Aparecida Vilaça es docente e investigadora del Museo Nacional de Río de Janeiro. Su segunda casa hoy es un esqueleto. El incendio arrasó con las grabaciones con los indios Wari, su cámara de fotos, sus libros y la mesa redonda donde se juntaba con sus alumnos. "Hoy todos somos más pobres", escribe para denunciar la omisión que desde las políticas publicas generó la perdida de un invaluable patrimonio de la humanidad.



Como muchas personas en Brasil, estuve horas hipnotizada frente al televisor, pegada a las imágenes, viendo cómo el fuego consumía el Museo Nacional de Río de Janeiro la noche del domingo 2 de septiembre.

 

A diferencia de la mayoría de la gente, yo trataba de identificar en las escenas que aparecían en la pantalla la ventana de mi oficina. Tenía la esperanza de que no estuviera en llamas. Por teléfono, Rafael, uno de mis compañeros del Museo, me sacó del ensimismamiento: “¡Se está quemando, sí, Aparecida!”. Algunos libros, cintas K-7 originales (¡pero ya backapeadas! de mis grabaciones con los indios Wari’, con quienes trabajo desde hace 30 años), computadora, cámara de fotos, sillas, la mesa redonda que usaba para conversar con los alumnos, las paredes amarillas que yo misma había pintado e incluso las pequeñas esculturas de sapos instrumentistas, un recuerdo de mi colega y amigo Gilberto Velho. Todo se estaba quemando.

 

Son, lo sé, pérdidas pequeñas comparadas con aquellas de colegas que perdieron su biblioteca personal y todo su material original de investigación. Y son nada si se las compara con el acervo de objetos, registros lingüísticos y otros documentos que investigadores de todo el mundo habían depositado allí, por siglos, confiados en que estarían seguros para la posteridad. No lo estaban. Y no fue por una falla de los dirigentes del Museo, valientes directores que recorrieron incansablemente los distintos despachos del gobierno estatal y federal, donde fueron tratados como niños pidiendo un juguete nuevo y superfluo. Ellos sabían, todos sabíamos, qué pasaba dentro de esas paredes, y el estado en el que se encontraban: se estaban cayendo a pedazos, plagadas de agrietas, con termitas. Nadie desistía ni de trabajar en medio de la precariedad ni de pedir ayuda.

 

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Durante más de la mitad de mi vida fui casi a diario al Museo. Primero como alumna de maestría en antropología social. Después como alumna de doctorado. Luego -y con un orgullo incontrolable en el pecho-, como profesora de ese Programa de Postgrado en Antropología Social, el más antiguo de Brasil, que fue creado en 1968, en plena dictadura, por profesores visionarios decididos a generar espacios de discusión y hacer ciencia en medio del caos político.

 

Antes del fuego, preparábamos la conmemoración de nuestros 50 años de vida. Durante medio siglo nos mantuvimos como uno de los mejores programas de postgrado en antropología de Brasil y del mundo. Hablar del Museo Nacional en cualquier ambiente académico abre las puertas y suscita respeto inmediato. Hoy eso se refleja en la avalancha de mensajes que recibimos de colegas de todo el mundo, consternados, ofreciendo ayuda, libros, salas de clase.

 

A la mañana siguiente, parados delante del esqueleto del palacio, todavía veíamos salir el humo de una de las salas que dan al frente. Los pedazos de papel eran identificables en medio de las cenizas que flotaban. Por seguridad, los bomberos no nos dejaron entrar. Consternados, conjeturábamos sobre si eso o aquello podría haber quedado en pie. Pero sabemos que ya no tenemos nada: ni paredes, ni salas, ni acervos, ni libros, pues nuestra biblioteca, la más importante de América Latina en antropología, se quemó por completo.

 

Nosotros, los profesores de antropología, doctores y post-doctores, investigadores del más alto nivel del Conselho Nacional de Desenvolvimento Científico e Tecnológico (CNPq), científicos de la Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado do Rio de Janeiro (Faperj), con premios, medallas y un enorme reconocimiento internacional, ahora somos una banda nómada de funcionarios de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Ayer, delante del museo quemado, nos reunimos debajo de un árbol para decirnos, garantizarnos unos a otros que al menos estamos juntos. Y con nosotros estaban los empleados y alumnos y ex-alumnos.

 

¿Cómo no emocionarse al ver a esos muchachos y muchachas, tan jóvenes, llorando, abrazados? Ellos están decididos a continuar, igual que nosotros. Y no piensen que sus condiciones allí eran las mejores: buena parte se encontraba sin becas y sin ningún dinero para la investigación, consecuencia de los cortes radicales impuestos por el gobierno. Y la investigación es la base de nuestro trabajo. Los antropólogos van a lugares que quedan lejos, viven con otras culturas y otros pueblos durante meses y vuelven a contarnos lo que aprendieron en sus tesis, artículos, libros. Por ellos se vislumbran otras formas de vivir, tenemos acceso a conocimientos preciosos, saberes, técnicas, lenguas. Por ellos se registran otros mundos, algunos de ellos en vías de desaparecer, más ahora, después de que sus registros quedaran bajo llamas. Ese conocimiento se pierde para nosotros, para nuestros descendientes y para los propios pueblos. Muchas personas llegaban al museo para conocer objetos producidos por sus ancestros o descubrir la lengua que ya no saben hablar.

 

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Todos somos más pobres hoy, incluso los gobernantes y políticos que no tienen noción de la gravedad de lo que pasó y dan entrevistas para hablar sobre reconstrucción como si eso dependiera solo del dinero que, ahora, milagrosamente, comienza a aparecer. Si el palacio imperial puede, quizás, ser recuperado, lo que estaba dentro de él, jamás. Ningún dinero podrá comprar nuestro acervo; esos objetos, registros, documentos, grabaciones, no existen más en ningún lugar del mundo.

 

Frente al esqueleto que es hoy nuestro museo me vino la imagen de una inmolación, de alguien prendiendo fuego su propio cuerpo como protesta, como revuelta por tantos malos tratos y descuido. Leímos su mensaje silencioso y vehemente. Y lo consolamos de la forma que nos fue posible, rodeándolo con un abrazo. Los profesores, funcionarios y alumnos que conseguimos entrar esquivando policías que lanzaban bombas y empujaban a las personas aglomeradas en la puerta de entrada, abrazamos a nuestro muerto, acariciamos el cadáver de nuestra casa.

 

Tener a mis alumnos al lado, verlos fuertes, de la mano, esperanzados, cariñosos, me hizo ver una faceta bella del caos y encendió mi esperanza en el futuro. Un país en ruinas, corrupto, sin respeto por la educación y por la cultura, y esos alumnos que muestran que lo que experimentan ahí es crucial para sus vidas y que están dispuestos a luchar. Sepan, alumnos queridos, que con ustedes viví algunos de los mejores momentos de mi vida, que aprendí más de lo que enseñé y que estoy lista para continuar. Daremos clases bajo los árboles de nuestro jardín, si hace falta.

 

Este texto fue publicado originalmente en Nexo con el título Um museu em chamas visto por uma de suas antropólogas. Y luego fue traducido por el Colectivo de Soutien au Museu Nacional. 

 

 

 


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