el decorado capilar para continuar en lo alto del taco de la bota o en la austeridad cubana de su casa. La morada luce como si la hubieran hecho con las paredes del hotel de Barton Fink. Pasó cerrada unos treinta años, desde que murió la modista que la ocupaba con sus encantadores muebles de los cincuenta, y por eso se vio atravesada por las aguas de esta tormenta. “Espera niña, que me salió otra gotera, voy a tener que cortarle”, se excusaba Lemebel en esos días para concretar una entrevista que llevó casi la semana.

 

El estado de la casa, a la que comienza a reconstruir y le agrega piezas en poco tiempo, es de algún modo el estado de ánimo en el que el escritor quedó sumido después de la pérdida de su madre. A pesar de todo, como ocurrió con su paréntesis literario, la casa no se viene abajo, no luce derruida sino que mantiene el abolengo venido de la dignidad de aquella trabajadora independiente que la decoró con flores grandes y ya ocres en las paredes. Dos perlas: las lámparas de nácar que cuelgan a los costados de la cama; el texto sobre José y el puma que Pedro ha terminado de escribir después de cinco días. Lo lee ante su amigo Pablo y ante mí, desplazándose a lo largo de seis páginas en las que pueden verse, como en una fuente de fondo traslúcido, hasta los hilos de oro que cosen el complejo relato, un bordado desmesurado y elegante, algo así como los mejores lienzos que decoraba con su mano virtuosa la Loca del Frente para ganarse la vida.

 

¿Cuál es el estado de salud de la ajetreada crónica latinoamericana?


–Mira, aunque para muchos yo sería la señora de la crónica, no tengo mucha información de lo que pasa con este género bastardo de las letras latinoamericanas. Hay un cronista peruano de apellido Bedoya (Jaime) que escribió un libro que se llama Hay, qué rico. Me gustó mucho. Bueno, también Rodríguez Juli, Poniatowska, Blanco y Monsiváis, por supuesto, que es una referencia puntual para quienes nos dedicamos a cronicar este tiempo. No digo que Carlos Monsiváis es mi maestro porque eso es una pedantería servil; en cambio sí digo que por él y por su obra siento un cariñoso agradecimiento.

 

¿Cuáles son las innovaciones que la literatura chilena asume dentro del canon?


–Entrar y ser admitido con tus letras colifloras en la catedral de la literatura chilena no es nada fácil. Debe ser porque hablamos de la consagración fálica de hombres que escriben: Parra, Huidobro, Neruda, Lihn, etcétera. Y la excepción de Gabriela (Mistral) confirma la regla. Ahora, si pensamos en la innovación vanguardista de los ochenta, está marcada por un sectarismo artístico que a la larga fue distanciando a los lectores más indocumentados. A pesar de esto hay algunas mujeres que tienen un proyecto interesante, al igual que ciertos poetas jóvenes. Quizás yo no espero legitimidades tan doctas por mi palabreo escrito. Me interesa el desborde escritural más allá del libro, más allá de la biblioteca muda donde lo único que resuena es la palabra silencio escrita en un cartelito. Yo escribo con el ruido, con las bocinas, con el ritmo musiquero y los gritos de la calle. La concentración trascendental me provoca mareos.

 

¿Qué estás escribiendo?


–Lo que me tiene entusiasmado es un proyecto de libro sobre amantes peregrinos, sureños, peruanos, cubanos, allegados a la ciudad que se cruzan con mi pasar escritural y me mojan las sábanas. A ellos, la urbe los embriaga con su tornasol esquizoide. Para ellos, Santiago pareciera ser el edén de sus ilusiones laborales que propagandea el cartel chileno del desarrollo y la soberbia neoliberal. Y aquí mismo sucumben cuando ven expirar sus pobres sueños y terminan cesantes, prostitutos o chacreados en la riña callejera. Yo recojo esos excedentes y los animo con el mariconaje embriagado de mis letras. Sólo me falta un taxi boy argentino, de esos que ahora llegan por acá a precio de huevo. Creo que es la oportunidad para servirse de esas delikatessen apolíneas que antes mirábamos desde lejos como gatas colifloras frente a la carnicería.

 

¿Qué recuerdos tenés de tus viajes a la Argentina?


–Era la primavera del retorno democrático, recién asumido Alfonsín. Buenos Aires era una fiesta. Chile era una mazmorra, y algunos cruzábamos la cordillera para respirar un poco de libertad. El viaje lo hacíamos en bus, que era lo más barato, y en la frontera de Mendoza siempre me esperaba un policía vejete de enormes ojos celeste. Se subía al bus mirándonos de frente, como un perro que busca indicios de droga (los ojos azules tienen permiso del cielo para mirar de frente, creo). Y por esa vez yo esquivé su obscena mirada. De inmediato me bajó del bus y procedió a revisarme hasta el subterráneo del culo. Yo estaba seguro de que estaba limpio, pero uno nunca limpia bien sus bolsillos, y allí, con lupa, el cana encontró unas semillas y una corta de marihuana. Quedé detenido en una pieza con grandes ventanales donde se veía el blanco invierno cordillerano. En un patio, en la nieve, un camello de circo, también detenido por vacunas o algo así, compartía mi detención mirándome con indiferencia. Recuerdo que pasé ese mal rato mirándome a los ojos con el camello polar que parecía una imagen surrealista. Años más tarde, cuando leí a Deleuze, supe que eso se llamaba desterritorialización o devenir camello.

 

¿Cómo es la mirada que tenés ahora de un país que era toda una referencia cultural para los intelectuales y artistas chilenos?


–A pesar de los momentos duros que vive la Argentina, no se compara con la mueca hipócrita y liviana que le puso el neoliberalismo milico a mi pobre Chilito. Esta democracia negociada dejó un tufo a impunidad que no se soporta. El gobierno de Lagos ha sustituido las ilusiones sociales por las continuas explicaciones que le pasa dando a la derecha. A pesar detodo el descontento, la vorágine social y cultural de la Argentina es una pulsión movilizadora que habla de un país empobrecido, caótico, pero vivo, y sobre todo con las víctimas del genocidio milico relativamente dignificadas. Y eso que acá en Chile se oculta bajo la alfombra importada me parece un gesto ético y social con la memoria. En Chile no existe una gran película de la dictadura como La historia oficial; ni siquiera se ha dado en televisión Missing de Costa-Gavras. Todo lo que se ha hecho es ficcional, como si la cruda verdad de los hechos tuviera que colorearse para combinar mejor con el ánimo light de estos tiempos.

 

¿Cómo ve el papel que la ex Miss Mundo Cecilia Bolocco tiene en el menemismo que aspira a volver al poder?


–Hace un tiempo me llamaron de un canal de la TV argentina para entrevistarme sobre la crónica de Bolocco aparecida en Buenos Aires, pero me negué. Ahora creo que hice bien, porque es feo que yo aparezca hablando de una mujer. Muchos lo hubieran entendido como figuración, pica o envidia de maricón feo. En todo caso la crónica lo dice todo, y si quieren saber más, en Chile todos sabíamos de su adhesión por Pinochet, o de lo derechista que es su padre. También su cruel comentario sobre María Paz Santibáñez, una estudiante de música baleada por los militares. Con Viagra Menem parece que tienen una ambiciosa complicidad: él, exhibirla como partner con esa ordinariez recargada de oro, y ella disfraza su náusea con besos mezquinos para no estropear el maquillaje.


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