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Jueves 22 de Noviembre de 2012

Facundo Moyano: más allá del padre

En 2002, en un asado, Facundo Moyano conoció a la otra mitad de su familia. Hasta entonces, su padre Hugo era al menos una figura ausente. En esa sobremesa comenzó el acercamiento al padre, y la búsqueda de su reconocimiento como hijo. Con ello inició su meteórica carrera sindical y política. A los 19 años ya era delegado gremial: a bordo de un auto –y con el poder del apellido- conquistó los peajes bonaerenses hasta tener su propio sindicato. El cronista Diego Genoud y el sociólogo Nicolás Damín investigaron, reportearon, discutieron y construyeron el perfil del joven diputado de 27 años, gremialista y presidente de un club de fútbol, que cimienta su poder tensando un arco ideológico que va de Rucci a Tosco.

En 1995, Facundo Moyano tiene 10 años, vive en su casa de Mar del Plata y, junto a su hermano Huguito de 11 y su mamá, no se pierde algunos programas de la televisión. No son dibujitos animados. No es la novela ni la serie de moda: Facundo mira a su papá, el secretario de la Confederación General de los Trabajadores, que de tanta marcha, de tanto acto sindical, sólo se hace presente en ese barrio marplatense de vez en cuando. No importa que lo visite cada tres, cada cuatro, cada seis meses: ese es el héroe, su padre. Ha sido camionero. Los camioneros siempre faltan de sus hogares.
—Nosotros lo tenemos todo grabado —dice ahora.
Las marchas, las movilizaciones, las ollas populares, el Confederal de 1996 en el que Camioneros y la UOCRA se enfrentan a tiros, la marcha federal con De Gennaro y el Perro Santillán, la pelea en la calle contra la reforma laboral de la Alianza. Todo está grabado en los archivos de Facundo Moyano.
Ahora esas imágenes vuelven; y ya no dicen lo mismo.
En un clan como el de los Moyano la política y la historia se confunden.
Los hermanos Facundo y Pablo, de madres distintas, no se criaron juntos. Hasta el mediodía del 2002, cuando se conocieron en un asado, nunca se habían visto. Facundo tenía 17 años. Pablo, el mayor de siete hermanos, 32. Y no sabía que Facundo existía.
—Yo soy hijo de un matrimonio que nunca fue. Nací en Mar del Plata, me crié con mi vieja. A mi viejo lo veía cada tanto, cada tres, cuatro, cinco o seis meses. Él trabajaba acá y tenía otra familia. Mi viejo estuvo muy poco presente hasta que se blanqueó la situación. Ahí conocí a los hijos del primer matrimonio, Pablo, Paola y Carina, y a Emiliano, que falleció el anteaño pasado. Yo me crié con mi hermano Huguito.
Huguito es hoy el abogado del sindicato de peajes.
¿Vos lo admirabas entonces a tu viejo?
— Sí, era un padre ausente, pero presente siempre por mi vieja: siempre nos hablaba de él, de cómo era, inclusive nosotros sabíamos de la existencia de nuestros hermanos, pero ellos no sabían de nosotros.
Aquel asado “informal” del año 2002, fue el punto de giro en la historia de un hombre, de una familia y, tal vez, de lo más visible del joven sindicalismo actual.
Aquel día, a Facundo Moyano se le abrieron las puertas de un intenso vínculo filial.
Pero también, y sobre todo, las puertas de la política.

***

“Un personaje trágico, desgarrado entre dos lealtades”. Así lo definió, en junio de 2012, el periodista de Página 12 Horacio Verbitsky en una columna dominical del diario. Ese día, Facundo Moyano, diputado del Frente Para la Victoria, estaba en Mar del Plata. Tres días después, a la salida de un homenaje a Alvarado, el club de fútbol que preside, se refirió a ese comentario: “Estamos ante una cuestión muy grave para el país que el gobierno debe atender con total responsabilidad. Como diputado nacional y teniendo una responsabilidad institucional en el Frente para la Victoria estoy preocupado y me siento atrapado entre esas dos lealtades”, dijo. Se refería al conflicto entre el gremio de Camioneros (dirigidos por su padre) y el gobierno nacional (de su partido) durante el bloqueo a una refinería en La Matanza. Un rato después recibió en el celular un texto desde Buenos Aires: “Yo-tengo-una-sola-lealtad”. 
Era un mensaje de su hermano Pablo. Las esquirlas de dos vidas separadas en lo familiar, en lo político, en lo ideológico, se concentraban en cinco palabras con forma de reproche. Pablo ya se había quejado ante los periodistas, en las puertas de la YPF La Matanza, de que cuando los gendarmes y los camioneros dirimían el poder cuerpo a cuerpo y el gobierno denunciaba a los Moyano por coacción agravada, Facundo no estaba.
—Mi hermano usa camisita y va a la tele pero nunca está cuando la cosa se pone espesa—dijo.

***

Facundo Moyano es leído de cien maneras.
Para los medios es un chico bien vestido que habla correcto y ofrece títulos picantes. Que desafía al kirchnerismo y traduce las pretensiones de ese sindicalismo que encarnan Hugo Moyano y sus gremios incondicionales. Un pibe capaz de seducir a una platea mucho más amplia.  
El kirchnerismo duro lo percibe como un apéndice de su padre (hoy aliado de Clarín y toda la derecha) y uno más en la legión de los que no entienden el proceso político que lleva adelante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Así se lo muestra en la edición del programa oficialista 678 que funde las fotos recientes de Moyano padre con Eduardo Duhalde y con Mauricio Macri.
Visto desde la izquierda, Facundo Moyano es un oxímoron; una contradicción que no vale la pena tomar en serio: aunque hable el lenguaje de una izquierda peronista incluye en su ancha reivindicación a figuras de la derecha anticomunista. Lo acusan de aferrarse al dogma de la defensa de los trabajadores sin haber vivido nunca lo que sufre un verdadero laburante.
Luego, los miembros del Sindicato Único de Trabajadores de Peajes y Afines (Sutpa), del que es Secretario General hace siete años, los cuadros de la nueva Juventud Sindical, los que apuestan por él, creen que es lo mejor que les podría haber pasado: la posibilidad de una dirigencia sindical que está naciendo y tiene una proyección de 30 años en la Argentina.
Así, un hijo se convierte en el personaje más tenso de la Argentina política. En el metro ochenta de su cuerpo amasado cada día en el gimnasio hace presión un torrente de opciones que invocan el útero materno del peronismo pero lo trascienden. Tras el divorcio entre el kirchnerismo y el moyanismo, Cristina trata a Moyano como Néstor trataba a Magnetto, el CEO del Grupo Clarín. La política argentina, donde de pronto algo —que no sabemos bien qué es— pasa y un aliado de hierro se convierte en escorpión.
El 15 de octubre de 2010, en un acto en cancha de River con Néstor, Cristina y más de cien mil trabajadores, Hugo Moyano dijo: “Tenemos que concientizar políticamente a los trabajadores para tener a un trabajador en la Casa de Gobierno”.
Facundo todavía no cumplió 28 años, hace diez que empezó a concientizarse políticamente y le gustaría ser ese presidente del que habló su padre hace dos años.
—Eso le interesa a cualquiera que está en polítca. De ahí a que trabaje para eso... hoy yo no. Me imagino, por supuesto, se me pasó por la cabeza. Es natural —dice Facundo sentado en su oficina del Sindicato de peajes con la remera de Felipe Vallese y los zapatos sobre el escritorio. Además de sus pies, descansan sobre la madera recortes de diarios, y diarios enteros con algunas notas resaltadas en marcador amarillo.
La pelea entre Cristina y Hugo quemó etapas y convirtió a Facundo en una figura central de la coyuntura: el nuevo rostro del moyanismo. La contradicción es su esencia y, quizás, también su estrategia. Mientras más dice que la sufre, más crece Facundo.

***

Facundo le agradece a su padre, la figura política que más admira, ese impulso feroz hacia el centro de la escena. Es la misma figura, antes ausente, que ahora le marca la cancha con litros de cal. Facundo sabe que el piso desde el que parte es elevado y que pensar en el techo es prematuro, al menos hoy.
Llegó rápido a posiciones de poder gracias a la dimensión política de Hugo: primero como dirigente, después como vocero calificado, más tarde como diputado. Fue por más: edificó la Juventud Sindical, el brazo político generacional que acompaña a la Corriente Nacional del Sindicalismo Peronista. Todas siglas de la jerga del peronismo institucional que expresan la misma pretensión: el salto a la política y el arribo al Estado.
Sobre el cuerpo del hijo rompen las olas de un pasado que todos reescriben a su gusto. Porque el moyanismo más joven entiende y también se larga a disputar lo simbólico con el kirchnerismo. Es la historia de un movimiento obrero con grandezas y miserias que regresa al presente. Por eso hoy, esta tarde de agosto, aquí en el Luna Park, en un acto de la Juventud Sindical, un actor caracterizado de obrero peronista baja desde las alturas tocando el bombo, música fusión en vivo, mientras nombres y fotos de dirigentes clasistas y burócratas sin épica se encadenan en la pantalla. Agustín Tosco y José Ignacio Rucci, Jorge Di Pascuale y el Momo Venegas, Néstor Segovia y Saúl Ubaldini. Hugo Moyano aparece como el hilo conductor de esa variedad justicialista.
En las pantallas, aparecen esas imágenes que Facundo comenzó a grabar cuando tenía diez años. Es la épica musicalizada del moyanismo. Detrás del telón, los militantes del facundismo hacen una fila antes de salir al escenario.

Los actos del sindicalismo, de unos años a esta parte, son más o menos iguales: dos discursos, un video, un poco de historia y la marcha peronista en la versión del cantante de tangos Hugo del Carril. Facundo y los suyos creyeron que era hora de hacer algo diferente.
—Entendimos que era un acto para trabajadores, que no todos eran peronistas y que, con otras formas, les podría entrar más el peronismo en el sentido simbólico. Estamos construyendo un relato diferente. Y a diferencia de lo que dijo (Beatriz) Sarlo en La Nación, no construimos un relato para avalar nuestros actos, nosotros el relato lo construimos a partir de que venimos de un lado: no nacemos por una necesidad política, nacemos por una necesidad histórica, como sujeto de la historia –se entusiasma el diputado Moyano en su despacho sindical.
Facundo se va por las ramas, vuelve sobre sus dichos. Para corregir, para matizar, “para que se entienda”. Tiene 27 años, pero habla como si hubiera vivido también la vida de su padre. Su discurso podría sonar pretencioso, grandilocuente.
—Nosotros somos los 30 mil desaparecidos y somos José Ignacio Rucci —dice y la historia choca y vuela por los aires.  
Facundo se lo explicó a Pablo Ferreyra, un año después del asesinato de Mariano, sentados en esta misma oficina, que es casi un altillo colmado de fotos, libros y banderas de Sutpa.
—Yo tengo que defender todo esto. Tengo que cubrir todo este arco —y le señaló el cuadro de Rucci sobre el que pegó, en un costado inferior, la foto de Tosco.
—Es un arco difícil de cubrir, es complicado. Te van a meter un gol ahí —le respondió Pablo. 

Continúa en la página 2

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