Solas, en grupos, con sus sindicatos, en organizaciones sociales, la marcha del Día de la Mujer fue masiva en Buenos Aires y se multiplicó en 50 países. El paro y los reclamos devolvieron el carácter combativo a la fecha y puso al poder femenino en la calle. Cuando todo había terminado, la alegría siguió en los alrededores de la Plaza de Mayo hasta que policías uniformados y de civil detuvieron a 15 mujeres. La brutalidad de los arrestos dejó a cuatro internadas.



Foto de tapa: Pablo Caprarulo

Fotos de interior: Constanza Niscóvolos

 

La tierra tembló, y eso molestó. Cerca de la medianoche, con los alrededores de Plaza de Mayo casi vacíos y mojados por un diluvio que esperó a que terminara la marcha del #8M para caer, por lo menos 15 mujeres, entre ellas las periodistas Laura Arnés, de Página/12, y Violeta Arzumendia, de la colectiva Menifiesta, fueron detenidas a los golpes por personal de la flamante Policía de la Ciudad. Los mensajes por WhatsApp y por las redes sociales circularon durante toda la madrugada. Daban cuenta de la violencia con la que fueron interceptadas por los uniformados -y agentes de civil- mientras salían de comer en una pizzería sobre Perú, a pocos metros de Avenida de Mayo. Habían esperado la noche. “ ¿A dónde la llevás? ¡No estamos haciendo nada!”, se escucha gritar a una de ellas en uno de los videos de celular en la que se ve a un policía tomar de los pelos a una joven, mientras otro la tira al piso y se la llevan a la fuerza.

 

“Fue una razzia”, una “cacería”, denunciaron. Por entonces, ya se había disuelto la manifestación de un grupo de activistas frente a la Catedral que también había sido reprimida. Hubo al menos ocho detenidas en la Comisaría 1ra, en Lavalle al 400. Otras siete mujeres y dos varones fueron trasladados a la comisaría 4ta, en Tacuarí e Independencia. Todos fueron liberados esta mañana. Mientras tanto, al menos cuatro mujeres lesionadas terminaron hospitalizadas en el Argerich. Durante la madrugada fueron dadas de alta. “Fueron arrastradas por la Policía personas que esperaban el colectivo o salían de una pizzería. Frente al miedo que nos quieren imponer, nosotras nos organizamos”.

 

“A quienes hayan estado presentes durante la represión o hayan sido reprimidxs o detenidxs, les solicitamos se acerquen a Procuvin, en Perón 667. Se reciben las denuncias en forma conjunta entre la UFEM y Procuvin. Consultas: +54 9 11 5143-0803”, publicó esta mañana el colectivo Ni Una Menos en las redes sociales.

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El paro de mujeres se había burlado del no paro general. Con la fuerza de saberse cientos de miles, en el segundo paro mujeril realizado a la gestión Cambiemos mientras el triunvirato varón que lidera la central obrera no convocó a ninguno, la tercera movilización masiva consecutiva de esta semana gritó contra los femicidios y la violencia machista, pero también contra los derechos vulnerados de las trabajadoras y la economía desigual. “Sí se puede hacerle un paro a Macri: ¡Se lo hacemos las mujeres!”, cantaron muchas, apropiándose del cantito favorito del oficialismo para usarlo a su antojo. Y también: “A ver Mauricio, si lo entendés, tenemos más ovarios que la CGT”. Ni el fuego ni la lluvia ni la represión policial del después menguaron el efecto. Las mujeres pararon, la calle fue de ellas, hubo alegría, felicidad, y la tierra tembló.  

 

Unas ocho horas antes de la “cacería”, cuando María Giordano caminaba por Plaza Congreso, los policías a la vista eran pocos y ni siquiera se esmeraban demasiado para cortar el tránsito al paso de la marea que comenzaba a marchar. María nació en 1933. Poco más de dos décadas después que 123 trabajadoras de la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist murieran incineradas por reclamar salarios y horarios de trabajo dignos en aquel Nueva York de 1911. Por ellas se instauró el 8 de Marzo como Día Internacional de la Mujer, con el tiempo deformado como una fecha para felicitar y regalar flores.

 

María avanza sola y lenta. No lleva carteles ni banderas. Ni siquiera un pin. No estuvo en las dos grandes marchas por #NiUnaMenos ni en el primer paro nacional de mujeres, gestado el año pasado tras la represión al Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario y el femicidio atroz de Lucía Pérez en Mar del Plata. María dice que se acercó a conocer. Que esta vez las piernas están fuertes y quiere salir a la calle. Porque ella, a sus 84, lleva en la piel llena de arrugas todo eso que hoy se busca derribar a fuerza de asamblea y manifestación. Cuenta sobre los “castigos” de su marido hasta que se animó a enfrentarlo; de los intentos de él por privarla de todo lo que le permitiera seguir adelante por su cuenta; de las batallas hasta quedarse con el kiosco con el que logró mantener a sus chicos y mantenerse ella. Medio siglo después de dar su propia batalla, se asomó a la pelea colectiva.

 

Tan colectiva, que mueve en un mismo día a más de 50 países. La lucha histórica y global del movimiento feminista se cruzó y enlazó con la fuerza del #NiUnaMenos que terminó de explotar en Argentina con el primer paro nacional de octubre del año pasado. El resultado, más de 50 puntos en el mapa mundial adheridos al Paro Internacional de Mujeres. En una Internacional Feminista que ya se hizo un lugar en la Historia, y le devolvió para siempre al 8 de Marzo su carácter combativo.

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Beatrice Mursh marcha en Buenos Aires y ayuda a entender que no hay fronteras cuando se trata de reclamar derechos para las trabajadoras y gritar que vivas nos queremos. Nació en Estados Unidos hace 43 años, vive en Argentina desde hace 10, conserva un acento que la delata y lleva sobre el cochecito de su bebé una pancarta en inglés. “Love Trumps Hate”, escrito sobre el cartón, tomando una frase que usó Hillary Clinton en su campaña contra el misógino Donald Trump, y que en la versión local equivaldría a “el amor vence al odio” que se instaló de un lado de la grieta. “Gracias a Trump hay un movimiento que nunca había visto en mi vida. Nunca vi a mis amigas y amigos prestando atención a lo que se conmemora el 8 de Marzo”, dice antes de confesar que por estos días tiene la mirada más atenta a lo que pasa en su país natal, aunque donde vive hay 300 mil mujeres a punto de desfilar frente a sus ojos.


 

Cuando son las 12 del mediodía, hubo ruido y paro, tal como se acordó en el largo y masivo proceso asambleario alrededor del Colectivo Ni Una Menos, que convocó a la jornada de ayer. La línea 28 pasa por Constitución. Un grupo de puesteras golpean botellas de plástico en la calle y gritan, o cantan más bien, pero a los gritos. El camino por Perú está plagado de grupitos de mujeres. Poco numerosos, pero ruidosos. Hacen palmas, golpean un poste de luz, cantan y pegan carteles con consignas contra la violencia machista. Al llegar a la Avenida Belgrano se sienten, se ven, grupos en una y otra cuadra. Al 400, frente al Ministerio de Agroindustria, trabajadores y trabajadoras también chocan las manos y agitan una bandera violeta pintada con aerosol: “Ni una menos”, dice. Pero ellas además piden igualdad en sus ámbitos laborales.

 

“Formamos una comisión de mujeres y armamos un juego con preguntas y respuestas que llevamos a todas las áreas. Un juego para reflexionar sobre las violencias hacia las mujeres, pero también sobre mujeres y trabajo y sobre el acceso de las mujeres a los cargos de toma de decisión en el Estado nacional”, cuenta Fernanda Rojo, trabajadora del Ministerio. Entre piso y piso se escucha el repiquetear de mujeres de oficinas cercanas. Hasta que, finalmente, salen a la calle para unir el ruido en uno solo y agitar a los autos que pasan por la avenida. De vez en cuando, algún bocinazo les hace la segunda.

 

Una cuadra más hacia el Bajo hay trabajadoras de la agencia de noticias estatal Télam. Dos periodistas pintan una bandera que las identifica como trabajadoras de prensa. Otra recorta una radiografía con un cuter, mientras una va imprimiendo esténciles con aerosol sobre remeras que reposan sobre diarios en el asfalto. Otra vez: “Ni una menos”. Pero también: “Es femicidio, no crimen pasional”. Mientras tanto, cantan, aplauden, una golpea con un palo un tacho de basura de metal que sacó de alguna oficina.

 

En la esquina de Balcarce un grupo de mujeres sale de un edificio y empieza a hacer ruido. Las de Télam se acercan. Ahora son más. Y suenan más fuerte. Un colectivo de turistas pasa por la esquina. Se suman al ruidazo con sus aplausos.

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“Estamos parando efectivamente y organizando actividades con la comisión de mujeres de la agencia. Los varones están acompañando, incluso en el paro. Fue una decisión que tomamos en asamblea: visibilidad de las compañeras mujeres, pero parando todos la producción”, explica Lucila Bidondo, delegada de prensa en la agencia. Dice que la adhesión es casi completa, pero que siguen saliendo cables que producen desde las jefaturas: “Y claro, son casi todos hombres en el directorio y las jefaturas. Sólo hay algunas mujeres coordinadoras y jefas de sección, muchas están acá”, agrega.

 

A dos cuadras, sobre Bolívar, alumnos y alumnas del Colegio Nacional Buenos Aires, que todavía no empezaron las clases, hacen una asamblea en ronda, sentados en la vereda. Se preparan para marchar convocados por el Centro de Estudiantes.

 

A la vuelta, sobre Moreno al 600, frente al Sindicato de Trabajadores de Comercio, una veintena de varones tocan bombos, redoblantes, trompetas. Las mujeres están alrededor, vestidas con los uniformes de Coto, Walmart, Carrefour. Llevan globos rosas y carteles contra la violencia de género.

 

Ya por Avenida de Mayo, camino a la concentración, hay negocios que hacen alusión al Día de la Mujer: “Regalá golosinas”, se lee en la puerta de un kiosco. “Flores por el Día de la Mujer”, dice el letrero de un puesto de flores. La vendedora duerme sentada en una reposera, sin clientes que atender. Un negocio de cueros anuncia en grandes letras una promoción por “el mes de la mujer”: 30% off en carteras.

 

Son las 14.30. Ya hay pasacalles que se cuelan entre los promocionales: “El Estado es responsable”; “Ni una lesbiana, mujer, bisexual, trans y trabajadora sexual menos”, pero también: “Sin prostíbulos no hay trata”.

 

Siete cuadras más arriba, camino al Congreso, el ruidazo convocado por trabajadoras de la Defensoría del Público y del INADI corta Avenida de Mayo. A las 15, esas trabajadoras que paran mientras sus compañeros varones se ocupan de sus tareas realizan una radio abierta en la esquina de San José.

 

“Convocamos a las compañeras del INADI porque tenemos mucho trabajo en común en busca de desnaturalizar las desigualdades”, cuenta Romina Coluccio durante la radio abierta. El equipo de sonido está justo en la esquina. Dos compañeras leen textos, hacen entrevistas, hablan de las desigualdades de géneros en el empleo, en la comunicación y cuestionan el desfinanciamiento de políticas públicas para combatir esas desigualdades.

 

Hay banderas y carteles violetas. “Paramos contra el recorte a las políticas públicas de género”, dice uno. “Paramos por una comunicación plural, diversa y no sexista”, agrega otro, que tiene dibujado con fibra negra un gráfico de torta que señala que las noticias de género ocuparon el 56,5% del espacio en la sección policiales, mientras que el 19,2% está vinculado a la protesta social, un 18,5% a deportes, espectáculos, ciencia, educación. Y apenas un 5,74% a la política. El Estado es responsable, recuerda otro pasacalles que se lee desde varias cuadras antes de llegar a Plaza de Mayo. Los drones, que abundan, se hacen un festín.

 

A las 15.30, aunque dispersas, ya hay columnas que empiezan a concentrar en los alrededores del Congreso. Como las trabajadoras textiles. Ellas no pudieron hacer paro, pero sí asambleas de 15 minutos. “Somos un gremio de 90% mujeres, todas costureras, pero las cabezas sindicales siguen siendo varones”, dice Silvia Maidana, prosecretaria de Actas del sindicato. Marcha en la columna de la CGT, pero también se le anima: “Fijate en la CGT, todos tipos”.

 

A esa hora, al menos ocho trenes del conurbano vienen cargadísimos, en forma simultánea, por mujeres autoconvocadas y también organizadas. Se pusieron en contacto por las redes sociales y convocaron a un “Trenazo”. Pusieron estaciones y horarios de encuentro. Y coparon las líneas San Martín, Urquiza, Roca, Sarmiento, Belgrano Norte y Sur y los ramales Tigre y León Suárez del Mitre. Enérgicas mujeres. También cantan. También aplauden. Pegan carteles. Hacen ruido. Y los rieles sacan chispas.


 

Como en una inmensa performance con 300 mil protagonistas, los cuerpos y el escenario requieren preparación. Panzas, espaldas y caras que se cubren de frases y dibujos. Tetas que se descubren. Mensajes que se graban en pisos y paredes. Intervenciones como la de la Agrupación Las Mariposas AUGe (Acción Urbana de Género), que pega papelitos en postes y tachos con rostros y nombres de chicas desaparecidas. Con el formato y la estética de los papelitos que ofertan servicios sexuales, tan presentes en estas calles céntricas. Así va mutando el paisaje hasta las cinco de la tarde. Cuando, por fin, la marcha comienza a andar: diez largas cuadras de Congreso a Plaza de Mayo, y de ahí a todas partes.

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El hijo de Eva también se preparó. Tiene siete años, pero ya lleva tiempo charlando sobre los motivos por los que se marcha. Por eso eligió la consigna para su propio cartel: “No maten a las mujeres”, en letras violetas. Mientras camina con su pancarta colgada al cuello, se detiene ante una performance del Colectivo Fin del Mundo en reclamo por el aborto legal, seguro y gratuito. “¿Por qué tratan de delincuente a la señora que tenía un bebé en la panza?”, pregunta para dar lugar a una explicación que se convertirá en nuevo motivo de reclamo.

 

La campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito va de pañuelo verde. Hay pañuelos verdes en el cuello. Hay pañuelos verdes en el pelo. Hay pañuelos verdes en las carteras. Hay pañuelos verdes oficiando de corpiños. “A ver Mauricio, a ver si nos entendemos, las mujeres nos morimos por abortos clandestinos. Salimos a la calle, salimos a luchar, por aborto libre, seguro y legal”, agitan las mujeres en esa columna.

 

Mariel, de 41, también lleva un cartel escrito a mano. La consigna pintada en rojo y negro tuvo un debate previo con sus compañeras de trabajo en un canal estatal. “No es amor, es trabajo doméstico”, defienden, compartiendo un reclamo que formó parte del documento final leído por la periodista y referente feminista Liliana Daunes en Plaza de Mayo, pero que no caló como una de las reivindicaciones más demandadas. “No vivimos esa situación nosotras en particular, pero empezamos a pensar cómo poner en palabras cuestiones que no necesariamente nos pasan a nosotras mismas. Lo discutimos como grupo de trabajo y elegimos estas consignas”, cuenta Mariel.

A pocos metros, Beatrice Mursh alza un cartel sobre el amor y defiende una idea contraria: “Poner valor monetario a lo que hacemos como madres es entrar al sistema capitalista y considerarlo un trabajo. Lo es, pero también es mucho más que eso”. Aunque el “Ni una menos” y el “Vivas nos queremos” predominan sobre carteles y remeras, la diversidad de miradas y reclamos emerge entre las consignas. Y es bienvenida.

 

Tanto que hasta el lenguaje y las denominaciones instaladas pueden ser cuestionadas. De repente, al paso de una inmensa bandera verde de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), una mujer vestida de violeta se indigna y comienza a despotricar. “¡Trabajadores! ¡Dice trabajadores! ¿No podrían haber evitado traer esas banderas hoy al menos?”. Un poco más allá, empleadas de Radio Nacional resolvieron con pragmatismo el asunto: pintaron una gran A en rojo, sobre la E azul de la bandera de Asamblea de Trabajadores de Radio Nacional.

 

Además de comunicadoras, las hay ferroviarias. Ellas llevan overol, con rayas flúo, de esas que permiten la señalización. Adelante va una de ellas simulando manejar un tren de papel maché: “¡Mujeres a la conducción de trenes!”, dice, en letras negras. “No hay mujeres en la conducción de trenes. Es una especialidad en la que el sindicato de La Fraternidad, que capacita, sólo admite hombres”, dice Marcela Aguilar, delegada de limpieza del ferrocarril Sarmiento. Tiene el pelo largo, lacio y oscuro. Ojos delineados fuerte. Lleva puesto un sombrero negro, en punta. Bien bruja. Viste un overol gris. “Hasta hace poco las mujeres sólo hacíamos tareas de limpieza, control de boletos y muy pocas en boletería. Hoy ya sumamos compañeras banderilleras y vamos por la conducción de los trenes”, promete.

 

“Salimos a las calles en defensa de nuestras vidas y por nuestros derechos como mujeres y como trabajadoras (…) Paramos las ocupadas y desocupadas, las asalariadas y las que cobramos subsidios, las cuentapropistas y las que realizamos tareas domésticas y de cuidado”, se escucha desde el escenario. Abajo, una mujer que escucha en silencio alza un cartelito: “Poné la fecha, la yuta que te parió”. Nadie a su alrededor le pide explicaciones. Saben que remite al reclamo que explotó el día anterior a muy pocos metros de allí, cuando las bases sacudieron a su propia cúpula sindical con la exigencia de un llamado al paro general. El grito del día anterior lanzaba “puta” en vez de “yuta”. Más allá, otra consigna estampada aclara los tantos: “Las putas no parimos la mierda que gobierna”.


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