La profesora en filosofía y magister en Sociología de la Cultura María Marta Quintana estaba en un coloquio en el Instituto de Diversidad Cultural de Bariloche cuando escuchó que el volcán chileno había entrado en erupción. Suspendió todo y fue al supermercado a comprar comida: quedaba poca. A diferencia de la explosión del Puyehue en 2011, hoy la gente sabe lo que puede pasar, dice. Bajo una nube de ceniza que parece talco, con barbijos o encerrados escuchando la radio, los habitantes del sur argentino viven entre el temor y la incertidumbre.



Foto de portada: Pablo Lamas

 

 

—Explotó el Calbuco —dijo Marcia en voz muy baja.

 

Eran las siete de la tarde de ayer, estábamos en un coloquio argentino chileno en el Instituto de Diversidad Cultural de Bariloche y lo dijo como si no importara.

 

—Tranquilos. El viento va para el norte y lleva las cenizas hacia Chile.

 

¿Tranquilos? Explotó el Calbuco.

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Y esa frase que abrió un entremedio entre el caos y la necesidad de mantener la calma. El debate estaba terminando, me empezaron a temblar las piernas. Entre risas forzadas, con Alejandro, mi director de tesis que estaba de expositor en el Coloquio, salimos rumbo al supermercado. Explotó el Calbuco. Había que comprar arroz, fideos, cebollas, tapas de tarta (hojaldrada, obvio), agua (ya no quedaba: alguien se la había llevado antes), leche (ya no quedaba); velas (ya no quedaba, aunque encontramos una linterna china); comida para perros y un vino (para bajar la tensión). ¿Era necesario todo eso? A esa altura no había calma posible. Explotó el Calbuco y para mí el supermercado se había transformado en una cadena compacta de metonimias, así lo veía yo: interminables colas para pagar, que imposibilitaban alcanzar las góndolas, y changos repletos de víveres –seguramente con artículos más aptos para sobrevivir que los míos. ¿Cuáles son los artículos más aptos para sobrevivir cuando el Cabulco explota?

 

Llegamos a la casa. El cielo estaba estrellado; o sea, que la ceniza no había venido… sin embargo, la nube estaba ahí. Explicita y amenazante, imponente y agresivamente bella.

 

Por ahora este volcán no es como el anterior; o mejor dicho, por ahora sus efectos sobre Bariloche no son como los del Puyehue.

 

Ese 4 de junio de 2011, paseábamos por el circuito chico, a eso de las dos de la tarde, cuando empezó a oscurecer. En menos de una hora, noche cerrada: tierra caliente cayendo del cielo. No sabíamos qué era. Ninguna información, ninguna advertencia, ninguna prevención. Todavía nadie había dicho: “Explotó el Puyehue”. Pero en pocas horas cayó arena volcánica. Toneladas de arena volcánica. Toneladas grises y secas. Ya sabíamos, para las 5 de la tarde, que era un volcán.

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Explotó el Calbuco. Pero no es lo mismo que la explosión de Puyehue. Por ahora tenemos ceniza fina suspendida en el aire (el olor es muy fuerte, mezcla de azufre con algo más: una sensación extraña, como de tierra que se te pega a la garganta). Y tenemos (al menos una) experiencia anterior. Sabemos que y qué pasa. Sabemos que estamos en una zona volcánica y que estas erupciones forman parte de la agencia no-humana. La naturaleza actúa, se comporta. No descarga su ira ni castiga a nadie: muta. Como todo en todo proceso vital, se transforma. El problema es el segundo sentido, el que hace no al fenómeno ‘natural’ sino al social. El que a mí, por lo menos, me hizo –y me hace- temblar las piernas. La infraestructura que permite –o no- asegurar buenas condiciones para atravesar estos momentos. Cuando erupcionó el Puyehue, la información radial era confusa; hoy, eso cambió. Se dan consejos de prevención; información vinculada con visibilidad y tránsito; se entrevistan expertos; se mantiene informada a la comunidad sobre cuestiones vinculadas con escuelas, dependencias de estado.

 

Nos encuentra mejor posicionadas/os. Incluso la intendenta Martini, ayer, en conferencia de prensa aseguró que el comité de emergencia se encuentra preparado y respaldado por la ‘experiencia Puyehue’. Sin embargo, algunas noticias se repiten como en un delay que llega desde el 2011. Los barbijos ya se transformaron en un objeto de consumo muy preciado; en un fetiche, que pronto se volverá fantasía para muchos/as. Hay quienes dicen que se están vendiendo entre cincuenta y ciento diez pesos.

 

El aeropuerto se cerró ayer mismo. Pero no estamos ‘sitiados’, ‘varados’ o ‘atrapados’. Digo esto pensando en eso de que las crisis son momentos de oportunidad, y aunque no siempre sabemos bien para qué, es una idea alentadora, optimista. Para mí se trata de la oportunidad para pensar otras metáforas (no trágicas) para una contingencia que hay que atravesar de la mejor manera posible. (Y propongo pensar otras porque no creo que sea posible soltarnos de ellas). 

 

El Calbuco explotó, y como todo imprevisible vino a alterar el curso ‘normal’ de las cosas. Y este imprevisto, que, a diferencia del Puyehue, pudo ser  enunciado desde el comienzo –quizás haya sido Marcia la primera que lo puso en palabras, aunque nunca lo sabremos-, nos vuelve a poner de cara a la necesidad de construir sentidos y acciones  políticas, sociales, que nos permitan afrontar comunitariamente los efectos del volcán, sin quedar librados  a ‘iniciativas’ individuales.

 

Fotos de interior: Adrián Copertari, Comunicación Gobierno de Río Negro


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