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Miércoles 03 de Julio de 2013

Goulart: ¿El Plan Cóndor mató un presidente?

Las versiones sobre las últimas horas del ex presidente de Brasil Joao “Jango” Goulart son confusas. Hay quienes dicen que casi no cenó, otros afirman que habría comido en el mejor hotel de Paso de los Libres. Al revisar el cadáver, el médico detectó unas manchas que suelen aparecer cuando el corazón se parte durante un infarto: sugirió llamar a un cardiólogo. La esposa de Goulart se negó. Su marido ya estaba muerto, no tenía sentido. En los últimos meses resurgió el rumor que sugiere que el ex presidente brasilero fue envenenado: un magnicidio dentro del Plan Cóndor. El Doctor en Antropología Alejandro Grimson reconstruye la trama de susurros que rodea a la muerte y revisa la historia de un caso que muy probablemente continúe en suposición.  El dibujante Carlos Nine ilustra la intriga.

Por: Alejandro Grimson
Ilustraciones: Carlos Nine

Hace diez años estuve en Mercedes, en San Borja y en Porto Alegre con los amigos y familiares de João Belchor Marques Goulart, el único presidente brasileño que murió en el exilio. Nunca conté esta historia. Mi relato no establece la verdad de los hechos, sino las ambivalencias de algunas personas acerca de cuál es la verdad. En poco tiempo, el cadáver del ex presidente será exhumado para establecer si murió por enfermedades cardíacas o si fue asesinado. Si así fuera, dejaría de ser una muerte por paro cardíaco. Se transformaría en otra cosa: sería el magnicidio del Plan Cóndor.
Muchos aún se sorprenden de haber tenido la amistad y la confianza de un hombre tan importante. Capataces, empleados y amigos de Goulart lo recuerdan por su afabilidad, por el trato sencillo. Lo conocían como Jango.
Había nacido en marzo de 1918 en São Borja, ciudad de origen jesuítico ubicada frente a la frontera con Argentina, de allí también era Getulio Vargas: años después los habitantes dirían (dicen) orgullosos: “la ciudad de los presidentes”.
A principios de los años cuarenta, Jango manejaba los negocios de su padre y recorría a caballo la zona para comprar y vender ganado. En aquella época empezó a militar en el Partido Trabalhista Brasileiro (PTB). A través de vínculos de su familia, después del golpe de 1945 que derrocó al Estado Novo, Jango se acercó al presidente Vargas. Ambos eran gaúchos bebedores de mate.
El PTB tenía una composición obrera con rasgos reformistas, se apoyaba en las organizaciones sindicales y el Ministerio de Trabajo. Después de la muerte de Vargas en 1954, se consolidaría en la dirección de la izquierda.
En 1953, Jango se transformó en Ministro de Trabajo y, desde 1955, en vicepresidente de Juscelino Kubischek. Un lugar difícil: los sectores de derecha civil y militar lo hostigaban con sus críticas.
Lo acusaron de corrupto.
Lo acusaron de aliarse con los comunistas.
Lo acusaron de armar una coordinación sindical entre Brasil y Argentina.
Y lo acusaron, también, de contrabandear material bélico por la frontera uruguayana.
En 1958, el PTB se convertía en la segunda fuerza electoral del país.
Tres años después, de nuevo, Goulart fue elegido vicepresidente: defendía el intervencionismo estatal, la suba de salarios, la construcción de obras públicas.
Jango llegó ser presidente de Brasil después de una crisis provocada por las pujas en la cumbre del poder, producto de las tensiones entre las fuerzas políticas y los militares. El primer de golpe se produjo cuando Goulart estaba de visita en China. Fue su cuñado, el célebre Leonel Brizola, el que encabezó una de las resistencias. Luego, aunque hubo distintos movimientos para evitar el golpe de Estado éste se consumó en 1964. Joao no quería dejar su país, pero sabía que si se quedaba lo meterían preso. Viajó a su campo de Santa Cecilia, en São Borja. El ejército quiso detenerlo. Como un personaje de película, Goulart fue escapando de estancia en estancia: cruzó la frontera y se instaló en el norte de Uruguay.

La ciudad de los mayordomos

Quizás el lector no conozca esa zona repleta de fronteras y de ríos que dividen países. Cuando estuve ahí pude percibir gobiernos paranoicos por aquellos territorios incontrolables. Pude cruzar (y ver cruzar) de un país a otro, a personas y mercancías, de maneras múltiples. La frontera, frondosa y oscura, es fuente de las imaginaciones de todos los tráficos.
El golpe de estado en Uruguay se produjo en 1973. Y Jango aceptó la invitación de Perón para instalarse en la Argentina. Además de sus oficinas en Buenos Aires, compró un campo de alrededor de dos mil hectáreas en Mercedes, provincia de Corrientes, a unos cien kilómetros de Uruguayana. Una distancia que le permitía recibir las visitas de sus amigos y compañeros de partido. De todos modos, él pasaba en la Villa, su estancia correntina, tres o cuatro días cada quince; el resto del tiempo vivía en Buenos Aires y otros lugares. En Mercedes producía arroz y ganadería.
Cuando estuve ahí, me contaron que le decían la ciudad de los mayordomos. Es una zona de grandes extensiones, con casas generosas, cuyos propietarios viven en Buenos Aires. Un empleado de su estancia me dijo que Jango "era un hombre campo”. Él se enorgullecía de haber trabajado con semejante personaje. Me dijo: “nunca hablaba de política con sus empleados".

Jango distinguía claramente sus actividades productivas o comerciales de sus actividades políticas, en las que no era tan activo en sus últimos años de vida. En Mercedes estrechó lazos con la familia Semhan, una amistad de comercio y producción, de fiestas y asados. Con ellos, nunca discutió de política con Jango.
Algunos conjeturan que Jango se instaló en Mercedes para dinamizar sus redes con su país. Otros suponen que alguna vez ingresó de forma clandestina a Brasil con su avión privado; aquel que usaba para viajar de Buenos Aires a Montevideo, Punta del Este o Mercedes. Sin embargo, no hay ninguna evidencia al respecto y sus amigos más cercanos lo desmienten. Muchos recuerdan que iba periódicamente a Paso de los Libres y se instalaba en una de las zonas más bellas de la costa del río Uruguay. Una extensa barranca fue elegida para construir hace décadas el Hotel de Turismo, el más tradicional e imponente de Paso de los Libres. Cuando recorrí el bosque, después de su privatización, casinización y abandono completo en los años noventa, todavía la arquitectura, la arboleda y el río generaban una calidez única en la zona. Jango, que conocía todos los rincones, elegía esa barranca arbolada para pasar horas sentado mirando las luces de Uruguayana. Mate o cimarrao de por medio. Desde la Argentina observaba al Brasil, el país que había gobernado, el país de la saudade.
Como político de la frontera, conocía los secretos de uno y otro lado. En Tacurembó, Montevideo y Mercedes contaba con gente que le traía y llevaba mensajes políticos a Uruguayana, donde tenía una diversidad de amigos y gente de confianza. Además no estaba lejos de sus familiares de San Borja ni de sus empleados que seguían en Uruguay.
El año 1976 fue duro para Jango. Las dictaduras militares habían ocupado todo el Cono Sur. Cada vez estaba más aislado en el exilio; cada vez eran menos las relaciones políticas con sus grupos en Brasil. No era sencillo para un dirigente del PTB ingresar a la Argentina y entrar en contacto con el ex-presidente del Brasil. Y Jango debía tomar nuevas precauciones. Se había acostumbrado a viajar en aviones de línea para ir de Mercedes a Buenos Aires. Compraba pasajes desde varias ciudades -Mercedes, Paso de los Libres y Curuzú Cuatiá- para el mismo día y sólo decidía a último momento qué vuelo tomar. El gobierno argentino, que antes lo trataba como a un ex-presidente extranjero y le daba custodia, había cambiado.
Pero su deseo era volver a Brasil. Un viejo amigo de Uruguayana, Tramunt, me contó que en 1976, un mes antes de su muerte, estaban en Paso de los Libres con Mario de la Vecchia, otro brasileño instalado en Mercedes. Habían terminado de almorzar y Jango les dijo que ya tenía autorización para entrar al Brasil y que se estaba preparando para entrar por Río o San Pablo. Subieron al auto de Mario y a modo de juego fueron en dirección a Uruguayana. Cuando estaban llegando al puente internacional, Jango les pidió que dieran la vuelta. No quería ingresar por Uruguayana, quería regresar por la puerta grande, con una recepción popular. Otras versiones, sin embargo, indican que cuando Jango murió aún estaba negociando la posibilidad de volver al Brasil. Pero él transmitía la seguridad de que le permitirían regresar.
Hace diez años hice en ómnibus el mismo trayecto que hacía Jango, desde Paso de los Libres hacia Mercedes, de la costa del Uruguay a la ciudad ganadera desde donde se accede a los Esteros del Iberá. Sin contactos ni conocidos, llegué a una ciudad sin saber qué información vas a encontrar. Por suerte, Mercedes es de esas ciudades que esperan a que alguien llegue con la pregunta, para contar la historia. Te mandan de casa en casa. Te atienden mate de por medio.
Unos veintinco años antes, Jango había llegado a Mercedes a pasar unos días junto a su esposa María Teresa. Las versiones sobre sus últimas horas son confusas. Hay quienes dicen que prácticamente no cenó y otros afirman que, antes de llegar a Mercedes, habría cenado en el mejor hotel de Paso de los Libres mirando con saudade para Uruguayana. En cualquier caso, Jango había enviado pocos días antes a uno de sus hombres de confianza, Claudio Braga, a hablar con el cónsul brasileño de Paso de los Libres, para avanzar en las negociaciones del retorno.
El 5 de diciembre de 1976, María Teresa se había acostado y Jango se había quedado tomando unos mates con yerba brasileña, mientras conversaba con Juan Viera, el capataz de La Villa. Ahora Viera toma mate conmigo y recuerda cada detalle. Para él es importante hablar.

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