Los trabajadores argentinos volvieron a las calles. Lo hicieron en defensa de la industria nacional y contra los despidos. El descontento de “las bases”, de los delegados de planta y de las juventudes sindicales aumentó de un año a esta parte. Sin la potencia de un dirigente como Moyano, la conducción tripartita de la CGT mide cada paso, construye alianzas políticas y sociales pero pierde legitimidad hacia adentro del movimiento obrero al anunciar un paro con fecha imprecisa.



“Nos dicen que van a venir casas chinas”, dijo Héctor Daer, uno de los secretarios generales del triunvirato de la CGT, casi al final de su discurso desde un escenario montado frente al Ministerio de la Producción. Dos horas antes, a ocho cuadras, Orlando Ubiedo, del sindicato de Ladrilleros, 76 años, la cara surcada, gorra y pechera color naranja, habló de las casas chinas: “Tenemos la amenaza de que quieren traer un millón de casas chinas prefabricadas, traerlas hasta con los obreros chinos”. El ejemplo funciona como el colmo de la apertura a las importaciones: por la aduana pasan juguetes, computadoras, ropa, calzado y también casas. Las consignas que convocaron a decenas de miles de trabajadores a marchar por el centro de la ciudad de Buenos Aires hicieron eje en el rechazo a la política económica, los despidos y las suspensiones y la defensa del empleo y la industria nacional.

 

El gremio de los ladrilleros es una organización con 2.500 afiliados distribuidos en 15 provincias. Un gremio de los considerados “chicos”. Algunos ladrilleros trabajan en relación de dependencia y otros por cuenta propia, en hornos pequeños que luego se asocian en cooperativas. Como en Villa Dolores, Córdoba, donde se asociaron 70 hornos. Un ladrillero cobra u nos 12 mil pesos por 40 horas semanales, según el convenio.

 

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—Estamos mal. Mucha gente que se hacía una casita, una pieza, todo eso está parado. Hay hornos que tienen 3 millones de ladrillos en stock y no los venden.

 

Entre la veintena de ladrilleros que aguardaban en la Avenida Belgrano había votantes de Cambiemos. Como los había en las numerosas columnas de trabajadores de la UOM de Vicente López. O entre los trabajadores de UPCN Salud. Caminaban al lado de otros que portaban banderas argentinas con la leyenda: Yo no lo voté. Por la misma avenida, militantes del peronismo de avellaneda vestían unas remeras batic que en el pecho decían: No fue magia.

 

—En las asambleas los compañeros dicen que están arrepentidos, que la plata no les alcanza —dice Ubiedo.

—¿Qué más dicen?

—Que habría que hacer un paro, ¿no? 

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La marcha fue, quizás, tan masiva como la del 29 de abril de 2016. El clima, muy distinto. La temperatura de “las bases”, de los delegados de planta, de dirigentes de seccionales de los distintos gremios, de las juventudes sindicales, está unos grados más arriba que hace un año y varias líneas por encima del termómetro del palco desde el cual habló el triunvirato que conduce la CGT.

 

La CGT tampoco es la misma. El triunvirato conduce pero no enamora. Y fue elegido para liderar la central obrera por cuatro años. Dentro de la CGT reunificada conviven tres sectores que difieren en temas variopintos: desde cómo plantarse frente al gobierno hasta cómo normalizar las delegaciones regionales de la central obrera. Hasta dirigentes otrora cercanos, como Juan Carlos Schmid y Pablo Moyano han hecho públicas sus diferencias. Y hay más: dentro de la CGT, pero sin ocupar cargos, está el grupo de la Corriente Federal de los Trabajadores, que lidera el bancario Palazzo. De origen radical, Palazzo creció en la consideración de los trabajadores -bancarios y no bancarios- por su enfrentamiento con el gobierno y los salarios conseguidos en paritarias. Otro grupo, que no formó parte de la reunificación de la CGT ni de la marcha es el llamado Movimiento de Acción Sindical Argentino: ferroviarios, metalúrgicos (SMATA) y los taxistas de Viviani, entre otros. 

 

Un joven dirigente de SMATA contó por Whatsapp: “Una lástima que no estuvimos. Esta semana suspendieron a 350 compañeros en General Motors. Querían despedir a 400. En VolskWagen ahora tenemos 600 suspendidos y un panorama complicado hacia adelante”.

 

No hubo canciones entonadas por toda la multitud, sino los clásicos cantitos de pertenencia a las organizaciones. Cada sindicato fue con sus micros, bombos, trompetas, banderas, globos y zepelín inflados con helio. Más de cuarenta puestos de chori, bondiola y paty, repartidos a lo largo de la Avenida Belgrano, garantizaron el almuerzo de los trabajadores sindicalizados y de los oficinistas que pasaron por la zona.

 

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Sobre Diagonal Sur y calles aledañas se escuchaba cada tanto: “¡Paro general! ¡Paro general!”. Lo gritaban fuerte los trabajadores de sindicatos nucleados en las otras centrales obreras (CTA de los Trabajadores y CTA Autónoma) pero también desde algunos gremios enrolados en la CGT. El grito estalló segundos después de que Carlos Acuña, uno de los miembros del triunvirato, comenzara a hablar. No le alcanzó con felicitar a los trabajadores por la convocatoria, con decirle basta de manoseo al gobierno nacional, con llevar el apoyo “a los docentes y su justa causa”. Habló de inflación y paritarias sin piso ni techo y cerró: “Si el gobierno no da respuesta, esta CGT le va a poner fecha a un paro en marzo o principios de abril”. No hubo silbatina generalizada, sí silbidos y pocos aplausos. 

 

Siguió Juan Carlos Schmid, del gremio de Dragado y Balizamiento, reconocido por muchos como un muy buen cuadro del sindicalismo argentino. Schmid -el gesto adusto, el dedo índice para enfatizar cada frase- tomó nota del clima que se vivía abajo del palco y fue directo al grano: “No vinimos aquí a dilatar nuestra propuesta. Vinimos a anunciar que habrá medidas de fuerza en Argentina hacia finales de este mes”.

 

Schmid resumió el diagnóstico que las centrales obreras vienen haciendo desde hace meses: hablan de brotes verdes y mientras esos broten crecen, los problemas los sufrimos los trabajadores; tenemos despidos, suspensiones y pérdidas de salario; el cambio fue muy veloz para las demandas de los grupos económicos y muy lento para los débiles; los CEOs nos dicen que nos jodamos porque nacimos en una barriada pobre, que nos aguantemos la malaria.

 

Desde la calle se pedía más. La solidez del diagnóstico se desvanece en el aire cuando, ante una multitud de trabajadores y trabajadoras descontentos, se habla de paro general pero no se precisa una fecha.

 

Héctor Daer, el tercer y último miembro del triunvirato en hablar, fue breve como sus compañeros. Repitió algunas líneas del diagnóstico, pero en el momento de hablar del paro se enredó en sus propias palabras: “Si no hay rectificaciones el consejo directivo de la CGT ya tomó la decisión de hacer un paro de 24 horas. Y lo vamos a hacer en los mismos términos y plazos que está decidido hacerlo antes de fin de año, perdón antes fin de mes. Compañeros, va a haber paro, pero el paro tiene que ser como esta marcha, acompañado por todos los sectores de la sociedad”.

 

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Desde abajo, un grupo gritaba “poné la fecha, la puta que te parió”. Daer respondió: “Compañeros, no tengan dudas, si el gobierno no rectifica habrá paro en los primeros días de abril”. Algunos silbaron, otros permanecieron indiferentes, en ambos grupos había de todo: juventudes sindicales, jóvenes kirchneristas, algunos sin identificación que lograron llegar cerca del escenario. Daer terminó así: “Si no hay rectificación, ¡vamos a parar el país 24 horas compañeros!”.

 

Poco aplauso, más silbidos, mucha indiferencia. Cerró la voz del insuperable Hugo del Carril cantando la marcha. 

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Nahuel Gómez es delegado de Banghó en la planta de Florida, Vicente López. Tiene 30 años y es afiliado a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). De los cinco días que debe trabajar por convenio, solo lo hace dos: los otros tres días permanece suspendido. Cobra el 60% del sueldo. En la misma situación están otros 183 trabajadores de la planta. Banghó es, para el gobierno y para los gremios, un caso testigo.

 

En enero la empresa anunció el cierre de la fábrica. Dijo que la eliminación del arancel del 35% para la importación de productos informáticos le impedía competir. Banghó es una de las empresas amparadas por el Programa de Transformación Productiva, lanzado en noviembre en el marco de la mesa de Diálogo de la Producción y el Trabajo. El programa prevé la asistencia técnica y financiera para “las empresas que necesiten mejorar su competitividad con la idea de generar nuevos negocios, insertarse en nuevos mercados y crear empleo”.

 

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—Nos ofrecieron ser relocalizados en otras empresas pero cuando preguntamos a qué empresas no saben qué contestarnos. Dijeron que íbamos a ser ubicados en una empresa de electrodomésticos de Cañuelas pero la realidad es que eso nunca pasó.

 

En Banghó se ensamblan tablets, laptops y PC de escritorio. También se producen mothers y memorias. Un trabajador de la categoría más baja cobra un sueldo de 9 mil pesos en mano. Hay otros trabajadores de 13 mil y algunos ingenieros que llegan a 16 mil pesos.

 

Parado en la Diagonal Sur, a metros del escenario, Gómez sostenía una bandera con el reclamo de los trabajadores de Banghó. No considera que Macri lo haya defraudado porque él no lo votó. Tampoco votó a Daniel Scioli. En 2015 no fue a votar: ninguno lo convencía.

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Los sectores industriales, en su mayoría PyME, más afectados por la caída de la actividad son los del caucho, plástico, indumentaria, textil, cerámica, papel, cartón, calzado, marroquinería, químicos, entre otros. La Federación Económica de la Ciudad de Buenos Aires (FECIBA), que reúne a pequeñas y medianas empresas, afirma que “en 2017 se perdieron más de 150 mil empleos”.

 

El gobierno habla de una recuperación despareja o de sectores que comenzaron a reactivarse. Mencionan el caso de la agroindustria, una de las actividades a las que apostaron Macri y su equipo, junto con la minería, por ejemplo.

 

A pesar de que en la actividad no se registran despidos ni suspensiones, la seccional Olavarría de la Asociación Obrera Minera Argentina (AOMA) participó de la marcha. Desde la fábrica de Loma Negra (donde el gremio tiene casi 2 mil afiliados) y otras empresas de la región viajaron a Buenos Aires en solidaridad con otros trabajadores.

 

—Estamos trabajando como en el 2015, al mismo ritmo. Hubo algún caso de suspensión pero se pudo resolver rápido —explicó Jorge,  trabajador de Loma Negra.

 

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Distinto es el caso de los trabajadores rurales. Conducidos por el Momo Venegas, no solo no se movilizaron sino que rechazaron la marcha y las alianzas políticas y sociales de la CGT. Cada vez más metido en los armados bonaerenses de Cambiemos, Venegas viajó con Macri a España y luego lo ayudó a descomprimir el conflicto con los productores yerbateros. 

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Hasta el momento previo a los discursos, apenas había habido algún enfrentamiento entre delegaciones de Camioneros, nada grave en comparación con escenas pasadas: un par de bifes, alguna botella de gaseosa que voló de un lado al otro. La famosa fecha del paro era un tema de conversación en todos los rincones donde se agrupaban trabajadores. Un grupo de afiliados a la UOM La Matanza aseguraba que la fecha era el jueves 30 de marzo y que se anunciaría desde el palco.

 

¿Una fecha concreta podría haber descomprimido la tensión? Quién sabe. “Está todo atado con alambre -explicó un dirigente de ATSA, el gremio de Sanidad que lidera uno de los triunviros, Héctor Daer-. Para esta movida sumamos organizaciones sociales, pequeños empresarios, a todo el arco peronista. Pero no hubo tiempo de hacer más sólidas las alianzas, no hay tanta gimnasia de esta CGT armando actos y marchas con otros sectores, ni siquiera se dijo lo mismo en los discursos. La suma de todo eso más la molestia real que tienen los compañeros, terminó en esto. Y pudo ser peor”.

 

El final del acto mostró a algunos dirigentes increpados al bajar del escenario. Más de uno se refugió en la sede del sindicato de Comercio. Mientras se desconcentraban las columnas más importantes de los sindicatos (Camioneros, UOM, estatales de UPCN) el escenario fue ocupado por algunos militantes de “Resistiendo con aguante”, trabajadores de la línea 60 de colectivos y otras agrupaciones. Un joven cantaba agitando un cartel de “Paro Ya” y otro se subió a atril con una remera con el rostro de Milagro Sala. Hubo algunas corridas, manotazos, empujones. Nada del otro mundo. Los canales de noticias trasmitieron en directo los desmanes cercanos al escenario. A 50 metros, las columnas de trabajadores, cada cual detrás de su bandera y sus referentes, caminaban por Diagonal Sur rumbo a la Avenida 9 de Julio.

 

Sergio, un delegado de fábrica del gremio de la Alimentación, dio su hipótesis para explicar las escaramuzas del final: “Todo bien con sumar kirchneristas, cámporas y todo eso. Pero el palco y los cien metros a la redonda los tenés que manejar vos. Ahí falló la organización. El lugar ya era malo y no hubo los controles que tenemos siempre, ya venía mal barajada la cosa. Diez, veinte loquitos, te pueden pudrir un acto. Cualquier compañero sabe que un acto no termina cuando terminan los discursos: termina cuando todos nos desconcentramos”.

 

Hasta ese final desprolijo y con cruces, en las calles habían convivido en paz sindicalistas y, por ejemplo, militantes de La Cámpora. Una columna de Camioneros se cruzó sin problemas con una columna de La Cámpora que iba hacia la avenida de Mayo. La diferencia de clima fue entre el palco y la multitud. La falta de precisión sobre la fecha de la convocatoria al paro frustró el deseo de muchos. Otros se fueron conformes con la demostración de fuerza de los trabajadores.

 

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Los sindicalistas son tiempistas como Roberto Ayala en sus mejores años. Algunas veces Ayala llegó tarde a un cruce y quedó pagando. Los que saben, los que estudian el movimiento sindical argentino, dicen que para convocar a un paro general la conducción no solo necesita legitimidad gremial sino también volumen político. La marcha fue multitudinaria y el sindicalismo mostró de nuevo un poder de movilización y organización que pocos tienen. Marcharon también sectores del Partido Justicialista, del Frente para la Victoria, de partidos de izquierda y de las organizaciones sociales. ¿Alcanza? Quién sabe. De algo no hay duda: no hay dirigentes, ni palcos heterogéneos, capaces de llenar el vacío inmenso que dejó Hugo Moyano.

 

Fotos: DyN


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